3. Canary Wharf, Londres
Canary Wharf, Londres
Violet
Harrison coge mi bolsa de lona sin esfuerzo, se da la vuelta y se va.
Lo sigo, sin saber muy bien adónde vamos.
El pasillo desaparece al doblar una esquina y el espacio oculto queda a la vista.
Me encuentro frente a dos puertas de estilo similar a la sala de juntas, sea lo que sea eso.
La forma en que hablaba de ella me puso la piel de gallina.
Un activo empresarial… Quizá sea una cámara acorazada donde todos esconden sus lingotes de oro.
No me extrañaría; este lugar grita riqueza obscena por los cuatro costados.
La puerta de la izquierda tiene una pequeña placa con el nombre Waite grabado.
La otra tiene una a juego con el nombre de mi hermano Connor.
Harrison saca una tarjeta del bolsillo y la pasa por un pequeño lector negro, igual que el del ascensor.
Se acerca a una caja blanca rectangular con una luz roja, parecida al escáner de la caja de una tienda, y mira directamente hacia ella. La puerta se abre con un clic audible.
—¿Tenéis un escáner ocular para entrar en vuestros pisos? —pregunto, asombrada. Me mira por encima del hombro mientras abre la puerta.
—Nos tomamos la seguridad muy en serio. Cuando trabajas en nuestro sector, haces más enemigos que amigos. —Mantiene la puerta abierta de par en par, indicándome que pase—. ¿Alguien sabe que estás aquí? ¿O que venías?
—No. Ni siquiera le he dicho a nadie que me he marchado de Estados Unidos.
Asiente y me sigue al interior de la estancia, cerrando la puerta tras de sí. Deja mi bolsa a sus pies.
—Bienvenida a mi humilde morada —dice, dedicándome una sonrisa.
Una sonrisa que hacía que me temblaran las rodillas en mi adolescencia está teniendo el mismo efecto ahora—.
Ponte cómoda. Tu habitación está por aquí, la tercera puerta a la derecha.
—Se aleja a grandes zancadas y corro tras él.
Sin previo aviso, se detiene, haciendo que me choque contra él y que mis pechos impacten contra su espalda.
Se gira rápidamente hacia mí y me pone las manos en los brazos—.
Joder, sigues siendo la muñequita patosa de siempre —dice, riendo entre dientes.
Me erizo ante el comentario. Maldito borde.
Me coge una mano y entrelaza nuestros dedos. Nos quedamos mirándonos un momento. —Mi habitación —le digo para que reaccione, y se sobresalta. Es como si no estuviera aquí conmigo, aunque me esté mirando directamente a los ojos—. Me estabas enseñando mi habitación —le recuerdo.
—Ah, es verdad —dice—. Perdona, me he perdido un poco.
Es por aquí. —Sin soltarme los dedos, me arrastra hacia otra puerta oscura y pesada que está entreabierta.
Al pasar, pulsa un interruptor en la pared y una luz tenue baña el espacio.
Me suelta y se acerca a los ventanales que dan al río Támesis.
—Tu casa es preciosa, Harry —digo con sinceridad mientras mis ojos recorren el dormitorio, asimilando el lujoso entorno.
Es una combinación exquisita de modernidad y confort.
Una cama king size con un cabecero de terciopelo azul marino se alza sobre una plataforma elevada a un lado.
Unas sábanas de seda rosa pálido caen por el borde.
Los muebles son de espejo y están pulidos hasta brillar.
Las obras de arte de las paredes complementan la gama de colores azul marino y rosa.
Una gran alfombra azul marino se extiende por el suelo de madera oscura, entre un sofá de terciopelo a juego y la cama.
—Las vistas son lo mejor —responde, sin dejar de mirar por la ventana—. Aquí arriba estamos resguardados, contemplando el caos de abajo. —Sus labios se afinan en una sonrisa triste.
Ha anochecido desde que llegué. En la planta cincuenta y siete, contemplamos la oscuridad y las luces parpadeantes de la ciudad. Me acerco a él.
—Estoy de acuerdo, las vistas son lo mejor —digo, pero no estoy mirando la ciudad.
Harrison fue mi amor platónico de la adolescencia, el amigo de mi hermano mayor que estaba prohibido.
Era diferente a los otros chicos; rara vez se burlaba con crueldad y de vez en cuando me defendía delante de ellos.
Aquel día, cuando le entregué mi virginidad, esperaba que nos convirtiéramos en algo más.
Pero en cuanto se dio cuenta de lo que había hecho, huyó de mi habitación, y no hemos vuelto a hablar desde entonces. Hasta hoy.
A la mañana siguiente, mis hermanos y él hicieron las maletas y regresaron a Londres para continuar con sus vidas.
Yo me fui a Glasgow a los pocos días, con el corazón roto por su rechazo.
A veces me pregunto si habría caído rendida a los encantos de Aiden si no hubiera estado tan destrozada por el desprecio de Harry.
La aparición de Aiden en mi piso fue una grata distracción de mi desdicha, una oferta de atención cuando el hombre que de verdad amaba no me quería después de haberme probado.
A veces todavía me pregunto qué hice mal, por qué decidió huir.
—Debes de estar muy orgulloso de ti mismo —le digo a Harry, y él se gira hacia mí.
—¿Por qué dices eso?
—Bueno, mira dónde has acabado. —Hago un gesto con las manos, señalando nuestro entorno—. Si esto no es el éxito, no sé qué lo es. Y lo has conseguido todo tú solo.
—No, conté con el apoyo de tus hermanos y de tu familia. Nunca habría llegado hasta aquí sin todos vosotros. Os estaré eternamente agradecido.
—Mi padre vio tu potencial. Por eso intervino hace tantos años. Sabía que merecías la oportunidad de tener un futuro prometedor. Y la has aprovechado.
—¿Por qué has vuelto, Violet? —pregunta bruscamente, sobresaltándome—. Te fuiste corriendo hace tantos años y nadie supo de ti. Y ahora apareces sin avisar, diciendo que has malgastado años.
—No tenía otro sitio adonde ir —respondo con sinceridad, y él pone los ojos en blanco.
—¿Qué quieres? ¿Dinero? ¿Un piso? A Russell y a Connor no les hará ninguna gracia verte, pero creo que eso ya lo sabes. En cuanto a tus padres, no tengo ni idea de cómo reaccionarán. Apenas he oído mencionar tu nombre en una década.
—Sé que me odian por haberme ido. —Mi voz es débil mientras aparto la vista de sus ojos, hablándole a mis pies.
—No, Violet, te odian por haberte largado a la otra punta del mundo. Están decepcionados contigo por haber tirado tu futuro por la borda. Por no hablar de que te has liado con un hombre casado.
Parpadeo, mirándolo, aturdida por su conocimiento. —¿Lo sabías? —susurro enfadada—. Sabías que estaba casado.
—Pues claro que lo sabía, joder. Todo el mundo lo sabía.
—Menos yo.
Frunce el ceño mientras me mira, su mirada furiosa me clava en el sitio. Está claro que no me cree.
—¿Menos tú, qué? Pensaba que te tenías más respeto a ti misma —espeta, y luego se frota la frente con la mano.
—No sabía que estaba casado. Nunca me lo dijo. Me mantenía alejada de todo el mundo. Nuestra vida era privada. Por eso estoy aquí: me enteré hace unos días por un informativo.
—Esperas que me crea que llevas trece años con Aiden Marley y que el hecho de que tuviera una mujer nunca salió a relucir. A otro perro con ese hueso, no empieces a mentir para cubrirte el culo. Es aún menos probable que tus hermanos se traguen tus gilipolleces que yo.
—Es la verdad —grito, levantando las manos—.
Estaba sentada en el salón de mi piso hace tres días cuando apareció en la pantalla de mi televisor con su mujer y sus hijos.
Esa es la pura verdad. —Lo fulmino con la mirada por no creerme—.
Ahora veo las señales de alarma que he estado ignorando desde el principio, pero hasta ese momento, no tenía ni idea.
—Hablas en serio —dice, su tono suavizándose con evidente sorpresa.
Asiento bruscamente, respirando hondo para intentar controlar los nervios, que se me han disparado con la inesperada discusión—.
Mierda, lo siento. Todos pensábamos que lo sabías.
Como no devolvías las llamadas de nadie ni te ponías en contacto con nosotros, supusimos que no querías hablar con nosotros.
—¿Qué llamadas? —pregunto, confundida.
—Durante meses intentamos contactar contigo. El teléfono que tenías estaba desconectado, pero llamábamos a la oficina de Aiden a diario. Se negaba a hablar con nadie. Negaba que estuvieras allí. Pero lo sabíamos: tu padre tenía a un hombre dentro. Te vio el día que llegaste.
—Nunca me lo dijo —digo en voz baja—. No lo sabía. Dijo que mi padre no podía saber lo nuestro por su relación profesional.
Harry resopla con fuerza. —Aiden Marley es un vendedor.
Llevaba años detrás de los negocios de tu padre, pero solo le daban las migajas.
Sin embargo, es una fuente de información, así que tu padre lo mantenía de su lado.
Marley tuvo suerte con un contrato que lanzó su carrera, y desde entonces se mantiene a flote.
Apuesto a que nunca viste sus extractos bancarios.
Ese hombre está endeudado hasta las cejas.
La compra de ese equipo de béisbol no será legítima. Será una tapadera para algo más oscuro.
—¿Cómo sabes tanto?
—Llevo años vigilando a ese cabrón. Le debe dinero a uno de nuestros clientes. Un puto dineral. Su tiempo se está acabando. Su nombre se acerca cada vez más al primer puesto de la lista.
—¿Qué lista?
—La lista en la que nadie quiere estar. —Su voz es grave y ominosa—.
Voy a por tu bolsa —dice, cambiando de tema—.
Dúchate y luego nos vemos en la cocina cuando estés lista.
Prepararé algo para cenar. —Con eso, sale de mi habitación y regresa segundos después con mi bolsa—.
Te veo en un rato. —Se retira de mi espacio, cerrando la puerta suavemente tras de sí.