Guardián de Talon Mountain (Hombres de Talon Mountain nº 4) PRÓLOGO
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Guardián de Talon Mountain (Hombres de Talon Mountain nº 4)

Guardián de Talon Mountain (Hombres de Talon Mountain nº 4)

Por Delta James

© inepub.com

PRÓLOGO

MARA

Phoenix, Arizona

Hace tres años

El moretón en mi mejilla se ha desvanecido a un tono amarillo verdoso, apenas visible bajo el maquillaje, pero aún siento el punto exacto donde me golpeó el puño de Derek. Cuarta vez este mes. ¿O es la quinta? He dejado de llevar la cuenta.

—No vas a ponerte eso —la voz de Derek irrumpe en el baño mientras me preparo para ir al trabajo.

Está apoyado en el marco de la puerta, café en mano, con el aspecto de cualquier otro exitoso promotor inmobiliario empezando su jornada.

Guapo. Impecable. El tipo de hombre que mis amigas decían que era una suerte tener.

Miro mi blusa y mis pantalones. Profesional. Conservadora. Nada que pueda molestarle.

—¿Qué tiene de malo?

—La blusa te queda demasiado ajustada. ¿Intentas llamar la atención de los tíos de tu oficina?

La blusa no me queda ajustada. Es la misma que me he puesto docenas de veces. Pero he aprendido que la lógica no importa cuando Derek está de este humor.

—Me cambio.

—Eso harás —da un sorbo al café, observándome con esos ojos azules fríos que antes hacían que se me acelerara el corazón. Ahora solo consiguen que se me encoja el estómago—. ¿Y Mara? No me hagas esperar. Ya sabes lo que opino de llegar tarde.

Me pongo un suéter más holgado, con las manos temblándome mientras lo abotono.

Este es el patrón ahora: crítica constante, control cada vez mayor, violencia que llega en oleadas seguida de disculpas y promesas de que no volverá a pasar.

La semana pasada, lanzó un vaso que se hizo añicos a centímetros de mi cabeza.

Ayer, me agarró la muñeca con tanta fuerza que aún puedo ver los moretones con forma de dedos rodeándome el antebrazo.

Necesito irme. Sé que necesito irme. Pero Derek lo controla todo: las cuentas bancarias, el contrato de alquiler del apartamento, hasta mi línea de móvil. Y ha dejado claro lo que pasará si intento marcharme.

«¿Crees que puedes largarte así como así? Te encontraré. Siempre encuentro lo que me pertenece».

Esa noche, trabajo hasta tarde en la firma de contabilidad donde llevo dos años.

No porque quiera, sino porque estar lejos del apartamento significa unas horas más de paz.

Mi escritorio da al aparcamiento, y a través de la ventana veo el Mercedes de Derek aparcado bajo una farola.

Está esperándome. Vigilándome. Asegurándose de que realmente estoy aquí y no en algún lugar donde no debería estar.

Mi teléfono vibra con un mensaje: No creas que no sé que me estás evitando. Mueve el culo y ven a casa. Ya.

Recojo mis cosas con manos que no dejan de temblar.

Esta es mi vida ahora: miedo constante, andando con pies de plomo, preguntándome con qué versión de Derek me encontraré al cruzar la puerta.

¿El encantador que trae flores y me lleva a restaurantes caros?

¿O el monstruo que me acorrala en la cocina y me dice que no valgo nada, que soy estúpida, que tengo suerte de que se moleste con alguien tan patética como yo?

El aparcamiento está a oscuras salvo por algunas luces dispersas. El coche de Derek ya no está, pero sé que ya está en casa, esperando. Abro mi coche y me deslizo tras el volante, y es entonces cuando veo el sobre en el asiento del copiloto.

Se me hiela la sangre. Estuvo en mi coche. Tiene una llave de mi coche.

Con manos temblorosas, abro el sobre. Dentro hay una sola fotografía: yo, saliendo de una cafetería a la hora del almuerzo, hablando con un compañero de trabajo. Cruzando la imagen, Derek ha escrito con rotulador rojo: ¿Quién es él?

En ese momento lo tengo claro. Tengo que irme esta noche. No la próxima semana, no cuando haya ahorrado suficiente dinero, no cuando tenga un plan mejor. Esta noche. Porque la próxima vez, Derek podría no quedarse solo en los moretones.

Conduzco a casa en piloto automático, con la mente repasando posibilidades.

Tengo poco más de mil dólares en efectivo escondidos en una caja de tampones bajo el lavabo del baño: dinero que he ido guardando de cincuenta en cincuenta cada vez que podía.

No es mucho, pero es algo. Mi amiga Suzanne, en Tucson, me debe un favor. Si consigo llegar hasta allí...

Derek está esperando en el salón cuando entro. El apartamento está demasiado silencioso.

—¿Quién es él? —su voz suena calmada, lo que de algún modo es peor que cuando grita.

—Mi compañero de trabajo. Estábamos comentando el expediente de un cliente.

—Estás mintiendo —se pone de pie, y lo veo transformarse de hombre a monstruo en un abrir y cerrar de ojos—. ¿Crees que soy estúpido? ¿Crees que no veo cómo miras a otros hombres?

—Derek, yo no estoy...

El revés llega tan rápido que no tengo tiempo de esquivarlo. El dolor me estalla en la cara y saboreo sangre. Luego sus manos están en mi garganta, estampándome contra la pared, y no puedo respirar, no puedo pensar, solo puedo arañarle las muñecas mientras manchas negras bailan ante mis ojos.

—Eres mía —sisea, con la cara a centímetros de la mía—. Mía. Dilo.

No puedo decir nada. No puedo respirar. El mundo se oscurece.

Me suelta de golpe y me desplomo en el suelo, jadeando y tosiendo.

—Límpiate —dice, con voz fría y plana—. Estás patética.

Va al dormitorio y cierra la puerta.

Me quedo en el suelo durante lo que parecen horas, pero probablemente son solo minutos. Sigo diciéndome que necesito estar más preparada, pero esta noche me doy cuenta de que si me quedo, puede que no viva para ver otro día.

Espero hasta que oigo la respiración acompasada de Derek a través de la puerta cerrada del dormitorio.

Luego me muevo con precisión silenciosa, cogiendo solo lo que puedo cargar: el efectivo de debajo del lavabo y mi escondite con el collar de la brújula de mi abuela, dos mudas de ropa, mi carnet de conducir y mi tarjeta de la Seguridad Social.

Todo lo demás —mis fotos, mis libros, la vida que construí aquí— lo dejo atrás.

En la cocina, escribo una nota en la pizarra donde nos dejamos mensajes: Me he ido a casa de mi hermana. Necesito espacio para pensar.

No tengo hermana. Pero Derek no lo sabe, y eso podría darme unas horas de ventaja antes de que empiece a buscarme.

La noche de Phoenix es cálida mientras salgo por la puerta trasera y camino tres manzanas hasta donde dejé el coche antes, aparcado lejos del apartamento por si necesitaba salir corriendo. Lista, me digo. Fui lista.

Conduzco hacia el sur sin más plan que poner distancia entre Derek y yo. Tucson. Quizá California. Algún lugar donde no pueda encontrarme.

Estoy a sesenta y cinco kilómetros de Phoenix cuando paro en un área de descanso para tomar un respiro.

Entonces me fijo en el sobre que llevo en el bolso: el que me dio el empleado de correos ayer y que guardé sin más y olvidé por completo.

Tiene pinta de ser oficial, reenviado desde mi antigua dirección.

Dentro hay una carta de un abogado de Anchorage, Alaska.

Estimada Srta. Bennett:

Lamentamos comunicarle el fallecimiento de su abuela, Eleanor Bennett.

En calidad de albacea de su patrimonio, le escribo para informarle de que ha sido designada única beneficiaria de sus bienes, entre los que se incluye un pabellón de caza situado en las afueras de Glacier Hollow, Alaska, junto con todo su contenido y el terreno anexo.

Le rogamos que se ponga en contacto con nuestro despacho a la mayor brevedad para gestionar la transferencia de la propiedad.

Lo leo tres veces, y cada vez me parece que estoy alucinando.

Mi abuela. No la veía desde los dieciséis años, no hablaba con ella desde el funeral de mi madre, hace ocho años.

Nos mandábamos felicitaciones de Navidad, pero nada más.

Llevaba toda la vida viviendo sola en Alaska, que yo recuerde; una especie de ermitaña que prefería la naturaleza salvaje a la familia.

Y me ha dejado su pabellón.

Me quedo sentada en el aparcamiento del área de descanso mientras amanece, viendo cómo el desierto de Arizona se tiñe de dorado y rosa, y tomo una decisión. No California. No Tucson.

Alaska.

Un lugar tan lejos de Phoenix que Derek jamás me encontrará. Un lugar donde puedo desaparecer en plena naturaleza y empezar de cero. Un lugar donde puedo ser otra persona.

Esa noche estoy en un avión rumbo al norte con todo lo que tengo metido en una sola bolsa de lona.

En el aeropuerto, deslizo el móvil en el bolsillo de la chaqueta de un tío que parece jugador de rugby: que Derek rastree ese teléfono hasta donde quiera que vaya.

Compro un móvil de prepago en un quiosco, pago en efectivo, y uso el baño para quitarme el maquillaje y ver todos los moratones.

Mara Bennett, contable de Phoenix, está desapareciendo.

Está muriendo en aquel apartamento con las manos de Derek alrededor de su garganta.

La mujer que baja del avión en Anchorage es otra persona. Alguien más dura. Alguien que ha aprendido que la única persona en quien puedes confiar para protegerte eres tú misma.

El abogado me recibe en su despacho con las llaves y los documentos. El pabellón está a tres horas hacia el norte, en un pueblo llamado Glacier Hollow. Población: 312. Sin semáforos, sin franquicias, sin manera de que nadie me encuentre a menos que sepa exactamente dónde buscar.

Perfecto.

Cuando por fin veo el pabellón —una estructura desgastada de troncos y piedra encajada al pie de Talon Mountain—, siento algo que no había sentido en meses. Esperanza.

Necesita reformas. El tejado tiene goteras, las tuberías están fatal y hay una familia de ardillas instalada en el desván. Pero es mío. Todo mío. Nadie puede quitármelo, controlarlo ni usarlo en mi contra.

Paso mi primera noche en Alaska sentada en el porche, envuelta en uno de los viejos edredones de mi abuela, contemplando cómo las auroras boreales danzan en el cielo.

El aire es frío y limpio, nada que ver con el calor del desierto que dejé atrás.

Y por primera vez en años, siento que puedo respirar.

No sé qué haré con este lugar. Convertirlo en un negocio, quizá. Una casa rural para turistas que quieran vivir la naturaleza salvaje de Alaska. Algo que sea mío, que yo controle, que nadie pueda arrebatarme.

Lo que sí sé es esto: no voy a volver jamás. Nunca volveré a ser esa mujer asustada y rota. Nunca dejaré que nadie vuelva a tener ese poder sobre mí.

Me toco los moratones que todavía se me van borrando del cuello y me hago una promesa. Este es mi santuario ahora. Mi fortaleza. Y lo defenderé con uñas y dientes.

Pero esta noche, en la quietud oscura de mi nuevo hogar, no puedo imaginarme dejando que nadie vuelva a acercarse lo bastante como para importarme.