Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1)
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Prólogo
Cruzamos el vado de noche. El agua venía baja y negra, con dientes de hielo en las orillas, y la piedra del peaje asomaba bajo la nieve como un animal que se hace el muerto.
Nadie había pagado desde otoño. Ni res, ni arriero, ni alma.
Un camino tarda una estación en olvidarse de un clan; lo aprendí ahí, con el agua por las corvas y mi hermana a hombros de otros.
Éramos siete. Dos hombres con pala que ya no eran pastores porque no quedaba qué pastorear; el viejo Dòmhnall con la barra de hierro; mi prima Oighrig con el cuerno y el cabo de sebo; dos mujeres de la casa de mi tía; yo.
Yo llevaba el azadón y la cuenta. Contar es lo que hago cuando no quiero hacer otra cosa.
Cuarenta y un pasos del vado a la primera casa.
La primera casa era un montón. La ceniza vieja no huele a fuego: huele a piedra mojada, y cruje bajo la escarcha como cruje la sal.
Pasamos por en medio porque el camino de siempre era el de en medio, y nadie miró a los lados. Mirar cuesta. No estábamos para gastos.
La iglesia había ardido menos que el resto; los santos son de piedra.
El muro del camposanto le llegaba al pecho a un hombre y a mí a la barbilla.
Del lado de dentro dormían mi padre y los niños, con la tierra asentada desde el otoño.
Del lado de fuera, al norte, donde el sol no viene ni a pedir permiso, habían dicho que podía ser.
Fuera sí. Dentro no. El kirk lleva sus cuentas en un libro que no me enseñan; yo llevo las mías en otra parte.
No pregunté por qué fuera del muro. Ya lo sabía. Y no os voy a contar cómo murió mi hermana: con que lo supieran los ministros va sobrado.
La tierra estaba cerrada de frío. Dòmhnall metió la barra y la tierra dijo que no.
Hicimos fuego encima, chico, de brezo y de tabla a medio quemar que trajimos de las casas.
Era el primer fuego que yo encendía desde el de ellos, y era para abrirle la cama a Ailsa.
Ardió sin gana. Lo cebé con el mango roto de un rastrillo.
Cuando la tierra ablandó, cavaron los hombres y cavé yo, y Oighrig sostuvo en alto el cuerno con el sebo dentro: una llama del tamaño de una uña que el viento se comía y devolvía.
A eso no se le puede llamar luz. Alcanza para saber dónde acaba la pala y dónde empieza la noche.
La mortaja la había cosido yo. Lino de mi tía, hilo de lo que se salvó. Ciento treinta puntadas; las conté todas; ninguna torcida. Las manos saben estarse quietas si les das un oficio.
La bajamos con dos cuerdas. Pesaba poco. No lo digo por lástima: lo digo porque lo sentí en la cuerda. Miré la cuerda hasta el fondo. A las caras, no.
Nadie cantó. El coronach es de las mujeres, y mujeres había; pero dentro del muro se canta y fuera no, dijeron. Otra raya en el libro que no me enseñan. A Oighrig le arrancó a subirle algo por la garganta, bajito, y se lo tragó. Le puse la mano en el brazo. Todavía no, prima. Aquí no.
Llenamos el hoyo. La tierra de arriba, la ablandada por nuestro fuego, cayó primero y sonó a grava; la de abajo cayó callada. Los hombres se santiguaron con las manos abiertas de frío y echaron a andar hacia el vado, de dos en dos, el sebo por delante. Dije que ya iría yo.
Me quedé con el frío, que era lo único que sobraba en el glen. Me arrodillé donde la tierra hacía lomo. Al otro lado del muro quedaba sitio: junto a padre cabía un cuerpo de ancho. Lo había medido con los ojos mientras cavábamos. Medir también es contar.
Tenía diecinueve años y las manos de una que ha cavado dos veces en un año.
—Dormirás dentro del muro, Ailsa. Aunque tenga que casarme con el fuego. Y todo el que cruzó nuestro vado pagará el peaje.
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