Capítulo 43
Enterramos a Ailsa un jueves de finales de abril, que los jueves de esta casa han hecho de todo menos descansar, con la tierra ya abierta del deshielo y el camposanto oliendo a lo que huele la primavera en tierra de Iglesia: a barro bendito y a tejo mojado.
La víspera los vimos llegar desde la cancela, familia a familia por el camino de Perth, todo el día durando la hilera, con las mantas al hombro y los críos de la mano, la treintena entera del brezo bajando a enterrar a una de las suyas por segunda vez y por primera vez de verdad, y Beitris trajo tortas para un ejército y Mairead una madeja de lana teñida «para lo que haga falta», que los críos entienden los entierros mejor de lo que se cree.
El acta se leyó primero, dentro, con la iglesia llena hasta los muros de todo el término y de todo el brezo, que habían dormido donde se pudo, en la parroquia, en el molino, en casas que abrieron puertas sin que se las llamara.
Sempill subió al púlpito que le negó a una comisión entera y lo dio ahora sin guardarse nada: leyó el acta de su sesión con las tres firmas, dos de cruz, la vía de los doctores en su latín y en romance para los que no lo tienen, y el fallo del presbiterio que la recibía; y dijo, de suyo, fuera de acta, mirando a su gente, que la difunta murió fuera de su juicio porque otros la sacaron de él a fuego, y que de ese fuego el libro de Dios llevaba mejor cuenta que el del reino, y que su parroquia hoy no perdonaba nada, porque no había nada de aquella muchacha que necesitara perdón: enmendaba un asiento.
Con fecha, dijo. Y sin adjetivos. La iglesia entera contuvo el aliento y él bajó del púlpito como baja de todo: por la escalera, a lo suyo.
El patronazgo lo firmé en la sacristía, entre el oficio y el entierro, con la pluma buena del ministro y la mano quemada ya sin venda, sobre el libro de la parroquia aneja, con Tormod y el mayordomo del presbiterio por testigos: la presentación del glen, cedida a perpetuidad a la Iglesia y congregación, como se palabreó un jueves de hace un año y pico entre nueve libros y cero espejos.
Palabra entonces, papel ahora. Sempill secó la firma con arena, cerró el libro y me dijo lo único que me ha dicho nunca fuera de procedimiento: «Vuestra hermana entra en mi muro.
Vuestro valle entra en mi libro. A este oficio no le caben mejores pagas.
» Y me devolvió la pluma como se devuelve un arma después de la revista.
Después fue lo del muro, y el muro hay que decirlo: piedra seca de pecho de hombre, levantada hace doscientos años para separar a los muertos con derecho de los muertos sin él, y mi hermana llevaba seis años del lado de fuera, en el pedazo del norte, donde la sombra del propio muro le quitaba hasta el sol de la tarde.
Este reino es minucioso hasta con la sombra.
La sacamos de donde estuvo seis años, del pedazo de tierra sin bendecir pegado por fuera al muro del norte, donde este reino planta a los que se le mueren mal, y no la llevó carro ni mula: la llevaron a hombros los del brezo, cuatro y cuatro turnándose, Tormod delante con su sombrero en la mano, y detrás de todos el viejo Dòmhnall, del brazo de un nieto, mirándole la cara a cada uno de los que cargaban, como mira él, pasando su revista de caras hasta la última.
La caja era nueva, de madera del término, pagada por la caja del común del clan, que existía otra vez y estrenaba gasto: el primer dinero del valle devuelto se gastó en esto, y que conste en los libros que hubo acuerdo sin discusión, que es cosa que en treinta personas no pasa dos veces por siglo.
Dieron la vuelta al muro entero, sin atajar, por el camino de las procesiones, y cuando la caja cruzó la cancela del camposanto, dentro del muro, por la puerta y no por encima, Oighrig arrancó el coronach.
No lo voy a escribir entero, que hay cosas que este libro dice y cosas que este libro guarda.
Diré que Oighrig cantó la primera voz de pie junto a la fosa, con su cesta en el suelo y las manos vacías, con la voz que no le conocía nadie de este lado del fuego, la de antes, la de los valles que ya no existen; que las mujeres del brezo fueron entrando por turnos como entra el agua por un cauce que se acuerda; que Marsaili, que era de la otra casa y de la nodriza común, cantó con ellas desde la segunda vuelta y nadie la miró más que para hacerle sitio; y que los hombres aguantaron descubiertos lo que duró, que fue lo que tenía que durar, y ninguno lo midió.
Mi lengua vieja enterró a mi hermana con los versos que le tocaban por casa y por edad, seis años tarde y a la hora exacta, y yo canté la tercera vuelta con ellas, que la segunda no me salió, y nadie me lo contó a deshonra.
El coronach no consuela. No está para eso.
Está para que el duelo tenga cauce y orilla, para que se le oiga el tamaño, y para que los muertos sepan cuántas voces dejan detrás.
Mi hermana dejó un valle entero. Se lo cantamos completo.
Los nudos los deshice al borde de la fosa, con la caja ya abajo, delante de todos y sin explicar nada, porque el valle entero sabía ya qué era aquella lana, que las verdades chicas de un proceso también se quedan, y las mujeres viejas del término, las de la manga izquierda, se abrieron paso hasta la primera fila para verlo hacer, con derecho, como se ve pagar una deuda de gremio.
Las dos viejas de la manga izquierda se remangaron el luto sin ruido y sacaron lo suyo: una, dos nudos de lana parda gastada de años; la otra, uno solo, ya casi liso de tocarlo.
No los deshicieron, que sus muertos siguen sin tierra bajo otras zarzas de otro valle: los alzaron un aliento hacia la fosa abierta, presentándolos, como se presentan las armas al paso de un estandarte, y se los volvieron a guardar.
Gremio es gremio. Nos saludamos con los ojos y cada cual volvió a su cuenta.
Ocho nudos. Los pasé por el pulgar una vez, del primero al último, pasando lista por última vez, y los fui abriendo por su orden, despacio, que la lana de casa aprieta y no suelta a la primera, y llevé la cuenta en voz de dentro como la he llevado siempre, sabiendo ya que era la última auditoría de ese libro.
Dos estaban pagados: los dos que cayeron en el salón defendiendo el jornal, cobrados por otra mano y por su propia ley, y esos se abrieron solos casi, que la lana sabe.
Seis estaban conmutados: los seis del destierro, vivos en algún barco, en algún camino inglés, en alguna vergüenza, y esos me costaron más, no por la lana: porque conmutar es la única moneda que no me enseñó nadie y hay que acuñarla cada vez.
Los abrí uno a uno diciéndoles por dentro lo que se le dice a una partida que se muda de columna: no os perdono, os traspaso.
Cobrad el mar. Y el quinto desde el cabo, el del hombre que guardó un mandato en la memoria y una escalera en enero, lo abrí el último de los seis y lo sostuve un aliento más, porque esa deuda no se conmutaba por destierro: se conmutaba por servicio, y los servicios, en mi libro, mudan la deuda de signo.
Que le aproveche el plazo largo. Y el hueco liso del noveno lo pasé con el pulgar la última vez de mi vida, el único asiento que salda una misma, y no dije nada ni por dentro, que con los saldados no se habla: se está en paz.
Quedó en mi mano lo que fue: tres palmos de lana negra, lisa, sin oficio, del negro bueno que no destiñe, cardada por mí hace seis inviernos para durar una guerra.
La doblé en ocho por última vez y la puse abajo, sobre la madera nueva, junto a las manos de mi hermana, donde se ponen las cosas que se le dan a alguien para el camino.
Que la guarde ella, que guardó menos y le costó más.
La primera palada la echó Tormod. La tierra sonó a lo que suena: a fin de pleito.
Y entonces, con la fosa a medio cerrar y el clan entero alrededor, mi marido hizo lo suyo, que estaba hablado con Tormod y con el ministro y conmigo, y que aun así nadie vio venir del todo, porque las cosas justas sorprenden más que las raras.
Se adelantó hasta el borde de la tierra removida, se quitó nada, que no traía nada que quitarse, y se puso de rodillas.
No ante mí: ante la fosa y ante el corro, de cara a los del brezo, con la espalda derecha y las manos en los muslos, como se arrodilla un soldado que se rinde a una plaza que respeta, y pidió, en la lengua vieja, despacio, con su acento de tierra alta que le vuelve cuando importa, entrar en el apellido de la casa de Fionnlagh: dejar el suyo dicho ya ante el Consejo, y tomar el nuestro aquí, donde se toman los apellidos de verdad, delante de los muertos que lo llevaron.
Dijo su culpa una vez más, la corta, la de tres frases, sin llorarla, que el corro entero la sabía ya por el pregón del expediente; y dijo que no traía en pago más que un oficio de guardar y las manos con que lo hace, y que si el clan le daba el nombre, el clan tendría el vado, el paso y la espalda de un hombre mientras el hombre durase.
El corro miró a Tormod, que firma por los del brezo.
Tormod me miró a mí. Yo miré a Dòmhnall, porque hay jerarquías que no están en los papeles, y el viejo se soltó del nieto, se llegó hasta mi marido arrodillado con sus pasos de invierno, le tomó la cara con las dos manos como se toma un cántaro, y se la estuvo mirando el tiempo que le dio la gana, que a Dòmhnall las caras de los que firman se le quedaron todas del año noventa y tenía derecho a leer esta hasta el final.
Lo que leyera fue suyo. Al cabo le soltó la cara, le puso la mano en la cabeza un aliento, como se hace con los críos y con los reyes, y dijo, alto para su edad, claro para todos: «Éste ya velaba muertos nuestros antes de tener derecho. Dádselo, y que los vele con nombre.»
Se lo dimos. Tormod se puso el sombrero para decirlo, que las fórmulas se dicen cubierto, y dijo la de recibir que se dice a los que entran por matrimonio, la corta, la que empieza por el pan y acaba por la tierra, y el corro la contestó a una voz, los treinta y los del término detrás, y las palabras pasaron por encima de la fosa abierta camino del hombre arrodillado, que las recibió como recibe él las cargas: quieto y entero.
y mi marido se levantó del borde de la fosa de mi hermana siendo de la casa que ayudó a matar, con el apellido de mis muertos encima y el peso de los apellidos en la cara, y me buscó los ojos por encima de la tierra removida, y yo pensé lo que había pensado un martes de octubre oyéndole cortar un verso con los dedos, y que entonces era una herida y ahora era esto: mi rabia y la muerte de mi hermana fueron siempre la misma herida con distinta salida.
La rabia acababa de salir por la puerta buena.
Salidas las dos, la herida podía por fin hacer lo que hacen las heridas bien cerradas: quedarse en cicatriz y dar el parte del tiempo.
La fosa se cerró con el sol alto, y el camposanto tardó en vaciarse lo que tardan los entierros buenos, que los hay: la gente fue pasando por la tierra nueva a dejar lo suyo, una piedra chica del glen los del brezo, que las traían en los bolsillos desde arriba, cada casa la suya, hasta hacerle a mi hermana un principio de cairn a la usanza vieja dentro del muro nuevo, y Sempill lo vio hacer desde la cancela y no dijo palabra, que hay disciplinas que saben cuándo mirar a otro lado.
Comieron todos después en la parroquia y en el prado de la parroquia, que treinta del brezo y un término entero no caben bajo techo, y hubo pan de la vieja y queso de Beitris y el caldo grande de Marsaili, que cocinó para el clan de mi casa por primera vez y quedó contratada por aclamación sin que nadie la contratara; y Mairead, que ya levanta el celemín del suelo, me preguntó qué contaba ahora, y le dije que panes, y se conformó, que los críos se conforman con cualquier cuenta si se la das con la cara seria, y esta vez, además, era verdad.
Mi hermana quedó dentro del muro, con la lana en las manos.
Yo salí del camposanto con las mías vacías, la primera vez en seis años, y hay que aprender a andar así, con las manos sin oficio: se aprende.