Hasta que el tiempo nos alcance Epílogo
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Epílogo

M e incorporo y masajeo las lumbares; ya no puedo estar tanto tiempo inclinada, lo sé, me lo han dicho montones de veces.

Con cincuenta y dos años, mi cuerpo se resiente del trabajo de campo y, aunque delego el trabajo duro en los estudiantes del aula de voluntariado, a veces no es suficiente con supervisar.

Soy así de controladora, necesito corroborar que no pierden ni rompen nada importante.

Al levantar la mirada, veo a Juande encabezando una procesión de personas trajeadas, entonces recuerdo que hoy es el último día del segundo campo arqueológico de voluntariado, y vendrán al cierre el alcalde y sus concejales.

Evidentemente, no vienen nada más que para hacerse la foto, salir en los medios de comunicación y poco más, porque, por mucho que pidamos más financiación para acelerar los trabajos de la excavación, todo es inútil.

Me estiro todo lo que puedo y pinto mi mejor sonrisa al verlos acercarse a mí, Juande me guiña un ojo, lo que me hace rodar los míos y ponerlos en blanco.

Ya lo hemos hablado antes, y aunque no estoy de acuerdo, le seguiré la corriente.

Eso sí, no pienso dorarle la píldora a nadie para que haga lo que tiene que hacer.

Noto a dos chicos que se colocan a mi lado, rodeándome.

No quiero mirarlos o se me caerá la baba como siempre, pero cuando me cogen cada uno de una mano y me la aprietan, me deshago.

¿Qué madre no lo haría con semejantes muchachos?

Son gemelos idénticos, y a sus dieciséis años, ya superan en altura a su padre, del que han heredado su pelo leonino y sus ojos verdes.

Pero lo mejor, es que ambos son unos locos de la arqueología y pasan sus vacaciones trabajando con nosotros en el yacimiento de Marroquíes Bajos.

Llevamos años luchando para el desarrollo del yacimiento contra los intereses urbanísticos, y aunque contamos con el apoyo del Instituto Almenara para el progreso y el Desarrollo de Andalucía, que ha iniciado una campaña internacional llamada: «Salvemos Marroquíes Bajos, la primigenia Jaén», que se puede encontrar en la web marroquiesbajos.org, la verdad es que todo se nos pone en contra.

Ahora quieren construir «La ciudad de la justicia» y las obras que actualmente se están llevando a cabo en una de las parcelas del llamado «quinto foso», para la construcción del Conservatorio Superior de Música, afectará gravemente a una gran parte del terreno, a pesar de que se diga que va a conservar la zona de la muralla y el foso.

Es un grave atentado patrimonial, ya que la muralla y el foso apenas representan un 30 % de la parcela que está declarada como BIC y de la cual, no se ha excavado ni siquiera al 50 %.

Es obvio para cualquier arqueólogo que una zona de tal valor, que conserva una muralla; bastiones con una puerta de entrada e incluso, una fosa común cuyos huesos se han olvidado, sin que se les realice el correspondiente estudio genético que podría aportar datos muy reveladores, puede contener restos importantes en cualquier lugar.

Pero esto no significa nada para quien no quiere ver, solo vienen a hacerse la foto de rigor y minimizan las aportaciones.

—Mamá, sonríe y no te tires al cuello del alcalde, recuerda que es una oportunidad de arrancarles un compromiso. —David me da un beso en la mejilla.

—Eso. Y si, además, te pones tan encantadora como tú sabes, los tenemos en el bote. —Darío secunda a su hermano.

—Es fácil decirlo —me quejo.

Me recompongo y suelto la mano de David para estrechar la del alcalde. Estoy a punto de hablar con él, pero se da la vuelta y me coge de los hombros para acercarme a él. No me da tiempo a quejarme cuando me susurra:

—Sonría, doctora García.

Entonces, miro al frente y veo varios fotógrafos y el ruido continuo de los clics al hacer las fotografías.

Luego se marchan hacia el frente y cogen a varios de los alumnos y les toman unas instantáneas riendo y hablando, mientras cogen las herramientas y las estudian como si fuesen última tecnología.

Me vuelvo furiosa para que no vean mi cara de enfado, mis niños me abrazan y besan hasta que se me escapa la risa. Me sueltan y escucho en mi oído, la voz susurrante que me persigue desde hace mucho.

—No ha sido para tanto, ¿verdad, princesa?

Me besa en la frente y se marcha con la comitiva.

No sé qué es peor, que me deje o que me haya susurrado.

Miro en derredor y compruebo que nadie me presta atención, todos están pendientes de los visitantes.

Me muevo hacia la carpa y recojo las cosas para cerrar.

Pronto vienen mis niños, que sin preguntar se ponen a guardar herramientas en las cajas.

Abro los arcones con los últimos hallazgos catalogados y repaso mentalmente la lista, satisfecha vuelvo a cerrarlos y les engancho los candados.

Al volverme hacia mis hijos, los veo sonrientes mirando hacia fuera.

—¿Qué pasa? —Me asomo entre ellos.

—Papá tiene acorralado al alcalde, y ya sabemos lo que le estará diciendo. —Se carcajea Darío.

—Lo tiene en el bote —corrobora David.

—Yo no estoy tan segura, estos políticos son cada vez más escurridizos: hoy dicen una cosa y mañana hacen otra. —Hago una negativa con la cabeza.

—Ya veremos —responden los dos al mismo tiempo.

Volvemos a casa entre risas, después de dejar los cajones para que los traslade la empresa de transporte.

Hace tiempo que nos compramos una casa cerca del yacimiento y como siempre volvemos andando, comparando nuestros hallazgos; nos recorta tiempo.

Aunque hoy, por ser el último día, ha sido aún más corto.

Entramos y ellos salen disparados para su cuarto, suben los escalones de dos en dos.

Yo voy a mi habitación, me ducho y me pongo fresquita.

Estoy preparando una ensalada César cuando mis chicarrones me cogen cada uno de un lado y me besan.

—Mamá, no te molestes por nosotros, hemos quedado en Las Fuentezuelas para comer con los amigos y refrescarnos en la piscina. —David me besa una mejilla.

—Hoy tenéis la casa para vosotros solos. —Darío hace lo mismo y luego me guiña un ojo.

—Genial, podríais haberlo dicho antes —les regaño.

—Ha sido una decisión de última hora, lo siento, mamá. —David parece compungido, pero no me engaña.

—Está bien, largaos, pero no se os olvide el protector solar. ¡Ah!, y tomad. —Saco cincuenta euros del cajón de la entrada—. Compraros un bocata, y ya sabéis… —Les guiño un ojo y salen riéndose a carcajadas.

Me quedo sola terminando de preparar la ensalada y escucho la puerta de la calle cerrarse.

Mientras friego los utensilios de cocina que he usado, unas grandes manos me cogen por detrás.

El suave susurro de un: «Hola», suena en mis oídos y me doy la vuelta en el dulce abrazo que me sostiene.

Juande me da un beso más largo de lo normal y cuando se aparta, mira a ambos lados.

—¿Dónde están los chicos?

—Se han ido a la piscina con los amigos, y la niña se fue ayer de fin de semana a la playa con las amigas. —Me aprieto contra él—. Tenemos unas horas para nosotros.

—Pues habrá que aprovechar. —Me coge, me echa sobre el hombro y sube las escaleras con prisa.

—¡Juande, bájame que te vas a romper la espalda!

—Preocúpate por ti, princesa.

Apenas veo por donde me lleva hasta que me deja caer en la cama, se quita la ropa con rapidez y luego me desviste a mí; con las prisas rompe mis bragas. Me rio a carcajadas. Él me pone en pie y me da una nalgada.

—Seriedad, princesa, si no quieres que te castigue —dice y vuelve a cogerme en brazos para llevarme a la ducha.

—¡Juande, que ya me he duchado! —me quejo.

—Pero yo no. —Me lanza esa sonrisa ladeada de perdonavidas y siento fuego líquido recorriendo mi cuerpo.

Bajamos a la cocina mucho más tarde, cogidos de la mano y sonrientes. Mientras él pone unos mantelitos individuales en la isla, yo saco la ensalada y reparto en dos platos, cojo dos cervezas y me siento frente a él.

—¿Has conseguido algo firme? —Pincho la lechuga y la mastico despacio.

—Puede ser, pero todavía es muy pronto —dice y me guiña un ojo.

—¡Como siempre! —me quejo.

—¿Cómo es que Adara se ha ido a la playa? —gruñe por lo bajo.

—Cariño, es joven y lo ha aprobado todo —lo amonesto con el tenedor—, dale un respiro.

—Se lo doy, pero no puedo dejar de pensar que es mi niña —vuelve a gruñir.

—Ya es una jovencita de diecinueve años y con la cabeza muy bien amueblada, dale espacio. —Me levanto y lo abrazo.

—Es muy difícil lo que me dices —añade, luego vuelve la cabeza y me besa—. ¿Y si encuentra a un chico que le pone el alma al aire?

—Pues habrá que respetar su decisión y aconsejarla, como hacen todos los padres con sus hijos.

—No quiero que se vaya. —Se pone en pie y me abraza.

Adara fue nuestra primera hija, llegó de improviso.

Bueno, no tanto, si mantienes relaciones y no pones métodos anticonceptivos es lo más normal que ocurra.

Su llegada inesperada nos unió aún más, y al año de nacer, nos casamos por el registro civil.

Cuando dos años más tarde llegaron los gemelos, fue otro regalo inesperado, pero nos hizo unirnos más aún.

Y lo que es mejor, actualmente, nuestra relación sigue como el primer día.

No podemos separarnos y en cuanto nos dejan solos, disfrutamos de una unión que sabemos que va más allá del tiempo.

—¿Has pensado ya lo que haremos con los papiros?

—Sí —respondo y lo miro sonriente—. Los guardaremos en la caja fuerte del banco y se los legaremos a nuestros hijos. Quiero que conozcan toda la historia y que crean en la magia más antigua del mundo.

—¿Y qué magia es esa? —Me coge de la cintura y me acerca a su cuerpo.

—El amor, tonto. —Me río y lo beso con pasión.

Después ya no hay nada más, solo nosotros y una historia que continúa hasta que el tiempo nos alcance.

Fin