Capítulo 14
Un enjambre de mariposas le daba vueltas en las tripas a Gary mientras conducía de vuelta a la comisaría con Benedict.
Más bien buitres que mariposas, en realidad.
Era evidente que Benedict se sentía igual, porque ni siquiera había hecho ningún comentario sobre el coche clásico tragagasolina de Gary, un Holden Monaro GTS.
Gary nunca había trabajado en homicidios, pero tenía cuarenta años de experiencia policial a sus espaldas.
La muerte de Vern White le olía mal. De hecho, tras la repentina desaparición de Huang, aquello apestaba a chamusquina, especialmente dada la tensión entre Vern y la trinidad impía de Roger, Jeremy y Smythe.
Los tres tenían un motivo de peso para impedir que Vern acudiera a la policía con lo del soborno pagado a una cuenta en el extranjero.
La cuestión era: ¿podría haberse escenificado el accidente de esquí? Gary miró a Benedict, preguntándose qué pensaría él, que conocía los antecedentes de Vern mejor que ninguno de ellos.
Benedict captó la mirada y respondió como si le hubiera leído el pensamiento.
—La muerte de Vern es demasiada casualidad después de lo que acabamos de oír en la grabación.
—Estoy de acuerdo. Pero si alguien lo mató, ¿cómo lo hizo? Vern estaba solo cuando murió, aunque supongo que eso no descarta el veneno ni las drogas. Una sustancia de efecto lento administrada en el desayuno, o algo que comiera o bebiera en la estación de esquí.
—Se oía mucho trajín cuando Vern fue al baño —dijo Benedict—. Sabemos que tomaba medicación, así que quizás se tomó algo entonces. ¿Deberíamos habérselo mencionado a Hazel?
—Mejor no preocuparla, digo yo.
Benedict suspiró.
—Me alegra que estés de acuerdo. Las habilidades sociales son tu fuerte, no el mío. Te envidio, la verdad, esa capacidad tuya de llegar, dar un abrazo y arreglarlo todo. Si yo intentara eso, me darían una bofetada o me acusarían de acoso sexual.
El molesto pijo tenía más mano izquierda de lo que admitía, pensó Gary, aunque fuera un negado para las muestras de afecto.
—Hazel es lo bastante fuerte para superar esto. ¿Por qué no te sacas el palo de polo del culo y te relajas hasta que sepamos más?
— Mazo de polo —murmuró Benedict automáticamente, y enseguida pareció arrepentirse.
—Uy, qué fino. ¿Jugamos al polo con la realeza?
—En mi vida me he subido a un caballo, Gazza —respondió Benedict—. Crecí en un piso de protección oficial de una habitación en Brixton, con mi madre.
—Venga ya, señor Finlayson.
Gary había visto los disturbios de Brixton en televisión.
Hacía mucho tiempo, quizás a finales de los setenta o principios de los ochenta.
Las imágenes de jóvenes negros lanzando insultos y ladrillos a la policía se le habían quedado grabadas.
Gary intentó, sin éxito, imaginarse a un Benedict adolescente luchando en las calles por la justicia social con su camisa y su corbata.
Benedict le dio un puñetazo suave en el brazo.
—No me crees, pero es verdad. Soy un chico de beca. El acento se me quedó, pero solo porque lo necesitaba para llegar adonde quería, que era muy lejos de Brixton.
Lo dijo con total naturalidad, pero con un acento completamente distinto. Al oído inexperto de Gary, sonaba un poco a cockney con un toque jamaicano. Sospechaba que le estaban tomando el pelo, así que cambió de tema.
—Tengo un mal presentimiento con la muerte de Vern. Voy a tener que confesar lo del dispositivo de grabación, dada la gravedad de la situación.
—De acuerdo —respondió Benedict—. Por desgracia, eso va a meter a Hazel en más líos.
—Sí, no me lo recuerdes. Intentaré cargar yo con el muerto. Mi jefe lleva tiempo intentando que me jubile antes de hora.
—Sí, el mío también. Un par de tipos acabados con cierta edad, ¿eh? Quizás sea lo mejor. Si algo me habéis enseñado Hazel y tú es que en la vida también hay que divertirse, no solo trabajar.
—¿Sabes, Benny? No eres tan malo para ser un pijo de pega.
Gary lo miró de reojo para ver si había pillado la broma y se alegró de ver que esbozaba una breve sonrisa.
—Me llamo Benedict, triste imitación de rockero setentero. Supongo que no le has dicho a Hazel que vimos su entrevista desde la sala de monitores, ¿no?
—Qué va. Hazel necesita centrarse en superar su duelo, no en la investigación. Vern le gustaba de verdad.
—Las grabaciones sugieren que él también estaba prendado de ella —dijo Benedict.
Nada más llegar a la comisaría, los llevaron a una cómoda sala de entrevistas.
Gary esperaba tratar con Louisa Pyke, que había sido asignada como enlace local.
Una agente impresionante, con un trato amable y una fuerza interior innegablemente atractiva.
Pero eso era antes de la muerte de Vern White y la desaparición del señor Huang, cuando la parte de Nueva Zelanda de la investigación no implicaba más que una acusación de corrupción sin fundamento.
Los dos hombres que entraron en la sala de entrevistas se presentaron como el sargento detective superior Osborne del CIB de Queenstown y el inspector detective Macalister del CIB del Distrito Sur en Dunedin.
Los buitres sobrevolaban sin duda si habían traído a un pez gordo de fuera tan rápido.
Gary conocía a «Mac» Macalister de sus tiempos en Dunedin.
Mac era un buen policía, duro pero justo, y llevaba en homicidios desde tiempos de Maricastaña.
Gary notó que le brotaba una gota de sudor en la frente, que los ojos de lince de Mac no pasarían por alto.
—No esperaba verte aquí, Mac. Has llegado desde la gran ciudad en tiempo récord. ¿Ha habido alguna novedad? ¿Han localizado a Huang?
—Todavía no, sargento detective Taylor —dijo Macalister.
Esas cuatro palabras decían más que las raíces escocesas de Macalister. Al usar el rango de Gary, Macalister dejaba claro que aquella era una entrevista estrictamente formal.
—Elevé la investigación sobre Huang —dijo Macalister— después de que Osborne me informara de la muerte de Vernon White y de su condición de VIP. En un principio, la muerte de White se trató como un posible episodio médico, pero ahora se ha abierto una posible investigación por homicidio. ¿Osborne?
—Vernon White era diabético —dijo Osborne—.
Eso quedó claro en cuanto se examinó el cuerpo.
Llevaba un monitor de glucosa en el brazo y se encontró una pluma de insulina en su mochila en el lugar del incidente.
El forense dijo que los últimos minutos de Vern coincidían con los síntomas de una sobredosis de insulina, pero eso aún está pendiente de confirmar con el análisis de las muestras de sangre.
Sin embargo, esa no es la razón de que se haya abierto una posible investigación por homicidio.
La asistente personal del señor White se presentó en la comisaría en cuanto la sargento detective Pyke comunicó la muerte a su socio.
La asistente, la señorita Samira Prasad, exigió ver a un oficial de rango superior. Esto es lo que me contó.
Osborne giró un portátil hacia Gary y Benedict y pulsó reproducir. El vídeo mostraba a una joven de etnia india sentándose frente a Osborne, al otro lado de una mesa de café. Tenía el maquillaje corrido por las lágrimas, pero el dolor no restaba fuerza a la ira en su voz.
—Creo que a Vern lo mató deliberadamente uno de esos manifestantes locos —la acusación de Samira rompió el silencio de la sala de entrevistas antes de que Osborne hubiera dicho una palabra.
En el vídeo, Osborne permaneció impasible mientras deslizaba una caja de pañuelos por la mesa.
—Por favor, tómese su tiempo y explíqueme por qué piensa eso, señorita Prasad, y a quién está acusando.
Su calma pareció contagiarse a Samira. Ella cogió un pañuelo y se sonó la nariz.
—Una mujer llamada señora Hazel Bond. Se pegó a Vern y lo apartó de la protesta. Fueron a la exposición y tomaron una copa en el bar, donde consiguió que la invitara a esquiar con él hoy.
Con un pañuelo limpio, se secó las lágrimas del rostro enrojecido.
—Esta mañana, estaba en la suite del hotel de Vern sin que él lo supiera. Además había traído donuts. ¡Donuts! El conductor dijo que la señora Bond animó a Vern a comérselos de camino a la montaña.
—No estoy seguro de entender —dijo Osborne—. ¿Cómo pudo contribuir comer donuts a la muerte del señor White?
—Carbohidratos azucarados. Vern es diabético tipo 1. Se veía que estaba tan embobado con ella que no tomaba las medidas adecuadas para controlar su consumo de azúcar.
Las imágenes mostraban a Osborne mirando directamente al objetivo de la cámara, quizás para asegurarse de que estaba grabando, antes de volverse de nuevo hacia Samira.
—Es una acusación muy grave, señorita Prasad. ¿Qué pruebas tiene de que la señora Bond sabía que el señor White era diabético? ¿O de que un par de donuts de más causaron su muerte?
Samira le tendió el teléfono.
—Porque tengo acceso a su aplicación de control de diabetes.
Vern podía ser descuidado con el nivel de azúcar en sangre, así que yo también se lo vigilaba.
El azúcar empezó a disparársele cuando iba hacia la estación de esquí.
Y cuando digo dispararse, me refiero a niveles extremos y peligrosos.
O Vern no se puso la dosis habitual de insulina antes del desayuno, o había comido demasiado.
Por lo pronunciado del pico, probablemente las dos cosas.
Intenté avisarle, pero él... fue bastante borde conmigo.
Osborne se inclinó hacia delante para coger el teléfono.
—Supongo que el señor White también tendría la aplicación en su teléfono, ¿no?
—Sí, claro. La aplicación le habría alertado para que se pusiera la insulina. Lo llamé varias veces, pero no contestó. Esa mujer debió de bajarle el volumen al móvil. Vern no habría ignorado la alerta sin más cuando su vida dependía de ello.
En el vídeo, la pantalla del teléfono de Samira no era visible, pero Osborne apretó la mandíbula, mostrando su preocupación.
—Veo que la línea del gráfico se dispara, pero luego vuelve a bajar. ¿No es buena señal?
Samira negó con la cabeza enérgicamente. Le temblaba todo el cuerpo.