Capítulo 16 #2
Por un momento dudo de mi atuendo, pero niego con la cabeza y me siento a desayunar un té, fruta y queso.
Estoy hambrienta, Ion sonríe mientras se acaba el suyo, solo queda una manzana en el frutero.
Sin pensarlo, la cojo y me la guardo en el pequeño zurrón que llevo en la cadera.
Él suelta una carcajada y me besa en la frente.
Su mirada se vuelve oscura por un momento, pero antes de que pueda analizar lo que ha pasado, se levanta y tira de mí.
Me abraza con fuerza y siento cómo su energía me consume.
—Demos un paseo —me susurra con voz ronca.
Salimos del palacio por la zona este y nos dirigimos al sur, no sé a dónde me lleva, pero no me importa, con su mano sujetando la mía me siento bien.
Disfruto del paisaje al salir, los jardines son espectaculares.
Pasamos bajo palmeras, tamariscos, sicomoros, matas de papiro y enredaderas y llegamos a un estanque.
Sobre él nadan los patos, se hunden en el agua y luego se sacuden con fuerza mientras con el pico hurgan entre sus plumas.
La situación me parece casi irreal y se me escapa una risita.
—¿Te gusta? —pregunta algo indeciso y sonríe—. Pensé que sería agradable pasar la mañana junto al agua.
—Es precioso —contesto y lo abrazo mientras camino junto a él sin separar mi cuerpo del suyo—. ¿Cómo supiste de este sitio?
—Me lo dijo Nefer. Ella pensó que disfrutarías de un baño al aire libre.
En silencio nos acercamos al borde del lago y nos quitamos las sandalias para meter los pies en el agua, me fijo en las ondas y veo que no solo las provocamos nosotros, bonitos peces de colores nadan en el agua.
El disco solar cae sobre sus coloridas escamas y las hace destellar con brillo propio.
El espectáculo es precioso, me acurruco en el pecho de Ion que me abraza con fuerza.
Durante un momento nos quedamos sentados, unidos en silencio.
Simplemente estamos conociéndonos y disfrutamos el contacto como nunca pensé que lo haría.
—Entonces, ¿ya estamos casados? —pregunto sin atreverme a mirarlo.
—En mi país, una pareja se une cuando el padre de ella la entrega y celebran la fiesta —responde mientras me mira muy serio—. Como recordarás, eso ya pasó en Cnosos.
—Pero yo no sabía que esa era nuestra fiesta de unión —me quejo risueña.
—Con que lo supiéramos tu padre y yo era suficiente —dice tajante.
—Eso suena muy mal —me quejo—. ¿Yo no puedo decir nada?
—Ahora sí. —Me da un beso en la frente, luego me coge de la barbilla—. ¿Te sientes unida a mí? —pregunta con voz ronca.
—Sí —confieso y le doy un beso en los labios, aunque me aparto con rapidez—. Pero no hemos hecho la ofrenda a la Diosa Madre —digo con timidez.
—Si quieres, podemos hacer una ofrenda —me levanta la cara—, solo dime lo que hay que hacer e iré contigo.
—Para hacer la ofrenda deberíamos volver a Cnosos. —Un escalofrío recorre mi espalda.
—¿No podemos hacerlo en otro sitio?
—No ofenderé a la Diosa haciendo la ofrenda en la tierra de otros dioses.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Lo observo confusa. Quiero hacer la ofrenda para completar nuestra unión, pero volver a Cnosos no es una opción, al menos mientras esté Aqueo sobre el trono de Minos.
Todo lo que he aprendido en mi vida se derrumba a mis pies.
La Diosa no me ha dado su bendición y eso me atormenta más de lo que quiero admitir, pero volver a Cnosos es la única oportunidad para rendirle culto.
También es una opción para rescatar a mi padre; incluso podríamos intentar devolverle el trono de Minos.
Por dentro, siento crecer la esperanza para reencontrarme con mi padre, para volver a ser lo que fuimos.
—Eirene, si es una ofrenda a tu Diosa lo que se necesita para culminar nuestra unión, lo haremos. —Sus palabras me sacan de mi introspección.
—No podemos volver a Cnosos. —Me aprieto contra su pecho.
—No sabemos lo que ocurrió allí, tal vez Aqueo se marchó tras la destrucción o puede que ni sobreviviera; recuerda los terremotos y la gran ola. Podemos preguntar a Amenhotep si tiene noticias de Cnosos.
—Sí. Seguro que algún barco de comercio trae noticias de lo que ocurrió y podrán decirnos quién es el Minos de Cnosos.
Más animada por los planes trazados me pongo de pie en el lago, me hundo hasta las caderas, pero el agua templada es vivificante, y sin pensármelo, me dejo caer y levanto chorreando agua del pelo.
La ropa se adhiere a mi cuerpo como una segunda piel, abro la mano en forma de pala y hago un movimiento circular en la superficie lanzando agua a Ion que, sorprendido, se levanta.
Me sonríe con malicia y se lanza sobre mí, sin darme oportunidad a escapar.
Emergemos del agua tosiendo y riendo como niños, me subo a su espalda e intento hacerle caer de nuevo, pero él es demasiado fuerte para mí. Me coge y me lleva delante de él, me aprieta contra su pecho y me dedica esa sonrisa ladeada.
Su boca se cierra sobre la mía apagando cualquier protesta que pudiera dar, me engancho a sus caderas con mis piernas y le abrazo por el cuello.
No lo duda, su mano se posa en mi trasero lo masajea y aprieta.
Se aparta un poco de mí. Me mira con los ojos verdes oscurecidos por la pasión, un brazo me rodea la espalda y el otro pasa bajo la parte trasera de mis rodillas.
Me saca del agua y lo veo mirar alrededor.
A grandes pasos, se interna en la parte más oscura del jardín, me deja en el suelo y suelta la pequeña capa del hombro, la tiende sobre la tierra y me coge hasta que nuestras caras se quedan a la misma altura.
Su boca se cierra sobre la mía, me besa con pasión contenida y sus dientes mordisquean mi labio inferior.
Lo aprieto contra mi pecho, son tantas las sensaciones que me llegan que no noto que estamos en el suelo, sobre su capa, hasta que se me clava una piedra en la espalda y se me escapa un quejido.
—Lo siento, si no estás bien me detengo —pregunta ansioso.
—No es eso. —Meto la mano bajo la capa y saco la piedra de debajo, la lanzo lejos y le sonrío—. Ya está.
Me lanzo sobre su cuerpo y lo beso, me hago cargo de la caricia sobre sus labios, empujo mi lengua dentro de su boca y lo escucho exclamar y contener el aliento. Me aparto dudosa, pero no puedo contener mi impaciencia.
—¡Por los dioses, me vas a matar! —pronuncia con rapidez mientras sonríe con picardía.