Capítulo 17
B arnaby se lavó la cara en el lavabo de la esquina de la oficina del capataz con un trapo y el cubo de agua salada que guardaba para las emergencias.
Luego mantuvo el trapo apoyado allí hasta que la herida dejó de sangrar.
Tardó cosa de una hora. Después, se examinó el corte y vio que le dejaría cicatriz.
Se tomó dos paracetamoles de una caja que tenía sobre la mesa, donde guardaba cientos.
También aspirinas e ibuprofeno. Era increíble la cantidad de gente que tiraba un blíster con una sola pastilla sobrante.
Y estaban esos pocos diligentes que tiraban paquetes enteros el mismo día en que alcanzaban la fecha de caducidad.
Mientras sacaba el paracetamol, notó que las manos le temblaban de nuevo, así que se dispuso a serenarse. Alimentó el fuego y vació la mochila con los hallazgos del día. También se comió la empanada de Cornualles que había guardado antes.
Sintiéndose mejor, recuperó un cuaderno de hule. El más especial. Estaba encajado bajo el colchón. El que llevaba escrito «Lilly» en la portada.
Drift dormitaba, cansado tras las peripecias de antes. Mi héroe , pensó Barnaby con una sonrisa, sentándose junto a su compañero y acariciándolo. Le quedaba un poco de estofado de ternera; si Drift se despertaba con hambre, se aseguraría de invitarlo a una segunda cena.
Barnaby sostuvo el lápiz sobre una página en blanco.
Siempre había sabido que el relato incluía a Hector.
Se lo había dicho muchísimas veces a la policía, pero él era el único en quien se habían fijado siempre.
Hacerles cambiar de opinión era imposible.
Incluso con aquella extraña foto que había encontrado en el cajón de la mesilla de Hector.
Sí, quizá no fuera Lilly, pero parecía joven. Demasiado joven, en su opinión.
De modo que, durante treinta y tres inviernos, Barnaby había sabido que este capítulo llegaría, lo cual hacía que fuera más fácil de escribir.
Escribió sobre la policía, la ambulancia, el cordón policial y aquella puerta principal abierta.
Y sobre la noticia, que había llegado pronto. Restos en la casa. Descompuestos. De hacía décadas.
Lilly.
Escribió con cuidado y con buena letra, con el pulso ya firme. No es que nadie fuera a leerlo nunca. Ni siquiera él mismo. Tras la última línea — al menos ahora es libre, ya no está perdida ni atrapada —, cerró el cuaderno y volvió a colocarlo bajo el colchón.
Se tumbó en el catre con el abrigo puesto, se tapó con la manta gris doblada y se llevó la mano derecha al relicario que colgaba de su pecho.
El relicario de Lilly.
Nunca le había dicho a la policía que ella le había entregado aquel relicario en el banco. Habría sido una insensatez en aquel momento. Probablemente se lo habrían confiscado y lo habrían acusado de guardarlo como trofeo para recordar a su víctima.
Drift se acercó a los pies de la cama y se tumbó junto a los pies de Barnaby.
Durmió sin soñar porque, por primera vez en treinta y tres años, tenía la confirmación de que Lilly estaba muerta, y eso era algo con lo que podía estar en paz.