Capítulo 72
E n cuanto me ve, sus ojos ámbar pasan a ocuparle toda la cara. Una cara atractiva de la hostia, por cierto. Dulce y redondeada, y que me deja en trance.
Tiene los labios obscenamente gruesos y abiertos, y solo de pensar en lo que podrían hacerme noto un latigazo directo en la polla. Otro.
Recorro su cuerpo de arriba abajo y el caballero en mí quiere cogerle la bolsa que lleva colgada al hombro con tal de que no cargue con ella. El psicópata, en cambio, quiere doblarla hacia delante y metérsela hasta los huevos para hacer mío ese coño desde ya. ¿Querría eso? ¿Me permitiría follarla?
—No le gustarás a mi mujer con esas manos sucias. —Saco un pañuelo, pero en vez de limpiarle las manos, rodeo la piedra con él mientras ella sigue estudiándome—. ¿Estás bien?
Se muerde el labio inferior y sonríe de manera perturbadora.
Estoy sudando, joder. Está buenísima.
Le devuelvo el gesto como un adolescente salido.
No entiendo qué me pasa. Bueno sí, que he encontrado el eslabón que me faltaba y que ya no voy a tener que utilizar a Damon para esto. Esto es tan buena idea que ni me lo creo.
—¿Y tú? —pregunta ladeando la cabeza, moviendo sus coletas en el aire.
—No tenemos mucho tiempo para hablar antes de que mi mujer llegue para entrevistarte —admito y ella se encoge de hombros.
—Vale.
Quiero obligarla a decir mi nombre solo para oír cómo suena con su tono de voz.
Ni siquiera le ha importado que le quite la piedra. ¿Ya se fía de mí?
Carraspeo y me esfuerzo mucho en no empalmarme. En no empujarla contra una pared y frotarme contra su culo hasta averiguar de qué va el extraño espécimen que ha venido a mi puerta.
—Solo necesito que respondas a tres preguntas.
—De acuerdo.
—¿Te llamas Annabelle?
—No.
Gruño de placer.
Asiento despacio con el corazón cada vez más acelerado.
—Si analizara la sangre de esta piedra en un laboratorio, ¿los resultados la mencionarían a ella?
—Puede —se vuelve a morder el labio.
—¿Quieres trabajar para mí?
—¿No como au pair ?
Sacudo la cabeza despacio y su sonrisa se ensancha hasta lo indecible. Y lo hace con una maldad que deja a la vista su verdadero rostro.
Lujuria y locura aderezada con perversión pecaminosa.
Es la puta mujer de mi vida, no tengo duda.
Compartimos unas palabras más. Hacemos un trato.
Le doy las indicaciones que tiene que seguir, aunque no tengo ni idea de si va a hacerme caso o no, puesto que no nos conocemos. Pero algo en mi pecho ruge de forma afirmativa. Mi instinto. Es como si la conociera.
Cierro la puerta de casa cuando veo que se esconde entre los arbustos del jardín cercanos a la entrada, tal y como le he dicho que haga. Allí esperará a que Clara llegue para presentarse oficialmente.
Mi mujer llega a casa cuando yo ya estoy en el sótano, ocultando la piedra con sangre. Es una suerte que suba a nuestro dormitorio para dejarme sus bragas a modo de disculpa por no haberlo hecho esta mañana.
Poco después de que salga del sótano, oigo el timbre de la puerta, los tacones de Clara bajando las escaleras, su voz diciéndole a Marthia que ella se encarga de abrir.
Subo a mi despacho por la escalera lateral y lo hago duro, cachondo a más no poder, temblando e incrédulo de la criatura divina que acaba de caer en mis manos.
Chloe.