Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 15
43%

Capítulo 15

Arquitecto Real

L a puerta del cuarto se abre y entra Nefer, lleva en las manos varios trajes y no nos mira. Al llegar a la cama, se da cuenta de nuestra presencia.

—Lo siento, no sabía que estaban en el cuarto —se disculpa e inclina avergonzada—. Estos vestidos los envía la gran esposa real para la recepción de esta noche.

—Gracias, Nefer. —Me levanto de un salto—. ¿Puedes preparar un baño?

La muchacha no dice nada, asiente con la cabeza, sale del cuarto y vuelve poco tiempo después, seguida por varios hombres con cubos.

Los dejan en la zona del baño y salen en silencio.

Escucho el agua llenando la bañera y me derrito por meterme dentro.

Ion está en el balcón apoyado en la baranda de mampostería.

Su figura recortada en el vano me atrae, lo miro y me deleito con lo que veo.

Nefer me avisa que el baño está listo y corro hacia allí sin pensar, me deshago del vestido sudado y arrugado y me introduzco en el agua caliente.

Me frota la cabeza y cierro los ojos de placer; últimamente, me complacen las pequeñas cosas que antes rechazaba.

Me dejo frotar y mimar, hasta que se enfría el agua, salgo y me envuelve en una toalla de lino.

Sus eficientes manos dan pequeños toques sobre mi cuerpo y me secan con delicadeza.

Termina de secarme y viene hacia mí con un recipiente de cerámica.

—¿Eso qué es?

—Polvo del Nilo, para hidratar la piel y darle un poco de brillo.

Me lo aplica por todas partes, incluso por las que no quedarán a la vista con el vestido.

Luego me pasa por la cabeza, otro transparente que se sujeta con unas tiras doradas sobre los hombros.

Tras él, vuelve a pasar otro vestido por el mismo sitio, esta vez con un gran escote que me llega hasta la cintura.

La tela blanca es muy sutil y delicada, se plisa para dejar sobre mi cuerpo su refinada caída.

Me pone una pequeña capa de esta sofisticada tela plisada y lo sujeta con un usej fino en oro y azul lapislázuli.

Lo engancha a las tiras plisadas de los hombros, y luego me ajusta en la cintura un cinturón de cadenas y filigranas doradas que termina con aplicaciones muy parecidas al del usej.

Pasamos al cuarto y me sienta en una banqueta para peinarme.

Me hace la raya en medio y recoge el pelo a ambos lados de la cara, lo sujeta con unas horquillas doradas casi en la frente, y al final deja caer dos cascadas de rizos a ambos lados.

Todavía están húmedos, por lo que los recoge en el interior de su mano y los aprieta, lo que hace que se retuerzan aún más.

Por último, coloca sobre mi frente una fina diadema de oro y lapislázuli, pinta una gruesa raya de khol sobre los párpados, y otra más fina desde el lagrimal hacia el final del ojo para unir las dos en una única línea.

Me calza unas sandalias con delicadas tiras doradas que apenas cubren mis pies, pero que unen la suela para que no ande descalza. Se levanta y se le escapa un suspiro.

—Estáis muy hermosa, princesa —dice con sinceridad y me acerca un pequeño objeto dorado, que descubro, es un espejo.

—Gracias, Nefer, has hecho un gran trabajo. —La imagen distorsionada del espejo hace que no me reconozca, aunque he de admitir que los ojos que me devuelven la mirada son los míos.

El ruido al fondo del cuarto me hace levantar la cabeza de mi reflejo, y lo veo salir del baño con una toalla en las caderas.

Trago con fuerza pues tengo la garganta seca y más aún al verlo casi desnudo, con su leonino pelo húmedo y esos ojos verdes que atraviesan mi alma.

Me levanto nerviosa y doy una vuelta sobre mí misma.

—¿Qué te parece?

—Preciosa —dice con voz ronca y carraspea, luego hace un gesto con la cabeza a Nefer para que se vaya.

Lo veo soltar la toalla de las caderas y me doy la vuelta con rapidez; me siento tan rara que no sé qué hacer.

Por un lado, quiero acariciarlo y besarlo, pero, por otro lado, siento que no debo hacerlo.

Me pierdo en mis tontas discusiones internas: «¿Qué más da?

Es el elegido por mi padre, nuestra unión estaba ya pactada. Entonces, ¿por qué me detengo?».

La verdad es que me gusta mucho, y no solo por su físico, que es espectacular con esos músculos, su leonino pelo dorado y esos ojos verdes rasgados y penetrantes.

Sin duda es un hombre muy guapo y atractivo, pero es su personalidad divertida, atrevida, risueña y paciente lo que más me atrae de él.

Para nada es lo que me imaginé cuando lo conocí.

Lo escucho toser detrás de mí.

—Si ya estás lista, podemos ir al salón de recepciones. —Coge mi mano y traza círculos en mi palma mientras me sonríe —. No te besaré para no estropear el maquillaje, pero cuando volvamos…

No digo nada, no puedo. Lo miro con un faldellín blanco y un usej muy parecido al mío, su pelo casi seco brilla como el disco solar.

Pensaba que no podía ser más guapo, pero me equivoqué, es arrebatador.

Trago saliva y le sonrío mientras salimos al pasillo para ir al salón de recepciones.

No sé dónde queda, pero mientras paseamos por los pasillos blancos y hermosamente decorados, me saturo de tanta belleza decorativa y constructiva.

Pasamos ante una sala con bonitas pinturas policromadas, me fijo y detallan la vida de los dioses de Egipto.

Los conozco, pues el embajador en Cnosos me habló de ellos, de sus historias y leyendas que los hacen casi humanos.

También puedo admirar la representación del festival del Heb Sed 45, donde el faraón es la representación de Horus en la Tierra .

Nos unimos a la procesión de invitados que entran al palacio e ingresamos al salón de recepciones, aquí predomina el color dorado de las paredes, mientras son recorridas por figuras de diferentes etnias en procesión para rendir pleitesía ante el faraón.

La policromía aquí sigue los mismos ritmos cromáticos que en todo el palacio. Admiro los ricos bajorrelieves y elevo mi mirada al techo, para contemplar la grandeza de las columnas pintadas en blanco y acabadas en capitel papiriforme. No tengo palabras, es simplemente espectacular.

Estoy tan centrada en disfrutar del policromado arte de las paredes, suelos y techo que no me doy cuenta de que estamos en el centro del salón.

Ion me da un pequeño codazo para llamar mi atención y me saca de mis pensamientos.

Estamos rodeados de muchas personas; algunas extranjeras.

También hay muchos sacerdotes de Amón fácilmente reconocibles por sus vestimentas hechas con pieles de animales.

Junto a ellos, veo a un anciano con vestimenta sencilla.

Su mirada inteligente se posa en mí y me sonríe con benevolencia.

Su cabeza rapada y sin peluca hace que sus ojos resulten más visibles.

Por un momento, le devuelvo la sonrisa con sinceridad; deseo conocerlo.

Cerca del trono donde se sienta Amenhotep III y su esposa Tiy, se encuentra el joven Amenhotep, y junto a él, un hombre enorme y de apariencia brutal lleva cogida del codo a una niña preciosa, sus enormes ojos oscuros no se apartan del joven príncipe.

Detrás del faraón, se encuentran varias esposas menores y junto a él otra esposa real; debe ser la princesa Sitamón.

Según me dijo el príncipe Amenhotep, su hermana se casó con su padre en el treinta jubileo.

Un joven llama mi atención, está situado detrás del faraón, debe de ser el heredero porque es igual que su padre.

Lleva un faldellín blanco ribeteado con filigranas de oro y un gran cinturón doble de oro, pero sobre sus hombros cae una piel de animal.

Recuerdo que el príncipe me habló de él, de Tutmose; sumo sacerdote de Ptah en Menfis.

Suenan las largas trompetas doradas de la entrada y aparece un hombre enorme, aunque de aspecto gentil. Entra precedido de varios sirvientes cargados de cofres cerrados, se detiene ante el faraón y se inclina con humildad.

—Saludos, señor de las dos tierras, soy Tunibibri, vengo de las tierras Mitani 46 con un gran regalo de amistad entre nuestros dos países. El rey Tuisherata; mi hermano, os envía su amistad y a nuestra hermana la princesa Kalu-Heba, para que con vuestra unión seáis hermanos, además de amigos.

Se inclina y retrocede hasta dejar paso a un emisario, acompañado de una bella dama.

Ella tiene la mirada en el suelo, pero puedo percibir que no se le escapa nada.

Está escrutando todo el salón con intensidad, y no me extraña, ser entregada así por sus propios hermanos para afianzar una amistad es inquietante.

Sacudo la cabeza, porque eso mismo es lo que pretendía el Minos. Visto así, es algo tan natural como el respirar.

Vuelvo a centrarme en la presentación.

—Mi señor, soy Keliya, ministro del rey de Mitani, estas son mis credenciales. ―Muestra una tablilla de arcilla en escritura cuneiforme 47 ― . Aquí se detallan los bienes que mi amado rey os ofrece para honrar el matrimonio con su hermana .

En ese momento los sirvientes abren los cofres, y el oro destella de tal forma que provoca la admiración de los asistentes.

El faraón se levanta despacio y con poca agilidad, dado su sobrepeso, se acerca a la princesa Mitani, toma su barbilla y voltea su cara a uno y otro lado, sin que la joven oponga resistencia alguna.

Desde donde estamos, no aprecio bien su expresión, pero en el silencio que reina en el salón se escuchan los ruiditos de admiración que emite el faraón.

—Gracias, Keliya, sois bienvenidos. —Hace un gesto a Ramose, su gran visir, para que recoja las tablillas—.

Príncipe Tunibibri, sentaos a mi mesa como hermano y celebremos la unión de nuestras casas para derrotar a los enemigos de nuestros países.

—Sonríe con simpatía a todos los presentes—. ¡Ahora vamos a celebrar!