Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 36 Hasta siempre
100%

Capítulo 36 Hasta siempre

Rechacé la copa de cortesía y la invitación de Clara para cenar con el patronato de la galería en un mesón de la Cava Baja.

Salí sola a la calle Huertas. La medianoche en Madrid no concedía tregua al ruido, pero al enfilar la subida empedrada hacia la calle Alcalá el rumor de los comensales se fue diluyendo en el aire frío de comienzos de primavera.

La brisa bajaba limpia y seca desde la sierra del Guadarrama, cortando la pesadez del asfalto con una frialdad que me devolvía la nitidez en las sienes.

Me abroché los botones centrales de la gabardina corta color arena y me ajusté el cinturón con un tirón seco.

Subí a paso largo sorteando las baldosas resquebrajadas.

En la confluencia con la Plaza de Cibeles, el semáforo para peatones viró al rojo con un chasquido eléctrico.

Me detuve al borde del cordón de granito.

La masa monumental del Palacio de Comunicaciones y el Banco de España se recortaba bajo una luz blanca y nítida que hería las sombras de los aleros.

Enfrente, una riada incesante de faros amarillos y rojos descendía hacia el Paseo de Recoletos, quebrando la noche con el zumbido bronco de los motores y el silbido del tráfico rodado.

El olor a gasolina limpia se mezclaba con el polvo seco de la piedra castellana y un rastro de ozono urbano.

Hundí ambas manos en los bolsillos de la gabardina para resguardarme de la corriente que subía desde el Paseo del Prado.

En el fondo del bolsillo interior derecho, mis dedos rozaron algo pequeño, plano y rígido.

Tenía un borde circular, estriado en los cantos, con un peso denso que no pertenecía al tejido ligero de la prenda.

Acaricié el metal con la yema del índice.

El disco conservaba el frío de la noche madrileña, pero bajo la presión de la piel desprendió de golpe ese olor seco y acre del bronce envejecido.

Extraje la pieza a la altura del pecho.

Bajo el halo ámbar de la farola fernandina, la vieja ficha metálica del subte de Buenos Aires brilló con un destello oscuro y cobrizo.

Era la moneda de transporte con la flor grabada en el centro que Renzo había deslizado en secreto en el forro antes de que abandonara la calle Defensa.

La hice girar entre el pulgar y el corazón.

Los surcos gastados por millones de manos ajenas arañaron la huella de mi pulgar con una aspereza mineral.

—No te guardes nada que no puedas sostener en la vereda —había dicho él una madrugada en Balcarce, mientras las persianas de chapa dejaban entrar el aire del río.

Me quedé mirando el metal. En esa circunferencia gastada no había promesas de regreso ni contratos firmados en despachos asépticos.

No había la necesidad desesperada de atar a nadie a un billete de avión.

Estaba el peso exacto de cuatro semanas intensas sobre el parqué encerado, el humo de tabaco rubio en el zaguán de la calle Defensa, la sangre fría con la que Don Anselmo lijaba el nogal roto y el temblor en las muñecas de Renzo al marcar el último corte sobre los adoquines calientes.

El semáforo frente al Paseo de Recoletos cambió a verde con un parpadeo tenue.

A mi lado, dos muchachos con chaquetones oscuros bajaron a la calzada con prisa, seguidos por una mujer que empujaba un carrito plegable.

No me moví de inmediato. Respiré hondo. El aire helado de Madrid me llenó los pulmones, limpio y cortante, disolviendo el último vestigio de acedía que arrastraba desde el laboratorio de Kreuzberg.

Comprendí que la distancia ya no era una fractura.

No había huido de Buenos Aires para protegerme; la había dejado en su sitio, viva, indomable y entera, exactamente igual a como Renzo custodiaba sus diez manzanas sin pedir clemencia.

Mi mirada detrás de la Leica no estaba rota: había aprendido a recibir el mundo a cuerpo limpio, sin la cobardía del espectador que teme mancharse con el barro de la pista.

Cerré los dedos sobre la ficha de bronce. Apreté el puño con una fuerza tranquila, clavándome el canto estriado en la palma hasta sentir la firmeza del metal contra los tendones.

Apoyé el puño cerrado contra el centro de mi esternón, justo sobre el botón de nácar de la camisa. El latido de mi pecho golpeó el reverso de la moneda con un compás acompasado y seco.

Di un paso al frente. Crucé la calzada de Alcalá con una zancada elástica, sintiendo el agarre firme de mis botines sobre el asfalto plano.

Al enfilar la acera ancha que ascendía hacia la Gran Vía, el resplandor de los carteles luminosos, los teatros abiertos y las cornisas neoclásicas me abrió un pasillo de luz blanca en mitad de la noche. Buenos Aires seguía viva en cada milímetro de mi piel, intacta, libre y para siempre.