Capítulo 3
Alexander
Ha sido una semana de vigilancia. Tal parece que la misión será mucho más fácil ahora que sé que todos los objetivos conviven diario; mucho más de lo que me gustaría. Estoy en el techo de un edificio esperando a que el grupo —finalmente— se separe y pueda cumplir con el primer objetivo.
Cuando mi objetivo entra a un callejón me acomodo de una forma que tenga un golpe limpio y rápido.
Cuando lo tengo, salto del edificio mientras saco mi daga y se la clavo múltiples veces en la espalda dando el corte final en la yugular.
Una vez que me aseguro de que está muerto le doy una buena mirada y entonces me doy cuenta de que mi víctima no se encontraba en ninguno de los expedientes que El Comandante me había dado.
He eliminado a un objetivo, pero no uno de los que me asignaron.
Malditos monstruos, ¿en qué momento perdí de vista al mío?
Antes de que pudiera hacer algo más una voz a mi espalda resuena en el callejón.
—¿Qué está pasando aquí?— Me detengo unos segundos.
«Piensa Alexander.»
Observo mi daga y me preparo para atacar, pero estoy en desventaja porque no se en dónde está la voz así que recurro a mi segunda opción.
Me hago un corte en el centro de mi pecho y otro en mi brazo izquierdo entre la muñeca y el codo; perfecto, parece que he intentado defenderme.
Por último, escondo la daga en mi bota y uso mi capa para tapar el logo de la élite.
Respiro dos veces y, cuando siento la presencia de la voz más cerca me meto en mi papel.
—N-no lo sé. Escuché un ruido así que vine a checar, pero… fue muy tarde—. Me siento en el piso.
—No puede ser —un sollozo—. Otra vez no.
Giro mi cabeza para ponerle cara a la voz y empiezo a buscar en mi memoria.
El pelo negro, los ojos azules… la repugnante cicatriz en el rostro.
Es la hija del Fantasma de la Ópera; uno de mis objetivos.
Está arrodillada a mi lado con sus manos en la boca y sus ojos vidriosos. Es mi oportunidad de acabar con ella.
Acerco lentamente mi mano a la bota, pero entonces sale de su trance y me mira.
Nos quedamos unos segundos observándonos y entonces la detallé mejor, es la mezcla perfecta entre su padre y su madre por lo que he visto en un retrato y además me queda claro que la marca no es ninguna cicatriz, solo deformidad como su padre.
Sus ojos llegan a mi torso y entonces su mirada cambia a una de horror.
—¡Estás herido!
Prácticamente se abalanza contra mí para cubrir una herida con cada mano.
En otras circunstancias la hubiera aventado y asesinado, pero me hice las heridas un poco más profundas de lo que me gustaría y había perdido bastante sangre por lo que hice un esfuerzo para que las arcadas producidas por su toque no salieran de mi boca.
—No es nada.
—¿Cómo que nada? Estás sobre un charco de sangre —observa en todas las direcciones buscando una solución—. Usaré tu capa para cubrirlas—. Ni en mil años.
—¡No!— Se congeló ante mi grito.
—E-está bien—. Vuelve a mirar un poco asustada.
Se observa a sí misma y entonces su rostro se ilumina por la idea, se arranca dos pedazos de tela de su falda y las envuelve en mis heridas.
—Eso bastará por ahora, pero necesitas atención profesional; tenemos que ir con un curandero.
—No.
—¿Es la única palabra que conoces? No es una pregunta.
—No necesito tu ayuda.
—No puedes ni caminar por la pérdida de sangre.
—He dicho que no necesito tu ayuda—. Me niego a pasar un momento más con este monstruo.
—Está bien —dice en un resoplido—. Hagamos esto, te ayudaré a levantarte y tú solo caminas con el curandero; el más cercano está a ocho minutos. ¿De acuerdo?
Asiento a regañadientes pues espero que esto ayude a no tener más contacto con ella. Se levanta y luego coloca mi brazo derecho en su hombro y su mano libre se posiciona en mi espalda baja. Nos impulsamos hasta que estoy de pie y, tan rápido como se colocó, desapareció.
—Listo.
Me sostengo el pedazo de tela que está en mi pecho para que no se caiga y cuando alzo la mirada ya no hay rastro de ella.
Camino lentamente hacia el punto de reunión que me asignaron donde una carreta estaba esperándome.
Antes de que pudieran verme me arranco los pedazos de tela y los escondo; nadie puede verlos.
Dos hombres me ayudan a subir y me cubren con el heno que hay para no ser visto.
Siento mis heridas palpitar y el sonido de mi corazón en mis oídos; estoy muy débil por la pérdida de sangre. Aunque he asesinado a un monstruo tenía a un objetivo en mis manos y lo dejé escapar, ¡mierda!
***
El Comandante entra a la enfermería al segundo día de mi regreso. Me enderezo mientras él toma asiento en la silla frente a la camilla.
—Mataste a un monstruo— empieza y asiento—. Pero no era ninguno de ellos . Tuviste contacto con uno y no la aniquilaste— se levanta furioso—. ¡¿Por qué no lo hiciste si tuviste la oportunidad ahí mismo?! ¡Además era un pez gordo el que tenías ahí!
—No hay justificación para mi falta de acción. Si desea revocarme regresaré a mis entrenamientos y trabajaré para ser mejor.
El Comandante es alguien a quien no le puedes llevar la contraria. Él tiene la última palabra. Te lo enseñan desde el primer día en la élite. Además, tiene razón, he fallado al no cumplir mi deber.
—Aunque tus errores son irrevocables y quisiera sacarte de la misión…— piensa un momento—. Sigues siendo uno de mis mejores hombres y puede que tu interacción ayude a acabar con todos ellos mucho más rápido.
—¿Que tiene pensado Comandante?
—¿Le has dicho que eres humano?
—Nunca, por cualquier circunstancia revelar tu identidad—. Recito una de las líneas del Código Light-Hell.
—Perfecto. Como tu identidad sigue sin ser descubierta este es el plan…
Escucho atentamente mientras El Comandante me da las instrucciones. Nos quedamos unas horas más repasando algunos puntos y, ya cuando está todo claro, se va de aquí. Esta vez no cometeré ningún error y me aseguraré de acabar con toda la plaga de monstruos.