Capítulo 42
Volví a Edimburgo en marzo, por el mismo camino por el que fui a firmar el perdón que no sentía, y esta vez el Consejo tenía prisa por dármelo todo, que es como piden perdón las instituciones: deprisa y con cera.
Entré por la puerta del oeste una tarde de viento, ya sin escolta, sin citación y sin cuñado, con el humo de la ciudad acostado sobre los tejados como la otra vez, y me sorprendí buscándome en el recuerdo: una mujer de agosto con el arisaid remendado a propósito, subiendo esta misma cuesta a que le taparan a los suyos con cuatro mil marcos y una boda.
Año y medio. Parece una vida porque cabe una.
Esta vez traía el arisaid bueno, y no por lucirlo: porque los zurcidos ya dijeron lo que tenían que decir, y a los tribunales hay que hablarles cada día en el idioma del día.
La prisa se la habían fabricado otros. El expediente del año noventa estaba abierto desde febrero: lo abrió un pliego sellado que dormía en un arca de tres llaves, y lo engordaron un libro de veedor con un folio catorce, las copias de un escribano que abrazó su tintero una noche entera, y el informe del incendio, que decía accidente en la primera página y llevaba cosidas después las declaraciones de once criados que ya no cobraban de nadie.
A los muertos de mi valle los mató un permiso, y los permisos se archivan; pero los archivos, aprendí ese marzo, tienen esta gracia: no se mueren, esperan.
El nuestro esperó seis años y medio a que alguien juntara las tres llaves.
La sala era la misma de la otra vez. Los mismos bancos, el mismo estrado, la misma luz de marzo cayendo de las ventanas altas como cae la harina, de tanda en tanda.
Hasta Denholm era el mismo, más viejo y más lento de papada, y no me reconoció, o me reconoció y prefirió el olvido, que en los tribunales el olvido es un lubricante.
El comisionado viejo sí. El que me miró aquella vez un poco más de la cuenta, el que distingue entre callar y guardar, presidía ahora la mesa de los tres, y al verme entrar me estuvo un aliento con la pluma en el aire, sumando año y medio de expediente contra una cara que se acordaba, y lo que le salió de la suma no lo dijo, pero mojó la pluma y mandó empezar sin hacer esperar a nadie, que en un tribunal esa es la mayor cortesía que existe.
Todo era lo mismo y nada estaba en el mismo sitio, porque la otra vez yo me senté en el banco de los que piden, y esta vez el reino entero, por boca de tres comisionados con prisa, pedía él.
Balneaves nos esperaba en la escalera del registro, de paisano de su paisano, con la media cara que ríe ya puesta, y no nos acompañó dentro: «A los tribunales no se entra con el armero», dijo, «da mala impresión de la mercancía».
Se quedó en la antesala leyendo pliegos ajenos por encima de hombros ajenos, que es la suya de hacer guardia, y a la salida de cada auto nos lo encontramos sabiéndolo ya todo, con la traducción hecha: esto vale, esto es cera, esto guárdalo.
A este hombre mi casa le debe una silla junto al fuego para siempre, y lo sabe, y vendrá a cobrarla en otoño, «cuando el vado dé para ver cobrar a otros», que es la clase de deuda que da gusto tener en los libros.
Lo despacharon por su orden, en una mañana, como se liquidan las cuentas incobrables:
La causa de brujería, desistida. La leyó un oficial en cuatro renglones: vista la muerte del delator principal, la retractación de los testigos y el informe del ministro de la parroquia, el Consejo tenía a bien no llamar la causa, quedando la delatada libre de ella «sin nota ni mácula», y alzado el secuestro de sus bienes, derechos y acciones.
Sin nota ni mácula. Un invierno entero, una torre, una aguja pagada, dos mujeres velándome el sueño por jornal, y el reino lo desescribía en cuatro renglones sin mirarme.
No esperé más. Los tribunales no piden perdón: dictan que no pasó, y a una le toca decidir cada mañana cuánto les cree.
Yo decidí allí mismo lo que creo desde entonces: que el papel vale lo que tapa y lo que destapa, ni un penique más, y que el resto lo llevan los cuerpos.
El mío salió de aquella sala con los cuatro renglones y con la marca chica de la aguja, y los dos son verdad, y solo uno prescribe.
Con el desistimiento cayó lo accesorio, que en esta historia nunca fue accesorio: la caución de mil marcos, cancelada y devuelta con su recibo, la media soldada de un hombre volviendo a su dueño después de hacer su guardia, como vuelve todo lo de ese hombre: entera y sin pedir intereses.
El assythment, ejecutado de verdad esta vez.
Los cuatro mil marcos de las capitulaciones salieron de la hacienda MacRath con intereses tasados, y no en promesa: en letras sobre dos bancos de esta ciudad, consignadas a nombre de los del brezo, con mi tío Tormod y el ministro por administradores.
Y detrás del dinero, la tierra: el valle de Gleann Fheàrna, con su vado, su paso y su derecho de peaje, restituido «a la casa de Fionnlagh en la persona de Sorcha, su hija», libre de la administración marital por renuncia expresa del marido, que mi marido firmó allí mismo, delante de mí, renunciando al jus mariti sobre lo restituido con la misma letra cuadrada con que firma los partes: el valle volvía a mí, no a mi matrimonio.
Nadie se lo pidió. Lo traía escrito de casa.
Y después le tocó a él entero, no solo a su firma.
Lo llamaron a declarar sobre el año noventa y declaró de pie, con la lengua de los documentos y las pausas que yo le sé, el texto que el arca guardaba y dos cosas más que el arca no tenía: los nombres de los dos que cayeron en el salón, para que se cerraran sus partidas, y una frase final que no venía en ningún pliego, que pidió que constara y consta: que fue delante por su voluntad, de crío grande que quería ser útil, y que la utilidad la ha estado pagando a plazos desde el año noventa.
La sala, que llevaba la mañana entera con rumor de fondo, se quedó sin él mientras declaraba.
Le miré yo las manos, por costumbre y por derecho: quietas sobre la baranda, blancas por los nudillos al llegar al vado, y la voz sin quebrarse en ningún tramo, que la había gastado ya entera una noche contra un roble y lo que quedaba era la copia en limpio.
El más viejo de los comisionados le preguntó si pedía para sí atenuación por el testimonio.
Dijo que no pedía nada que se llevara puesto.
Le dieron lo que no pidió: el Consejo, atendido su servicio al descubrimiento de la verdad y su condición de testigo de la Corona, no hallaba mérito para proceso contra su persona.
Su nombre quedó en el expediente donde él dijo una vez que quería estar: debajo de todo, sosteniéndolo.
Del resto del año noventa se ocupó la sesión de la tarde, con menos gente y la misma cera.
A los que quedaban de aquella cuadrilla los alcanzó el destierro.
Seis nombres leídos de corrido, seis hombres a los que se les daba mar por cárcel: fuera del reino por sus vidas, con pregón en sus parroquias.
Uno de los seis había testificado antes, por escrito y con señas de todos los demás, y a ese el pregón le dio quince días más de plazo, que es como agradece la Corona.
No miré a nadie al oírlo. Llevé la cuenta con las manos quietas, seis partidas mudándose de columna, de lo que se me debe a lo que el mundo cobró por su lado, y sentí lo que no esperaba sentir, que no fue alivio ni fue hambre: fue el descanso raro de los libros cuando otro contable te los cierra.
No como yo los habría cerrado. Cerrados.
La renuncia grande fue la última y la hizo él.
El señorío MacRath, con Somhairle muerto sin hijos, le venía a mi marido por sangre y por ley, con sus tierras, sus hombres, sus deudas y su nombre, y mi marido compareció ante los comisionados con un pliego de una cara y lo leyó entero, despacio, sin mirarlo casi, que también ese lo traía compuesto: renunciaba al señorío, a la sucesión y al apellido en cuanto título, en favor de un MacRath segundo de la rama de Rannoch, hombre mayor y sin pleitos, bajo tutela y cuentas del Consejo hasta que la hacienda se saneara; pedía que la gente de la casa fuera mantenida en su pan y su techo, con Marsaili nombrada por su nombre entero, y las soldadas corrientes garantizadas con cargo a la hacienda antes que ninguna otra deuda; y no se reservaba de toda la herencia más que tres cosas, que enumeró con voz de inventario: su arcón de soldado, su espada, y una manta de viaje.
El MacRath de Rannoch, avisado por carta, había contestado con otra de cuatro renglones aceptando «la carga y la cuenta», que fue lo más sensato que dijo nadie por escrito en todo el pleito.
Los comisionados, que esa mañana ya lo habían visto todo, no habían visto eso: a un hombre quitarse un señorío como se quita una guerrera prestada, doblándola bien, y dejarla sobre la mesa de un tribunal sin mirarla dos veces.
El más viejo le preguntó, fuera de auto, de qué pensaba vivir. «De mi oficio», dijo. «Guardo un vado.»
Salimos del registro pasado el mediodía, con la cera aún blanda en los traslados y el legajo de mi vida entera bajo el brazo de mi marido, que se ofreció a cargarlo con la naturalidad de quien lleva un año cargando cosas mías y ya no pregunta cuáles pesan.
En la puerta grande de la sala, en la juntura de las losas, estaba la mancha vieja de todas las salivas de todos los pleitos, la mía entre ellas, de un agosto en que escupir era lo único que este reino me dejaba firmar, y pasé por encima sin pararme y sin deberle nada, que hay losas que una paga de una vez y para siempre.
Dos cosas más me dio Edimburgo antes de soltarme, una en un mostrador y otra en una calle.
En el mostrador de las piezas, un oficial con manguitos me devolvió, contra recibo, lo que un proceso muerto ya no necesitaba: un envoltorio de paño de escribanía, sellado y resellado, con su etiqueta cosida — «pieza única, un cordón de lana negra con ocho nudos» —, y me lo entregó con dos dedos y algo de prisa, que hasta los oficiales de registro tienen supersticiones.
Lo abrí en el mostrador, delante de él, por que constara.
Tres palmos de lana de mi casa, cardada por mí, con sus ocho nudos intactos y el hueco liso del noveno, oliendo a papel ajeno y a cera.
No lo cosí a ninguna entretela ni lo até a ninguna muñeca.
Lo doblé en ocho, como dobla Oighrig lo que no quiere que se pierda, y lo llevé el resto del viaje en la mano cerrada, que era lo suyo: aquel cordón había dejado de ser un secreto y era ya otra cosa, un difunto camino de su entierro.
Y en la cuesta del Grassmarket, la mañana de irnos, con los caballos ya pedidos y el mercado en su hora gorda, vi a Raibeart.
De lejos y de espaldas media vez, entre reses, con la gorra nueva y la vara de veedor de otro amo, ajustando ganado del sur con dos ingleses, vivo, entero, empleado, fuera del alcance de todo lo mío.
No me vio o eligió no verme, que en su ley es lo mismo.
Me quedé un aliento con la cuenta abierta en la mano, la de los que venden sospechas a tanto la pieza, la de los que se desdicen tarde, y la miré bien y la cerré yo sola, sin cobrarla, porque hay deudores que se sentencian solos a trabajar de por vida en lo que son, y añadirles cobro es pagarles la posada.
Que ajuste reses. Que se le hielen las saliva en umbrales ajenos.
Aprendí ese marzo que soportar a un vivo cuesta más que enterrar a un muerto, y que también eso se aprende con las manos quietas.
En la posada, la víspera de salir, con los traslados ya cosidos y lacrados en el fondo del arcón de soldado, que ahora guarda papeles de dos casas y le sobra sitio de guerra, Oighrig me alcanzó por carta, que me la traía guardada el ministro desde hacía días: dos renglones de su letra de caldero, sin saludo.
«A mí me ha llegado papel de Edimburgo por lo de mi hombre.
Otro apellido cobrando lo mío. Cuando entierres a los tuyos, sobrina, guárdame el luto puesto, que me va a hacer falta.
» Doblé la carta con el cordón, los dos difuntos juntos, y no le contesté por escrito. A Oighrig se le contesta compareciendo.
Mi marido me esperaba abajo con los caballos y el arcón, ya sin más apellido que el que le quedaba por tomar, y salimos de Edimburgo por la puerta del oeste, ella con su humo y nosotros con lo nuestro: un valle en un traslado, un muerto en la mano, y toda la primavera por delante para aprender a ser ricos de lo que era nuestro.