¿Hay café? (Millbrook Falls 1) Capítulo 18 #27
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Capítulo 18 #27

—Volveré después de Navidad —continuó Derek, poniéndose el abrigo—. Eso te da unas semanas sin presión. Piensa en dónde quieres estar dentro de cinco años. Diez. Piensa en qué pasará si esto no funciona, porque, Ruby, las tiendas independientes en pueblos de este tamaño lo tienen muy difícil.

—Derek...

—No intento asustarte. Soy realista. Tienes talento.

Demasiado talento como para dejar que la terquedad o los sentimientos te arruinen el futuro.

—Hizo una pausa en la puerta—. La oferta sigue en pie hasta que vuelva.

Después de Navidad. Ese es tu plazo. Pero si dices que no.

.. —Se encogió de hombros—. Estas oportunidades no se presentan dos veces.

Sonó la campanilla.

Ruby se quedó sola, con las palabras de Derek resonándole en la mente.

«¿Cuáles son tus márgenes reales? Incluso las tiendas que van bien apenas sobreviven».

Miró al otro lado de Main Street. Las luces de Sullivan's seguían encendidas, pero Jake se había ido. Tommy estaba limpiando, seguramente a punto de cerrar.

Había defendido este lugar con todo lo que tenía. Había dicho en serio cada palabra sobre que las relaciones importaban más que el éxito corporativo. Pero Derek le había dado tiempo para pensar, y ese tiempo la aterraba.

Porque ¿y si tenía razón? ¿Y si sus sentimientos por Jake le estaban nublando el juicio sobre las realidades del negocio? ¿Y si quedarse era terquedad disfrazada de autenticidad?

Ruby cerró con llave, con las manos temblándole, y se quedó en la acera entre su tienda y la de Jake, intentando decidirse.

Necesitaba hablar con Jake. Explicarle que el desprecio de Derek no reflejaba lo que ella sentía. Que no estaba planeando irse.

Pero «aún no he decidido» sonaba a «podría irme» desde la perspectiva de Jake.

Cruzó Main Street de todos modos, con el aliento formando nubes en el frío de diciembre. Sullivan's estaba a oscuras, pero había luz en el apartamento de Jake. Subió las escaleras y llamó.

Los nudillos se le quedaron suspendidos un segundo de más. No sabía si quería que él abriera la puerta o ganar tiempo para no tener que enfrentarse a ello.

Jake abrió en pantalones de franela y una camiseta desgastada, con el pelo revuelto como si se hubiera estado pasando las manos por él. Su expresión cautelosa le provocó un dolor en el pecho.

—Ruby. ¿Todo bien?

—No. ¿Podemos hablar?

Él se hizo a un lado y le indicó con un gesto que entrara en su apartamento: líneas limpias, muebles cómodos, colecciones de poesía en las estanterías.

Era él, y la incertidumbre de Ruby se intensificó.

Este hombre, esta vida, este lugar... todo encajaba.

Pero las preguntas de Derek seguían resonando.

—Sobre Derek —empezó Jake, con voz cautelosa—. No tienes que darme explicaciones. Oportunidad corporativa, mejor sueldo, seguridad...

—Jake, para —Ruby levantó una mano—. No acepté su oferta.

—Vale.

—Pero tampoco dije que no. —Las palabras le salieron atropelladas.

El rostro de Jake se volvió impenetrable—.

Me da de plazo hasta después de Navidad.

Y Jake, sé lo que quiero emocionalmente.

Quiero esto. Quiero Millbrook Falls y Scattered Beans y todo lo que he construido y.

.. —No pudo decir «tú», no mientras admitía que podría irse—.

Pero Derek preguntó por mis márgenes, mis gastos generales, mi rentabilidad, y yo. ..

—Te lo estás planteando.

—No lo sé. —Ruby se pasó una mano por el pelo—. Vine a disculparme por cómo despreció Sullivan's. Por cómo te despreció a ti. Pero no puedo fingir que lo que dijo no me da miedo.

Jake guardó silencio, buscando las palabras adecuadas. Cuando habló, su voz sonó firme pero distante.

—Deberías pensártelo. Derek no se equivoca sobre los riesgos. Las tiendas independientes son difíciles. Márgenes ajustados, inviernos flojos. Una mala temporada puede hundirte. —La miró a los ojos—. No puedo pedirte que arriesgues tu futuro económico, aunque esto nos parezca lo correcto.

—Eso no es justo. Es más que...

—¿Lo es? —La pregunta de Jake fue suave pero incisiva—. Hace cuatro meses no sabías que este lugar existía. Tenías una vida en Hartford, una carrera, planes. Derek te ofrece recuperar todo eso, pero mejorado. Más seguro. Con más éxito, mires por donde lo mires.

A Ruby le escocieron los ojos.

—¿Me estás diciendo que acepte?

—Te estoy diciendo que tomes la decisión correcta para tu vida. No la romántica, ni la aventurera, ni la rebelde. La que tenga sentido.

—¿Y nosotros qué? —Le salió un hilo de voz, temblorosa pese a su esfuerzo por sonar firme—. ¿Qué pasa con lo que hemos estado construyendo?

El dolor cruzó el rostro de Jake: fugaz, contenido, pero inconfundible.

—Ruby, llevamos cuatro meses siendo vecinos.

Hemos coqueteado, trabajado codo con codo, compartido algún que otro desastre con esa máquina de espresso.

Y sí, hay algo aquí. —Vaciló, con la mandíbula tensa—.

Pero ¿basta con eso para basar tu vida en ello?

¿Es justo para ninguno de los dos que te quedes por sentimientos que podrían desvanecerse cuando pase la novedad?

—Eso no es justo.

—Puede que no. Pero es honesto. —Se pasó una mano por el pelo otra vez, dejándolo aún más revuelto—.

Me importas. Más de lo que debería. Pero esto.

.. —Hizo un gesto vago entre ellos, con la voz ronca—.

Esta vida no es fácil, Ruby. Mi bisabuelo levantó este lugar en los años más difíciles que nadie pueda imaginar.

Mi familia lo mantuvo a flote cuando todos los números decían que no debería haber sobrevivido.

Sé exactamente lo que hace falta. Y sé que no es para todo el mundo.

—Así que crees que debería irme —susurró.

—Creo que deberías hacer lo que sea mejor para ti. —Su voz se suavizó, pero la distancia seguía ahí—. No por mí. No por Millbrook Falls. No por las expectativas de nadie. Solo por ti.

Dio un paso atrás, y el espacio entre ambos se ensanchó más de lo que aquel diminuto apartamento podía abarcar.

—Tómate el tiempo que Derek te dio. Piensa en dónde quieres estar realmente.

Decidas lo que decidas... —Tragó con dificultad, los ojos velados por algo que ella no supo descifrar—. Lo entenderé.

Ruby se quedó allí de pie, con el suave zumbido de la calefacción llenando el silencio que él había dejado.

Había venido buscando que la tranquilizara, que le dijera que hacía bien en quedarse, que el amor y el sentirse parte de algo bastaban.

En cambio, él le había abierto la puerta a la duda. Permiso para marcharse.

Y, por alguna razón, eso dolía más que cualquier cosa que Derek hubiera dicho.

—Debería irme —dijo en voz baja, aunque no quería.

—Sí —murmuró él—. Probablemente.

Ruby se volvió hacia la puerta, con la mano en el pomo, y vaciló. —Jake, yo...

Pero las palabras se le enredaron. «Te quiero» le parecía temerario. «Quiero quedarme» sonaba a mentira mientras el miedo aún le atenazaba el pecho. «No sé qué hacer» se quedaba corto ante la tormenta que llevaba dentro.

Fue la voz de Jake la que rompió el silencio. —Buenas noches, Ruby.

Ella se volvió un instante, justo lo necesario para ver la amabilidad cansada en sus ojos. —Buenas noches.

Ruby cruzó Main Street bajo el frío cortante de diciembre, mientras la nieve caía en copos suaves y pausados que se derretían en sus mejillas. Ya en su apartamento, dejó las llaves en la encimera y fue directa a la ventana.

Abajo, su tienda y la de Jake se miraban a través de seis metros de asfalto que de pronto parecían kilómetros. Las luces navideñas de ambos escaparates brillaban tenues entre la nevada, dos halos gemelos en la oscuridad.

Derek le había dado hasta después de Navidad. Tres semanas y media para decidir si tenía el valor de arriesgarlo todo por un sueño que podría fracasar, o la sensatez de marcharse antes de que eso ocurriera.

Miró el teléfono, con el contacto de Derek aún iluminado en la pantalla. Después miró hacia Sullivan's, al otro lado de la calle, oscuro y en silencio, con una sola luz encendida en el apartamento de arriba.

La nieve cosía los dos edificios con finos hilos blancos, frágiles y efímeros.

Y no tenía ni la menor idea de qué iba a hacer.

Capítulo

Trece

Tres días después de que Derek Castellano saliera de Scattered Beans con su oferta de trabajo y sus hojas de cálculo repletas de estadísticas de fracaso, Ruby Ashworth se encontró plantada frente a Sullivan's Coffee a las nueve de la noche, con el correo bajo el brazo, mirando fijamente la luz en la ventana de Jake.

Lo había estado evitando. No de forma obvia: todavía intercambiaban saludos educados de un lado a otro de Main Street, todavía mantenían la cuidadosa coreografía de vecinos de pueblo pequeño que resultaban ser dueños de negocios rivales.

Pero la colaboración fácil que habían construido con el tiempo, los silencios cómodos, las miradas compartidas y esos momentos en que sus manos se rozaban al ir a coger el mismo utensilio, todo eso había desaparecido en el instante en que Derek cruzó su puerta.

Ruby no había pretendido que sucediera. No había planeado crear distancia entre ellos. Pero la oferta de Derek seguía sobre la encimera de su cocina como una bomba de relojería, y cada vez que miraba a Jake, sentía el peso de una decisión que no estaba preparada para tomar.

El correo llevaba dos días sobre su encimera: tres cartas dirigidas a Sullivan's Coffee que el cartero había entregado por error en Scattered Beans.

Ruby había tenido intención de llevarlo.

Lo había cogido una docena de veces, decidida a cruzar la calle.

Pero siempre acababa dejándolo de nuevo, incapaz de enfrentarse a la educada cautela o, peor aún, al dolor que podría encontrar en los ojos de Jake.

Pero esa noche se le habían acabado las excusas. El correo era una razón. Una buena razón. Una razón que no tenía nada que ver con que lo echaba de menos.