Capítulo 49
R esbalo y no un poco, a lo bestia, como para partirme el cuello.
Si no acabo con el cuello pegado a la rodilla y con fracturas en doce partes distintas es porque él me alcanza, hace que dé un rapidísimo giro de ciento ochenta grados y cuando caemos, yo lo hago sobre él.
Lo último que necesitaba después de correrme era sentir su erección contra mi vulnerabilidad empapada y hipersensible, pero es justo lo que pasa. Un mal día para no llevar ropa interior.
El cretino tiene la nota que me había lanzado en la mano. Seguramente habría dejado que me rompiera la crisma si no fuera porque me olvidaba de su estúpida nota. Dios, este psicópata huele muy bien. Como el puto paraíso, en realidad.
Jadeante, cachonda y vengativa, llevo mis manos directas a su máscara, pero me coge ambas muñecas sin esfuerzo.
Me inclino, forcejeando para soltarme y alcanzar la puta máscara.
Él gruñe otra vez. Estoy convencida de que está molesto porque intente acabar con su anonimato hasta que su polla da una sacudida tan violenta que la siento debajo de mí.
Me quedo muy quieta. Más que en toda mi vida.
Empiezo a ponerme muy roja.
—¿Esto es lo que pretendías desde el principio? ¿Abusar de mí?
Algo similar a un resoplido escapa de debajo de la máscara. Sé que bajo la máscara me está alzando las cejas porque soy yo la que se ha estado frotando contra su inmensa polla como si quisiera dibujar una caricatura de su glande con mi coño lascivo.
Igual que sé que su mirada intensa demuestra más ganas que la susodicha y enorme polla. Tiene que estar muy por encima de la media. ¿Se dejará puesta la máscara mientras folla?
—¿Cuántas? —pregunto sin querer—. ¿Con cuántas mujeres has hecho esto? Colarte en su casa, darle notas — masturbarlas —, ¿con cuántas ?
Sacude la cabeza y el cuerpo entero me arde ante su sentencia. Entonces lleva su mano a mi vientre, como si lo reclamara. Como si dijera, «aquí estará mi futuro hijo».
Se me podrían haber salido los ojos de las órbitas. ¿Pero qué estoy haciendo? De hecho, ¿qué narices ha pasado?
Y lo peor de todo: ¡¿por qué estoy más excitada de lo que lo he estado nunca con la polla de mi marido dentro?!
Me apoyo en sus hombros, sin querer poniéndole las tetas en la cara, y vuelvo a huir. Leo la nota por si acaso dice algo como «te quedan siete segundos de vida» y es crucial que empiece a gritar socorro.
Lo que quiero es protegerte, Clara Ashcroft.
Odio no haber podido sentir su piel contra la mía antes de que se pusiera de nuevo el guante. Es lo que pienso cuando está a un palmo de mi espalda.
Parece alguien que no respira bien lejos de mí.
Entonces sale de entre los árboles para atraparme. Repito, sale de entre los árboles, y mi corazón da una voltereta porque sé que esto va contra sus normas. Las que sea que tiene.
Me asusta una barbaridad.
—Basta, no. —Me libero—. Tócame otra vez y te arrancaré los dedos de un mordisco.
Estoy c-casada. Felizmente, además. No… No voy a leer más notas tuyas así que no te molestes en traérmelas.
La próxima vez que te vea llamaré a la policía, ¿entendido?
N-no vuelvas a entrar en mi puta propiedad. Nunca.
Mira a su alrededor, maldice con la mirada y retrocede. Entonces da media vuelta y se va. Me niego a admitirme que es decepción lo que inunda mis venas.
—Exacto, ¡haz lo que te he pedido!
Deseo irme también, pero mis pies no me dejan. No, porque se le ha caído una nota mientras trotaba hacia la entrada con ese porte atlético de asesino en potencia.
No la abro de inmediato.
Me alejo con los andares acelerados, el interior de los muslos húmedos, una culpa que pesa cinco toneladas y un lacerante, doloroso y lujurioso deseo de volver atrás.
Me encanta cuando te pones violenta, pequeña bestia.
¿Pequeña bestia? Mi sexo se retuerce. Puto enfermo. ¡Yo no soy así!
Tiro todas las notas por el váter del baño de mi dormitorio, sin darme cuenta de que me quedo con una, la primera que me ha dado.