Guerra de familia, amor de generación 29. Lo que ocurrió en 1986
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29. Lo que ocurrió en 1986

Éramos cinco en una cocina de cuatro metros cuadrados.

Mi madre en la silla del respaldo suelto. Vicent de pie contra el armario de las tazas amarillas, sin quitarse la chaqueta. Candela en el marco de la puerta. Nicolás junto a la ventana. Y yo de espaldas al fregadero, que es donde me pongo cuando no quiero sentarme.

Encima de la mesa de formica había cuatro cosas: las dos cuartillas, el sobre de plástico de la farmacia y el regalo de Nuria, que seguía sin abrir y que nadie miró en toda la noche.

Nicolás había subido a las nueve menos cuarto con su padre.

Yo bajé a por mi madre al Cafè Ribes a las nueve menos diez y no le dije para qué, y ella cogió el bolso y subió los catorce escalones detrás de mí sin preguntar, y en el rellano se paró un segundo, como se para todo el mundo la primera vez, y después entró.

Vicent ya estaba dentro.

Los dos en la misma habitación de aquella casa, que es la cocina donde escribieron una libreta en el otoño del ochenta y cinco con la radio puesta. No sé si alguno de los dos lo pensó. Yo sí, y me duró tres segundos, porque después empezó lo demás.

Nicolás empezó.

—Estas dos las tenía Puri esta tarde —dijo—. Una la mandas tú, papá, y dice que se cancela la actuación de las bandas. Y la otra la mandas tú, Amparo, y dice que se amplíe el escenario y que se ponga una mesa para la firma.

Mi madre no cogió la suya. La leyó desde donde estaba, con la barbilla, sin acercarse y sin ponerse las gafas.

—Sí —dijo.

Vicent no dijo nada.

—Y hay una tercera cosa —dijo Nicolás—. La fotografía del ochenta y seis se la mandaste tú a la periodista.

—Sí.

—El domingo por la tarde. En un sobre. Con tu letra. Se lo diste a Puri en el casal de La Unió y ella se lo entregó en mano a la periodista a las ocho y media.

—El domingo por la tarde —dijo mi madre.

—¿Y por qué en mayúsculas?

—Porque tengo la letra muy pequeña y en un sobre no se lee.

Lo dijo como se dice una cosa práctica, y era una cosa práctica, y llevaba nueve días siendo la mitad de una prueba.

Y ahí yo me tuve que agarrar al borde del fregadero, porque el domingo por la tarde yo estaba en aquella misma casa, sentada en aquella misma silla, redactando dos folios que decían «los abajo firmantes declaran conjuntamente».

—Mamá.

—Dime.

—Tú sabes lo nuestro.

Mi madre se puso las manos en las rodillas.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde el jueves de la tarta.

Y lo dijo mirándome a mí, no a Nicolás y no a Vicent, y no bajó la vista ni una vez en toda la noche.

—Aquella mañana bajé a la trastienda a por la caja de las servilletas —dijo— y tú estabas dentro mandándole un audio a esta.

Candela, desde la puerta, no se movió.

—Oí cuarenta segundos.

—¿Cuáles?

—Los de «tenemos que aguantar hasta la firma».

Me pareció que se me caía el suelo, porque ese audio lo mandé yo a las nueve y media de la mañana del jueves, apoyada en un saco de azúcar, con la puerta entornada, y llevo desde entonces sin poder recordar si la cerré.

—Nueve días —dije.

—Nueve días.

—Nueve días viéndome mentir.

—Nueve días viéndote aguantar —dijo mi madre—. Que no es lo mismo, aunque a ti ahora te lo parezca.

—¿Y el domingo, cuando te llevé dos folios a la barra?

—El domingo también.

—¿Y el miércoles?

—Alba, todos los días. —Se recolocó en la silla—. Todos. Los abanicos, la foto de la puerta, el programa, la degustación, el ensayo, la reunión del ayuntamiento y la despedida. Yo he estado en todas.

—Por eso estabas en la despedida.

—Por eso estaba en la despedida.

Y ahí me acordé de una mujer sin delantal sentada en el extremo de una mesa de veinte personas bebiendo un agua con gas durante una hora y cuarenta minutos, y de que yo lo había apuntado como una rareza de mi madre.

—¿Y por qué no dijiste nada?

—Porque yo sé cómo acaba esto si se dice.

Y entonces se levantó, cogió el vaso del escurridor, lo llenó del grifo y se lo bebió entero de pie, y volvió a sentarse, y eso le llevó veinte segundos, y en esos veinte segundos nadie dijo nada.

—Yo el tres de junio del ochenta y seis acepté una plaza en Valencia —dijo—. Dos años. Formación y prácticas en un laboratorio de análisis de alimentos, que entonces era la primera vez que se hacía aquí y éramos seis.

Vicent, contra el armario, levantó la cabeza.

—El tres —dijo.

—El tres.

—Jo vaig firmar el dinou.

—Ya lo sé, Vicent. Lo pone en el papel que le has dado a tu hijo, que lo tengo yo delante.

Y ahí, en una cocina, a las nueve y veinte de la noche de un viernes de agosto, dos personas de sesenta y tres y setenta y cinco años supieron por primera vez el orden.

Ella aceptó el tres.

Él firmó el diecinueve.

Ninguno de los dos se lo dijo al otro.

—Yo se lo conté a finales de julio —dijo mi madre—. Un domingo, aquí abajo, en el escalón del patio. Y él me dijo «molt bé».

—Vaig dir molt bé.

—Y no dijo nada más. Ni ese día ni al día siguiente ni en tres semanas. —Se recolocó en la silla—. Y yo estuve tres semanas esperando a que me dijera me voy contigo o quédate.

—¿Y tú? —dije.

—¿Yo qué?

—¿Tú se lo pediste?

Mi madre me miró.

—No.

—¿Ni una vez?

—Ni una vez.

—¿Por qué?

Mi madre tardó.

Es la única vez en toda mi vida que he visto tardar a mi madre, y tardó lo que tarda Vicent Salvat, que son unos segundos con la boca cerrada, y a mí me dio un escalofrío ver a mi madre haciendo eso.

Contestó lo que llevaba cuarenta años sin contestarle a nadie, y lo contestó sin ninguna emoción, que fue lo que más me impresionó.

—Porque si se lo pedía y me decía que no, yo ya no me podía ir.

Nicolás se movió junto a la ventana.

Yo no le miré. No le miré a propósito y creo que él tampoco a mí, porque aquella frase se la habíamos dicho los dos a la otra persona en aquella misma casa cuarenta y ocho horas antes, con otras palabras y en la misma cocina.

—En agosto firmé un papel —dijo mi madre.

—¿Qué papel?

—Fui a una gestoría de Alzira el once de agosto y firmé la constitución de una sociedad entre los dos para llevar La Concordia. Dos socios al cincuenta. La preparó un señor que se llamaba Boix y costó nueve mil pesetas.

Se quedó callada un momento.

—Firmé yo. Y le dije: ve tú el jueves y firmas.

—¿Y no fue? —dije.

—No fue.

Y entonces Vicent Salvat, que llevaba veinte minutos de pie contra el armario de las tazas amarillas sin decir cuatro palabras seguidas, dijo:

—No podia.

—¿Cómo que no podías?

—Perquè el dinou de juny ja havia comprat la mitat —dijo—. I si firmava això, la mitat que jo havia comprat entrava en la societat.

Por la ventana abierta entraba el ruido de las últimas sillas.

Yo, que me dedico a esto, tardé cuatro o cinco segundos en entenderlo, porque nadie espera que en una cocina de cuatro metros cuadrados y a las nueve y media de la noche le expliquen un problema de aportación de bienes a una sociedad.

Si Vicent aportaba a aquella sociedad la mitad que acababa de comprar con un préstamo a su nombre, la mitad pasaba a ser de los dos y el préstamo seguía siendo de él solo.

—O sea que no fuiste porque te ibas a quedar sin tu mitad.

—Me quedaba con la mitad de la mitad.

—Vicent.

—I amb el préstec.

Mi madre se quedó mirando el hule de la mesa.

—Yo eso no lo sabía —dijo.

—Ja ho sé.

—Vicent, yo estuve tres días esperando en aquella gestoría.

—Ja ho sé.

—Tres días, y el señor Boix me llamaba a la barra.

—Ja ho sé, Amparo.

—Y yo tres semanas esperando a que me dijeras algo —dijo ella.

—I jo.

—Tú tenías el papel firmado.

—I tu tenies la plaça.

Y aquella fue la única vez en toda la noche que se dirigieron la palabra el uno al otro, y no se miraron ni una vez mientras lo hacían, y no hubo absolutamente nada en aquel intercambio que se pareciera a lo que la comarcal había publicado el jueves.

Voy a dejar esto escrito porque después he tenido que oír muchas tonterías.

Aquella noche, en aquella cocina, no hubo dos viejos enamorados reencontrándose. Hubo dos personas mayores enteradas por fin del papeleo de la otra, y las dos, cuando lo entendieron, se pusieron de peor humor.

Mi madre no perdonó nada.

—Y aunque me lo hubieras dicho —dijo, todavía mirando el hule—, yo me habría ido igual.

—Ja ho sé.

—Que lo sepas.

—Ho sé.

—Y lo de que yo te dejé, eso lo dijeron los tuyos.

—Sí.

—Y yo lo dejé correr —dijo mi madre—, que eso es lo mío. Yo pude decir en este pueblo lo que había pasado y no lo dije, y por eso llevo cuarenta años sirviendo cafés a doce metros de la puerta de este señor con la razón de mi parte y sin poder usarla.

Y entonces se giró hacia mí.

—Por eso yo no firmo primero, Alba. Ni ahora ni nunca.

Y ahí se me juntaron nueve días de golpe: mi madre en la barra el domingo, con las gafas en la punta de la nariz, empujándome los dos folios dos centímetros y diciéndome «tráemelo con su firma», y yo explicándole que el orden daba igual y que jurídicamente no arriesgaba nada.

—Mamá, ¿por qué no me lo dijiste?

—¿Y qué te iba a decir?

Vicent habló entonces, y habló para mí, que era la primera vez en toda la semana.

—Jo la foto no l'he enviada —dijo—. Però la meua també ha desaparegut del calaix.

Y mi madre, sin levantar la cabeza:

—La tuya la cogí yo en el ochenta y siete.

—¿Com?

—En el ochenta y siete, cuando tu madre me devolvió las cosas de la boda en una caja. Venían las dos. —Se encogió de hombros—. La tuya la tengo yo desde hace treinta y nueve años, Vicent. La que le he mandado a la periodista es la tuya.

Nadie dijo nada durante bastante rato.

Yo pensé, con una claridad que no le deseo a nadie en la cocina de su propia madre, que aquella mujer llevaba treinta y nueve años guardando en su casa una fotografía que no era suya, sin enseñársela a nadie, y que la había sacado esta semana para dársela a una periodista.

Después Nicolás preguntó lo único que faltaba.

—Amparo, ¿por qué?

Mi madre contestó la cosa más honrada y más difícil de aguantar de toda la noche.

—Porque el jueves de la tarta yo supe que esto se caía —dijo—. Y a mí no me daba tiempo a arreglarlo hablando. En este pueblo, cuando una cosa se cae, se cae en dos horas. —Puso la mano abierta encima de la mesa—. Lo único que se me ocurrió fue hacerla tan grande que no cupiera por la puerta.

—Los abanicos —dije.

—Los abanicos, la plaza, el programa, la prensa, las mesas y la firma en el banquete. —Los fue contando con los dedos sin ninguna vergüenza—. Cuanta más gente, más difícil de parar. Eso lo sé yo.

—¿Y las mesas por qué? —dije.

Mi madre me miró como si le hubiera preguntado por qué se pone azúcar en el café.

—Porque si el sábado los Ribes y los Salvat se sientan a comer entrelazados delante de trescientas personas —dijo—, el domingo ya no se pueden volver a separar. Aunque vosotros os vayáis.

Y ahí, en la cocina de La Cambra, con una cuartilla suya encima de la mesa, entendí que mi madre no había hecho nada de aquello por mi boda.

—Mamá.

—Dime.

—Tú no estabas salvando lo mío.

Amparo Ribes se quedó un momento con las manos en las rodillas.

—Estaba salvando las dos cosas —dijo—. Y si solo se podía una, la otra.

Nicolás, junto a la ventana, no dijo nada. Vicent seguía mirando el suelo.

Yo pensé, con una frialdad que me sorprendió a mí misma, que en once días aquella mujer había montado una operación mejor que la mía, con menos formación y sin un solo papel.

—Y a mí no me preguntaste.

—No.

—Ni una vez en nueve días.

—No.

—Mamá, es mi boda.

Y mi madre dijo, y esto lo dijo despacio:

—Ya lo sé. Y llevo desde el jueves diciéndome que era por vosotros.

Vicent se apartó del armario.

—Jo també —dijo.

Fue lo único que dijeron los dos a la vez en toda la noche, y lo dijeron sin mirarse, y fue lo más parecido a un acuerdo que hubo en aquella cocina.

—A mí me importa una cosa sola —dijo Vicent—. Que este no faça el que vaig fer jo.

—Papá.

—I ja està. Lo demás me da igual.

Se quedaron en aquella cocina hasta las once menos veinte.

Lo último que se habló fue lo práctico, que es como se acaban aquí las cosas.

Mi madre preguntó qué pasaba con las coronas. Nicolás le dijo lo de los cuarenta y un tarros y los once días. Ella escuchó, hizo la cuenta más deprisa que yo y dijo que trescientas sesenta y nueve.

Después preguntó qué íbamos a hacer.

—Eso lo decidimos nosotros —dije.

Y mi madre me miró un momento, y luego miró a Vicent, y Vicent estaba mirando el suelo.

—Vale —dijo.

—¿Vale?

—Que vale, Alba. —Cogió el bolso—. Que nosotros no vamos a decir nada.

Vicent asintió una vez, con la barbilla, sin levantar la cara.

—¿Y mañana? —dijo Nicolás.

—Mañana yo estaré a las once en la plaza con trescientos abanicos —dijo mi madre—. Como si no supiera nada. Y si vosotros salís por esa puerta a las doce, yo aplaudo.

—¿Y si no salimos?

Mi madre se paró en el rellano.

—Pues no salís.

Bajó los catorce escalones, y Vicent bajó detrás con medio tramo de distancia, y en la puerta del medio se separaron sin decirse buenas noches, uno hacia la izquierda y otro hacia la derecha, como llevan haciendo cuarenta años.

Antes de irse, mi madre hizo una cosa muy suya y muy pequeña.

Se paró en la puerta de la cocina, miró el fregadero, y dijo:

—Ese grifo sigue goteando.

—Mamá.

—Que se lo dije el jueves pasado a Vicent y no lo ha mirado.

Vicent, desde el rellano, dijo:

—Demà.

—Demà —repitió mi madre, sin ninguna intención, y se fue.

Y aquello, que es lo más tonto que se dijo en toda la noche, es lo único de aquella cocina que me hizo pensar que a lo mejor se puede vivir cuarenta años a doce metros de alguien y que no sea del todo una tragedia.

Candela se fue a las once.

En la escalera me dijo una sola cosa:

—Ahora ya no tenéis excusa.

Y nos quedamos Nicolás y yo en aquella cocina, a las once de la noche del viernes, con dos cuartillas, una póliza de 1986 y un regalo sin abrir encima de la mesa.

Y con la ventana abierta y el ruido de las últimas sillas que estaban colocando en la plaza a las once de la noche.

Y con todo ganado.

Lo digo así porque así era, y aquella noche lo dije en voz alta y lo conté con los dedos, como mi madre.

Nuestras dos familias sabían la verdad y habían decidido callarse.

El pueblo no sabía nada. La prensa había publicado una historia preciosa.

Las bandas tenían orden de entrada. El escenario estaba montado y el ayuntamiento estaba encantado.

Y a las tres y media de la tarde del día siguiente, en una mesa larga, delante de todo el mundo, Amparo Ribes y Vicent Salvat iban a firmar tres páginas y una escritura que salvaban once contratos, seis proveedores, un préstamo, un contrato de distribución y trescientas sesenta y nueve cajas.

No había ni una sola persona en Beniflor que fuera a impedirlo.

Solo teníamos que callarnos una hora.

Ni siquiera hacía falta mentir. No había que decir nada. Solo levantarse por la mañana, ponerse un vestido que estaba colgado en la puerta del dormitorio y bajar catorce escalones.