Harrison (The Level 1) 4. La sala de juntas de The Level
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4. La sala de juntas de The Level

La sala de juntas de The Level

Harrison

El puño de Russell se estrella contra la mesa de la sala de juntas y el tablero de cristal vibra con violencia. Su hermano sisea entre dientes y ambos se fulminan con la mirada. —No me apetece una mierda volver a cambiar la mesa. Contrólate —gruñe Connor.

—Más le vale a ese cabrón empezar a hablar —responde Russell, y luego dirige su atención al hombre atado a la silla en el extremo opuesto de la sala. Grita de nuevo cuando lo golpeo con fuerza en la cara con el guante de cuero negro que estaba a punto de ponerme.

—Ya te he dicho, joder, que este sitio está insonorizado.

Ahórrate los gritos. Nadie te va a oír —le repito.

Para ser miembro de una banda criminal, este tipo es patético—.

¿Cuándo ha dicho Devane que estaría aquí?

No sé por qué tenemos que hacerle el trabajo sucio a ese cabrón —mascullo, molesto porque mi día haya empezado así.

—Nos paga generosamente por ello, así que deja de quejarte. Esta parte es divertida —dice Russell con una sonrisa sombría—. Te encanta, Waite. Sé que te flipa, joder. —Pongo los ojos en blanco y termino de ponerme el guante.

El interfono suena, anunciando la llegada de uno de nuestros socios.

Las puertas ocultas del ascensor se abren y él entra en la sala.

Esta es la única planta a la que sube, y el único acceso es una puerta oculta en un trastero de la planta baja.

Las únicas personas que saben de su existencia son nuestro pequeño equipo y Matthew, el guardia de seguridad.

La mirada de Hunter Devane recorre la sala mientras evalúa la situación. —Gracias, chicos —dice, con una amplia sonrisa extendiéndose por su rostro—. Sabía que era una buena idea que dejaran aquí al cabrón. La poli ha estado fisgoneando por mi casa.

Lleva el pelo largo y oscuro recogido en un moño masculino deshecho.

Una barba de varios días le cubre la barbilla y las mejillas.

A sus cuarenta y dos años, es el mayor del grupo.

Con ojos azules, claros y astutos, y rasgos afilados, emana control.

No es un hombre grande, es delgado y ágil, pero letal.

He visto lo que puede hacer con un cuchillo.

Sus conexiones con la mafia irlandesa lo hacen letal, pero es un londinense de pura cepa.

La conexión irlandesa viene de hace generaciones por parte de su madre, pero la utiliza a su favor a diario.

—Tienes suerte de estar forrado, Devane —digo enfadado—.

Es puto domingo. Algunos tenemos otros sitios en los que estar en lugar de limpiar tu mierda.

Cada puta semana haces que nuestro trabajo de mantenerte fuera de la cárcel sea más jodidamente difícil.

La próxima vez, ¿por qué no secuestras a alguien delante del Palacio de Buckingham? Sería menos descarado.

—Vale, Waite, estás cabreado. Lo pillo. Yo me encargo a partir de ahora. Vuelve con el trozo de carne que tengas en la cama. ¿Es de pago o está ahí por voluntad propia?

—No todos los hombres tienen que pagar por sexo —le espeto, y él se ríe.

—Los sensatos usan prostitutas. —Sonríe lascivamente y se agarra la entrepierna—. Puedes ignorarlas, echarlas y volver a llamarlas cuando te convenga. Prefiero tener un coño a mi disposición que una mujer dándome la tabarra.

—Tienes una puta esposa —le recuerdo—. ¿Te acuerdas de dónde vive? —Se encoge de hombros, despreocupado.

—Si vosotros dos habéis terminado con vuestra pelea de enamorados —interviene Connor—. Tal vez podríamos volver a nuestro amigo. —Señala a nuestro cautivo—. ¿Se lo has hecho saber a Damon por si le llega algo? Siempre prefiere estar sobre aviso si va a encontrar un cadáver.

—Le he mandado un mensaje —dice Russell—. Le he dicho que teníamos un pez en el anzuelo. ¿Vamos a pescar de verdad esta semana? Echo de menos nuestras tardes de chicos. No hay nada mejor que una nevera llena de cerveza y un salmón en el sedal.

—Joder —dice Connor—. Si todos habéis terminado, tengo un trozo de carne al que volver, y le pago por horas.

Así que, ¿podríamos solucionar esto para que yo pueda volver y amortizar mi dinero?

Todavía está despatarrada en mi cama. Dijiste que tardaríamos una hora como máximo.

—Mira a su hermano con el ceño fruncido—. De eso hace dos horas.

El sonido que anuncia la llegada de alguien vuelve a sonar.

Las puertas se abren y el comisario jefe Damon McKinney, jefe de la Unidad Nacional de Delitos Graves y Crimen Organizado, entra.

—Buenos días, chicos —dice, pasándose una mano por su pelo oscuro y corto.

Es enorme, mide casi un metro noventa y cinco y tiene un físico que ya querría un luchador—.

¿Qué mierda me traéis ahora? Sabéis que es fin de semana.

—Lo sabemos —responde Russell bruscamente—. Estos idiotas se han estado quejando desde que llegamos. Pero el trabajo nunca para, no en nuestro mundo.

—¿Quién es este? —pregunta Damon mientras sus ojos se posan en nuestro invitado.

—Este —responde Hunter— es el hombre de Michaels. —Los ojos de Damon se iluminan ante el dato—. Jarvis ha accedido a ayudarnos con nuestras pesquisas.

—¿Está cooperando? ¿O necesita un poco de motivación?

Hunter saca un cuchillo de la cinturilla de sus vaqueros y lo hace girar entre sus dedos mientras se acerca al hombre de la silla.

Mantiene los ojos fijos en su presa. Hay pocas posibilidades de que salga de aquí con vida.

La lona de plástico que hay debajo de la silla lo confirma.

Russell lo ha preparado para deshacerse de él cuando Hunter lo ordene.

—¿Dónde está la mercancía? —pregunta Hunter con calma. Jarvis niega con la cabeza. La punta del cuchillo le roza la mejilla en un movimiento rápido, levantando un trozo de piel. Él gime ante la herida inesperada—. Escúchame, Jarvis, ¿verdad? —Su víctima asiente.

—Hoy será tu último día en esta tierra. Todos en esta sala lo saben.

No soy un mentiroso, así que no te daré falsas esperanzas.

Te quedan exactamente… —Hunter se vuelve hacia Connor, señalando el gran reloj digital de la pared.

Connor inicia la cuenta atrás desde cien minutos—.

Te quedan exactamente seis mil segundos de vida.

Cómo los pases depende completamente de ti.

Tienes la opción de acabar con tu sufrimiento de un golpe final, o puedo despedazarte trozo a trozo.

Nuestro objetivo traga saliva visiblemente mientras escucha al maníaco que tiene delante.

—¿Qué va a ser? —Hunter sonríe dulcemente y luego le clava el cuchillo en el brazo—. El tiempo corre.

***

Esa tarde, los cinco nos sentamos alrededor de la mesa de la sala de juntas en The Level.

—Sigue siendo puto domingo —masculla Connor con petulancia.

Se rindió hace un rato y fue a liberar a la chica de su cama.

Ella se había enfadado mucho, le retorció la polla en la mano antes de marcharse furiosa.

Cuando regresó a la sala de juntas, se estaba sujetando tanto las joyas de la corona como su orgullo.

Nuestro cautivo yace muerto en el suelo, envuelto en la lona sobre la que estaba sentado.

A Hunter le ha podido la emoción y ha acabado con él antes de que descubriéramos lo que necesitábamos saber.

Y tampoco es la primera vez que pasa. El tipo es un animal, aunque el razonamiento detrás de sus acciones es en cierto modo encomiable.

—No puedes seguir cargándote a los testigos antes de que obtengamos la información, Devane —gruño.

—Tenemos una idea aproximada de dónde está la mercancía —dice con indiferencia, todavía jugando con el cuchillo entre los dedos. Menos mal que lo ha limpiado, joder.

—Sí, un edificio de una granja en Devon sí que acota la búsqueda, joder.

—Al menos sabemos la zona donde la están cocinando. Si encontramos la cocina, podemos acabar con eso de raíz. Esa mierda es letal. Hay que quitarla de las calles.

Damon se aclara la garganta y luego apoya las manos en la mesa.

Sus antebrazos se marcan mientras aprieta los puños y luego los relaja.

—Tenemos el nombre del responsable —dice—.

No es ninguna sorpresa que sea Michaels.

Lleva años moviendo mercancía adulterada; miles de muertes se deben a sus drogas mezcladas con cualquier cosa que puedan barrer del suelo. No es que nadie sepa quién es él.

—Despellejaría vivo a ese cabrón —dice Hunter, y luego clava el cuchillo en una manzana intacta que tiene delante.

Perdió a su hermano pequeño por una dosis de heroína en mal estado.

Ahí fue cuando empezó nuestro peculiar equipo.

Tres abogados, un comisario jefe y un líder de la mafia trabajando juntos para acabar con las drogas adulteradas de las calles—.

En fin, chicos, tengo que irme. Haré que Greyson pase a deshacerse de eso.

—Señala al muerto, se levanta y se va. Damon lo sigue.

—Nos vemos el miércoles —dice Damon por encima del hombro—. Asegúrate de que la nevera de las cervezas esté llena, Waite.

Russell, Connor y yo nos quedamos sentados en silencio alrededor de la mesa, cada uno bebiendo una cerveza. Greyson llega treinta minutos después de la partida de Hunter y retira el cadáver del suelo. Desaparece sin decir una palabra.

—Tenemos una semana ajetreada por delante —dice Russell, lanzándonos a cada uno una agenda para la semana.

La sala se transforma de una cámara de tortura a una sala de juntas de abogados en un santiamén—.

Mañana todos en la oficina a las siete. El friki informático forrado viene a las ocho para hablar de la condena por asesinato a la que se enfrenta.

—¿Roydon? ¿A quién mató? —pregunto, y Russell enarca las cejas.

—Inocente hasta que se demuestre lo contrario. ¿Te saltaste esa clase en la facultad de derecho?

—Rara vez son inocentes. Lo más probable es que sea culpable si está pagando nuestras tarifas por una defensa. No me tomes el pelo, Russ. ¿Cuáles son los detalles?

—Su esposa, mucho más joven. Al parecer, después de un año de matrimonio, quería el divorcio.

La diferencia de edad de treinta años era demasiado para ella.

Se distanciaron, por lo visto. —Se ríe entre dientes—.

El señor Pastizal no estaba dispuesto a renunciar a ella, así que la ahogó en el jacuzzi.

—Mascullé algunas palabrotas en voz baja—.

Será un caso interesante para ti. Las pruebas son irrefutables, así que tendrás que hacer lo que mejor se te da para que se libre.

—¿Y qué es?

—Endulzar al jurado, encontrar un tecnicismo o simplemente convencerlos de que la verdad es falsa. No dejes que este caso acabe con tu racha. ¿A cuánto estamos ya? ¿Diez casos de defensa, diez victorias?

—Algo así. —Le doy la vuelta a mi móvil, que ha estado boca abajo sobre el cristal. Un mensaje parpadea en la pantalla. Violet . Le había dejado mi número escrito en una libreta en la cocina para ella, junto a un teléfono nuevo. Todavía estaba dormida cuando me fui esta mañana.

¿Volverás pronto? Violet.

—Si hemos terminado aquí, me voy a casa —digo, levantándome y caminando hacia la puerta. Mientras giro la pesada llave de latón en la cerradura, la voz de Russell llena la habitación.

—Dile a mi hermana que quiero verla. Tiene algunas explicaciones que dar. —Me vuelvo para mirarlo. Me mira sin pestañear—. ¿Hay algún problema? —Connor nos observa pero no da su opinión. Sus ojos se mueven entre Russell y yo, esperando a que alguien haga el siguiente movimiento.

—Se lo diré, pero no voy a obligarla a verte después del ridículo que hiciste anoche. —Sus ojos se entrecierran—. Lo ha pasado fatal. Dale un día o dos, y luego podemos sentarnos todos juntos.

—Es nuestra puta hermana, no la tuya. Esto es un asunto de familia. No te concierne.

—Sí me concierne cuando la amenazaste en mi apartamento.

—Sus manos se cierran en puños sobre la mesa mientras intenta controlar su temperamento—.

Lo único que digo es que no sabes lo que pasó cuando se fue.

Tampoco sabes cómo ha sido su vida durante los últimos trece años.

Quizás pensar con el cerebro en lugar de con los puños sería beneficioso.

Os veo a los dos en la oficina mañana. —Sin esperar su respuesta, me voy sin mirar atrás.

Violet está sentada en mi sofá cuando entro en la sala de estar.

Lleva una de mis camisas. La miro boquiabierto, sorprendido por la imagen.

Ella levanta la vista y me dedica una suave sonrisa.

—Lo siento, la ropa que traje necesitaba lavarse.

He cogido esta de la secadora. Espero que no te importe, Harry.

—Se levanta y se acerca a mí, con sus piernas torneadas y desnudas asomando por debajo del algodón azul pálido.

Su largo pelo oscuro cae en ondas sueltas por su espalda.

No lleva maquillaje y su piel brilla bajo la suave luz que entra por las ventanas—.

Gracias por cuidarme anoche y por plantarle cara a Russ. No ha cambiado.

—No ha sido nada. No estaba pensando con claridad. Le he dicho que se tome unos días para calmarse. Puedes quedarte aquí hasta que te sientas preparada para hablar con él.

Se para justo delante de mí, mirándome a través de sus largas y finas pestañas.

Sus mejillas se sonrojan con un tono rosa.

Inesperadamente, me rodea la cintura con sus brazos y apoya la mejilla en mi pecho.

—Gracias —susurra de nuevo. Le pongo las manos en los hombros, empujándola suavemente hacia atrás para que me suelte, y me alejo.

Ella frunce el ceño y luego recompone su expresión.

—Estás a salvo. Tómate un tiempo para descansar, y luego podemos ver qué haces a partir de ahora. ¿Has hablado con Aiden? —Niega con la cabeza—. ¿Se ha puesto en contacto contigo?

—No, me deshice de mi teléfono. —Las palabras son apenas audibles.

Es como si pudiera sentir cómo se le rompe el corazón.

Me entran ganas de matar a ese gilipollas por hacerle daño.

¿Cómo puede un hombre tener una mujer tan hermosa y tratarla como a una puta?

Más de una década de su vida dedicada a él para nada.

—Decidiremos qué hacer con él también —digo, casi para mí. Me lanza una mirada curiosa pero no responde. El cabrón va a pagarlo. Sé que su tiempo se está acabando con el cliente al que le debe dinero, pero puede que tenga que acelerar las cosas.