28. Los dos sobres
Los dos sobres
La comisión de fiestas se reúne el viernes a las siete de la tarde en el ropero del casal para repartir el sábado.
Eso lo sabe todo el mundo aquí y no lo sabe nadie de fuera. No es una reunión: es un reparto. Once personas alrededor de una mesa de tres metros diciendo quién abre, quién cierra, quién lleva las llaves de la caseta, quién tiene el número del de las sillas y a quién hay que llamar si se cae la luz.
Yo entré a las siete y cuarto con doce docenas de rollos, que es lo que llevo todos los viernes de fiestas desde que tengo el obrador, y me quedé.
Estaban los once. Puri con el portátil y la lista de las llaves.
Ximo Blasco, que además de presidente de La Lira lleva la caseta.
Rosa Marí, que no es de la comisión pero que va porque las bandas van.
El de la luz. El que tiene la furgoneta.
Las dos mujeres que hacen la paella del domingo.
Y tres o cuatro más, sentados donde caben, con la puerta abierta y una botella de agua en medio.
Nadie se extrañó de que yo me quedara. Aquí no se extraña nadie de nada en la semana de fiestas: si estás, es que haces falta.
Me quedé porque llevaba desde el jueves por la noche con una pregunta y porque no se me había ocurrido cómo hacerla.
Voy a explicar cómo había estado yo preguntando toda la semana, porque es el fondo del asunto.
Yo le preguntaba a Puri Albiol quién .
¿Quién te lo ha pedido? ¿Quién ha estado aquí? ¿Quién te escribe? Y Puri me contestaba lo que contesta ella, que es la verdad y que no sirve para nada: que le escribe todo el pueblo, que ella no guarda a nadie, que a ella le pide cosas la gente.
Aquella tarde no pregunté quién.
Aquella tarde hice lo que se hace en un obrador cuando una cuenta no sale: dejar de preguntarle a la gente y mirar el papel.
Puri tenía los dos sobres encima de la mesa, a la derecha del portátil, y estaba repasando la lista de las llaves con las gafas puestas.
Dos sobres blancos, del mismo taco, cerrados los dos.
En el primero ponía, en mayúsculas y a bolígrafo azul: XIMO BLASCO / ROSA MARÍ FERRANDO. EN MÀ.
En el segundo, con la misma clase de letra y el mismo bolígrafo: EMPAR — AJUNTAMENT. URGENT.
—Puri.
—Dime, hijo.
—El número que no tienes guardado. El de ayer.
—¿El de las once y media?
—Ese.
—¿Qué pasa?
—Que me lo enseñes.
Puri desbloqueó el móvil, buscó, y me lo puso delante con la conversación abierta, sin ninguna precaución, porque llevo cuarenta y cinco años siendo el hijo de Vicent Salvat y porque nunca le ha hecho falta ninguna precaución conmigo.
Y yo hice la única cosa inteligente de aquella semana, que además es una cosa que puede hacer cualquiera.
Cogí los nueve dígitos y los escribí en mi propio teléfono.
En cuanto puse el último salió el nombre.
Amparo Ribes (Cafè).
Lo tengo guardado desde marzo. Lo guardé el día que me llamó para preguntarme si el catering lo llevábamos nosotros o lo llevaba un catering, y para decirme que si lo llevaba un catering ella no ponía las mesas.
Me quedé mirando la pantalla de mi móvil con la de Puri al lado.
El mismo número. Los mismos nueve dígitos. En el suyo, sin nombre. En el mío, con dos apellidos y una aclaración entre paréntesis.
Once personas hablando de llaves.
Y en mi cabeza, en unos ocho segundos, se descolocó y se volvió a colocar todo lo que llevaba nueve días ordenando mal.
Mi padre coloca un anillo en una tarta. Mi padre manda una nota con un plazo. Mi padre prepara papelitos. Mi padre intenta cancelar la actuación de las bandas.
En la misma semana, y a través de la misma señora, alguien encarga trescientos abanicos más cincuenta, mete la boda en el programa oficial, la traslada a la plaza, llama a la prensa a las diez y media de la noche, manda al semanario una fotografía de 1986 y traslada la firma de la sociedad al banquete.
Yo llevaba nueve días intentando que aquello fuera una sola persona.
Mi padre estaba abriendo puertas y ella las estaba cerrando.
Y por eso no me cuadraba nada. Yo llevaba nueve días con una lista que no era una lista: eran dos listas metidas en un sobre.
Un hombre que quiere parar una boda no invita a la prensa. Una mujer que quiere que la boda salga no mete un anillo en una tarta. Yo había estado sumando las dos cosas y dividiéndolas por un solo padre.
—Puri —dije—. ¿Qué hay en esos dos sobres?
—Recados.
—¿De quién?
—Uno de tu padre y otro de tu suegra.
Lo dijo así, sin bajar la voz y con once personas delante, porque para Puri Albiol aquello no era ningún secreto: era el trabajo del viernes.
—Ábrelos.
—Nicolás, eso no se abre. Eso se lleva.
—Puri, ábrelos.
—Que no.
Y entonces Ximo Blasco, que estaba a dos sillas y que había oído su propio nombre en un sobre, alargó la mano y dijo:
—Si ese lleva mi nombre, lo abro yo.
Y lo abrió.
Dentro había media cuartilla escrita a mano, en mayúsculas, sin firma. Ximo la leyó por dentro, se puso muy serio y la leyó en voz alta, que es lo que hay que hacer cuando una cosa te llega en un sobre sin firmar.
Decía que la actuación conjunta del sábado quedaba cancelada por decisión de la familia, que se agradecía la disposición de las dos sociedades y que cada banda actuara por su cuenta en el pasacalle si lo consideraba oportuno.
Diez líneas. En mayúsculas. Sin una falta.
—Nicolás —dijo Ximo, con la cuartilla en la mano—. ¿Esto lo sabe tu padre que lo estoy leyendo aquí?
—No.
—Vale.
La dejó encima de la mesa, boca arriba, para que la viera todo el mundo, porque un papel sin firma no se guarda en un bolsillo.
Silencio en el ropero.
—¿Esto quién lo manda? —dijo Rosa Marí Ferrando.
—Mi padre —dije.
—¿Vicent?
—Vicent.
Rosa Marí Ferrando se quedó mirando la cuartilla desde su sitio.
—Cuarenta y dos personas —dijo—. Y dos que vienen de Benicàssim.
Y ahí Puri Albiol dejó el bolígrafo encima de la lista de las llaves y se quedó mirando el segundo sobre, el de Empar, el que todavía estaba cerrado.
—Ese es de Empar —dijo Puri—. Y pone urgente.
—Ábrelo tú.
—Nicolás, que es del ayuntamiento.
—Puri, ese lo has escrito tú al dictado o te lo han dado cerrado.
—Me lo han dado cerrado.
—Pues ábrelo.
Lo abrió.
Media cuartilla, la misma clase de letra, sin firma.
Instrucciones para el ayuntamiento: que el escenario que se monta el sábado para las bandas se amplíe dos metros por delante; que se ponga una mesa larga en el frente, a la vista; que se avise a la megafonía municipal de que a las tres y media hay firma; y que se reserven dos sillas en primera fila para la prensa.
Puri leyó aquello dos veces.
Después las puso las dos encima de la mesa, una al lado de la otra, y se quedó mirándolas.
Por primera vez desde que yo la conozco, Puri Albiol tardó en hablar.
A mí me dio tiempo a pensar, mirándola, que aquella mujer llevaba nueve días siendo el único sitio por el que pasaba todo.
Las partituras. El papel cortado. El sobre a la periodista. La reserva del bar. La página de reservas. Los programas. Las llaves. El orden de entrada. La fotografía en el Facebook. Los comentarios cerrados y vueltos a abrir.
En Beniflor no hay un tablón de anuncios. Hay una señora de sesenta y siete años con un portátil encima de una silla.
Y por eso los dos habían ido a ella.
—Uno la quita —dijo— y la otra la pone.
—Sí.
—Y las dos me las han dado a mí.
—Sí.
—Y los dos me han dicho que no se lo diga al otro.
—Eso no lo sé, Puri.
—Yo sí lo sé —dijo—. Porque me lo han dicho.
Y se levantó.
En este pueblo se ha contado como si hubiera sido una escena y no lo fue. Puri Albiol no gritó. No dio golpes. No dijo una sola palabra fea, que es más de lo que se puede decir de casi nadie de mi familia.
Lo que hizo fue peor.
Se quitó las gafas, las dejó encima de la lista de las llaves y habló durante cuatro minutos sin levantar la voz, y en esos cuatro minutos se le pasó por delante toda la semana.
Hay que entender una cosa para entender lo que dijo.
Puri Albiol fue cartera veintiséis años en este pueblo.
Ha llevado en la mano las cartas del banco, las de la mili, las de las notas, los burofaxes de dos divorcios y los telegramas de tres muertes.
Y en veintiséis años no ha abierto un sobre, y no ha contado en una barra lo que iba dentro de una carta, y esto en Beniflor lo sabe todo el mundo y no se dice nunca, igual que no se dice que el agua moja.
Lo que le habían hecho aquella semana era exactamente lo único que a esa mujer no se le puede hacer.
Dijo que había cortado papel. Que había cortado papel con una tijera que no era suya porque a un señor de setenta y cinco años le cuesta sujetar.
Que había llevado cuatro veces una bolsa de un casal a otro con las partituras mojadas y con lo que le habían puesto encima.
Que había entregado un sobre en mano el domingo por la tarde.
Que había pulsado un botón un lunes por la noche porque le habían dicho que era una campaña.
Que había reservado un bar dos veces el mismo día.
Que había reenviado una fotografía diciendo que ella no había sido.
Que había cerrado los comentarios de su página por primera vez en nueve años y los había vuelto a abrir a las ocho de la mañana pidiéndole al pueblo que no hablara del pasado.
—Y todo eso lo he hecho yo —dijo—. Con mi nombre. En mi página, en mi grupo y con mi teléfono.
Nadie contestó.
—Y el lunes por la noche, cuando salió la foto de la tarta, ¿sabéis lo que hice? —Miró la mesa entera, uno por uno—. Le dije a media plaza que yo no había sido. Delante de todos. Y la hija de Amparo me lo preguntó a la cara.
—Puri —dije.
—Que me lo preguntó a la cara y con razón, Nicolás, porque salió de mi página.
—Ya lo sé.
—Y yo no sabía ni cómo.
Y ahí, en la mesa de tres metros, once personas que llevan toda la vida en este pueblo entendieron a la vez lo que significaba aquello, que es que la contraseña de Beniflor al dia está escrita en la primera página de una libreta encima de esa misma mesa desde 2017.
Nadie dijo eso en voz alta. Aquí eso no hace falta decirlo.
—Yo llevo veintiséis años haciendo esto —siguió— y en veintiséis años no he metido a nadie en un lío. Ni una vez. Y esta semana he ido de aquí para allá llevándole a la gente los recados de dos personas que estaban tirando cada una para un lado, y no me lo han dicho.
Se paró.
—Que me lo hubieran dicho.
Y ahí es donde Candela, que había entrado a las siete y media con los ramilletes de la mesa y que llevaba diez minutos de pie contra la pared sin decir nada, se acercó a la mesa, cogió las dos cuartillas y se las puso debajo del brazo.
—Puri, tienes toda la razón —dijo.
—Ya lo sé que tengo razón.
—Y estas dos no las va a llevar nadie.
—Esas dos las llevo yo, que es mi trabajo.
—Hoy no.
Candela no le dijo que se calmara, ni que no era para tanto, ni le puso una mano en el hombro. Se quedó con las cuartillas debajo del brazo y esperó, que es lo que se hace con la gente que tiene razón.
Puri se sentó otra vez.
Estuvo un rato con las manos encima de la mesa, y una de las mujeres de la paella le puso un vaso de agua delante y ella no lo tocó.
—Yo el sábado no organizo nada —dijo.
—Puri...
—Que no. Que a las doce yo estaré en la plaza como todo el mundo, y ya está. Que llame otro a las bandas y que llame otro al de las sillas.
Y ahí, en la mesa de tres metros del ropero del casal de La Lira, once personas se quedaron muy quietas, porque acababan de entender lo mismo a la vez: que si Puri Albiol no llamaba al de las sillas, no llamaba nadie.
Ximo Blasco carraspeó.
—Puri.
—¿Qué.
—Lo del orden.
—¿Qué pasa con el orden?
—Que lo tienes que decidir tú, que quedamos en eso.
Y Rosa Marí Ferrando, desde el otro lado de la mesa, dijo:
—Que lo decida.
Puri las miró a los dos, a ella y a él, a los dos presidentes de las dos sociedades musicales de Beniflor, que llevaban desde el sábado anterior sin dirigirse la palabra por un compositor que se murió en 1989.
—Alfabético —dijo—. Como la ofrenda.
—Alfabético es La Lira delante —dijo Rosa Marí.
—Alfabético es La Lira delante.
—Vale.
—¿Vale? —dijo Ximo.
—Vale —dijo Rosa Marí—. Es la norma que hay.
Y ahí se acabó.
Ximo Blasco cogió el bolígrafo y lo apuntó en su carpeta de anillas, en la hoja del sábado, con la letra grande de los que apuntan poco.
12:00. Entrada. La Lira delante.
Cuarenta minutos había durado aquello el sábado por la mañana en un patio con sesenta y una personas y una periodista grabando, y se acabó en cuatro segundos un viernes por la tarde porque lo dijo una señora enfadada aplicando una norma que ya existía.
—Puri —dijo Ximo Blasco al rato—. ¿Y las sillas?
—Las sillas están.
—¿Y el de la megafonía?
—El de la megafonía está avisado desde el martes, que lo hice yo.
—Ya. Digo mañana.
—Mañana estará todo hecho, Ximo, porque lo he hecho yo esta semana. —Se puso las gafas—. Lo que no voy a hacer es andar mañana con la carpeta detrás de nadie.
Y ahí, honradamente, la comisión de fiestas de Beniflor respiró.
A mí me quedó una cosa en el cuerpo que todavía tengo, y es que en cuatro minutos de reloj Puri Albiol le había pasado a mi familia la factura entera de la semana sin decir una sola palabra fea.
Salí del casal a las ocho menos veinte con las dos cuartillas que me dio Candela en la puerta.
Candela me acompañó hasta la esquina sin decir nada, con los ramilletes todavía en la caja.
—¿Estás bien? —dijo al final.
—No.
—Vale.
Y se volvió al casal, porque tenía que dejar la flor puesta.
En la calle llamé a Alba.
—Sube a La Cambra a las nueve —dije—. Y dile a tu madre que suba.
—Nicolás, ¿qué pasa?
—Que ya lo sé.
—¿El qué?
—Que no era él solo.
Silencio.
—Nicolás, dime qué has visto.
—Dos sobres. Uno de mi padre y otro de tu madre. Y el número que le escribe a Puri lo tengo yo guardado desde marzo.
Al otro lado del teléfono no se oyó nada durante bastante rato. Después se oyó una silla.
—¿Mi madre? —dijo.
—Tu madre.
—Nicolás, mi madre no sabe nada.
—Alba.
—Que mi madre lleva seis semanas...
Y se paró sola, a la mitad.
—Voy a por mi padre —dije.