Capítulo 9
El día siguiente no trajo urgencias, pero sí desgaste.
Ese era el tipo de jornada que más cansaba: llamadas que no decían nada, informes que parecían escritos para ocupar espacio, reuniones breves que no resolvían nada. El equipo se movía como siempre, pero la energía era distinta. Menos expectativa, más atención.
—Empiezo a sospechar que el tipo nos dejó de mirar —dijo Thomas, revisando una lista—. Y eso no me tranquiliza.
—Nadie deja de mirar de golpe —respondió Carol—. Solo cambia de lugar.
Victor cerró un archivo con más fuerza de la necesaria.
—Si cambia otra vez el horario, voy a empezar a pensar que lo hace solo para molestarme.
—Eso implicaría que piensa en ti —respondió Thomas—. No lo veo tan interesado.
King los observaba desde su escritorio. No intervenía. Le gustaba verlos hablar sin tensión, sin necesidad de marcar territorio. Eso era nuevo. Y útil.
Salieron a media tarde. No seguimiento formal. Solo presencia. Caminar las calles donde nada parecía ocurrir. Ese trabajo invisible que casi nadie entiende.
El barrio estaba más vivo de lo habitual. Niños jugando en la acera, música saliendo de ventanas abiertas, discusiones domésticas que se apagaban rápido. La normalidad era casi agresiva.
—Este lugar siempre me desconcierta —dijo Victor—. Todo parece estable hasta que deja de serlo.
—Así funcionan la mayoría de las cosas —respondió Carol—. Incluidos nosotros.
Thomas se detuvo frente a un escaparate.
—Míranos —dijo—. Parecemos cuatro personas normales.
—Eso es ofensivo —replicó Victor.
El comentario arrancó una sonrisa breve. Pequeña. Necesaria.
El hombre apareció más tarde de lo esperado. Caminaba sin prisa, pero con una atención distinta. No miraba esquinas. Miraba reflejos. Vidrios, autos, ventanas.
—Aprendió —murmuró Carol.
—O le enseñaron —añadió King.
El seguimiento fue corto. El hombre entró en un edificio residencial. No salió.
—¿Entramos? —preguntó Thomas.
King negó con la cabeza.
—No hoy.
—¿Por qué? —insistió Victor.
—Porque hoy no sabemos qué haríamos si entramos —respondió—. Y eso es suficiente razón para no hacerlo.
Se quedaron un momento más. Nada ocurrió.
De regreso, el cansancio se volvió más evidente. No físico, sino esa fatiga que se instala cuando el trabajo exige paciencia constante.
—Echo de menos cuando todo era torpeza —dijo Thomas—. Al menos entonces sabíamos cuándo habíamos metido la pata.
—Ahora metemos la pata en silencio —respondió Victor—. Es más elegante.
Carol miró por la ventana.
—Y más peligroso.
Al llegar a la oficina, cada uno se quedó un poco más de lo habitual. No por obligación. Por costumbre recién adquirida. Revisaron notas, tacharon hipótesis, dejaron preguntas abiertas.
King fue el último en hablar.
—Mañana cambiamos algo —dijo—. Pequeño. Sutil.
—¿Qué cosa? —preguntó Thomas.
—Nuestra presencia —respondió—. Si alguien nos está midiendo, que vuelva a hacerlo desde cero.
Carol asintió.
—Eso va a generar reacción.
—Eso es lo que buscamos —dijo King.
Se fueron sin decir más.
Esa noche, ninguno durmió del todo bien. No por miedo, sino por anticipación. Esa sensación incómoda de estar a punto de cruzar una línea invisible.
El equipo no lo sabía aún, pero el juego estaba a punto de cambiar.
Y cuando lo hiciera, ya no bastaría con observar.