Capítulo 17 Lasgidi
En cuanto el avión aterrizó en Lagos, Phina sintió una oleada de emociones al imaginar los sabores, las imágenes y los sonidos que estaba a punto de encontrarse.
El aire húmedo le golpeó el rostro y le hizo comprender que estaba en casa.
Cuando se disponía a desembarcar, observó cómo los pasajeros de clase turista se peleaban por sacar sus maletas.
Se atropellaban unos a otros mientras el equipaje caía sin orden ni concierto de los compartimentos superiores.
Se preguntó por qué tenía todo el mundo tanta prisa, sobre todo porque al final todos acababan en la cola de aduanas.
Y, por mucho que se esforzaran, no podían avanzar más deprisa de lo que tardaban los agentes en tramitar su entrada.
En la zona de aduanas, se le acercó un caballero bajito y de aspecto agradable, vestido con un traje muy ceñido.
—Buenos días, señora Phina —le dijo a Phina con un tono exageradamente jovial. Lucía una enorme sonrisa que no parecía que fuera a desvanecerse pronto.
—Buenos días —respondió Phina, devolviéndole la sonrisa—. ¿Cómo me ha reconocido?
— Ah, ah . Yo ya la conozco, ¿no? —Alargó la última palabra—. Nuestro director general también me dijo qué ropa llevaba. Es fácil —concluyó, riéndose sin poder contenerse.
Phina reprimió las ganas de reír, así que se encogió de hombros y sonrió.
Demasiado cansada para conversar después del vuelo de seis horas, articuló un «gracias» con los labios y siguió al hombre hasta el mostrador de aduanas reservado para personalidades.
En aquel mostrador había poca cola y, cuando el guía levantó la barrera que lo separaba de los demás, un grupo de viajeros se abalanzó para pasar.
Un agente de aduanas uniformado reaccionó al instante y dispersó a los intrusos antes de volver a enganchar las cintas a toda prisa.
Phina oyó los refunfuños de la multitud, que expresaba su malestar por el trato de favor que consideraba que estaba recibiendo.
Un viajero de unos cincuenta años dijo con un marcado acento igbo y lo bastante alto para que lo oyera todo el mundo en aquella zona abarrotada:
—¿Acaso no somos todos iguales?
La mujer que estaba a su lado se dio una palmada en el dorso de una mano con la otra y repitió el gesto alternándolas antes de declarar:
—Yo qué sé, o o …
Mientras tanto, no dejaba de fruncir los labios. Los demás contemplaban la escena divertidos.
—¿Cómo se llama? —preguntó Phina a su guía.
—Usman. Me llamo Usman. Creía que se lo había dicho antes, señora.
—Usman, gracias por toda su ayuda.
—No hay de qué, señora.
En cuestión de segundos, Phina presentó el pasaporte al funcionario de aduanas, que lo selló y se lo devolvió.
—¿Cuántas maletas tiene? —preguntó Usman cuando llegaron a la zona de recogida de equipajes.
—Cinco. He facturado cinco.
Usman miró a Phina asombrado mientras ella le describía su equipaje.
Fue recogiéndolo diligentemente de la cinta y colocándolo en un carro, antes de guiarla hacia la salida.
En cuestión de segundos, la acomodaron en una limusina negra y la llevaron directamente al hotel.
Cuando abrió la puerta de su suite, una preciosa bandeja de macarons y fresas bañadas en chocolate tentó sus sentidos.
Sin vacilar, devoró los macarons —los ocho— y también las fresas.
Después se sirvió una copa de Dom Pérignon y entró en el baño para darse una ducha rápida antes de vestirse para asistir a la cena de bienvenida que Chief Gambo ofrecía en su honor.
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Cuando Phina llegó a casa de Chief Gambo, el vigilante uniformado se asomó a la ventanilla del chófer para comprobar quiénes ocupaban la limusina.
—Traigo a la señora —dijo el chófer, señalando el asiento trasero.
El vigilante miró hacia atrás.
—Buenas tardes, señora —le dijo a Phina, que empezaba a impacientarse por aquel protocolo excesivo.
—Buenas tardes —respondió ella con una sonrisa forzada.
El vigilante regresó corriendo, alegre y dando saltitos, y abrió una hoja del gran portón de hierro fundido mientras gritaba a su compañero que abriera la otra. Cuando el coche entró, los dos vigilantes hicieron una reverencia y saludaron.
El conductor recorrió la extensa finca, pasando junto a una hermosa cascada, un jardín de flores y una flota de coches de lujo.
Por fin se detuvo ante un porche que daba paso a un tramo de escaleras desmesuradamente largo, en lo alto del cual se alzaba una gran puerta artesanal, decorada con intrincadas figuras doradas y una enorme aldaba.
Salió del asiento del conductor y sostuvo la puerta para Phina, que dejó escapar una leve exclamación en cuanto vio la magnificencia de la propiedad de Chief Gambo.
Se alzaba imponente sobre el horizonte, como si pretendiera devorarlo.
Phina divisó a cuatro tenistas —dos hombres y dos mujeres— que se pasaban la pelota de un lado a otro en la pista situada en el rincón más alejado.
Las mujeres llevaban faldas blancas cortas de tenis y tops sin mangas y muy escotados que dejaban al descubierto buena parte de sus pechos.
En el lado nordeste, una gran piscina relucía mientras la suave brisa que soplaba extendía ondas interminables por su superficie.
Mientras Phina permanecía allí, asimilando la belleza de cuanto la rodeaba, sintió un ligero toque en el hombro y se volvió para encontrarse con un caballero de algo más de un metro ochenta, piel clara, mandíbula firme, mirada ardiente y la sonrisa más fascinante que jamás había visto en ser humano alguno.
Se quedó clavada en el sitio y los labios se le abrieron formando un pequeño óvalo mientras buscaba las palabras adecuadas para contener su bochorno.
—Veo que te gustan los espacios al aire libre —dijo él despacio, con lo que Phina identificó como un ligero acento británico y una voz que creyó reconocer de alguna parte.
El magnetismo de su voz hizo que el corazón le golpeara con fuerza en el pecho. Abrió la boca para hablar, pero seguía sin encontrar las palabras adecuadas, de modo que volvió a cerrarla, respiró hondo y sonrió para no hacer el ridículo.
—Perdona mis malos modales —dijo el caballero, tendiéndole la mano derecha—. Soy Rashid.
—Phina —respondió ella con su voz melodiosa mientras se pasaba el bolso de mano de la derecha a la izquierda y le tendía la mano—. Debería haber sabido que eras tú. He reconocido tu voz de las veces que hemos hablado por teléfono.
Rashid sonrió, dejando a la vista una dentadura perfecta.
—Todos te estábamos esperando. Ven conmigo, por favor.
Phina sintió una descarga por todo el cuerpo cuando le cogió la mano y subió con él el tramo de escaleras.
La puerta se abrió de par en par justo cuando se aproximaban.
Atravesaron el vestíbulo y entraron en un grandioso salón con unos sesenta invitados, que charlaban, reían y bailaban lentamente con cócteles en las manos.
« Joromi » sonaba a todo volumen de fondo.
Las mujeres movían despacio las caderas de un lado a otro con expresiones sensuales, mientras los hombres bailaban al ritmo con las manos sobre las sinuosas caderas de sus parejas.
Phina se quedó perpleja al reparar en un retrato a tamaño natural de Chief Gambo en todo su esplendor, colgado de la extensa pared blanca del magnífico salón.
El DJ bajó el volumen de la música en cuanto ella entró, lo que hizo que los invitados volvieran la vista hacia el alboroto que estaban armando Chief Gambo y su esposa.
Chief Gambo gritaba: «Hola, hola», mientras se dirigían hacia ella.
Vestía una larga túnica morada y plateada, y su esposa llevaba un « iro » y una « buba » confeccionados con una tela idéntica.
Su gele realzaba su cabello de una forma preciosa, y tanto su bolso plateado como sus zapatos eran de una exclusiva firma de diseño.
Phina buscó a Rashid con la mirada, pero no estaba por ninguna parte.
Había desaparecido de su lado en cuanto entraron.
Chief Gambo y su esposa se turnaron para abrazarla y besarla en ambas mejillas.
—Nuestra invitada de honor ya está aquí —anunció Chief Gambo con voz atronadora, lo bastante alta para que lo oyera todo el salón y con una amplia sonrisa iluminándole el rostro.
Phina sonrió y fue pasando fugazmente la mirada de una persona a otra.
—Bienvenida a Nigeria —continuó Chief Gambo, entrelazando el brazo con el de ella y conduciéndola hacia el centro del salón—. Espero que haya disfrutado del vuelo.
—Sí, ha sido estupendo. Los servicios del aeropuerto han mejorado mucho desde la última vez que estuve aquí. Ah, y gracias por el conductor y por la botella de Dom de mi suite. Sé que ha sido cosa suya.
Chief Gambo soltó una prolongada carcajada gutural y echó el cuerpo hacia atrás para conseguir el efecto dramático necesario con el que expresar su satisfacción.
—Esperaba que se diera cuenta, pero, en fin, quiero presentarle a mi primogénito.
Ha acortado su viaje a Dubái para poder estar hoy aquí y conocerla.
—Antes de que Phina pudiera decir palabra, Chief Gambo se excusó ante su esposa.
Giró el cuello y escrutó el salón durante unos segundos antes de anunciar—: Aquí está.
Cogió a Phina de la mano y tiró de ella hasta dejarla a medio camino de un rincón abarrotado del salón.
—Mi hijo Rashid —dijo en tono altivo.
Rashid le tendió la mano a Phina por tercera vez aquella noche.
—Ya nos conocemos —dijo, mirándola a los ojos—. La encontré nada más llegar. Es un placer conocerte por fin en persona, Phina. Mi padre habla muchísimo de ti. Cualquiera diría que eres su primogénita.
Chief Gambo se rio como de costumbre.
—Phina es una joya. Quiero a todos mis hijos, pero ojalá ella también fuera hija mía —reiteró, sin dejar de reír.
—Oh. Muchísimas gracias, señor. Se ha portado de maravilla conmigo desde que nos conocimos y siempre me ha tratado como a una hija. Que Dios lo bendiga —ronroneó Phina, llevándose la mano izquierda al pecho.