Hechizada e indomable (Los misterios de Merlín 6) Capítulo 5 #2
20%

Capítulo 5 #2

Y no había prácticamente nada sobre runas divinas.

Nada sobre runas dibujadas en dracónidos.

Nada sobre alteración de sangre, esencia, estructura de mando…

o cualquier otra categoría aterradora en la que, al parecer, me había metido de cabeza.

Era como intentar investigar un secreto que no quería ser descubierto.

—No hay nada —suspiré, cerrando de golpe mi portátil.

—Las runas son muy misteriosas —comentó Morty—. No muchas brujas de las que conocí las usaban. Las únicas runas con las que me había topado en mi época eran las de un nigromante. Y esas eran del tipo habitual de «levántense, oh, muertos» y «los zombis son mis amigos».

Sacudió la ceniza en la bandeja, sin parecer demasiado impresionado.

—Creo que se debe sobre todo a la falta de práctica entre las brujas.

Falta de práctica.

Me levanté tan rápido que la silla rozó el suelo con un ruido estridente.

—Morty. Eso es.

Morty me miró parpadeando, como si acabara de autoproclamarme reina de algo muy cuestionable.

—¿Lo es?

—Sí.

Empecé a dar vueltas por la habitación, con la mente ya adelantándose a mi cuerpo.

—Claro que sí. Lo hice una vez —bajo presión, claro—, pero lo hice. ¿Qué me impide hacerlo otra vez?

—¿La cordura? —sugirió él—. No tengo ni idea de qué estás hablando.

Me giré, escudriñando la habitación como si me debiera respuestas.

Mis ojos recorrieron los libros, los papeles, las tazas de café a medio terminar y una pila de expedientes que había estado ignorando por principio.

En algún momento, un bolígrafo había explotado y se había llevado por delante una pequeña parte de la mesa.

Y entonces la vi.

La orquídea.

Una flor morada y suave en una maceta de cerámica sencilla, delicada y absolutamente perfecta.

Era la orquídea de Marla. Me la había regalado hacía unas semanas, junto con un sermón sobre cómo cuidarla, la luz del sol y no olvidarme de regarla, como si siempre se me olvidara todo lo demás.

Con el corazón latiéndome con fuerza por la emoción, me acerqué, tomé la planta y la dejé sobre la mesa frente a mí.

Morty se echó ligeramente hacia atrás.

—Esa planta no tiene ni idea de lo que le espera.

—Necesito practicar —dije, más para mí misma que para él—. Es la única forma de entender lo que le hice a Eryk. Y de saber si realmente puedo volver a hacerlo.

Tenía la sensación de que podría. El mismo instinto que me había empujado a dibujar aquella runa sobre Eryk en un primer momento vibraba ahora bajo mi piel, silencioso pero insistente. Como si algo se hubiera despertado y estuviera esperando a que dejara de darle vueltas y simplemente lo utilizara.

La cara de Kael se me pasó por la mente. Esa mirada que me había lanzado. Como si lo supiera. Como si lo hubiera estado esperando.

Aparté ese pensamiento con fuerza. No había tiempo para juegos mentales relacionados con dioses.

—Roja, creo que vas por buen camino —dijo Morty, levantándose y acercándose, con la curiosidad iluminándole el rostro a pesar de todo.

Suspiré.

—Y si la arruino, bueno… —Le eché un vistazo—. Ahora que sé que tienes magia, puedes ayudarme.

Morty se quedó paralizado a mitad de paso.

—Llevo mucho tiempo sin practicar.

—La práctica hace al maestro —dije—. ¿No es eso lo que se suele decir?

—También dicen que no hay que meterse con magia antigua, y sin embargo aquí estamos.

Hice caso omiso de eso.

Morty se inclinó hacia delante, mirando la orquídea como si fuera a morderlo.

—Entonces, ¿qué runa vas a dibujar? ¿Y cómo sabes lo que significa?

—Es difícil de explicar —dije, mientras ya me adentraba en mi interior y la sentía—. Pero es como si acabara de descubrir este nuevo lenguaje que siempre ha estado dentro de mí. Simplemente antes no sabía cómo acceder a él.

—Y ahora sí lo sabes —dijo Morty.

—Eso es lo que estamos a punto de descubrir.

Porque cuando lo había hecho con Eryk, no había estado pensando. Simplemente lo había sabido. Había sentido una oleada de instinto, de poder, de algo más profundo que cualquier cosa que hubiera tocado antes: un símbolo divino entretejido con la magia arcana.

Y ahora necesitaba algo diferente.

Respiré lentamente y dejé que mi magia se moviera.

Los hilos arcanos se deslizaron desde debajo de mi piel, rojos y dorados, desenrollándose de mis dedos como seda sacada de un carrete oculto. Se enroscaron alrededor de mis manos, cálidos y vivos, respondiéndome incluso antes de que los alcanzara por completo.

Me concentré en la orquídea, en sus pétalos y su tallo. En su vida tranquila y constante.

Florecer.

La palabra se formó en mi mente como si siempre hubiera estado ahí, esperando.

Mis hilos fluyeron desde mis dedos hacia la orquídea, entrelazándose en rojo y dorado en líneas precisas y deliberadas. Cada curva, cada intersección parecía intencionada, guiada por algo que no tenía que cuestionar.

Se curvaron, se cruzaron y se entrelazaron.

Una runa tomó forma sobre el tallo: tres arcos parecidos a pétalos que se desplegaban hacia fuera desde un centro compacto, atravesados por una delgada línea vertical que se dividía y se ramificaba cerca de la parte superior.

Al principio brillaba sutilmente y luego se hizo más intensa hasta convertirse en un símbolo que nunca había visto antes, pero que, de alguna manera, comprendía por completo.

Flor.

La runa ardía en rojo sobre la orquídea, destellando una vez mientras una onda de energía se propagaba hacia fuera, sutil pero nítida, como si el propio aire acabara de recibir un ligero empujón.

Y entonces…

La orquídea se estremeció. Nuevas hojas se desplegaron y sus pétalos se abrieron mientras el tallo trepaba, elevándose hasta que la planta duplicó su tamaño.

—Oh —suspiré—. Vale. Morty, mira.

Morty se inclinó hacia mí.

—Eso parece…

La planta volvió a temblar y se disparó hacia arriba.

El tallo se engrosó y oscureció, empujando ahora con mayor rapidez. Las hojas se extendieron, triplicando y cuadruplicando su tamaño. Nuevas ramas brotaron donde antes no había ninguna, retorciéndose hacia fuera en un repentino estallido de vida.

—Ya no me parece tan bien —concluyó Morty.

La orquídea se disparó hacia arriba, y la maceta traqueteó sobre la mesa mientras las raíces empujaban la cerámica desde dentro.

—Espera —dije, levantando las manos instintivamente—. Espera… espera… ¡para!

No se detuvo.

La planta explotó en crecimiento. Las ramas se extendieron ampliamente, y hojas del tamaño de platos se desplegaron en rápida sucesión. Flores moradas brotaron a lo largo de los tallos en expansión, primero docenas y luego cientos, floreciendo todas a la vez en un derroche de color.

La maceta se agrietó con un sonido agudo y violento, y luego se hizo añicos.

La tierra se derramó por toda la mesa mientras las raíces se liberaban, gruesas y retorcidas, sin parecerse en absoluto a lo que se supone que deben ser las raíces de una orquídea.

—Eh… ¿Roja? —dijo Morty, retrocediendo.

—¡Ya lo sé!

La planta seguía creciendo y creciendo y creciendo. Hacia arriba. Hacia fuera. Por todas partes.

El tallo principal se engrosó hasta convertirse en algo más parecido al tronco de un árbol, con corteza formándose donde segundos antes había un verde liso.

Se disparó hacia el techo, arrastrando consigo hojas y flores en una avalancha de verde y violeta hasta llenar la habitación con una presencia repentina y abrumadora.

Chocó con el techo y oí un golpe sordo cuando la copa de la orquídea, ahora del tamaño de un árbol, se hundió en el yeso, con las hojas arrugándose ligeramente contra él.

Y entonces… se detuvo. Simplemente se detuvo.

Exhalé mientras la contemplaba.

Un enorme árbol de orquídeas dominaba la cocina. Había tierra por todas partes y las hojas rozaban las paredes. Era increíblemente grande.

—Joder —dije, con las manos aún medio levantadas mientras dejaba que mi magia se desvaneciera lentamente bajo mi piel.

Morty miraba fijamente al techo, donde la planta se había encajado, con un cigarrillo colgando de sus dedos y la ceniza olvidada.

—Joder, madre mía.

Y entonces, como al parecer necesitaba más drama en mi vida, la puerta principal se abrió con un crujido.

Me giré.

Marla se quedó paralizada en el umbral, con una mano aún en el pomo y la otra aferrada a su bolso, como si eso fuera a protegerla de lo que estaba viendo.

Sus ojos se abrieron de par en par, muchísimo, mientras recorrían la habitación: desde el suelo cubierto de tierra y los restos destrozados de su maceta hasta el enorme tronco que antes había sido una orquídea perfectamente normal y bien cuidada.

Su mirada se posó finalmente en la explosión de flores moradas que ahora se apretujaban contra el techo.

Detrás de ella, vi a Selene apoyada con naturalidad contra el marco de la puerta, levantando una ceja oscura mientras observaba la escena. Una lenta y divertida sonrisa se dibujó en su rostro.

Oh, sí. Se lo estaba pasando en grande. Muchísimo.

Marla abrió la boca mientras el horror se apoderaba de su rostro por etapas. Entonces su mirada se posó en mí.

—¡¿Qué demonios le hiciste a mi orquídea?!

Sí, estaba en un buen lío.