13
MARA
El amanecer llega demasiado rápido y demasiado lento a la vez.
Gabe se mueve por el refugio en la penumbra gris previa al alba, revisando armas y equipo con precisión metódica.
Cada movimiento es deliberado: cargador revisado, recámara despejada, miras verificadas.
Sarah lo imita al otro lado de la habitación con los mismos gestos económicos, el mismo ritmo táctico.
Se mueven como hermanos aunque Gabe no lo recuerde del todo.
El parecido está ahí en pequeños detalles: la posición de los hombros, la forma en que ambos inclinan ligeramente la cabeza cuando se concentran.
Rhett y Colton se fueron hace tres horas, fantasmas que se desvanecieron en la oscuridad.
A estas alturas están a medio camino de Anchorage, en una carrera contra el horario de apertura de los bancos y cualquier vigilancia que Crane tenga sobre las instituciones financieras.
Alex sigue ahí fuera, en algún lugar del frío previo al amanecer, invisible en su puesto de observación con equipo de vigilancia y comunicaciones.
No lo he visto desde que llegaron, lo cual, según Sarah, es precisamente la idea.
—No tienes que venir —dice Gabe sin mirarme, con las manos firmes mientras se ajusta un cuchillo al cinturón.
—Ya hemos hablado de esto.
—Mara…
—He dicho que no —mi rifle está apoyado contra la pared: el viejo rifle de caza de mi abuela, guardado en el refugio todos estos años.
La culata de madera está desgastada y suave por décadas de uso, primero por sus manos, ahora por las mías—.
Vas directo a una trampa. Necesitas a alguien cubriéndote las espaldas que no sea el objetivo principal de Crane.
Sarah levanta la vista de su tableta, con imágenes satelitales de Grotto Falls brillando en la pantalla.
—Tiene razón. Crane nos espera a ti y a mí. No contará con una tercera tiradora. No la habrá previsto.
Gabe aprieta la mandíbula. Puedo verlo repasando escenarios, calculando riesgos, buscando un argumento que me mantenga aquí a salvo. Pero ambos sabemos que la lógica es sólida, aunque le fastidie.
El teléfono satelital vibra, estridente en el silencio del refugio. La voz de Zeke crepita al otro lado, ronca por el agotamiento.
—Caleb está en la cresta con un rifle de caza. No pude detenerlo. Dice que si la gente de Crane está en su montaña, puede cazarlos.
—Dile que se mantenga oculto —ordena Sarah con voz de mando—. Ningún disparo a menos que sea absolutamente necesario. Necesitamos que Crane se concentre en las cataratas, no que ande buscando francotiradores en los flancos.
—Entendido. Nate tiene cubierto el acceso sur con su camioneta de Pesca y Caza; no llama la atención en la zona. Y tengo agentes apostados en la carretera principal fingiendo controles de velocidad. Si Crane intenta traer refuerzos, lo sabremos antes de que lleguen al desvío.
—Bien. Mantén los canales abiertos, pero silencio de radio a menos que sea crítico.
Cuando cuelga, el refugio queda demasiado silencioso. Afuera, el mundo contiene la respiración, a la espera de la violencia que traerá la mañana. Oigo cómo el viejo edificio se asienta a nuestro alrededor, el crujido de la madera y el susurro del viento colándose por las grietas entre los troncos.
—Cincuenta y una horas —digo mientras miro el teléfono. La cuenta atrás se ha convertido en un metrónomo en mi cabeza, marcando el tiempo hasta el plazo de Crane.
—Llegar pronto es bueno —Gabe se echa la mochila al hombro; el peso se acomoda con familiaridad sobre su espalda—.
Crane nos espera desesperados, improvisando, cometiendo errores.
Si nos presentamos según nuestras condiciones, le desbaratamos el plan.
Le obligamos a reaccionar en lugar de controlar.
Sarah asiente y cierra la tableta.
—Ventaja psicológica. Pequeña, pero nos la quedamos. Cada ventaja cuenta.
Salimos cuando la primera luz toca los picos; el cielo pasa del negro al púrpura intenso y luego al gris pálido.
La escarcha cubre la camioneta con patrones delicados, como encaje hecho de hielo.
Me pongo al volante —decisión de Sarah—, ya que ella y Gabe necesitan tener las manos libres para responder si nos atacan en el camino.
El motor arranca con dificultad, protestando por el frío antes de asentarse en un ronroneo constante.
La carretera a Grotto Falls serpentea entre denso bosque, estrecha y traicionera incluso en buenas condiciones.
La nieve fresca de anoche cubre cualquier huella, dejando el mundo convertido en un lienzo blanco e inmaculado.
Hermoso, si no estuviéramos conduciendo hacia un enfrentamiento que podría acabar con todos nosotros muertos.
Las ramas de los pinos cuelgan cargadas de nieve y de vez en cuando descargan su peso sobre el parabrisas.
—Vehículo detrás de nosotros —la voz de Sarah suena calmada, objetiva—. A doscientos metros. SUV negro, siguiéndonos el paso.
—¿Gente de Crane? —mis manos se tensan en el volante antes de que me obligue a relajarlas.
—Probablemente. No cambies de velocidad. Actúa como si no los viéramos —observa por el espejo lateral; su reflejo muestra evaluación profesional, no miedo.
Mantengo las manos firmes en el volante aunque el corazón me golpea en el pecho. Esto es real. Está pasando de verdad. Asesinos profesionales nos siguen montaña arriba para vernos reunirnos con más asesinos profesionales. Lo absurdo de la situación casi me hace reír.
—Mantienen la distancia —observa Gabe desde el asiento trasero, con la misma calma en la voz que Sarah—. Vigilancia profesional. Nos seguirán hasta las cataratas, informarán de nuestra llegada, luego se retirarán y dejarán que el equipo principal de Crane se encargue del enfrentamiento real.
—A menos que decidan atacarnos en la carretera —señalo.
—No lo harán. Demasiada exposición, demasiadas variables. Crane quiere esto limpio y controlado. Una emboscada en una carretera pública deja demasiadas pruebas, demasiadas posibilidades de que salga mal.
La lógica tiene sentido, pero no me hace sentir mejor.
El SUV mantiene la distancia mientras ascendemos por las montañas, una sombra oscura en mi espejo retrovisor.
Las cataratas aparecen más adelante, una cascada congelada que cae por acantilados de granito alzándose como muros de catedral.
El aparcamiento está vacío salvo por un único vehículo: caro, negro, apenas visible bajo la nieve fresca que nadie ha pisado. Lleva aquí horas.
—Ya está aquí —dice Sarah en voz baja, más como afirmación que como pregunta.
Aparco en el extremo más alejado del aparcamiento y coloco la camioneta para una salida rápida, como Sarah me enseñó.
Morro hacia fuera, motor accesible, línea despejada hacia la carretera.
El SUV negro que nos seguía se detiene en la entrada, bloqueando la única salida con precisión deliberada.
Dos hombres bajan del vehículo con equipo táctico apenas disimulado bajo abrigos gruesos. Ni siquiera fingen ser excursionistas.
—Cuatro visibles —cuenta Gabe en voz baja mientras recorre con la mirada el aparcamiento y la línea de árboles—. Mínimo dos más que no podemos ver. Probablemente en terreno elevado con rifles, cubriendo los accesos.
—Caleb también está ahí arriba —le recuerdo; necesito decirlo en voz alta.
—Estamos igualados, entonces —pero su voz delata duda.
Sarah me busca la mirada en el espejo retrovisor, los ojos oscuros muy serios.
—Te quedas con la camioneta. Motor encendido. Si esto sale mal, arrancas y no miras atrás. ¿Entendido?
—Eso no va a pasar.
—Mara...
—Sé disparar. Mi abuela me enseñó cuando tenía doce años. Ciervos, alces, cualquier cosa que amenazara la propiedad.
Saco el rifle de detrás del asiento, con el peso familiar en las manos.
—Y no pienso quedarme aquí sentada mientras vosotros dos os metéis en lo que sea que Crane haya preparado. Necesitáis a alguien móvil, alguien que él no espere. Esa soy yo.
Intercambian miradas, una de esas comunicaciones silenciosas entre hermanos que no logro descifrar del todo. Entonces Sarah asiente una vez, más aceptación que aprobación.
—Mantente alejada de la zona de enfrentamiento principal. Solo eres respaldo de emergencia. Si empieza el tiroteo, te pones a cubierto y te quedas ahí a menos que te llamemos. ¿Entendido?
—Entendido.
Salimos al frío. El frío golpea de inmediato, agudo y limpio, ese tipo de frío que roba el aliento y hace doler la piel.
Mi aliento se condensa en el aire matutino, pequeñas nubes que se disipan al instante.
Todo parece hiperreal: el crujido de la nieve bajo las botas, el peso del rifle contra el hombro, cómo el sonido viaja de otra manera en el aire fino de la montaña.
Oigo los latidos de mi corazón, fuertes y rápidos.
Crane espera junto a las cataratas, de pie justo donde la visibilidad es mejor.
Incluso desde aquí puedo leer su lenguaje corporal: confiado, relajado, un hombre que cree controlar la situación por completo.
El cabello gris perfectamente peinado a pesar del frío.
Ropa de abrigo cara que cuesta más que mi camioneta.
El porte de un hombre que lleva décadas haciendo desaparecer gente sin sufrir consecuencias jamás.
Dos operativos lo flanquean, armas visibles pero sin levantar.
Profesionales. Controlados. A la espera.
Gabe avanza con pasos medidos, las manos sueltas a los costados.
Me muevo a la izquierda según lo planeado, usando las rocas como cobertura.
El granito es antiguo, desgastado, sólido.
Real. Me pego a él y siento el frío filtrarse a través de la chaqueta.
Sarah se desliza a la derecha, desapareciendo entre los árboles con apenas un sonido, invisible en segundos.
El triángulo táctico se forma de manera natural: tres puntos de cobertura, campos de tiro superpuestos. Entiendo la teoría aunque no tenga su entrenamiento.
—Gabriel.
La voz de Crane atraviesa el paisaje helado, cordial y agradable.