Capítulo 22 Deberíamos haberle preguntado a Evans
El tiempo habría sido perfecto de no ser por la ligera llovizna que acompañó a las primeras luces del alba.
«Rashid ya debería estar en Lagos», se dijo Phina.
Lo echaba muchísimo de menos e intentó mantener la mente ocupada con el trabajo que se había acumulado sobre su escritorio.
Cuando sonó el teléfono y oyó su voz al otro lado de la línea, pensó que se debía a alguna especie de influencia telepática.
—Te he echado de menos —dijo él—, así que he pensado en llamarte antes de ir al trabajo para afrontar lo que, estoy seguro, será un día de auténtica locura. ¿Cómo estás?
—Yo también te he echado de menos —dijo ella con una leve risita—. Estaba pensando en ti ahora mismo.
—¿Ah, sí? —preguntó Rashid de repente.
La reacción de Rashid arrancó una risita a Phina.
—¡Sí, así es! ¿Qué tal Lagos?
—Un poco aterrador para todos los implicados, por los rumores de que otro golpe de Estado es inminente.
—Tal vez sea algo bueno, ya que el Gobierno actual no ha cumplido sus promesas.
—¿Bueno para quién? —Rashid vocalizó cada palabra—.
Los empresarios somos quienes sufrimos las peores consecuencias de estos cambios repentinos de poder.
Se necesitan años para construir redes y alianzas, solo para verlas destruidas en un día, y después tenemos que volver a crear otras distintas. Hacer negocios así sale caro.
—¿Cuándo volverá ese país a estar gobernado por civiles? No entiendo por qué esa gente no le da una oportunidad a la democracia —dijo Phina con frialdad.
—Los militares se sienten legitimados para permanecer en el poder de forma indefinida porque los problemas que los llevaron a tomarlo siguen existiendo.
—No me digas que apoyas que los militares sigan en el poder —dijo Phina con exasperación—.
La indisciplina existirá de todos modos.
Los seres humanos somos indisciplinados por naturaleza.
Una institución democrática sólida puede implantar estructuras y sistemas que cierren las lagunas que dan pie al desorden.
—Estoy de tu parte, Phina. Deberías volver a casa, a Nigeria, y presentarte a unas elecciones cuando superemos este disparate del régimen militar. Eres más inteligente que la mayoría de nuestros dirigentes y tienes mucha más integridad. Serías una magnífica primera presidenta.
—¿Acabas de hacer una broma?
—¿Te lo parece? Nigeria necesita sangre nueva. Siempre lo he sabido. La alternativa es que todo siga igual. Continuamos repitiendo los mismos errores una y otra vez. Ahora centrémonos en los problemas que sí podemos resolver. ¿Has pensado en mi propuesta?
Entre ellos se hizo un silencio incómodo. Rashid solo era dos años mayor que ella, pero la trataba como si los separasen veinte. De algún modo, le recordaba a Patrick cuando las cosas iban bien. El pensamiento la hizo suspirar con suficiente profundidad para que él la oyera.
—Mira —dijo él—. No quiero presionarte. Piénsatelo. Ahora tengo que irme para poner a Padre al corriente del viaje e informarle de los negocios que hice para él mientras estaba fuera, sobre todo de cómo le va a Ophinas. Últimamente está ocupadísimo y ya no puede ir y venir en avión como antes.
—Sí. Resulta muy halagador que esté dispuesto a confiarnos el negocio a pesar de la cuantiosa inversión que ha hecho.
—Es muy sencillo. Se debe a que eres una empresaria excelente. Que tengas un día estupendo. Te quiero.
-
Nduka entró en su enorme despacho de Ikeja, lleno de muebles de caoba de proporciones desmesuradas.
Varias placas conmemorativas de sus logros adornaban la pared principal.
Contempló las inscripciones de las cuatro placas y pensó en voz alta: «Pero lo único que quiero es a Phina».
No había sido capaz de funcionar con normalidad desde que leyó en la columna de cotilleos de una revista popular que ella salía con el primogénito de Chief Gambo.
La noticia lo llenó de temor y, desde entonces, la había llamado una docena de veces, tanto a casa como a la oficina, pero seguía sin localizarla, ni siquiera con la ayuda de Isabel.
Se juró que, si sus intentos de contactar con ella fracasaban hasta el final del día, tomaría un vuelo a Londres por la mañana para ver a Phina.
Aquella tarde, pensamientos dolorosos se arremolinaron en su cabeza.
«No me lo creo —no dejaba de murmurar—. ¿Cómo puede estar conmigo un día y al siguiente con otro hombre?
». Presa de la furia, descargó el puño con demasiada fuerza sobre el escritorio e hizo una mueca de dolor.
Phina había rechazado su propuesta, pero él aún esperaba que cambiara de opinión.
Se preguntó hasta dónde habría llegado con Rashid y si quedaba alguna esperanza de que ellos dos estuvieran juntos.
Desde que regresó a Nigeria, había abierto una gran clínica en Ikeja y contratado a médicos locales, mientras hacía sus pinitos en otros negocios.
Con el excedente de fondos del que disponía, adquirió varios pozos petrolíferos mediante sus contactos.
Apenas había hablado con Phina, no por falta de intentos, sino porque ella siempre parecía estar ilocalizable.
En su vigésimo intento de aquel día, por fin consiguió comunicarse con ella.
—Pensaba que nunca lograría hablar contigo —dijo Nduka, esforzándose al máximo por contener la ira.
—Lo siento, llevo todo el día reunida —respondió Phina—. No te imaginas la locura que ha habido por aquí.
—¿Y todos los días anteriores? Hoy te he llamado varias veces. Tu teléfono comunicaba —se quejó él.
—Estaba en una llamada internacional.
—¿Durante horas? Lo he intentado un par de veces y al final me he dado por vencido. ¿Con quién hablabas tanto tiempo? ¿Era Rashid Gambo?
—¿Por qué preguntas por Rashid? —preguntó Phina con frialdad.
—Todo el mundo sabe lo vuestro —respondió Nduka con sarcasmo—. Seguramente yo haya sido el último en enterarme.
Phina, haciendo todo lo posible por mantener la calma, respondió: —Rashid es amigo mío.
—¿Un amigo con el que te acuestas?
—Voy a colgar si no tienes nada importante que decir —advirtió Phina, incapaz de soportar por más tiempo que él se creyera con derecho a exigirle explicaciones.
Calculó que era imposible que supiera que se había acostado con Rashid.
Tenía que haberlo conjeturado, con la esperanza de dar en el blanco con sus comentarios.
Nduka se arrepintió de sus palabras en cuanto salieron de su boca. —Lo siento —dijo—. Espero no haber arruinado nuestra posibilidad de estar juntos algún día.
—Pero, Nduka, no veo cómo podríamos volver a estar juntos. Creía haberlo dejado claro las tres últimas veces que hablamos.
Aunque aún sentía algo por él, había decidido distanciarse emocionalmente incluso antes de consolidar su relación con Rashid.
Se culpó por no haber dejado suficientemente clara su postura.
Su relación con Nduka había sufrido un duro golpe cuando salieron a la luz las noticias sobre los delitos que él había cometido en Estados Unidos.
Tras descubrirse que era reincidente, no podía imaginar cómo esperaba Nduka que ella se lo tomara en serio, y mucho menos que se mudara a Nigeria con él.
En su momento, su petición le pareció ridícula, pero respondió con amabilidad porque no veía motivo para hacer leña del árbol caído.
—Solo quería ponerme al día y saber cómo estás —dijo él tras un breve silencio—. Gracias por no colgar. Tú y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo. Hemos pasado por muchas cosas juntos, como que nos acusaran del asesinato de Patrick. Y, sobre todo, eres la mejor amante que he tenido jamás.
—Sí, pero ahora tenemos que dejar eso atrás.
—Quiero que sigamos siendo amigos, pase lo que pase.
—Me encantaría —dijo Phina, exhalando un suspiro de alivio.
—¿Cómo va la investigación?
Phina sintió que ya había suficiente distancia entre ellos como para abrirle su corazón. —Cada día aparecen nuevas pistas. A estas alturas, encontrar al asesino depende de localizar a la madre del bebé de Patrick.
—Esa conclusión tiene un grave fallo —dijo Nduka—. ¿Por qué iba a querer matarlo la madre del bebé de Patrick? ¿No tiene más que ganar con Patrick vivo que muerto?
—Es una observación válida. El detective Sommers dijo algo parecido, pero, en mi opinión, ella podría querer matarlo si él amenazó con revelar su secreto o incumplió alguna promesa.
—¿Qué promesa?
—Tal vez la de divorciarse de mí y casarse con ella —respondió con naturalidad—. Podría haberlo matado por celos. Las cámaras del hotel captaron a una mujer marchándose aquella noche. A veces no puedo evitar pensar que se trata de la misma persona.
—Podría ser... Lo que voy a decirte ahora quizá te moleste, pero creo que debes oírlo. ¿Has contemplado la posibilidad de que Patrick tuviera varias aventuras?
—No te preocupes. No me molesta. Se me ha pasado por la cabeza varias veces, pero siempre descarto la idea. Es mi forma de ayudarlo a conservar cierta dignidad. Sí, es muy posible.
—Así que, si ese es el caso —prosiguió Nduka—, resolverlo podría ser sumamente difícil, porque no buscáis a nadie en concreto.
—Dejaré que mis investigadores se preocupen por eso.
—Te deseo mucha suerte.
-
El detective Sommers estaba esperando en la entrada para coches cuando Phina llegó a Hazel House poco después de las siete de la tarde. La había llamado a la oficina para comunicarle que tenía noticias importantes. Fueron hasta la casa, entraron en el despacho y cerraron la puerta tras ellos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Phina mientras se sentaba y dejaba el bolso sobre el escritorio, a su lado.
—Encontraron muerto a Paul Evans en su casa en algún momento de anoche.
—¿Qué? —chilló Phina, mirando aterrorizada al detective Sommers.
—Sí. Su esposa se puso en contacto conmigo. Al volver a casa de un acto, lo encontró tendido boca abajo en el dormitorio.
—Déjeme hacer una suposición alocada. Lombardi y su equipo ya se han adueñado del caso.
—Así es. Llegaron primero.
—Entonces, ¿por qué lo llamó Melissa Evans?