DÍA −4 · MARTES19. El lado de Vicent20. Incidencia municipal
El lado de Vicent
Mi padre entra en mi obrador todos los días entre las nueve y las diez, y llevaba dos sin entrar.
Así que a las diez menos cuarto, con las coques fuera y Kevin despachando, crucé la calle, entré por la puerta de la derecha, encendí la luz de la barra y volví a salir a buscarlo yo.
Estaba en el garaje.
El garaje de mi padre es la planta baja del número cuatro de Sant Roc, con el banco de trabajo forrado de papel de estraza, la funda del clarinete encima del arcón y una silla de anea que era de mi abuelo.
Ahí ha arreglado cosas toda la vida. Ahí me enseñó a poner una arandela y a no forzar una rosca.
Estaba sentado en la silla de anea con la persiana subida un metro y las manos en las rodillas.
No estaba arreglando nada.
Esto también lo tengo que decir: yo no había entrado en ese garaje desde febrero. Vivo a doscientos metros. Paso por delante dos veces al día. Y llevaba seis meses sin cruzar esa persiana, y me dije durante seis meses que era porque no había motivo.
El banco de trabajo tenía polvo. El rollo de estraza estaba en el rincón, de pie, con el canto cortado.
Lo vi y no dije nada.
—Papá.
Levantó la cabeza.
—Ven al bar —dije.
—¿Para qué?
—Para hablar.
En las dos veces que he pedido en mi vida a mi padre que hablemos, esta y la del hospital, ha hecho exactamente lo mismo: se ha levantado sin preguntar de qué.
Un hombre que no pregunta de qué es un hombre que ya lo sabe.
Bajó la persiana del garaje con la mano derecha, que es con la que puede.
En el camino, treinta metros, pasamos por delante del Cafè Ribes. Amparo estaba dentro, en la barra, sirviendo. Se veía desde la calle.
Mi padre no giró la cabeza. Ni un grado. Es una cosa que hace desde que yo tengo memoria y que nunca me había parecido nada: al pasar por delante de esa puerta, mi padre mira al frente.
Yo lo hago también. Lo aprendí sin que nadie me lo enseñara.
Fuimos por la calle sin decirnos nada.
Sesenta metros. Mi padre delante, yo detrás y a paso corto, y esta vez me di cuenta de que llevo dos años haciendo eso y de que él lleva dos años dejando que lo haga.
Entramos por mi puerta, y esta vez la elegí yo, y esta vez encendí yo la luz, y le puse un café que no me pidió y me puse otro, y nos quedamos los dos de pie en la barra, delante del tabique, a las diez y diez de la mañana de un martes, con el bar cerrado.
Le puse el café con la leche caliente y sin azúcar, que es como lo toma, y él no dijo gracias porque en esta casa el café no se agradece, y yo no le pregunté si quería porque en esta casa tampoco se pregunta.
Cuarenta segundos de silencio.
—La foto de la tarta la pusiste tú —dije.
—Sí.
Lo dijo así. Sin pausa. Sin buscar la palabra.
Yo llevaba desde el jueves preparándome para diez segundos de silencio y para un «jo no he trencat res», y me contestó a la primera con una sílaba, y me quedé con todo el peso apoyado en un pie que no estaba.
—¿Por qué?
—Para que lo dejaras.
—¿Y cómo la hiciste?
—Con el móvil.
—Papá.
—Con el móvil de tu madre, que es el que tengo.
Y ahí me tuve que parar, porque hay cosas que uno no sabe hasta que se las dicen en una barra un martes por la mañana.
Mi madre murió en 2014. Su teléfono era uno de tapa, de los pequeños, gris, con las letras gastadas del cinco y del ocho.
Yo he visto ese teléfono en la mesilla de mi padre las cuatro o cinco veces que he entrado en su habitación en once años, y siempre pensé que estaba ahí porque no lo había tirado.
Está ahí porque lo usa.
Y hace fotos con flash.
Se llevó la taza a la boca y no bebió.
—El jueves entré a las nueve y media —dijo—. Como todos los días. Y ya estaba hecha.
—¿Ya estaba hecha la foto?
—Ya estaba hecho el agujero.
Y ahí me tuve que agarrar al borde de la barra con una mano, y me la manché de café, y estuve el resto de la mañana con la mancha sin darme cuenta.
Porque eso puede ser verdad y puede ser mentira y no hay manera de saberlo, y porque mi padre acababa de decirme, sin que se le moviera un músculo, que él llegó y se encontró un boquete en una tarta con un anillo dentro y lo que hizo fue sacar el móvil.
—¿Y el anillo? —dije.
—El anillo estaba dentro.
—¿Y cómo llegó dentro?
Mi padre dejó la taza en el plato.
—Nicolás, això ja t'ho vaig contestar.
—No me has contestado nada.
—Pues eso es lo que hay.
Nos quedamos así un rato.
—¿Tú sabes lo que has hecho? —dije al final.
—Sí.
—Papá, esa foto la ha visto medio pueblo y anoche había tres personas escribiendo que el anillo era el de Alba.
—Ya lo sé.
—¿Y no te importa?
Y mi padre dijo, mirando la barra y no a mí:
—A mí me importa una cosa sola.
—¿Cuál? —dije.
No contestó, y a mí se me pasó por encima como se pasan las cosas cuando llevas seis días durmiendo cuatro horas, y no volví a esa pregunta hasta el viernes de la semana siguiente, cuando ya no servía de nada.
Voy a decir una cosa que me costó dos meses admitir: yo, en aquel momento, dejé de preguntar.
No porque me convenciera. Dejé de preguntar porque llevaba cinco días construyendo un caso contra mi padre y aquella mañana, por primera vez, me di cuenta de que si él me lo confirmaba yo tenía que hacer algo, y no sabía qué.
—¿Y a quién se la mandaste? —dije.
—A la página.
—¿A la página cómo?
—Con la contraseña.
—Papá, la contraseña de esa página la tiene Puri.
—La contraseña de esa página está escrita en una libreta encima de una mesa —dijo—, en un casal en el que yo soy socio desde los catorce años.
Y volvió a beber.
—Ya no lo voy a volver a hacer —dijo.
—¿El qué.
—Nada. —Movió la taza dos dedos en el plato—. Anoche.
—¿Qué pasa con anoche?
Mi padre, que no ha hablado de sentimientos delante de mí en treinta y siete años, dijo:
—Que os vi.
—Papá.
—Que os vi, Nicolás. —Y ahí sí le costó, y se paró, y esperó, y yo esperé—. Yo estaba mirando eso para ver si estabais fingiendo. Y no estabais fingiendo.
—Estábamos en directo.
—Ja.
—Estábamos delante de cuatrocientas personas y una cámara.
—Ja.
—Papá, aquello era para la campaña.
Mi padre me miró.
—Doncs enhorabona —dijo.
Y se bebió el café de dos tragos.
Ese «enhorabuena» me duró seis días. Lo he oído en la cabeza en los momentos más raros: cargando la furgoneta, dándole la vuelta a una bandeja, dos veces mientras dormía.
Porque lo dijo sin ironía. Mi padre no hace ironía. Si él dice enhorabuena es que te está diciendo enhorabuena, y lo que me estaba diciendo era: has fingido tan bien que hasta yo, que llevo una semana vigilándote, me lo he creído.
Y yo no había fingido.
Aquí es donde tengo que contar la parte que no me gusta.
Yo tenía delante a un hombre de setenta y cinco años que acababa de decirme que se rendía. Que llevaba cinco días haciendo cosas raras, feas, de las que no tienen defensa, para impedir una boda, y que lo había dejado porque había visto a su hijo besar a una mujer y le había parecido de verdad.
Y lo que yo pensé, lo primero, en el primer segundo, fue: entonces ya no hay peligro.
No pensé pobre hombre. No pensé qué le ha pasado a mi padre para hacer esto. Pensé: se ha parado, ya no va a hablar, tengo hasta el sábado.
Ese fue mi primer pensamiento y lo he tenido guardado desde entonces.
Mi padre se fue hasta el fondo de la barra, hasta el tabique, y de la chaqueta que llevaba, que en agosto y a las diez de la mañana no hacía ninguna falta, sacó un sobre de plástico de los de las farmacias, transparente, con un papel doblado dentro.
Lo dejó en la barra y lo empujó hacia mí.
—Toma.
—¿Qué es?
—Léelo tú.
Lo saqué del plástico con las dos manos, porque pesaba lo que pesa un papel de cuarenta años y porque en mi casa las cosas de papel se cogen así.
Era una póliza. Papel de barba, timbre del Estado, tipografía de máquina de escribir con las letras saltadas y la o del importe medio picada, y en la cabecera el nombre de una caja de ahorros que ya no existe y de la que todavía queda el rótulo en una fachada de Alzira.
Póliza de préstamo mercantil. El prestatario era Vicent Salvat Marco.
El importe estaba escrito con letra y con número.
Había un aval, y el avalista era mi abuelo, Nicolau Salvat, con una firma temblona.
Y estaba la finalidad, escrita a mano en una línea que dejaron en blanco para eso: adquisición de la parte indivisa del establecimiento sito en Plaza Mayor, 3.
Y arriba a la derecha, la fecha.
Un jueves de junio de 1986.
La miré. Miré el importe, que en pesetas no me dice nada y que tuve que convertir después con el móvil, y era mucho dinero para un hombre de veinticinco años en un pueblo de la Ribera en 1986. Miré la firma de mi abuelo. Miré la fecha otra vez.
Y no supe qué hacer con ella.
La leí tres veces. Un préstamo mercantil no tiene misterio: hay un señor que pide, un señor que avala, una cantidad, un plazo y una finalidad. Lo raro no era ninguna de esas cinco cosas.
Lo raro era que existiera.
Porque en la versión que yo he oído toda mi vida, y que él mismo me contó el domingo delante de esa misma pared, mi padre se quedó en Beniflor porque tenía un padre enfermo arriba y medio café abajo. Se quedó. Y un hombre que se queda no hace nada: sigue donde está.
Comprar la parte indivisa de un establecimiento no es quedarse.
Es comprar.
Esa es la verdad y es lo que más rabia me da de aquella mañana. Yo tenía en la mano un papel del que después ha dependido todo, y lo que hice fue mirar la fecha y pensar: junio.
Junio del ochenta y seis. Dos meses antes de las fiestas.
No sabía cuándo le había dicho Amparo Ribes lo de Valencia. Nunca se lo había preguntado a nadie, porque en esta casa la historia se cuenta sin fechas: ella se fue, él se quedó. Cuarenta años sin una fecha.
—Papá, ¿esto qué es?
—Eso es lo que firmé.
—Ya veo lo que firmaste. Te pregunto por qué me lo das ahora. Llevo treinta y siete años aquí, papá. Has tenido treinta y siete años.
—Ja.
—¿Y por qué hoy?
—Perquè hui te'l pots creure.
Mi padre estaba mirando la moldura partida de la parte de arriba del tabique.
—Porque tú te crees que te lo estás inventando —dijo.
—¿El qué?
—Todo esto. —Movió la mano, y con la mano abarcó la barra, el tabique, el bar, y creo que también los diez días—. Tú te crees que a ti te está pasando una cosa nueva.
Y ahí se me quitaron las ganas de tener razón, y no me han vuelto en toda mi vida con la misma fuerza.
Porque yo llevaba cinco días con una lista de seis puntos, y una partitura escondida en un cajón de herramientas, y una mujer durmiendo a ocho metros de mí a la que no le contaba nada, y estaba absolutamente convencido de que todo eso lo hacía porque era lo más sensato y porque ya lo explicaría después.
El hombre que tenía delante había hecho exactamente lo mismo en el año ochenta y seis, con un papel timbrado en la mano, y había tardado cuarenta años en enseñárselo a alguien.
—¿Tú se lo has enseñado a alguien? —dije.
—No.
—¿En cuarenta años?
—En cuarenta años.
—¿Ni a mamá?
Mi padre se quedó quieto un momento con la mano en el borde de la barra.
—A tu madre le dije que había un préstamo —dijo—. No le enseñé el papel.
Siguió, y esto lo dijo más deprisa que nada de lo que había dicho aquella mañana, como quien se quita una cosa de encima antes de arrepentirse:
—Tu madre fue muy buena conmigo, Nicolás. Y yo con ella. Veintitrés años. No quiero que te pienses otra cosa.
—No me pienso nada.
—Pues eso.
—Guárdatelo —dijo—. No se lo enseñes a nadie todavía.
—¿Por qué no?
Mi padre cogió las dos tazas, las llevó al fregadero de detrás de la barra y las dejó boca abajo, que es una cosa que hace él y que hago yo, y desde allí, de espaldas, dijo:
—Perquè encara no ho entens.
Me quedé en el bar solo, con el sobre de plástico en la mano y la luz de la barra encendida a las diez y media de la mañana.
Y sí que entendía una cosa, y era la peor.
Que mi padre me acababa de dar un papel diciéndome que no se lo enseñara a nadie.
Eso es lo que le hice yo a Alba con la partitura el domingo por la noche, y con el rollo el viernes, y con la tijera el sábado. Lo único que había cambiado en aquella barra es que ahora yo era el que recibía.
Doblé el sobre de plástico y me lo metí en el bolsillo de atrás del pantalón, donde llevaba el papel de estraza desde el jueves.
Se tocaban.