Hasta que nazca
© inepub.com
CAPÍTULO 1 · SEMANA 13 4
El gel está frío otra vez. Clara ya sabe que va a estarlo y aun así se le contrae el abdomen, y la doctora Vilches se disculpa como se disculpa siempre, sin apartar los ojos de la pantalla.
—Perdona. El calentador de la sala dos lleva una semana haciendo lo que le da la gana.
—Ya.
—Se lo he dicho a mantenimiento tres veces.
Clara mira el techo. Es un techo bueno: registrable, con las pletinas alineadas y las luminarias centradas en la pieza y no en el hueco que quedó.
Se fija en esas cosas desde hace veinte años y no ha conseguido dejar de hacerlo.
En el Instituto Verea casi todo está bien resuelto.
Casi. En el pasillo de consultas hay una junta de dilatación que alguien decidió tapar con perfil de aluminio en lugar de rehacerla, y Clara la pisa cada tres semanas y cada tres semanas le molesta.
La sonda se mueve. Vilches aprieta un poco más de lo necesario y luego afloja.
—Mírame esto.
Gira el monitor. Clara no entiende las ecografías, nunca las ha entendido, aprendió a fingir que sí durante cinco años y en algún momento de este verano dejó de fingir. Ve una forma clara sobre un fondo oscuro. Ve algo que se mueve, y que se para, y que vuelve a moverse.
—Ciento cuarenta y ocho —dice Vilches—. Perfecto para la semana que llevas.
—¿Y lo de la placenta?
—Lo de la placenta se ha colocado solo, que es lo que suele pasar y lo que nunca nos creemos. —Teclea—. Trece más cuatro. Estamos donde tenemos que estar.
Clara no dice nada. Nota que ha empezado a respirar de otra manera, más arriba, y se obliga a bajarlo.
Hay una hoja de cálculo en su ordenador del trabajo, en una carpeta que se llama casa , con ciento cuarenta y una filas.
Siete ciclos. Dos pérdidas, una en la semana seis y otra en la nueve.
Cuarenta y tres desplazamientos a esta clínica.
Once analíticas repetidas porque la muestra se hemolizaba en el traslado y nadie supo explicarle nunca por qué.
Catorce mil doscientos euros que no cubría nada, más el ciclo de 2029, que pagaron con el dinero de la reforma del baño.
La fila de hoy la rellenará esta noche. Lleva doce semanas sin abrir el archivo, porque abrirlo le parece una manera de tentar a algo, y Clara no cree en tentar a nada, y aun así no lo abre.
Del sexto ciclo se acuerda por el sitio donde estaba.
En el coche, en el aparcamiento de la obra de Getafe, con el casco en el asiento de atrás.
La llamaron a las once y cuarto y fue una chica que no era Vilches y que le dijo hola, Clara, ¿te pillo bien?
, que es una manera de empezar que Clara no ha vuelto a soportar en la vida.
Después estuvo veinte minutos en el coche y luego subió a la obra y discutió con el encargado por un replanteo, y lo hizo bien, y esa es la parte que no le ha contado a nadie porque no sabe qué dice de ella.
Vilches le pasa papel para limpiarse.
—¿Álex no ha venido?
—Está liado.
Es verdad a medias. Álex hace guardias de mantenimiento cada dos fines de semana y hoy es martes.
Lo que pasa es que vino a las cuatro primeras y después dejó de venir, y ninguno de los dos lo ha comentado nunca, y Clara ha decidido que eso es normal después de siete ciclos, igual que ha decidido otras cosas.
—Te imprimo la eco y la analítica de la semana pasada. La vitamina D sigue bajita, pero no me preocupa. ¿Estás tomando el suplemento?
—Sí.
—¿Todos los días?
—Casi todos.
—Todos —dice Vilches, y lo apunta.
Clara se viste detrás de la cortina. Los vaqueros llevan tres semanas sin abrocharse del todo y ha resuelto el problema con una goma del pelo pasada por el ojal, que es lo que hace todo el mundo y lo que ella pensaba que no iba a hacer nunca, porque comprar ropa premamá le parecía otra manera de tentar a algo.
La cortina tiene una guía de aluminio con dos garruchas rotas. Se engancha siempre en el mismo punto.
—¿Cuándo vuelvo?
—En tres semanas ya sería el cribado del segundo trimestre. Te lo dan en recepción. —Vilches se quita las gafas y las deja encima del teclado—. Clara.
—Dime.
—Enhorabuena.
—Ya me lo dijiste en la ocho.
—Y te lo voy a decir en la doce, en la veinte y el día que salgas por esa puerta con la criatura en brazos. —Se recuesta en la silla—. Te lo digo porque a estas alturas mucha gente ya no se lo cree, y hay que decirlo en voz alta y que la paciente lo repita.
—¿Que lo repita.
—Que lo repitas tú.
Clara mira la pantalla, que ya está apagada.
—Va bien.
—Eso es.
En el pasillo, la junta. La pisa.
La sala de espera del Instituto Verea tiene sillones de verdad y una mesa baja con revistas de decoración.
Nunca de bebés. Nunca de embarazo. Es una decisión que alguien tomó y que Clara agradeció el primer día sin decírselo a nadie, ni siquiera a Álex.
Hay dos mujeres sentadas lo más lejos posible la una de la otra, cada una en un extremo, que es la geometría exacta de esa sala y se repite todas las mañanas.
Y hay un hombre de pie, con el abrigo doblado sobre el brazo, mirando al frente.
Clara reconoce esa postura porque se la vio a Álex en 2028: el abrigo doblado, la barbilla alta, las ganas de que aquello acabe sin que nadie le dirija la palabra.
Una de las mujeres levanta la vista cuando Clara pasa y le sostiene la mirada un segundo de más. Clara le hace un gesto pequeño con la cabeza. La mujer se lo devuelve. No se dicen nada porque en esa sala no se dice nada, y esa también es una regla que nadie ha escrito.
En el mostrador teclea una chica de veintipocos con la trenza mal hecha.
—Sanjuán, ¿verdad? Un segundito.
—Sin prisa.
—¿Te cobro la eco de hoy o va con el paquete?
—Va con el paquete. Se acabó en el sexto.
—Vale, entonces sesenta. ¿Tarjeta?
Clara paga. Sesenta euros por ver una forma clara sobre un fondo oscuro, y no le parece caro, y ese es exactamente el tipo de cosa que ha dejado de contarle a la gente.
Al principio lo contaba. Al principio contaba las cifras en las cenas y veía cómo la cara de los demás se ponía a hacer una cuenta que no era la suya.
La impresora del mostrador es una láser grande, de oficina, y hace un ruido que Clara conoce bien: el rodillo pisa el papel dos veces antes de arrancar. Sale un folio. Sale otro. La chica los mira, frunce el ceño, mira la pantalla, vuelve a mirar los folios.
—Perdona. Se me ha quedado media cola de ayer.
—No pasa nada.
—Es que cuando se atasca, luego imprime de golpe todo lo que tenía pendiente. —Se ríe sin ganas—. Un día de estos nos vamos a enterar de todo.
Junta los folios sin ordenarlos y los mete en una carpeta de cartulina con el logo del Instituto. Encima le pone una tarjeta con la fecha del cribado escrita a mano.
—Doce de octubre. Es sábado, pero abrimos.
—Gracias.
—Y enhorabuena, ¿eh?
Detrás, el hombre del abrigo cambia el peso de pie. Cuando Clara pasa a su lado, él mira al suelo. Ella también.
Baja al aparcamiento por la escalera porque el ascensor está ocupado y porque bajar por la escalera le parece que cuenta como algo.
El aparcamiento de la calle Uruguay es privado, caro y está mal trazado: las plazas de la fila de las columnas tienen veinte centímetros de menos, y su coche está en una de esas, y por eso siempre tarda en salir.
Lo ha comentado dos veces con el chico de la garita y las dos veces el chico le ha dicho que ya, que él también lo dice.
Se sienta. No arranca. Le apetecen tres minutos sin nadie delante.
Abre la carpeta para comprobar si la fecha del cribado viene también en el papel, porque las tarjetas escritas a mano se pierden y ella ha perdido dos.
El primer folio es la ecografía. El segundo, la analítica.
El tercero no es suyo.
Lo es. Tiene su nombre arriba y su número de expediente, SC-4417, y el mismo membrete, pero no se parece a nada de lo que le hayan dado nunca en esa clínica. No hay valores. No hay rangos, ni asteriscos, ni una firma escaneada al pie. Es una página con cuatro líneas y mucho blanco.
Clara la lee. Después la lee otra vez, más despacio, como se lee un pliego de condiciones.
Debajo del número de expediente hay una casilla que no ha visto en la consulta: receptora pediátrica asignada . Al lado, un código. NV-1147.
Dobla el folio por la mitad para que deje de ocupar todo el asiento del copiloto.