GUERRA A LA DROGAS 3 Capítulo 8
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Capítulo 8

La noche terminó en un bar que ninguno habría elegido en otro contexto. No era una celebración ni una costumbre. Fue una decisión práctica: estaban cerca, tenían hambre y el cuerpo todavía no había soltado del todo la tensión.

El lugar olía a grasa vieja y café quemado. Una televisión colgada demasiado alto transmitía un partido que nadie miraba. Se sentaron en una mesa del fondo, sin quitarse las chaquetas.

—Este sitio parece detenido en el tiempo —dijo Victor, observando el entorno—. Como un archivo que nadie cerró bien.

—Mientras no intenten robarnos aquí dentro —respondió Thomas—, me sirve.

Carol pidió café. Negro. Sin azúcar. King pidió lo mismo. El camarero los miró con una mezcla de desconfianza y resignación.

—Hoy no tengo nada fuerte —dijo.

—Perfecto —respondió King—. Nosotros tampoco.

Se quedaron en silencio unos segundos. No incómodo. El tipo de silencio que aparece cuando ya no hace falta llenar los huecos.

—Lo de antes fue desordenado —dijo Carol al fin—. Pero reaccionamos bien.

—Eso es lo que más me preocupa —respondió Thomas—. Antes reaccionábamos mal y lo sabíamos. Ahora lo hacemos bien y empezamos a confiar en eso.

Victor sonrió apenas.

—Bienvenido a la adultez funcional.

King observaba el vapor que subía de la taza.

—No fue el tipo —dijo—. Fue el momento.

—¿A qué te refieres? —preguntó Carol.

—A que ocurrió cuando no estábamos buscando nada —respondió—. Cuando el trabajo se estaba volviendo… cómodo.

Thomas soltó una risa breve.

—No sabía que esta vida permitía comodidad.

—La permite —dijo King—. Y ahí es donde se equivoca uno.

El camarero dejó los cafés sin decir nada. Se fue rápido, como si intuyera que no era buena idea quedarse escuchando.

Victor tomó un sorbo y frunció el ceño.

—Esto sabe a castigo.

—Te lo mereces —respondió Thomas—. Por quejarte tanto del sistema.

Carol los observó, apoyando el codo en la mesa.

—Hace un año —dijo—, no estaríamos aquí sentados así.

—Hace un año —replicó Thomas—, yo estaría preguntando si esto cuenta como gasto reembolsable.

King levantó la vista.

—Hace un año, no habríamos ido juntos a ningún sitio después de algo así.

Nadie lo contradijo.

Había algo nuevo en esa mesa. No confianza ciega ni camaradería forzada. Era más simple. Sabían qué esperar unos de otros. Eso cambiaba todo.

—¿Creen que lo de hoy tenga que ver con nuestro caso? —preguntó Victor.

—No directamente —respondió Carol—. Pero ocurre en el mismo espacio. Y eso nunca es casual.

Thomas se recostó en la silla.

—Entonces alguien está ensuciando el tablero.

—O probando qué tan atentos estamos —añadió King.

Pagaron y salieron. El aire frío ayudó a despejar la cabeza. Caminaron un tramo juntos antes de separarse.

—Mañana seguimos —dijo King—. Sin forzar nada.

—Como siempre —respondió Carol.

—Como ahora —corrigió Thomas.

Se despidieron sin formalidades. Cada uno tomó su rumbo, pero con la sensación compartida de que algo se estaba acomodando entre ellos. No como equipo operativo, eso ya estaba claro. Como personas que habían empezado a confiar más allá del protocolo.

La ciudad seguía igual. Ruidosa, indiferente. Pero para ellos, esa noche había hecho algo distinto: había puesto una grieta en la rutina.

Y por esa grieta, tarde o temprano, algo iba a entrar.