Guía de una detective para el asesinato y las bellas artes (Detectives de cierta edad 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

El malestar de Benedict respecto a la dirección de la investigación había llegado a un punto crítico tras pasar la noche en vela revisando las pruebas, y sus dudas no se habían disipado con el débil sol invernal del nuevo día.

Su experiencia en fraude artístico le había enseñado a desconfiar de las respuestas simples, porque los delincuentes de cuello blanco conocían todas las artimañas para ocultar sus actividades tras capas de engaño.

En el caso de Jeremy, sus archivos secretos sobre actividades en el extranjero estaban ocultos de tal forma que solo un ciberexperto tan experimentado como Gary habría podido detectarlos.

El sofisticado cifrado empleado para ocultar los secretos de Jeremy resultaba coherente.

Benedict no habría esperado menos de alguien en su posición.

Sin embargo, Jeremy había sido inexplicablemente descuidado con el soborno a Smythe y la malversación de fondos de la empresa.

—Gary —dijo con cautela—, ¿estás completamente seguro de que el rastro del dinero lleva a Jeremy y Samira?

—¿A qué te refieres, Benedict? El pago salió de la dirección IP de Jeremy y volvió dando un rodeo hasta un fideicomiso a nombre del padre de Samira, que está ingresado en una unidad de demencia.

Benedict midió sus palabras.

—Dijiste que seguir el rastro fue más fácil de lo que esperabas. Yo habría esperado más del director financiero de una empresa internacional que factura varios millones de libras, sobre todo de alguien que ocultó sus turbios negocios en el extranjero con tanto esmero.

—Has visto a Jeremy —dijo Hazel—. Arrogante, prepotente, ambicioso. A veces esa clase de codicia lleva a cometer errores estúpidos. Puede que Samira le estuviera apretando las tuercas para conseguir su parte del pastel. El dinero que robaron sería una fortuna para una joven asistente personal.

—Explícate mejor, Benedict —dijo Gary—. Yo normalmente trabajo en crimen organizado, no en fraude corporativo. Los métodos de los cárteles de droga y las bandas no son precisamente sutiles comparados con los de tus refinados marchantes de arte.

—Según lo veo yo —refunfuñó Hazel—, las grandes corporaciones no necesitan recurrir a actividades ilegales, porque la ley les permite extorsionar legalmente a sus clientes. Monopolios, fijación de precios, salarios miserables, explotación de trabajadores del tercer mundo...

—Precisamente, Hazel —dijo Benedict—. Clayton & White está obteniendo beneficios desmesurados, sobre todo en países con normativas laxas, gracias a las turbias prácticas comerciales de Jeremy.

Jeremy ya es el director financiero, con un salario enorme, y tiene todas las papeletas para convertirse en el consejero delegado de la empresa.

Entonces, ¿por qué iba a arriesgarse a malversar dinero de la empresa de forma tan evidente?

Si lo pillaran, podría perderlo todo. Y todo por una suma relativamente modesta para alguien como él.

Si Samira quería dinero, él tenía de sobra para tenerla contenta.

—Sobornar a un ministro también fue una imprudencia tremenda —continuó Benedict—.

Nueva Zelanda es uno de los países menos corruptos del mundo, con un cuerpo de policía de primera.

¿Para qué arriesgarse? Después del coste de patrocinar la exposición y montar el negocio en Queenstown, es imposible que obtengan el retorno de inversión que conseguirían en otro lugar con menos riesgo.

Gary asentía, aunque con el ceño fruncido.

—Vale, entiendo tu razonamiento, pero ¿cuál es la explicación alternativa?

—No lo sé con certeza. Pero sospecho que van detrás de un botín mucho mayor que lo que hay sobre la mesa. Se nos escapa algo, y tengo una idea de qué puede ser. Creo que tú también lo intuyes, Hazel, dado que pediste las notas de Vern sobre las obras de la exposición.

—No para nuestra investigación —dijo Hazel—. Solo tenía curiosidad por saber qué se traía Ashley entre manos.

«Bingo», pensó Benedict. Eso era exactamente lo que había deducido de las grabaciones.

Gary los miró alternativamente.

—Vosotros, los del mundillo artístico, vais a tener que explicárselo al friki de la informática.

Hazel miró a Benedict, pero él le indicó con un gesto que continuara.

—Ashley apartó algunas piezas de la exposición en un almacén —dijo—.

Nos contó que las obras no tenían calidad suficiente para exponerlas y nos echó de la sala a toda prisa.

Vern se quedó intrigado y volvió esa misma noche para saciar su curiosidad.

Llegó a la conclusión de que su reticencia a dejarle ver las piezas se debía a que entre las obras rechazadas había un cuadro de la Guerra de los Bóeres.

Es largo de contar, pero Vern y Roger montaron su negocio inspirados por el bisabuelo de Roger, que fue soldado en aquella guerra.

Vern supuso que Ashley quería el cuadro como regalo sorpresa para el setenta cumpleaños de Roger.

Estaba encantado con la idea, sabiendo lo mucho que le gustaría a Roger.

Benedict retomó el hilo.

—Y sin embargo, Roger le contó después a Hazel que Ashley y Jeremy le iban a regalar un viaje a Florencia por su cumpleaños.

—Exactamente —dijo Hazel, tomando el relevo con naturalidad—.

Vern y Roger dijeron que Ashley había heredado el olfato de los Clayton para los chollos.

Y me pregunté —sonrió a Benedict—, o mejor dicho, parece que ambos nos preguntamos, si Ashley habría detectado una obra maestra desconocida que valía mucho más de lo que los tasadores neozelandeses habían estimado.

Por eso también le pedí a Carol que me pasara una copia de la lista de piezas reservadas para Clayton & White.

Por supuesto, cualquiera de los Clayton podría haber pedido que apartaran alguna pieza, no solo Ashley.

—Los Clayton llevan generaciones coleccionando curiosidades exóticas —añadió Benedict—, así que no tiene por qué ser un cuadro.

Podrían haber detectado una pieza histórica rara, un objeto indígena o incluso una curiosidad natural que estuviera infravalorada.

La época del todo vale ya pasó, lo que significa que las antigüedades auténticas son muy difíciles de conseguir y, por tanto, valen mucho más.

—Ya —dijo Gary—. Cuesta imaginar que los museos y galerías que cedieron las piezas dejaran escapar algo realmente valioso.

Los conservadores son expertos en su campo, no un cualquiera que lleva el jarrón favorito de su madre a «Antiques Roadshow» y descubre que es una pieza Ming de valor incalculable.

—Han pasado cosas más raras, Gary —dijo Hazel—. Cuando nuestro experto en arte, recién llegado de la zona pija de Londres, está aquí sentado con cara de sabueso siguiendo un rastro, yo digo que merece la pena arriesgarse.

Gary enarcó una ceja con escepticismo.

—Esto me suena a excusa para que vosotros dos os entreguéis a vuestra pasión por el arte y el patrimonio, mientras Louisa y yo nos ocupamos de los asuntos serios: fraude, corrupción y homicidio.

—Estás subestimando a Ashley —dijo Benedict—.

Es una mujer muy inteligente y ambiciosa, a la que obligan a quedar en segundo plano frente a su hermano, mucho menos capaz que ella.

Recuerda que Ashley no solo tiene olfato para el arte, también es experta en informática.

Si descubrió lo que su hermano estaba haciendo en sus negocios en el extranjero, se habría dado cuenta de que estaba poniendo en riesgo el patrimonio de todos.

Quizás quería hundirlo por un delito menor, que solo pudiera atribuírsele a él, como robar dinero de la empresa.

Su interés en lo que haya en ese almacén podría ser simplemente la guinda del pastel, o su salvoconducto para escapar de las consecuencias.

—O un descubrimiento a la altura de los Clayton que obligara a su padre a fijarse en su hija —añadió Hazel—, aunque solo fuera un cuadro que le recordase cómo empezó en el negocio.

Gary levantó las manos en señal de rendición.

—Vale, vale, me ha quedado claro. Añadiré a Ashley Clayton a mi lista de sospechosos. Pero Roger Clayton también sigue en ella. Sabe más de cazar tesoros que cualquiera de ellos.

—Asegúrate también de buscar indicios de que Ashley manipulara la aplicación de diabetes —añadió Hazel—.

Si olfateó una obra maestra y pensó que Vern estaba tras su pista, eso le da otro motivo para deshacerse de su padrino.

Y si además puede quitarse de en medio a su hermano, se queda con el control de la empresa de Roger.

Gary puso los ojos en blanco.

—Hazel, cariño, has visto demasiadas películas de James Bond. Ashley no es una rubia despampanante y brillante obsesionada con la dominación mundial.

Hazel le dio un puñetazo en el brazo.

—Dominación mundial no, idiota. El control de un imperio artístico internacional y la riqueza que eso conlleva. No soy experta en altas finanzas, pero sé lo que todo multimillonario desea por encima de todo.

—¿Un Aston Martin con misiles ocultos bajo los faros?

—No, Gazza. Todo multimillonario anhela ser milmillonario.

Benedict negó con la cabeza mientras observaba a aquellos dos intercambiarse pullas alegremente.

Cuando volviera a casa, tendría un vacío con forma de HazGazz en el corazón.

Intentó imaginar a su pareja haciendo karaoke con un hombre como Gary, pero era imposible.

El sol colapsaría en una enana blanca antes de que ella se dignara a poner un pie en un bar de karaoke, y no digamos ya a menear las caderas con Gazza como había hecho Hazel.

Benedict miró el reloj, ansioso por bajar a la exposición, aunque esperaba ver a Louisa Pyke antes de marcharse.

Quería saber si habían encontrado al señor Huang.

Más concretamente, quería saber qué había descubierto Huang que lo llevó a acusar de corrupción a Clayton & White.

Su estómago zanjó el asunto. Primero almorzar y confiar en que Louisa llegara pronto.