Hawk (MC Iron Brotherhood nº 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Sloane

Dos semanas después de empezar mi contrato, empezaba a entender por qué la gente se enamoraba de los pueblos pequeños.

Copper Ridge tenía su propio ritmo: predecible, cómodo, seguro.

Mary ya conocía mi pedido de café. Frank, el de la tienda de repuestos, siempre me preguntaba qué tal el día cuando pasaba a recoger suministros.

Incluso el recepcionista del motel había empezado a guardarme la habitación con mejor presión de agua.

Y luego estaba Hawk.

Siempre estaba cerca durante mis evaluaciones, sin agobiarme, pero presente.

Disponible. A veces lo pillaba mirándome, esos ojos oscuros intensos e indescifrables, y el corazón me daba un vuelco.

Habíamos establecido una rutina cómoda de conversaciones nocturnas en la cocina del club, hablando de todo y de nada mientras yo trabajaba en los planes de seguridad y él trasteaba con piezas de motos.

Era peligrosa, esta cercanía creciente. Había venido a Montana para reconstruir mi carrera, no para enredarme con un motero protector que me hacía sentir cosas que había jurado olvidar después de Derek.

Pero Hawk no era Derek. No me hacía sentir que era demasiado o que no era suficiente.

No insinuaba que estaría más guapa si perdiera peso o moderara mis opiniones.

Me miraba como si fuera perfecta tal como era, y que Dios me ayudase, estaba empezando a creerlo.

Esa noche trabajaba hasta tarde en la sala de conferencias, ultimando mi presentación para la reunión del día siguiente con todos los miembros. El club estaba tranquilo, la mayoría de los hermanos se habían ido y solo quedaban unos pocos prospectos de guardia.

Debería haber estado concentrada en mi trabajo, pero no dejaba de pensar en la conversación que había tenido con mi madre esa tarde.

—Sloane, cariño, ¿cuándo vas a volver a casa? —había preguntado, con preocupación en la voz—. Llevas fuera casi un mes.

—El contrato es de tres meses, mamá. Ya te lo dije.

—Lo sé, pero... —había dudado—. ¿Eres feliz allí? ¿De verdad?

¿Era feliz? La pregunta me había rondado mucho después de colgar. Se suponía que debía demostrar algo: a Derek, a mis antiguos colegas, a mí misma. Pero en algún momento del camino, esto había dejado de tratarse de demostrar nada y había empezado a tratarse de encontrar algo.

—Pareces muy pensativa.

Di un respingo y me giré para encontrar a Hawk en la puerta. Llevaba su uniforme habitual de vaqueros y camiseta, el chaleco de cuero colgado de un hombro, el pelo ligeramente húmedo como si acabara de ducharse.

—Hablé con mi madre hace un rato —dije, guardando el trabajo—. Le preocupa que me coman los osos o me secuestren los moteros.

—Deberías decirle que los moteros somos inofensivos. —Cruzó la habitación, sacó una silla, le dio la vuelta y se sentó a horcajadas con los brazos cruzados sobre el respaldo—. Los osos, eso sí... esos son una preocupación legítima.

Me reí y noté cómo parte de la tensión se me iba de los hombros.

—Lo tendré en cuenta. ¿Qué haces aquí tan tarde?

—Podría preguntarte lo mismo. Es más de medianoche, Sloane.

—Lo sé, solo quería terminar... —señalé el portátil—. Mañana presento a todos los miembros. Quiero asegurarme de que quede perfecto.

—Lo será. Eres meticulosa a más no poder. —Me estudió con esos ojos perceptivos—. Pero esa no es la razón por la que sigues aquí, ¿verdad?

Debería haber cambiado de tema, mantener las cosas en el terreno profesional. Pero en lugar de eso, me oí decir:

—¿Es raro que me guste estar aquí? El club, quiero decir. Me hace sentir...

—¿Segura? —sugirió.

—Sí. Segura. —Cerré el portátil—. Me paso el día identificando vulnerabilidades, encontrando debilidades en los sistemas, pero aquí, con vosotros... no siento que tenga que estar en guardia.

—No deberías tener que estar en guardia en ningún sitio. —La voz de Hawk era suave—. ¿Qué pasó para que pensaras que debías estarlo?

Y quizá fue lo tarde que era, o la intimidad silenciosa del club vacío, o la forma en que me miraba como si yo importara, pero acabé contándole lo de Derek.

La relación que había creído que sería para siempre, el anillo de compromiso que había llevado durante ocho meses, el día que volví antes de un viaje de negocios y lo encontré haciendo las maletas.

—Dijo que llevaba meses pensándolo —me oí decir, y las palabras me salían con más facilidad que nunca—. Que me quería pero que ya no estaba «enamorado» de mí. Que necesitaba a alguien más... —tragué con dificultad—. Más convencional. Esas fueron sus palabras exactas.

—¿Qué coño significa eso? —La voz de Hawk se había endurecido y tenía los nudillos blancos de apretar el respaldo de la silla.

—Significa que quería a alguien que pareciera lo que debería parecer la prometida de un abogado de éxito.

Delgada, refinada, con menos opiniones. Menos...

yo. —Lo había dicho tantas veces en terapia, había trabajado tanto para darle la vuelta, para entender que no tenía que ver con mi valía.

Pero seguía doliendo—. Me dejó por una instructora de yoga llamada Brittany que pesa unos cuarenta kilos y le da la razón en todo.

—Es un puto idiota.

Esas palabras, simples y feroces, me hicieron sonreír a pesar del dolor en el pecho.

—Puede. Pero no estaba del todo equivocado. Tengo muchas opiniones. Ocupo espacio. No soy... —me señalé a mí misma—. No soy lo que la mayoría de los hombres imaginan cuando piensan en su mujer ideal.

Hawk se levantó de golpe y la silla chirrió contra el suelo. Por un momento, pensé que había dicho demasiado, que lo había espantado. Pero de pronto estaba justo delante de mí, con las manos en los reposabrazos de mi silla, acorralándome, su rostro a centímetros del mío.

—Déjame decirte lo que veo cuando te miro —dijo con voz baja e intensa—.

Veo a una mujer brillante capaz de desmontar sistemas de seguridad complejos y reconstruirlos mejor.

Veo a alguien con la seguridad suficiente para entrar en un club de moteros y exigir respeto.

Veo curvas que me dejan la boca seca y unos ojos que me calan hasta el fondo.

Se me cortó la respiración.

—Hawk...

—Veo a la mujer más hermosa que he conocido en mi vida, y cada día que estás aquí tengo que recordarme que no debo tocarte, que no debo decirte cuánto te deseo.

—Sus ojos buscaron los míos—. Así que lo que sea que ese imbécil te dijera sobre ser «demasiado» o «no lo bastante convencional», ese es su problema, no el tuyo.

Eres perfecta, Sloane. Exactamente como eres.

—No soy...

—Sí, lo eres. —Lo dijo con tal convicción que casi le creí—. Y cualquier hombre que no sea capaz de verlo no te merece.

Estábamos tan cerca que podía sentir el calor que irradiaba de él, podía ver las motas doradas en sus ojos oscuros. El corazón me latía con fuerza, y todos mis instintos me gritaban que acortara la distancia, que lo besara y olvidara todas las razones por las que esto era una mala idea.

—Esto es complicado —susurré—. Estoy aquí por trabajo. Tú eres...

—¿Soy qué?

—Eres todo lo que se suponía que no debía desear.

—La confesión me salió entrecortada, sincera—.

Vine aquí para centrarme en mi carrera, para demostrar que no necesitaba a nadie.

Y entonces apareces tú con tus instintos protectores, tu amabilidad y esa forma de mirarme como si fuera la única mujer en el mundo.

—Lo eres. —Levantó la mano y me acarició la mejilla con una ternura que me hizo un nudo en la garganta—. Para mí, lo eres.

Me incliné hacia su caricia y cerré los ojos. Era una idea terrible. Técnicamente era su empleada. Apenas nos conocíamos. Había jurado renunciar a las relaciones, renunciar a confiar, renunciar a dejar que nadie se acercara lo suficiente para volver a hacerme daño.

Pero, Dios, lo deseaba. Lo deseaba a él.

—Hawk... —Abrí los ojos y lo encontré mirándome con una intensidad que me dejó sin aliento—. No deberíamos.

—Lo sé. —Pero no se alejó, no apartó la mano—. Dime que me vaya, Sloane. Dime que tú no sientes esto también, y saldré por esa puerta ahora mismo.

No pude. Las palabras no salían, porque habrían sido una mentira, y nunca se me había dado bien mentir.

—Lo siento. Desde aquella primera noche, cuando me arreglaste el coche y me miraste como si fuera alguien a quien merecía la pena proteger. Lo siento, y me aterroriza.

—A mí también. —Un amago de sonrisa le cruzó el rostro—. He pasado cinco años manteniendo a todo el mundo a distancia. Más seguro así. Menos lío. Y entonces llegas tú a mi vida y me arruinas todos los planes que había trazado con tanto cuidado.

—Se me da bien eso. Liar las cosas.

—Bien. Me gustan los líos. —Su pulgar me acarició el pómulo, una caricia tan tierna que me dolió el pecho—. Me gustas, Sloane. Todo de ti. Cómo gesticulas cuando explicas algo técnico. Cómo arrugas la nariz cuando piensas. Ese ruidito que haces cuando bebes un café muy bueno.

—¿Te fijas en todo eso?

—Me fijo en todo lo que tiene que ver contigo. —Se inclinó más y apoyó la frente contra la mía—. Así que dime qué quieres. Porque apenas me estoy conteniendo, y necesito saber si debo soltar las riendas o apretar más.

¿Qué quería? Quería sentir sus labios en los míos, quería sus manos en mi cuerpo, quería saber si esta conexión entre nosotros era tan real y poderosa como parecía. Quería arriesgarme, aun sabiendo que podría acabar con el corazón roto.

Pero también quería mi carrera, mi independencia, la vida que había ido construyendo ladrillo a ladrillo, con cuidado. Quería ser sensata, protegerme, no lanzarme a algo solo porque me hacía sentir bien en ese momento.

—No lo sé —admití, con las palabras arañándome la garganta al salir—. Te deseo. Pero tengo miedo, Hawk. Tengo miedo de que vuelvan a hacerme daño, miedo de perderme en otra persona, miedo de...

Me besó la frente, suave y dulce.