Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

El correo del rey me ganó por medio día, que fue lo que no pude comerme de su ventaja, y entré en mi valle de noche, con el caballo al paso y la noticia corriendo ya delante de mí por las cocinas, que las avocaciones viajan con sello y las nuevas viajan solas.

La lectura del acta se proveyó para la tarde siguiente, con citación de partes y fiadores.

La víspera la gasté en lo que la gasté, que tiene su capítulo en otro libro que no es este.

En el salón de la casa grande se leyó el acta, y yo estuve presente con derecho: la provisión nombraba al ministro custodio y a mí fiador, y a los fiadores no se les cierra la puerta del auto.

Fui con Sempill, los dos de negro de diario, y oí al oficial del sheriff leer con voz de frío lo que costó tres jornadas de caballo y media vida: la causa, avocada al Consejo; la comisión, sobreseída en sus procedimientos; la presa, a custodia de la Iglesia bajo caución de mil marcos «en tanto se llama la causa o se provee otra cosa»; el secuestro, en pie hasta revisión — y ese renglón lo leyó el oficial dos veces, por mandato del texto, y vi a mi hermano recibirlo como se recibe un pagaré que no vence: sin alegría y sin queja, guardándolo.

No lo habían desarmado. Le habían quitado la espada de la mano y dejado el arsenal.

Los tribunales comprados se disuelven como la sal: sin ceremonia.

Greum sudó por última vez y firmó el recibí con alivio de deudor; el joven Ogilvie miró a donde siempre y no había apuntador; Nairne ya tenía el caballo ensillado.

A Drummond de Baile an Droma me lo crucé después en el camino, yéndose ya con sus dos criados y la prisa de los que no quieren salir en el cuadro del derrumbe, y no me saludó, que es como devuelven el género los jueces comprados.

Cinco hombres que habían venido a quemar a una mujer se repartieron por los caminos de enero sin mirarse, cada cual con su cifra intacta en el libro de mi hermano, y esa parte me la llevo aprendida: no se les había pagado por quemar.

Se les había pagado por poder. El poder se lo llevaba un sello, y la deuda se quedaba. Con mi hermano siempre se queda.

Mi hermano recibió su derrota contándola, como recibe los pagos.

De pie junto al fuego grande, con el acta en la mano, la leyó entera dos veces, y luego felicitó al oficial por el buen tiempo de su viaje y mandó vino para los que partían.

Ni una grieta. Solo al pasar por mi lado, ya yéndose el salón, me puso la voz baja de los negocios:

—Edimburgo es un tribunal más caro, hermano. Yo compro también en Edimburgo. —Y más bajo, con la primera sinceridad que le oía en años—: Me has costado los jueces. Cóbrate el gusto esta noche. Mañana empieza otro libro.

Debí oír la frase entera. Un soldado oye «mañana empieza otro libro» y refuerza la guardia de esta noche.

Yo tenía la cabeza en el traslado del alba —el carro, la escolta, la entrega en tierra de Iglesia— y en no mirar hacia la torre más de lo que un fiador puede mirar, y archivé la amenaza en el cajón de mañana.

Por segunda vez en dos meses, mi hermano me dijo su jugada a la cara y yo entendí el idioma tarde.

El traslado estaba proveído para después de la primera luz.

Sempill se volvió a la parroquia a preparar el cuarto y las formas; yo me quedé, con su venia y la del oficial, a pasar la noche fuera del portalón, en el soportal del herrador, con el castaño a mano y la manta de viaje: un fiador cuida su caución, dije, y el oficial, que era hombre de fianzas, lo encontró natural.

La noche vino sin viento, con helada mansa y la luna comida.

Conté las luces de la casa como me ha enseñado a contarlas mi mujer sin saber que me enseñaba: cocina, cuerpo de guardia, el candil del escribano, arriba la tronera oscura de la torre.

Todo en su tasa. Me dormí a medias contra el poste, con el oído de campaña puesto, y lo que me despertó no fue ruido: fue olor.

Humo de paja y de lino viejo, dulzón, bajo, del que no sale de ninguna cocina a esas horas, y antes de abrir los ojos ya estaba en pie, porque hay olores que le llegan a un soldado por debajo del sueño.

Y entonces la voz de Marsaili rompió la noche desde el patio: fuego, fuego en la torre, en gaélico y en escocés y en el idioma universal de los pucheros golpeados, la mujer entera hecha campana, y detrás de su voz vi el resplandor bajo, sin llama todavía, en las troneras del arranque de la torre vieja.

La base. El fuego estaba en la base, donde muere la escalera.

Donde se apila desde hacía dos días el lino del diezmo que yo mismo vi descargar y no leí, porque el descuido tiene mil caras y todas parecen trabajo.

El portalón me lo abrió Goraidh sin que yo dijera palabra: el fuego deroga consignas.

Dentro, el patio se armaba con ese desorden de las casas ricas, muchos hombres y pocos cubos, y tomé el mando sin pedirlo porque el mando, en un incendio, es del primero que sabe, y grité el orden de Flandes: cadena al pozo, mantas mojadas, los ganchos del heno para tirar de la paja ardida hacia el patio, fuera, lejos del arranque de madera de la escalera.

La llama era joven y comida de humo, más maligna que grande: alguien la había querido lenta, de las que ahogan arriba antes de lucir abajo, y en el hueco de la torre el tiro hacía su oficio de chimenea, chupando el humo escalera arriba hacia una tronera y una boca.

Grité el segundo orden, el de las mantas mojadas al arranque de la escalera, y el tercero, el de abrir la puerta baja del norte para partirle el tiro al hueco, que un incendio se pelea como una emboscada: primero se le quita el camino, luego la comida, y lo último la vida.

Trabajamos lo que tardan dos salmos de los largos.

Sé que Beathag acarreó agua como un gastador y que el escribano salvó primero su arca, que cada cual retrata su alma en los incendios, y sé que cuando la paja estuvo fuera y la escalera ganada, subí yo delante, con la manta mojada por los hombros y dos hombres detrás con la tina chica, y el humo en el hueco de la torre era una soga gris subiendo hacia una puerta cerrada con cerrojo nuevo por fuera y sin llave a la vista, porque la llave, dijeron después, la tenía el escribano, y el escribano estaba salvando su arca.

Después dirán lo que quieran los autos de la inquisición del accidente: que el lino se apiló donde estorbaba menos, que el brasero de la guardia quedó mal muerto, que la llave estuvo siempre donde debía.

Yo digo lo que sabe un soldado: los accidentes no eligen la única noche entre dos custodias, ni la única escalera, ni la única puerta sin llave.

Los accidentes no leen provisiones. Mi hermano sí.

No esperé la llave. La puerta de la torre me la sabía de una noche entera: roble viejo, cuarenta y un clavos, los goznes del lado del muro.

Hachuela del cuerpo de guardia, dos manos, los goznes primero, que un soldado no pelea contra el roble, pelea contra el hierro chico, y la puerta que honré con la voz una noche y con los pies un mes cayó hacia dentro, entera, con su cerrojo intacto y sus clavos, y me pisé mi propia honra para entrar, que para eso están las honras bien hechas: para saber cuándo se pisan.

Estaba en pie junto a la tronera, con la manta buena doblada en el brazo y el aire mejor de la altura ya buscado, la cara gris de humo y los ojos en orden, contándome mientras yo entraba —me contó, lo vi, me pasó revista de arriba abajo como se comprueba una cifra— y no dijo nada y yo no dije nada, que las palabras las tiene retiradas y el fuego no me las devuelve.

Le señalé la escalera con la mano abierta: practicable.

Se puso la manta sobre la cabeza sin que yo se la diera, sola, y bajó delante de mí los cuarenta peldaños con el paso medido de quien ha contado cada uno muchas veces, sin toser hasta el patio, que hasta la tos se la administra esta mujer, y en el patio se apartó del humo, se descubrió, miró la torre entera de abajo arriba con la cara de tasar daños, y se fue derecha al pozo a ponerse en la cadena de cubos, en su sitio, entre Marsaili y una moza, como si la casa fuera suya.

Es que la casa era suya. El fuego lo tenía más claro que nadie: era lo único de la casa que no había cambiado de bando.

La miré trabajar en la cadena un momento más de lo que un fiador debe mirar, el cubo yendo y viniendo por sus manos con la economía exacta de todo lo suyo, y me volví a la torre a rematar lo mío, que aquella noche los dos hablamos el único idioma que nos estaba permitido: el del trabajo bien hecho a tres varas el uno del otro.

El conato murió sin llevarse más que la paja, dos varas de escalera y el sueño de todos.

Mi hermano apareció con el fuego ya de rodillas, vestido entero a deshora, y ejecutó su papel con la limpieza de siempre: voces de mando sobre el trabajo hecho, la mano en el hombro del oficial del sheriff, gracias a Dios y a la prontitud de todos, una casa vieja, el lino, el descuido, se abrirá inquisición del accidente.

Accidente. La palabra cruzó el patio y fue a caer donde estaba Raibeart.

Raibeart llevaba toda la noche en la cadena de cubos, con su gorra, callado, y yo le había visto hacer una cosa rara al principio del fuego: dejar los cubos un momento, ir al montón de paja humeante que sacábamos con los ganchos, y quedarse mirándolo con una tea alzada, no el fuego: la paja.

El lino del diezmo. Las balas con la marca de carga.

Luego había vuelto a los cubos sin decir nada.

Ahora, con la palabra accidente todavía en el aire, se quitó la gorra, que fue como verlo desnudarse, cruzó el patio hasta mi hermano y le habló con voz de trato roto, que en los hombres del ganado es la única que no regatea:

—El lino entró el martes, laird. Dos carros, a las cuatro de la tarde, con el mozo de Comrie de carretero.

Lo asenté yo: por orden de arriba, a la base de la torre, que en el granero estorbaba.

Folio catorce de mi libro, con mi señal, que yo no sé letras pero sé señales.

—Silencio del patio entero—. Llevo un año vendiéndoos a mi hermano muerto a tanto la sospecha, creyendo que comprabais justicia.

Compráis leña. Mi hermano se ahogó una vez.

Vos lo habéis ahogado dos: la segunda, esta noche, de combustible.

—Tiró la gorra al barro pisado de agua y ceniza—.

Ahí queda lo pagado. Mi libro de veedor está en la cuadra, con las fechas.

Que lo lea el que venga de Edimburgo. Yo de vos no digo más palabra ante juez ninguno, ni a favor ni en contra: me desdigo de todo, y del desdecirme sí daré fe donde haga falta.

Y se fue hacia el portalón por mitad del patio, entre el vapor de los cubos, y en el umbral de la casa grande se paró, se volvió a medias, y escupió en la piedra del umbral, despacio, con testigos, que es la letter of slains de los que no saben firmar.

A mí no me miró. A ella tampoco, y eso también lo asenté: aquel hombre no se pasaba a nadie.

Se iba de todos, con su muerto al hombro, a llevar el duelo por fin sin arrendarlo, y su saliva se quedó helándose en el umbral de mi casa, despacio, como se hielan las deudas que ya nadie piensa cobrar.

Mi hermano no contestó. Contra los hombres que ya no venden no tiene armas.

Mi hermano no contestó tampoco a eso. Dos veces callado en una noche: quien lo conozca sabrá leer el tamaño del destrozo.

Al oficial del sheriff le duró la cara de fianza hasta el final, pero mandó poner un hombre suyo en la escalera misma de la torre lo que quedaba de noche, y esa banqueta de más fue el primer mueble honrado que tuvo esta casa en un año.

El traslado se hizo con la primera luz, según provisión: el carro, el oficial, dos hombres, el ministro esperando en la cancela con el vaho del rezo del alba.

Vi a mi mujer salir de la casa donde nació por la puerta chica, con su arisaid y la manta buena, subir al carro sin mano de nadie y sentarse mirando al camino, no a la casa, y el carro echó a andar sobre la helada con un ruido de huesos viejos, y yo fui detrás a caballo, a la distancia de un fiador, ni un paso más cerca, toda la legua corta que hay de una prisión a otra más blanda.

En la cancela de la parroquia, al bajar, se detuvo un aliento. Miró la casa parroquial, el tejado con su humo, la cuadra, el ventanuco de arriba. Luego a Sempill. Luego el camino por donde habíamos venido.

—Huele a pan —dijo.

Fue lo primero que decía en voz alta desde la noche de las catorce llamas.

No me lo decía a mí. Lo dijo al aire, al patio, a la mañana, como se pasa un parte: constaba en acta que en alguna parte del mundo seguía habiendo pan.

El ministro contestó que la vieja hornea los viernes, y ella entró por la cancela con su paso de inventario, y yo me quedé fuera con los dos caballos, que un fiador es un fiador.

Pero el parte lo guardé. Huele a pan. Hay treguas que empiezan así.