Capítulo 35 Luces en el Barrio de las Letras
El aire de comienzos de primavera bajaba limpio desde la sierra, cortando con un filo frío la calle Huertas.
Los adoquines oscuros de Madrid reflejaban las luces doradas de las farolas fernandinas y los escaparates de las librerías antiguas.
El murmullo de las tabernas y el taconeo apresurado sobre las aceras estrechas quedaban amortiguados en cuanto se empujaba la pesada cancela de hierro y cristal de la galería.
Adentro, el ambiente olía a yeso fresco, a barniz acrílico de molduras recién fijadas y al perfume floral de los invitados, envuelto por el aroma seco del vino blanco servido en copas finas.
Sobre las paredes inmaculadas de la sala principal, los rieles de focos cenitales arrojaban una luz cálida y precisa.
Treinta copias de gran formato, positivadas a mano sobre papel baritado en los laboratorios berlineses de Kreuzberg, trazaban un mapa descarnado del sur: el contorno quebrado de las veredas de San Telmo, las virutas de nogal cubriendo el banco de don Anselmo, el corte de calle bajo las farolas de sodio y los cuerpos tensos de la milonga resistiendo al desalojo en mitad de la noche.
La sala estaba abarrotada. Críticos de arte, comisarios y fotógrafos veteranos se detenían en silencio frente a los marcos negros, buscando el grano grueso de la emulsión sin encontrar una sola concesión al folclore turístico.
Me alisé la solapa del blazer oscuro.
Llevaba pantalones de sastre gris y botines de cuero pulido.
Mi gabardina corta color arena descansaba doblada sobre un banco del vestíbulo, junto a la pila de catálogos de la muestra. Mis dedos conservaban todavía el tacto del rodillo y el olor al fijador químico que me había acompañado durante dos meses de encierro técnico en Alemania.
El roce de unos pasos decididos quebró la distancia. Clara se abrió paso entre dos coleccionistas, sosteniendo una copa alta de verdejo en la mano izquierda. Su traje verde botella lucía impecable bajo la luz dirigida.
—El suplemento cultural de este domingo abre con una doble página sobre la muestra, Sofía —dijo, bajando la voz con una serenidad satisfecha que rara vez concedía en las oficinas de la editorial—.
Laurent estuvo aquí hace media hora. Miró la serie de los adoquines durante diez minutos y admitió que falsear esto para vender salones en París habría sido un error imperdonable.
Tenías razón tú. La verdad pesa más que el mercado.
—No era cuestión de tener razón, Clara —respondí, pasando la yema del pulgar por la base de mi copa sin beber—. Era cuestión de sostener la mirada sin mentir.
—Pues lo has conseguido. Kreuzberg ya cerró la itinerancia para Roma y Madrid ha agotado los catálogos de sala en la primera hora. Te consagraste, gallega.
Esa palabra, pronunciada con el acento madrileño de mi editora, me clavó un tajo seco en el esternón.
Hice una leve inclinación con la cabeza, agradeciendo el elogio con la compostura exigida por el protocolo de la inauguración. Clara me apretó el antebrazo con afecto profesional antes de alejarse hacia el corrillo del director del museo.
Me quedé sola en el lateral de la galería.
El murmullo de las conversaciones cultas flotaba en la sala como un oleaje distante.
El éxito no llenaba el hueco en el diafragma, pero le daba un suelo firme a la renuncia: las semanas de encierro, el billete cerrado de regreso y la despedida sin lágrimas en Ezeiza habían valido la pena para que la memoria de aquellas diez manzanas no fuera devorada por el olvido de una fiduciaria.
Giré el cuerpo hacia el fondo de la nave.
Presidiendo la pared testera, expuesta a un metro y medio de altura en una ampliación de dos metros de ancho, dominaba la imagen definitiva de la muestra.
Renzo Mansilla en mitad de la calzada de Balcarce, clavando los talones contra el desnivel del empedrado bajo la luz amarillenta de las farolas de sodio.
La camisa blanca de hilo se adhería a su esternón como una piel transparente de sudor; los tendones de su cuello marcaban la violencia de la frenada y sus pupilas oscuras miraban directo a la lente antes de arrancar el compás.
El obturador de la Leica M6 había congelado la resistencia viva de un barrio entero condensada en su mandíbula apretada.
Di dos pasos lentos hacia el centro del pasillo central.
A través de las cabezas de los asistentes y del destello frío de las copas de cristal, los ojos de Renzo parecían atravesar la distancia oceánica, clavándose en los míos con la misma gravedad con la que me había tomado la muñeca en la esquina de Corrientes.
No había reproche en su gesto. Solo la certidumbre compartida de que cada uno seguía defendiendo su propia trinchera.