Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 40
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Capítulo 40

En tierra de Iglesia se duerme distinto: la campana da las horas encima de la cabeza y una aprende en tres noches a no contarlas, que fue la primera cuenta de mi vida que solté sin pelear.

Mi cuarto era el de la ventana al camino, con cama de madera buena, un arca, un candil y la Biblia del reino en escocés sobre el arca, por si la presa quería irse familiarizando con el idioma de sus jueces.

La vieja sorda me subía el agua sin que se la pidiera y me miraba sin miedo ninguno, que en esa casa la palabra bruja no había entrado: Sempill la dejó en la cancela con los guardias.

De día cosía para la parroquia, lana honrada de encargos chicos, y ayudaba a la vieja con el pan de los viernes, y por la ventana veía pasar el invierno camino de Perth, y a la mula del diezmo, y a mi marido partir leña en el corral de atrás, una frase por tajo, aunque yo entonces no sabía que las frases eran frases: sabía que ningún hombre parte así la leña que no le duele.

Vivíamos en la misma casa y en dos países.

Él dormía sobre la cuadra, cruzaba el patio para el rezo y la mesa, me servía el primero y no me miraba más de la tasa, y su tasa era exacta: la de un fiador con su caución.

Supe lo de Edimburgo por Sempill, en tres frases de sobremesa, las tres con fecha: la avocación, la caución de mil marcos, la firma.

Supe el precio por mi cuenta, que para eso sirven las cuentas: un jinete propio en diciembre y una fianza en enero suman seis años de soldada, y seis años de soldada eran todo el dinero del mundo que aquel hombre tenía.

Se había gastado Flandes entero en comprarme el calendario.

No le dije nada. La palabra seguía retirada.

Él la seguía honrando. Y yo llevaba nueve días con la sentencia escrita.

La escribí despacio, como fallo yo, con el texto de la puerta repetido entero cada noche hasta saberle el peso a cada frase, y con las probanzas cuadradas dos veces: la cuenta de Goraidh con la suya, nudo por nudo; la puerta de la torre en el suelo con sus goznes saltados; una llave en el cinto de un tribunal y media soldada en una firma; treinta silencios con número y un texto a fondo perdido.

Los cargos no se caían: el camino entró por él, el silencio duró seis años, la mora se pagaba con mora.

Pero los tribunales que solo miran cargos son los de mi cuñado.

Yo audité el libro entero, y el libro entero decía otra cosa que los cargos: decía un año de manos quietas en la madera, un no honrado en marzo y otro en una torre, una guerra comprada con todo lo que aquel hombre tenía, incluido el cuello que era lo único suyo que no le había dado nadie.

La deuda, reconocida entera. El deudor, trabajando el resto de su vida para mi lado de la cuenta, y no por sentencia: por naturaleza.

Contra eso no hay agravio que rinda interés.

Lo que quedaba por decidir ya no era el fallo, sino la fecha de ejecución, y la fecha la eligió el pan.

Fue un viernes. Amasamos de mañana, la vieja y yo, y la casa olió el día entero a lo que huelen las casas que no deben nada, y en la cena Sempill leyó el capítulo del profeta y el fuego del hogar estuvo manso, y mi marido me sirvió el primero y recogió el último, y al irse a la cuadra por el patio helado lo vi llevarse el farol chico, el mismo, el de la raya de luz bajo una puerta.

Subí a mi cuarto. Me senté en la cama hecha.

Conté una vez las vigas por costumbre, cuatro, honradas, y me sorprendí en mitad de la cuenta con las manos quietas y ninguna necesidad de acabarla.

Entonces me puse el mantón y crucé el patio.

La escalera de la cuadra sube por fuera, pegada al muro, con la piedra helada y el pasamanos de soga, y arriba hay una puerta de tablas mal juntadas por donde el farol sacaba rayas finas al frío.

Debajo, las bestias movían su calor a bulto, la mula y el castaño y las dos vacas del diezmo, y el aliento de todas subía por las juntas del suelo, que en esa cuadra el invierno lo pelean los animales para el que duerma arriba.

Me quedé delante de las tablas el tiempo de un avemaría, oyéndolo moverse dentro, el peso conocido sobre las tablas conocidas, y por vez primera en dos años hice una cosa sin contarla primero.

Llamé con dos nudillos, una vez.

El peso se paró. La raya de luz se movió, se agrandó por abajo: el farol puesto en el suelo, junto a la puerta, del lado de dentro.

Su manera de decir aquí estoy sin gastar palabra.

No abrió. Este hombre no abre puertas que no le han mandado abrir: las honra por fuera o las tira por los goznes, según lo que toque, y aquella noche no sabía qué tocaba y esperó, con la respiración parada a medio camino, a un palmo de tabla de la mía.

—Am faod mi? —dije.

Lo dije en su lengua de pedir, que es mi lengua vieja, la de mis muertos y mi avena, la que no presto: se la presté.

Dos palabras. Con ellas cruzó la puerta todo lo que llevaba nueve días fallado y firmado, y del otro lado se hizo un silencio como no he oído otro, el silencio de un hombre al que la fórmula le vuelve del revés después de dos años de llevarla él, y le oí apoyar la frente en las tablas, despacio, la madera acusó el peso, y tardó en contestar lo que se tarda en poder, no lo que cuesta querer, que la diferencia la conoce cualquiera que haya cargado algo seis años.

—Faodaidh —dijo al fin, con la voz rompida y vuelta a formar dentro de la misma palabra.

Y abrió.

El cuarto era él entero: el arcón de soldado por mesa, la manta de viaje doblada en escuadra, el jergón contra el tabique del calor, la hachuela colgada de su clavo, el farol en el suelo alumbrando hacia arriba, que le ponía la cara a medio hacer, como se ponen las caras que esperan sentencia.

Se había apartado un paso de la puerta, las manos abiertas a los lados, sin oficio, y me miraba entrar en su país como miré yo el mío la noche que se lo di: sin creérselo entero, midiendo el terreno recién tomado.

Cerré la puerta a mi espalda. Corrí yo el pasador, que era mío el gesto, y hablé antes de que el silencio se pusiera caro:

—Pedisteis sentencia. La traigo. —Su cara hizo el movimiento de firmarse quieta—.

La deuda queda reconocida como la dijisteis: entera, con intereses.

La moneda la elijo yo, como dijisteis: no es la casa, ni el apellido, ni el cuello.

Sois vos. Entero, con vuestros treinta silencios y vuestra pólvora mojada, trabajando para mi lado de la cuenta lo que os quede de vida.

No es perdón. El perdón es de la Iglesia y de los que olvidan, y yo no soy ninguna de las dos cosas.

Es adjudicación: os quedáis en mis libros para siempre, en la página de lo mío.

Se acabaron los ensayos. —Tomé aire, y dije el resto en la lengua vieja, porque en la de los documentos no cabía—: Esta noche ofrezco yo. Pide tú.

Hay hombres que reciben la libertad como un estreno.

El mío la recibió como una herida: se le fue de golpe todo el orden de la cara, y lo vi pelear por recomponerla, soldado hasta en esto, y perder, y quedarse delante de mí con la cara perdida y las manos abiertas, y comprendí que en dos años yo le había concedido, prohibido, soltado y mandado todo lo concedible, y jamás, ni una vez, le había preguntado nada.

Preguntar era el país que no había pisado nadie.

—¿Qué quieres? —le dije, tuteándolo por primera vez fuera de toda fórmula, que el tuteo es de juramentos y de responsos y aquello era las dos cosas: el entierro de un régimen y el juramento del que empieza.

Tardó. Le costó como cuestan las primeras palabras de un idioma. Y lo que pidió, cuando pudo, no lo habría inventado yo en nueve días de sentencias, porque pidió por el orden de su hambre y su hambre era más vieja que la mía:

—Verte. —La voz en el suelo, honda, y la palabra le salió con esfuerzo de vado en crecida—. Con luz. Sin que sea… concedido de paso, camino de otra cosa. Verte tú sabiéndolo. Nunca he…

No acabó. No hacía falta. Dos años recibiendo permisos por parcelas, con los ojos puestos en la vela, en la madera, en donde yo dijera: a este hombre nadie le había dado nunca el mirar entero, y era lo primero que compraba con su libertad nueva.

Alcé yo el farol del suelo y lo puse sobre el arcón, a media altura, la luz buena.

Me quité el mantón. Me deshice los lazos despacio, todos, cada cordón por su ojal, sin teatro y sin prisa, que las aduanas mías se desmontan con orden aunque se desmonten enteras, y me quedé en la luz del farol dejándome ver, sabiéndolo, sosteniéndole los ojos mientras me recorrían con un despacio de inventario que reconocí como mío: me estaba aprendiendo, asiento a asiento, para un libro que no piensa cerrar.

El frío no me tocó. Suben las bestias su calor por las juntas y sube lo otro, lo que no tiene columna.

—Visto —terminé yo por él, que hay frases que se le atascan a un hombre y no es caridad esperarlas: es usura—. Pues mira.

Y me miró. Se tomó su tiempo entero, de pie, sin acortar el paso que nos separaba, con las manos abiertas y quietas, y no fue mirar de mercado ni de marido: fue el mirar con que se mira lo que se ha defendido a oscuras, cuando por fin lo alumbran.

Le vi hacer el recorrido y le vi encontrarse con las señales del invierno, la delgadez de la torre, la marca chica de una aguja pagada, y le vi no apartarse ni ponerles lástima: las asentó con lo demás, a valor entero, que es como quiero yo mis auditorías.

—Pide —dije otra vez, porque la noche era suya y los países nuevos se andan con mapa.

Pidió. Despacio, con cuidado de no romper nada, cada deseo saliendo como salen los presos largos, parpadeando a la luz, y entre deseo y deseo me miraba comprobando el terreno, no fuera a haber tomado más país del concedido, y cada vez me encontró diciendo que sí antes de acabar él de pedir.

—El pelo. —Primero eso—. Suelto, y mis manos en él. Hasta los codos, si puede ser.

Pudo ser. Me quité yo las horquillas, una a una, dejándolas en el arcón, y el pelo me cayó entero, y sus manos entraron en él como entran los hombres al mar en enero: sabiendo lo que cuesta y sin quedarse en la orilla.

Dos años, dijo contra mi sien, llevaba calculándole el peso.

Le salió corta la cuenta. A todos les sale.

—Tu nombre. En la lengua vieja. Contra la piel, no contra el aire, que al aire ya se lo he dicho todo.

También pudo ser. Y lo demás lo pidió ya con la voz deshecha y las palabras contadas: el jergón estrecho y yo encima, como la noche que fue mía la última parcela, pero mirándonos, con el farol dando en los dos, sin techo de dosel ni orden vieja que cumplir.

Y lo que fue pidiendo se le fue dando, por su orden, que aquella noche el escribano era él y yo la que firmaba conforme, y sus manos en mi pelo temblaron el primer aliento y después no, y mi nombre en su boca sonó como no ha sonado en boca ninguna, Sorcha, con la ese arrastrada de los valles altos, dos sílabas convertidas en el asiento más antiguo de mi libro, y cuando lo tomé, mirándonos, con la luz dando en los dos y las bestias moviéndose abajo con su calor paciente, no hubo orden mía que cumplir porque no la di: hubo su hambre vieja andando por fin con las mías, despacio primero, con ese tiento suyo de país recién tomado, y luego al paso verdadero, el que marcamos los dos sin repartirnos el mando, que fue la novedad de aquella noche y su nombre secreto.

El temblor largo fue esta vez el mío primero y el suyo respondiendo, mi compás y su fuerza puesta entera al servicio de mi compás hasta que dejó de haber compás y hubo solo la cosa sin columnas, y nada en aquel cuarto pidió permiso porque todo lo tenía: concedido, adjudicado, firmado.

Al deshacerme dije yo su nombre, Cailean, una vez, en voz baja, contra su boca, y sentí bajo las manos el efecto exacto: el de una deuda de dos años cobrándose entera en dos sílabas, y su deshacerse vino detrás del mío como vino siempre todo lo suyo: detrás de lo mío, cubriéndole la retirada.

Después fue el silencio bueno, el segundo de mi vida y el primero sin cerrojo.

El vaho de ambos subiendo al farol, la manta de viaje sobre ambos, áspera y suficiente, la mula removiéndose abajo, la campana dando una hora que no conté.

Su brazo, esta vez, lo puse almohada sin mandarlo: se dejó poner.

Y entonces hizo la última cosa, la que no pidió: se durmió.

Se durmió el primero, delante de mí, con la cara suelta y las manos abiertas, seis años de guardia rendidos de una vez en un jergón sobre una cuadra, y lo miré dormir a la luz del farol con una avaricia que no me conocía, aprendiéndomelo también, asiento a asiento.

Se durmió el primero. Le monté la guardia yo.