Guía de una detective para el asesinato y las bellas artes (Detectives de cierta edad 1)
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Capítulo 1
El agente uniformado abrió la puerta del aula sin llamar, pillando a Hazel desprevenida.
El pincel se le escapó y dejó otra mancha de pintura en su bata de artista.
Aunque tampoco es que nadie fuera a notarlo: una serie reciente de vibrantes paisajes de amaneceres había dejado la bata salpicada con más pintura roja sangre que un extra de película gore.
El agente se quedó paralizado, con la mano suspendida sobre la cadera, donde llevaría la pistola enfundada si la policía de Nueva Zelanda portara armas de fuego, cosa poco habitual. Los dedos le temblaron como si estuviera deseando soltar aquello de: «Adelante, alégrame el día».
—¿Señora Hazel Bond? —dijo el agente—. Necesito que venga conmigo.
Tras una breve pausa, añadió:
—Por favor.
—¿Yo? ¿Cómo que ahora? Estoy en medio de una clase.
—Ahora.
La tela del uniforme, tirante sobre sus anchos hombros, dejaba claro que aquello era una orden, no una petición.
Hazel se quitó la bata y recogió el abrigo y el bolso con el estómago revuelto por el miedo. Últimamente, parecía que el destino le había puesto una diana en la espalda. Como si no tuviera nada mejor que hacer, digo yo, como detener guerras o acabar con la pobreza.
Treinta y un pares de ojos se iluminaron al ver cómo un policía escoltaba a su profesora de arte fuera del aula, mientras treinta y una manos echaban mano instintivamente de sus móviles.
La puerta se cerró tras ella entre una andanada de flashes y un estallido de cuchicheos emocionados.
Al menos estaban haciendo fotos del mundo real, para variar, en esta era de selfis obsesivos y deepfakes generados por IA.
Hazel se estremeció. Quizás el destino tenía razón.
Puede que se estuviera haciendo demasiado mayor para esto.
Hasta que la habían despedido tres meses atrás, Hazel había pasado casi cuarenta años intentando contagiar a los estudiantes la pasión por el arte.
Ahora se las arreglaba como podía con sustituciones cuando conseguía alguna.
En cierto modo, era un alivio estar lejos de las presiones de la enseñanza moderna.
La burocracia, las evaluaciones constantes, el interminable y frustrante debate sobre la relevancia del arte en una era tecnológica.
Y, siendo sincera, disfrutaba de la oportunidad de dedicarse a sus pasiones: la pintura y la fotografía.
Por desgracia, también necesitaba ingresos para mantener su debilidad por el vino y el queso, y para revivir su viejo amor por el esquí.
Aun así, si Hazel hubiera estado buscando una señal del cielo de que era hora de dejar de luchar contra corriente, habría preferido que fuera un premio de lotería y no un agente con cara de malas noticias y mandíbula cuadrada.
El subdirector estaba esperando fuera del aula. Enarcó una ceja en una pregunta muda para la que ella no tenía respuesta. Hazel se encogió de hombros, dándole a entender que sabía tanto como él.
—Tómese el resto del día libre si lo necesita —dijo el subdirector, aunque a todas luces no le hacía ninguna gracia.
Hazel leyó en su expresión agria que era poco probable que le renovaran el contrato de sustituta.
No porque le cayera mal, sino porque los estudiantes enviarían mensajes a sus padres en cuestión de segundos, con emojis, abreviaturas y una foto de cómo se llevaban a su profesora sustituta.
Segundos después, los padres expresarían su indignación con una avalancha de mensajes y publicaciones en redes sociales, compartiendo teorías conspirativas disparatadas sobre sus supuestas actividades criminales.
Hoy en día, culpable hasta que se demuestre lo contrario, con las redes sociales ejerciendo de juez y jurado.
El subdirector pasó por su lado y entró en el aula, ladrando una orden de silencio como si aquello fuera un patio de armas lleno de reclutas. Era un profesor de matemáticas de la vieja escuela. Les estaría bien empleado a los críos si los obligaba a hacer trigonometría en lugar de arte.
Esos pensamientos dispersos eran solo una distracción.
Por dentro, Hazel tenía el estómago del revés, porque en el peor de los casos un familiar había tenido un accidente.
El agente miraba al frente y caminaba a grandes zancadas hacia el aparcamiento en lugar de hacia la sala de profesores.
Tenían que ser muy malas noticias. Fuera lo que fuese, Hazel necesitaba saberlo ya, antes de que el ácido le perforara el estómago.
Se apresuró tras él mientras se ponía el abrigo acolchado color naranja otoñal para protegerse del aire gélido del invierno.
—¿Es uno de mis hijos, agente? ¿Ha habido un accidente?
Los hijos de Hazel estaban en la treintena, pero una madre nunca deja de preocuparse.
—Nada de eso —dijo el agente—. Tengo órdenes de llevarla a comisaría para que preste declaración.
¿Llevarla? Sonaba como si estuviera detenida.
—No lo entiendo. ¿Una declaración sobre qué? ¿Me han robado en casa?
—No, señora. El detective se lo explicará en comisaría.
El agente le abrió la puerta trasera del coche patrulla.
¿Señora? Hazel solo tenía cincuenta y nueve años y desde luego no era ninguna ancianita de misa de doce.
Se agachó para entrar en el coche antes de que él pudiera hacer ese gesto de empujarle la cabeza hacia abajo que hacen los policías en las películas cuando meten a un sospechoso en el coche.
Entonces procesó la segunda frase. ¿Detective?
Los detectives se ocupaban de delitos graves, ¿no? Como homicidios.
Hazel no perdió el tiempo con más preguntas.
Aquello tenía que ser por la trágica muerte de Vern White en la estación de esquí.
Ella se había despedido de él —la última persona en verlo con vida— y había contemplado horrorizada cómo moría minutos después.
Un pico brutal en el electrocardiograma de su existencia, por lo demás anodina.
Vern había sido un hombre encantador, pero lo había conocido hacía menos de veinticuatro horas.
Hazel había prestado declaración completa ante un sargento de policía en su momento, por supuesto, y le habían dado a entender que la policía aceptaba que su muerte había sido un horrible accidente o un problema de salud.
Quizás había olvidado firmar la declaración.
De ser así, el sargento podría haber llamado para pedirle que volviera.
Hazel tuvo tiempo de sobra para darle vueltas mientras avanzaban a paso de tortuga entre las interminables obras y el tráfico que asolaban el Queenstown moderno.
Cuando se detuvieron frente a la comisaría, el corazón de Hazel dio uno de esos sobresaltos inquietantes.
Palpitaciones, fibrilación auricular, aleteo por estrés...
llámalo como quieras, era otra señal inequívoca de que la cosa estaba a punto de ponerse fea.
Aún no sabía qué se le venía encima, pero tenía el mal presentimiento de que ella iba a ser quien pagara los platos rotos.
La zona de recepción tenía aspecto de secretaría de colegio: funcional, sin florituras.
Mostrador acristalado. Banco sólido con asiento de vinilo gris acolchado.
Moqueta gris suavizada por paredes con paneles de madera.
Una vitrina con insignias policiales en lugar de los trofeos deportivos que lucía cualquier colegio.
El agente indicó a Hazel que se sentara mientras hablaba con la joven alegre que llevaba un jersey del cuerpo y estaba detrás del cristal.
Ambos desaparecieron por puertas con acceso por tarjeta, dejando a Hazel sola con la única otra persona en la sala de espera: un joven de pelo lacio que ocupaba el banco con las piernas largas enfundadas en vaqueros raídos, despatarrado como si el sitio fuera suyo.
Ella le dedicó una sonrisa comprensiva al ver el moratón enorme en su mejilla y el hueco del diente que le faltaba, del que goteaba sangre sobre una sudadera de Black Sabbath.
Cuando él le devolvió la mirada con ojos vacíos, ella fingió leer el tablón de anuncios, pulcramente cubierto de carteles con los temas de siempre: emergencias, reclutamiento, precauciones contra el Covid, violencia doméstica, apoyo juvenil y servicios familiares.
Hazel había pasado a un expositor interesante sobre la historia de las mujeres en el cuerpo de policía cuando por fin se abrió una puerta.
Sin embargo, solo era un turista furioso increpando a un agente por un bolso robado.
Hacía un par de días, Hazel también se habría disgustado por un bolso robado, pero ver morir a un hombre delante de ti te daba una perspectiva muy distinta sobre los problemas.
El agente de Hazel regresó y la sacó de la acogedora zona de recepción para llevarla a un pasillo diseñado para intimidar.
Las paredes parecían más estrechas de lo normal y estaban pintadas de un deprimente verde grisáceo institucional.
Algún experto delirante en marketing de pinturas probablemente lo llamaría Oliva Serena o Salvia Crepuscular.
El suelo de vinilo era aún peor. Nadie que hubiera estudiado arte debería verse sometido a aquel beige grisáceo mugriento, lleno de marcas negras de rozaduras y una línea errática de gotas de sangre.
El olor penetrante a lejía, sudor y empanadas de carne tampoco ayudaba.
No es de extrañar que te quiten el cinturón y los cordones cuando te encierran, pensó Hazel mientras se acercaban a una puerta con el rótulo «Sala de Interrogatorios 2».
Otra palpitación le sacudió el corazón. Aquello pintaba mal.
Muy mal. Y ya era demasiado tarde para dar marcha atrás, para volver a cuando una jubilación anticipada con un montón de lienzos en blanco y un calefactor de resistencia era lo peor que podía pasarle. Ahora, aquello le parecía la gloria.
El agente abrió la puerta y señaló una silla de plástico en aquella habitación espartana, casi una celda, bajo la mirada imperturbable de una cámara protegida por una carcasa robusta empotrada en la pared.
Dos largos minutos después, entró el detective.
Dejó caer un expediente sobre la mesa, tomó asiento frente a ella y abrió un portátil.
Tras escuchar el preámbulo de rigor y rechazar asistencia letrada, confirmó que era la Señora Hazel Bond, viuda, de cincuenta y nueve años.
Sin previo aviso, el detective giró el portátil hacia ella y le dio al play de un videoclip.
Ante el ojo frío y objetivo de las cámaras de seguridad, la escena parecía más un tumulto que la protesta civilizada que ella recordaba.
Un grupo de personas, la mayoría con el pelo canoso, que agitaban pancartas y gritaban «¡traidor, traidor!
» al hombre que tenían delante. Los manifestantes estaban furiosos, indignados de verdad, no simplemente molestos.
Un hombre alto y canoso salió de un coche negro junto a la protesta.
Vern White. Una manifestante se abalanzó hacia él como una cobra a punto de atacar, perfectamente visible incluso en las imágenes granuladas.
Hazel apenas se reconoció, pero no podía negar que era ella.
El detective observó sus reacciones con la mirada desconfiada de un policía al que ya no le cuelan nada.
«No es lo que parece», quería decir Hazel, pero dudaba que él fuera a creerla.
Una serie improbable de acontecimientos la había llevado desde la protesta hasta aquella sala de interrogatorios.
Lo único que podía hacer era empezar por el principio, por cuando su madrina y su hermana fueron a visitarla.
Solo tres días antes, aunque parecía toda una vida.