Harrison (The Level 1) 5. Apartamento de Harrison, The Level
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5. Apartamento de Harrison, The Level

Apartamento de Harrison, The Level

Violet

—Buenos días, querida —dice una amable anciana cuando entro en la cocina.

Me detengo en seco y la miro parpadeando.

Está sacando una bandeja de magdalenas recién hechas del horno de última generación de Harry.

Su boca se curva en una amplia sonrisa, dejando al descubierto unos dientes perfectamente blancos y relucientes.

Contrastan por completo con su piel arrugada y envejecida.

Toda su persona emana compasión y amor—.

El señor Waite dijo que te esperara en algún momento de esta mañana.

A juzgar por tu expresión, no te ha hablado de mí —dice con una risita mientras coloca la bandeja de delicias en la encimera—. ¿Una magdalena?

—¿Dónde está Harry? —pregunto, sin saber qué más decir.

—Estará en el trabajo. Es lunes, suelen tener una reunión a las siete para planificar la semana.

Creo que el señor Chase lleva el negocio con mano de hierro.

—Mira el reloj. Mi mirada sigue la suya: las diez y media de la mañana.

Debía de necesitar dormir; normalmente, a las seis mi cerebro ya está despierto y listo para afrontar el día—. Es tu hermano, ¿no es así?

—¿Harry? No. Es un viejo amigo de la familia. Russell y Connor son mis hermanos.

—A eso me refería. —Ladea la cabeza y su mirada recorre mi cuerpo.

Todavía llevo la camisa de Harry. He dormido con ella—.

El señor Waite dijo que habías tenido unos días difíciles.

¡Ay, Dios mío! —Se lleva las manos a la boca mientras abre los ojos de par en par—.

Qué maleducada soy. Ni siquiera me he presentado.

—Se seca las palmas de las manos en su delantal de cuadros rosas, luego sale de detrás de la encimera y camina hacia mí.

Me coge las dos manos—. Soy la señora D. , la ama de llaves de The Level.

—¿The Level? —repito. Ella sonríe generosamente.

—Los dos últimos pisos de este edificio.

Pertenecen a sus hermanos y al señor Waite.

Yo los cuido a todos. Son los hijos que nunca tuve.

Vivo abajo, en el apartamento veinticinco.

—Aún sujetándome los dedos, tira de mí hacia un taburete junto a la encimera de la cocina—.

Venga, querida, pareces necesitar comer y quiero saberlo todo sobre ti.

Una hora después, sigo sentada en mi sitio, comiéndome otra magdalena.

Esta es la tercera. La señora D. ha hablado sin parar, haciendo preguntas sobre mis gustos y aversiones, pero sin entrometerse para obtener información sobre mi situación.

Los acontecimientos que me han llevado a estar sentada aquí, frente a ella, no se han tocado.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte con el señor Waite? —pregunta. Me estoy metiendo otro trozo de magdalena en la boca y me detengo, considerando qué decir. Mi lado desconfiado se pregunta si este es el comienzo del interrogatorio. ¿Está espiando para mis hermanos?

—No mucho —respondo ambiguamente—. Solo estoy aquí de visita, luego me iré.

—¿De vuelta a Estados Unidos? —Su mirada se clava en la mía mientras mastico. Sabe más de lo que aparenta.

—No lo sé. —Mi respuesta es sincera. No tiene sentido que mienta.

En este momento, no tengo planes de ir a ninguna parte.

Todo lo que sé es que el hombre al que me he entregado durante más de una década está casado con otra y estoy embarazada de su hijo.

Sin carrera, sin amigos y con una familia rota, tener una estrategia clara no está ni de lejos en mi mente.

Sobrevivir hasta mañana parece el objetivo a cumplir, no poner en orden mi vida.

La puerta principal se abre de golpe, poniendo fin a nuestra conversación.

Harry entra en la habitación vestido con un elegante traje gris y una camisa blanca.

La lleva abierta en el cuello; sus tatuajes apenas se ven, pero los distingo cuando la tela se tensa al moverse.

Me pregunto qué son. No los tenía cuando éramos más jóvenes.

¿Qué le hizo sentir la necesidad de marcar su cuerpo con un diseño, una declaración?

Sus ojos oscuros se fijan en mí. Los pasea por mi cara, luego bajan por mis piernas hasta los dedos de los pies antes de volver a mirarme directamente a los ojos. Se me seca la boca; todavía me afecta como hace tantos años. Una mirada, y me derrito.

—Buenos días, señora D. —dice con suavidad, acercándose y luego inclinándose para darle un beso en la mejilla—.

Ya ha conocido usted a Violet. Espero que no le esté dando demasiados problemas.

—Me mira de reojo mientras esboza una sonrisa sexi—.

Siempre fue un poco revoltosa cuando éramos niños.

—Sus palabras están cargadas de insinuaciones sexuales, lo que hace que se me calienten las mejillas—.

Ya es toda una mujer, pero sigue siendo el mismo enigma.

—Hemos estado pasando una mañana encantadora —le dice ella—. Una mañana de chicas.

—¿Interrumpo? —Le levanta las cejas y ella se ríe—. Solo he venido a casa a coger unos archivos y luego os dejaré en paz. Podéis continuar con vuestra mañana de chicas sin mi interferencia.

—Esta es su casa —le recuerda ella, poniendo los ojos en blanco.

—Pero todos sabemos quién manda en The Level, ¿verdad, señora D.? Y no es ninguno de nosotros, los hombres. —Ella frunce el ceño, pero no responde.

—¿Has dormido bien, Violet? —pregunta, centrando su atención en mí.

—Sí, gracias. ¿Has visto a mis hermanos? —pregunto, sacando el tema antes de que me fallen los nervios. Mis hermanos son una situación que debo abordar pronto.

—Están en la oficina, pero quieren verte. Les he dicho que solo si te sientes con fuerzas. Puedes decírmelo más tarde, para que no te presiones. Después de trece años, unos días más no los matarán.

Se me caen los hombros al pensar en lo que puede suponer la reunión con mis hermanos. Su bienvenida no fue la que esperaba, pero sí la que me imaginaba.

—Gracias —susurro, mi voz suena suave y débil.

Todo lo que he hecho desde que llegué es darle las gracias por ayudarme, por defenderme, por cuidarme en general.

Llevo veinticuatro horas en suelo londinense y es como si hubiera vuelto a ser una adolescente: colada por el mejor amigo de mi hermano y a la vez apoyándome en él.

Pero ahora estamos en la treintena y la vida es mucho más complicada.

—Cuando quieras, Vi —responde—. Siempre fui tu guardaespaldas.

—La señora D. nos mira a uno y a otro, pero no hace ningún comentario.

Harry me observa, sin decir nada más. Aparto la mirada de la suya, incómoda por el ambiente cargado—.

Voy a por esos archivos —dice, luego se da la vuelta y se dirige hacia una puerta cerrada al otro lado de la habitación. Mi acompañante y yo lo vemos entrar.

—Es un hombre especial —dice, centrándose en mí—.

De los tres que cuido, el señor Waite es siempre el más cálido.

Es una pena que no haya conocido a la mujer destinada a compartir su vida.

—Sus ojos brillan mientras una suave sonrisa juega en sus labios—.

En los ocho años que llevo trabajando para él, nunca ha habido nadie importante.

Me preguntaba por qué. —Hace una pausa; el segundero de un reloj es el único sonido—. Quizá ahora lo sepa.

***

Esa noche, Harry aparece en casa cuando la oscuridad ha comenzado a caer.

El calor del verano flota en el aire. He abierto las ventanas del apartamento para permitir que la suave brisa circule por las habitaciones.

Él entra en la sala de estar. Estoy sentada en el sofá con las piernas encogidas debajo de mí, leyendo una revista del corazón.

El sillón de enfrente se hunde bajo su peso.

Mueve los dedos y se desabrocha dos botones más de la camisa, dejando al descubierto una mata de pelo oscuro.

Levanta un brazo fuerte y se pasa los dedos por su ya alborotado pelo.

—¿Un día duro? —pregunto, y él refunfuña algo ininteligible—. ¿Quieres algo?

—Un cliente que no sea culpable estaría bien. —Me mira, luego cierra los ojos antes de reclinarse contra los cojines que tiene detrás—. Y quizá unos socios que pudieran ponerse de acuerdo en algo. Incluso en qué comer bastaría. —Me río a carcajadas y él sonríe, pero no abre los ojos.

—¿Russell y Connor te han hecho pasar un mal rato? —supongo.

—Siempre. —Suspira y luego clava su mirada en la mía—.

Y están de camino para hablar contigo. ¿Te parece bien?

¿O quieres que intervenga? —La pizca de euforia que sentí con su llegada se evapora—.

No me importa decirles que no, Vi. Pero Russell no se echará atrás hasta que hable contigo.

Te sugiero que seas sincera con él sobre lo que pasó en Chicago.

—No, está bien. Hablaré con ellos. ¿Te quedarás conmigo?

—Nos miramos fijamente por un momento. Aunque han pasado años desde la última vez que lo vi y ambos tenemos más de una década de experiencias que el otro desconoce, mi corazón todavía da un vuelco con una mirada suya. En su presencia, me siento segura.

—Claro —responde encogiéndose de hombros—. Russell ya está cabreado porque te he dejado quedarte aquí. Involucrarme más le dará muchos motivos para echármelo en cara en la sala de juntas.

—Gracias —digo, y él responde con un asentimiento.

Se levanta de su sillón, se acerca a la nevera y saca seis botellines de cerveza del estante antes de volver para colocarlos en la mesa de centro que tenemos delante.

Me ofrece uno, pero lo rechazo con un gesto mientras un fuerte golpe resuena en todo el apartamento.

—Deben de ser ellos. ¿Estás lista? —pregunta. Trago saliva mientras los nervios me suben por el estómago—. Vi, última oportunidad para decir que no. Los echaré en la puerta, pero si los dejo entrar, no se irán hasta que tengan respuestas.

—Estoy lista. —Mi voz suena más segura de lo que me siento. Pero sé que para conseguir su apoyo y reconectar con mi familia, esta es una situación que debo afrontar directamente con honestidad.