Capítulo 17 Lasgidi #2
—Ven, hay unas personas a las que quiero presentarte —le dijo Rashid, poniendo fin a su teatralidad.
Rodeó con suavidad la cintura de Phina y la condujo hasta dos caballeros de más o menos su edad, cerca de los cuarenta—.
Estos son mis socios. Nos conocemos desde niños y fundamos nuestra empresa cuando solo teníamos veinte años...
—Perdona —lo interrumpió Phina—, ¿a qué os dedicáis?
—A las telecomunicaciones. ¿No te lo ha contado mi padre? Siempre está presumiendo de sus hijos, así que daba por hecho que lo sabías.
—Ah, sí, lo mencionó. Hola —saludó Phina a los dos hombres.
—Hola —respondieron al unísono y se turnaron para estrecharle la mano.
—Estos dos y yo —dijo Rashid, dando unas palmadas en la espalda a sus amigos uno tras otro— somos los fundadores de Vano Communications.
—¿De verdad? —Phina enarcó las cejas con admiración.
Volvió a mirar a los dos hombres que tenía delante.
Ambos parecían sencillos y eran atractivos, cada uno a su manera—.
Habéis roto barreras de verdad con vuestra invención del software de marketing Vano.
Cuando supe que lo había desarrollado una empresa del país, me quedé impresionada.
Los hombres se rieron y le dieron las gracias.
—¿En qué nuevos inventos estáis trabajando últimamente? —prosiguió Phina.
—Estamos desarrollando una aplicación para hospitales que cambiará por completo la administración hospitalaria —respondió el amigo de la camisa azul.
—¡Increíble! Conozco a alguien a quien le interesará mucho vuestra aplicación —dijo Phina con una ligera inclinación de cabeza—. Se lo comentaré cuando vuelva a Londres.
—Déjame presentarte al resto de los invitados antes de que piensen que te estoy acaparando —dijo Rashid, interrumpiendo la conversación.
—Por supuesto, ha sido un placer conoceros —dijo Phina antes de que Rashid se la llevara de nuevo.
-
La fiesta continuó durante horas y los invitados hicieron todo lo posible por charlar con Phina.
Se hizo varias fotografías e intercambió tarjetas de visita con casi todos los presentes.
Les sirvieron diversos platos de sopa y arroz, además de ñame machacado y una selección de deliciosos postres capaces de deleitar hasta el paladar más exquisito.
Phina se vio obligada a controlar las raciones, pero no dudó en disfrutar del champán que corría sin límite ni de la abundancia de testosterona que la rodeaba.
Una vez servida la comida y después de que todos los invitados hubieran comido, despejaron la pista para bailar.
Sade sonaba suavemente de fondo cuando Rashid llevó a Phina a la terraza, adonde se había trasladado buena parte de la fiesta.
—Cuando mi padre me dijo que venías, despejé mi agenda para asegurarme de poder estar aquí y aprovechar esta oportunidad única en la vida. Eres lo más hermoso que he visto jamás —dijo Rashid cuando se acomodaron en un rincón.
Phina soltó una carcajada incontenible.
—Lo digo en serio —continuó Rashid, mirándola desde arriba con una amplia sonrisa.
—Ya sé que hablas en serio. Perdona que me haya reído. Es solo que no es la primera vez que oigo eso.
—¡Mierda! —maldijo él—. Y yo que creía tener la frase perfecta para ligar.
—Ah, ¿intentabas ligar conmigo? —bromeó ella.
—Por supuesto. ¿Por qué no? ¿Te has mirado al espejo? Cualquier hombre con sangre en las venas querría ligar contigo.
Phina puso los ojos en blanco antes de reírse de nuevo. Esta vez fue una risa sensual, una que solo era capaz de emitir cuando el champán le había embotado los sentidos lo suficiente.
—Deja de adularme —murmuró después—. Me está dando dolor de cabeza.
—¿Has pensado alguna vez en volver a Nigeria?
—Sin duda. Me gustaría volver con mi hija en algún momento. Tiene que conocer nuestra cultura. Intento enseñársela, pero no hay mejor forma de aprenderla que vivirla.
—Sí. Mi padre me dijo que tenías una hija de cuatro años...
—Tiene seis. Los cumplió en julio.
—Vaya. ¿Cómo llevas eso de criarla tú sola?
—Es una niña estupenda y no da muchos problemas. ¿Y tú? ¿Tienes hijos?
—No —respondió él, negando con la cabeza—. Nunca me he casado.
—¿Por qué? ¿Nunca has conocido a nadie lo bastante buena para ti?
—En realidad, sí. Acabo de conocerla esta noche.— Sus ojos se clavaron en los de ella con una intensidad abrumadora. Mientras hablaban, la distancia física que los separaba fue desapareciendo poco a poco hasta quedar reducida a poco más de dos centímetros.
Phina sonrió para desarmarlo.
—Qué interesante... ¿Y quién podría ser? —preguntó ella, inclinando la cabeza hacia la derecha.
Él la miró a los ojos durante cinco largos segundos antes de rodearle la cintura con una mano, sin llegar a eliminar la minúscula distancia que aún quedaba entre ambos.
Phina vio algo en sus ojos que le hizo difícil controlar el ritmo de sus latidos.
Él bajó la mirada hacia el escote que formaba su vestido rojo con cuello de pico.
El vestido se ceñía a su cuerpo y realzaba su figura de reloj de arena pese a la tenue iluminación de la terraza.
Phina percibió el deseo que emanaba de todo su ser y se aclaró la garganta para romper aquel silencio incómodo.
—Espero que no te refieras a mí —susurró.
—¿No resulta evidente? —respondió él, apartándose un poco para dejar más espacio entre ambos antes de cogerla de las manos—. Si estás libre, me gustaría invitarte a cenar mañana por la noche.
—Tendré que consultar mi agenda.
—Hazlo y dime algo.
—Y, si mañana no puede ser, podemos quedar en otro momento —sugirió Phina.
Los interrumpió la voz de Chief Gambo, que, a través de un micrófono, pidió a todos que se reunieran para hacer un brindis.
Los invitados acudieron desde todos los rincones —la terraza, los salones contiguos y la escalera— hasta congregarse en el centro del gran salón.
Chief Gambo se aclaró la garganta y pronunció un breve discurso, tras el cual brindó por Phina y por todos los invitados que habían acudido a darle la bienvenida.
Después del brindis, el DJ siguió poniendo música suave.
Phina bailó « Sweetest Taboo » con Rashid.
El cuerpo de él era cálido y firme mientras la envolvía entre sus brazos.
Había algo extraño en la forma en que sus cuerpos se fundían en la pista de baile.
Por primera vez en todo un año, ella se sintió a salvo y protegida.
Aquel hombre, al que acababa de conocer, ejercía sobre ella el efecto más extraño.
Se convenció de que no se debía únicamente al champán.
Cuando terminó la canción, se disculpó para ir al baño.
Tras cerrar la puerta con pestillo, contempló su reflejo en el espejo.
El maquillaje seguía intacto, pero vio algo más: alegría.
Le brotaba por los poros y resplandecía en sus ojos, que habían recobrado el brillo.
Tenía bolsas bajo ellos debido a las muchas noches en vela que había pasado preocupándose, pero ahora aquel brillo las eclipsaba.
Exhaló profundamente mientras reflexionaba sobre todo lo que sucedía en su interior.
Como aún le costaba asimilarlo, se contempló unos minutos más antes de retocarse el pintalabios y salir.
Phina abandonó la fiesta poco después, aunque no sin antes dar las gracias a sus anfitriones. Ya había pasado la medianoche y Rashid la acompañó hasta la limusina y le besó la mano antes de ayudarla a entrar. Tras abrocharse el cinturón de seguridad, bajó la ventanilla y le tendió la mano.
—Te llamaré mañana para confirmar lo de la cena —dijo.
—Me encantaría. Que pases una noche maravillosa —dijo él, besándole la mano una vez más.
Cuando el coche de Phina se acercó a la salida, los dos guardas se pusieron en pie de un salto y ocuparon sus puestos para abrir la verja.
—Buenas noches, señora —dijeron al unísono, agitando las manos con entusiasmo para despedirse.
—Buenas noches —respondió Phina, riéndose para sus adentros.
-
Phina despertó con el sol atravesándole los párpados y las sábanas blancas enredadas en torno a su cuerpo desnudo.
La noche anterior había regresado tan cansada a su suite que, después de quitarse la ropa, se había metido directamente en la cama.
Adeyinka, su ayudante, llegaría en apenas unos minutos para llevársela a la larga sucesión de reuniones de aquel día, así que se apresuró a bañarse y vestirse antes de que llegara.
Como solo disponía de dos semanas en Nigeria para realizar el trabajo de dos meses, no tenía tiempo que perder.
Adeyinka llegó puntual. Llamó a la puerta y esperó a que Phina respondiera. A los pocos minutos, Phina, recién salida de la ducha y envuelta en una toalla, abrió la puerta.
—Entra —dijo mientras volvía corriendo al dormitorio para vestirse—. ¿Cómo te ha ido, Ade? Hacía mucho que no nos veíamos.— Phina hablaba en voz alta para que Adeyinka pudiera oírla desde el salón.
—Me va bien. Bienvenida a Lasgidi . ¿Qué te está pareciendo hasta ahora?
—Lagos sigue siendo tan espectacular como siempre. No hay nada comparable a ese olor a océano que te invade las fosas nasales en cuanto te acercas a la isla.
—¿Cómo va el negocio en Londres?
—Gracias a Dios, bien. Anoche estuve hasta tarde en casa de Chief Gambo. Por eso estoy así.
—Ya me lo imaginaba, porque he estado un buen rato llamando. ¿Qué tal la fiesta?
—Interesante —respondió Phina mientras salía ataviada con una falda midi ajustada de color azul marino, un top de seda del mismo tono y un cinturón color camel a juego con los zapatos y el bolso.
Llevaba el pelo recogido en una coleta tirante que realzaba sus facciones y hacía que sus ojos parecieran más grandes.
—Qué rápido —murmuró Adeyinka.
—Estoy acostumbrada.
—Nuestra primera reunión es en Vicko Plaza. Hemos quedado con su director general para hablar sobre el alquiler de uno de sus locales.
—Recuérdamelo, por favor. ¿Qué superficie tienen los locales disponibles? —preguntó Phina.
—Algunos tienen unos ciento ochenta y cinco metros cuadrados. Uno tiene alrededor de trescientos setenta.