Guerra de familia, amor de generación 18. Seiscientas ochenta y siete
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18. Seiscientas ochenta y siete

Seiscientas ochenta y siete

Sostuve la sonrisa cuarenta segundos más de los que hacía falta.

Es un defecto profesional. Cuando termina una reunión mala yo sigo sonriendo hasta que la última persona sale de la sala, y después me quedo sola y hago la lista. Aquella noche la última persona no salía nunca, porque la última persona eran cuatrocientas y estaban en mi plaza felicitándonos.

Me felicitó Ximo Blasco. Me felicitó Rosa Marí. Me felicitó una señora que no conozco y que me cogió la cara con las dos manos. Me felicitó mi madre, que no dijo nada del beso y me apretó el brazo por encima del codo con una fuerza que me dejó marca hasta el miércoles.

Me felicitó Joan Borràs, que había bajado del ayuntamiento en zapatillas.

—Muy bien —dijo—. Muy bien todo. Y muy bien lo del beso.

—Gracias, Joan.

—Que quede claro que a mí eso no me hace falta. Pero muy bien.

A las diez y treinta y cinco me metí en el obrador con el móvil y cerré la puerta del pasillo.

Seiscientas ochenta y siete.

Ese es el número y no lo voy a repetir, porque durante los cuatro días siguientes lo dije en voz alta unas cincuenta veces y todavía hoy, cuando lo oigo, se me cierra algo.

Lo vi por primera vez en el móvil de Kevin, que fue el primero en mirarlo porque tiene diecinueve años y esa gente mira, y después en el mío, y después en el de Puri, y en los tres decía lo mismo.

Seiscientas ochenta y siete reservas pagadas en cuarenta y dos minutos, a doce euros la unidad, de personas con nombre y apellidos y correo electrónico y dirección de entrega, la mayoría de la comarca y unas ochenta de fuera.

Bajé la lista y la miré por encima, y hay una cosa que me llevé de esos primeros dos minutos y que no se me ha ido nunca: no eran anónimos.

Vicenta Server Alcaraz. 2 unidades. José Ramón Peris Lloret. 1 unidad. María Amparo Císcar. 6 unidades.

Yo he trabajado en operaciones donde hay treinta mil clientes finales y son una casilla de una hoja de cálculo.

Aquella noche eran seiscientas ochenta y siete personas con dos apellidos, y las tres primeras que leí tenían apellidos de aquí, y a la segunda la conozco: es la madre de una que iba conmigo a la escuela.

Me senté en la silla del despacho de Nicolás, que es la única silla del obrador, con el cajón cerrado a diez centímetros de mi rodilla, y abrí la libreta de las notas del móvil, y escribí una lista de cinco puntos.

Uno. No hay licencia. Los dos folios siguen encima de la barra del Cafè Ribes, debajo del bote de los palillos, sin una sola firma.

Es el punto que lo bloquea todo y es el único de los cinco que no depende de mí: yo puedo redactar, corregir, congelar y devolver.

Lo que no puedo es firmar por dos personas.

Y a la lista le falta lo primero de todo, que es que la corona que se vendió anoche no existe. Existen dos bases horneadas el lunes por la tarde y una acabada delante de una cámara, y esa se la comió la plaza.

Dos. No hay etiquetado. Un producto que se vende a distancia lleva etiqueta, y la etiqueta lleva ingredientes, alérgenos, peso neto, lote, fecha de consumo preferente y el domicilio del operador.

Nosotros no teníamos nada de eso. Nosotros teníamos una corona de almendra , que es uno de los catorce alérgenos de declaración obligatoria en Europa, vendida por internet, con una fotografía de una tarta rota.

Tres. No hay empresa. La sociedad no está constituida. Quien ha cobrado es la comisión de fiestas de Beniflor, que es una asociación sin ánimo de lucro que este año tenía previsto vender dulces en un puesto y cuya tesorera es una señora de sesenta y siete años.

Cuatro. No hay facturación conjunta. Mientras la sociedad no exista, el Cafè Ribes factura por su lado y el Forn Salvat por el suyo, y la corona necesita las dos manos. Cada unidad que salga de ese obrador con naranja de mi madre dentro es un problema contable antes de ser un dulce.

Cuatro y medio, que no es un punto de la lista pero lo apunté al margen: si el Cafè Ribes pone la naranja y el Forn Salvat pone todo lo demás, y la caja lleva un solo nombre, uno de los dos está poniendo producto en el mercado a nombre de otro.

Eso, en regulación alimentaria, no es un detalle contable.

Es el operador responsable, que es la casilla por la que empiezan todas las inspecciones del mundo.

Cinco. Hay derecho de desistimiento. Catorce días naturales. Cualquiera de esas personas puede pedir su dinero y no tiene que explicar por qué. En una venta a distancia el cliente puede arrepentirse; nosotros no.

Y hay una sexta que no puse en la lista porque no es jurídica, y es que lo del sábado ya no era una entrega. Era una cita.

Cerré la libreta.

Yo me dedico a esto. Llevo once años dedicándome exactamente a esto: a leer lo que ha hecho otro y a decirle en qué se ha metido. Y aquella noche, sentada en la única silla de un obrador, tuve la sensación muy concreta de estar leyendo un expediente mío.

Antes de eso hice una cosa que no le he contado a nadie: llamé a Elvira Sanchis a las diez y cuarenta de la noche de un lunes.

No lo cogió. Elvira Sanchis coge el teléfono siempre menos una vez, y aquella fue la vez.

Y cuando colgué sin dejar mensaje me di cuenta de que no sabía qué iba a decirle. Que había vendido setecientos dulces sin empresa. Que lo había hecho yo. Que llevo once años cobrando por evitarle esto exactamente a otra gente.

Marisa llegó a las once menos veinte. La había llamado Nicolás.

Vino en zapatillas, con una chaqueta de punto encima del pijama y el pelo recogido con una pinza, y no dijo ni buenas noches. Se puso delante de la mesa de mármol, se apoyó con las dos manos y dijo:

—Dime el número.

Se lo dije.

Marisa se quedó mirando el mármol unos segundos.

—¿Pagadas?

—Pagadas.

—¿Con dinero?

—Con dinero.

Cogió el bolígrafo del bote de las brochetas y empezó a escribir en el papel de horno.

—Una corona son cuarenta minutos de horno y el horno grande coge cuatro.

—Escribió—. Con la primera hornada a las cinco y el cierre a las nueve de la noche, y sin parar, y sin hacer nada más, salen ciento cuarenta al día.

Ciento cuarenta si no hacemos pan, ni coques, ni pastissets, ni el pedido de la comisión, ni el catering del sábado.

—¿Y haciendo lo demás?

—Cuarenta. Cincuenta, si empiezo a las cuatro.

—¿Y con dos turnos?

—Con dos turnos necesito seis personas más que sepan trabajar, y de esas seis en Beniflor hay dos y están en Cullera.

—¿Y comprando fuera?

Marisa dejó el bolígrafo encima del papel de horno.

—Alba, tú lo que me estás preguntando es si compramos coronas hechas por otro y las metemos en una caja que pone Beniflor.

—Te estoy preguntando qué se puede hacer.

—Pues eso se puede hacer. —Volvió a coger el bolígrafo—. Y si lo hacemos, yo el sábado no estoy.

—Marisa.

—Marisa, faltan cuatro días.

—Faltan cuatro días y en esos cuatro días hay fiestas —dijo—. El miércoles tenemos el pasacalle, el jueves la ermita, el viernes la discomóvil y el sábado tu boda. Esta semana yo no tengo cuatro días, tengo cuatro días de agosto en un pueblo con fiestas, que son los cuatro peores días del año.

Levantó el bolígrafo.

—Y hay otra cosa.

—Dime.

—Que la mitad de la corona la hace tu madre.

Y ahí está el resumen entero de mi semana, escrito en un papel de horno por una mujer en pijama a las once menos veinte de la noche.

Yo no sé lo que cabe en un horno y aquella noche tampoco lo aprendí.

Lo que entendí, sentada en la única silla de aquel obrador, fue lo que Marisa acababa de escribir en un papel de horno: que con ese horno no se llegaba, y que aunque se llegara no se podía, porque la naranja confitada está en la trastienda de un local que tiene otro CIF y cuya propietaria no ha firmado un papel de dos folios que dice que aquello lo hicieron entre los dos.

—¿Y si lo hacemos en los dos hornos? —dije.

Marisa me miró por primera vez desde que había entrado.

—El horno de tu madre es de bar —dijo—. Ahí caben ocho magdalenas.

—¿Y alquilar uno?

—En agosto, en esta comarca, no hay un horno libre. Y si lo hubiera, no tiene registro para lo tuyo.

—¿Y el de Alzira? El de la cooperativa.

Marisa dejó el bolígrafo y me miró con una paciencia que no me merecía.

—Alba. Tú lo que necesitas no es un horno. Tú lo que necesitas es que dos personas firmen un papel de dos folios. Y eso yo no te lo puedo hornear.

Candela llegó a las once y cuarto y se puso a coger el teléfono.

Esto lo tengo que explicar porque me parece la cosa más de este pueblo que pasó en toda la semana.

En la página de reservas no había teléfono de contacto, porque la hizo la comisión en veinte minutos y nadie puso un teléfono.

Así que la gente hizo lo que hace la gente: buscó en internet «Beniflor flores» y llamó a la floristería, que es el único negocio del pueblo con la ficha bien puesta.

Mi prima cogió cuarenta y una llamadas entre las once y cuarto y la una y media de la madrugada. Todas para preguntar por un dulce.

Y las cogió sentada en un taburete de su propio taller, a las doce de la noche, con los ramilletes de mi boda a medio hacer detrás y cien alfileres pinchados en la espuma, y no dijo ni una vez que aquello no fuera su trabajo.

A la llamada quince le puso el manos libres y siguió montando.

A la veinte le pedí perdón.

—Ahora no —dijo, y descolgó otra vez.

Contestaba lo mismo a todas, con una eficacia que a mí me habría llevado un curso de formación:

—Sí, señora. Está confirmada. El sábado le llega un correo. No, no hace falta que llame otra vez. De nada.

A la una y diez, entre llamada y llamada, me dijo:

—Alba.

—Qué.

—¿Tú te has parado a pensar que la gente está contenta?

—¿Contenta?

—Contenta. —Se señaló el teléfono—. Llevo dos horas hablando con gente contenta. Hay una señora de Alberic que ha comprado seis para llevarlas a una comunión. Hay uno que quiere que se la firméis.

—Que se la firmemos.

—La caja. Que le firméis la caja.

Y ese fue el momento en el que entendí lo que teníamos.

No teníamos un problema de producción. Los problemas de producción se resuelven con dinero, con gente y con hornos. Lo que teníamos eran seiscientas ochenta y siete personas contentas, y una persona contenta que se enfada es la cosa más rápida que existe.

Y hay otra cosa que Candela me dijo aquella noche, entre la llamada treinta y la treinta y uno, y que no me pareció importante hasta el sábado.

—Ha llamado una del Ayuntamiento de Alzira preguntando si esto lo lleva la comisión de fiestas o una empresa.

—¿Y qué le has dicho?

—Que yo soy la floristería.

Y hubo una llamada, la treinta y siete, que cogí yo, porque Candela estaba en el baño y sonó y lo cogí sin pensar.

Era un señor de Sueca. Quería saber si la corona llevaba azúcar, porque su mujer es diabética.

Le dije que sí, que lleva azúcar y que lleva bastante.

—Ah —dijo—. Pues nada. La pediré igual y me la como yo.

Y se rió, y me dio las gracias, y colgó.

Yo me quedé con el teléfono de mi prima en la mano en mitad de una floristería a las doce y media de la noche, después de haber tenido la primera conversación honrada del día con un señor de Sueca al que le acababa de vender un dulce que no existe.

A la una y veinte, Candela colgó la cuarenta y una, dejó el teléfono boca abajo y dijo:

—¿Y si sale bien?

—¿El qué?

—Esto. —Señaló el móvil—. Si el sábado se entregan las seiscientas, con vuestros dos apellidos en la caja, delante del pueblo.

—Candela, no se van a entregar.

—Ya lo sé. Te lo digo por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

Mi prima se levantó y empezó a apagar luces.

—Por si acaso lo estás intentando de verdad y todavía no te has enterado.

Congelé a la una y cuarenta.

No fue heroico y no lo arregló nadie por teléfono. Y congelar no es apagar. Apagar es quitar la página, y quitar la página a las dos de la mañana, en un pueblo, es confesar.

Le escribí a Puri, que estaba despierta, y le pedí las claves de la página. Me las mandó en cuatro minutos, escritas a mano en una foto de una libreta, que es la manera en que Puri Albiol guarda las contraseñas de Beniflor.

Quité el botón. Dejé la página. Puse arriba, en letra grande: Reservas cerradas. Estamos preparando los pedidos. Que es verdad, más o menos, y que no promete nada nuevo.

Después le escribí a Elvira Sanchis a la una y cincuenta de la madrugada, sabiendo que no lo iba a leer hasta las siete, tres líneas: que la comisión de fiestas no gastara un euro de esa cuenta, que necesitábamos un acuerdo de intermediación por escrito antes del jueves, y que si el jueves a mediodía no había dos firmas al pie de dos folios, había que devolver ocho mil doscientos cuarenta y cuatro euros a seiscientas ochenta y siete personas de esta comarca.

Y me quedé en la única silla de un obrador a las dos menos cinco de la madrugada de un lunes, con un anillo puesto que no me correspondía, la boca todavía rara y una deuda de ocho mil euros contraída por mí en cuarenta y dos minutos.

Y hay una última cosa de esa noche que no cabe en ninguna lista.

Yo había besado a Nicolás Salvat delante de cuatrocientas personas y de una cámara, y en algún punto de aquellos siete segundos había dejado de ser un problema de comunicación y había pasado a ser otra cosa. Y en las tres horas siguientes no lo pensé ni una vez.

Ni una. Estuve tres horas haciendo listas, llamando, contando hornadas, redactando correos y calculando devoluciones, y no me acordé.

Eso también es una manera de contestar.

Nicolás estaba en la puerta del pasillo. No sé cuánto llevaba.

—¿Subes? —dijo.

—Ahora.

—Vale.

Y ninguno de los dos dijo nada de lo otro, y subimos los catorce escalones separados por metro y medio, y aquella noche él tardó cuarenta minutos en abrir el sofá.