Grabado en piedra BONES
52%

BONES

La suite de invitados del club tiene exactamente el mismo aspecto que en diciembre.

La misma cama de matrimonio con el edredón del MC. El mismo tocador. La misma ventana con vistas al aparcamiento donde mi moto descansa junto a una docena más.

La misma habitación donde tuve a Emma por primera vez. Donde todo cambió.

Estoy tumbado boca arriba, mirando al techo, con Emma a mi lado en la única postura en la que puede dormir ahora mismo: boca arriba, con la pierna apoyada en un montón de almohadas.

La luz del amanecer se filtra por las persianas, dibujando rayas en la pared.

Apenas son las seis de la mañana, pero llevo horas despierto; no he podido dormir dándole vueltas a todo lo que descubrí anoche.

Carolina Properties Group. Empresa pantalla. Tres capas de tapadera antes de llegar a algo real. Pero lo encontré. Encontré la conexión con Summit Development que creían haber enterrado.

Mi portátil sigue abierto en el tocador, la pantalla oscura pero lista. Archivos descargados, rastros trazados, pruebas recopiladas. Todo está ahí, listo para presentárselo a Stone y a los demás.

Me siento completo de nuevo. Útil. Como si por fin estuviera aportando lo que debo.

Llevo más de seis meses empuñando un martillo, construyendo casas, haciendo trabajo honesto. Y no hay nada malo en eso. Pero esto —rastrear huellas digitales, desentrañar empresas pantalla, encontrar los hilos que nadie más ve— esto es lo que soy. Para esto estoy hecho.

Emma se remueve contra mí, su mano deslizándose por mi pecho.

—Estás despierto.

—Sí. Perdona si te desperté.

—No lo hiciste.

Se incorpora sobre los codos, con una mueca de dolor al mover la pierna de la bota. Me apresuro a ayudarla.

—¿Dormiste algo?

—Unas horas.

Le coloco un montón de almohadas detrás de la cabeza para que quede medio incorporada.

—Mentiroso. —Me pincha en las costillas—. ¿Has estado despierto toda la noche?

—Puede ser.

—Seguro que sí.

Recorre la habitación con la mirada, esbozando una sonrisa.

—Esta habitación me suena.

—Normal. La estrenamos a fondo la última vez que estuviste aquí.

Su risa es suave, todavía ronca de sueño.

—Me acuerdo. Seguro que todo el club se acuerda también.

—Ya, bueno. —Me relajo a su lado, con cuidado de no rozarle el tobillo—. No fuiste precisamente silenciosa.

—Tú tampoco.

—No era mi intención.

Me traza dibujos en el pecho con los dedos, siguiendo las líneas de mis tatuajes. El cisne sobre el corazón. Las plumas esparcidas por las costillas.

—Estoy un poco cabreada —dice al cabo de un momento.

—¿Por?

—Por esta maldita bota que no nos deja repetir todo eso.

Señala la bota ortopédica.

—Podríamos habérnoslo pasado muy bien, Bones. Diversión guarrilla.

Noto un calor que me baja al vientre.

—¿Qué tipo de diversión?

—Bueno, primero querría que volvieras a hacer esa cosa con la boca. La que descubriste por accidente y luego no paraste de hacer.

Sonrío y le rozo el muslo con el dorso de los dedos.

—Cisne...

—Ya lo sé, ya lo sé. Me estoy recuperando. Órdenes del médico. Seis semanas con la bota como mínimo.

Suspira con dramatismo.

—Pero eso no quita que esté frustrada.

Le deslizo la mano por el costado, hasta la cadera.

—Aún podría ocuparme de ti, ¿sabes? No hacen falta dos tobillos en condiciones para lo que tengo en mente.

Se le entrecorta la respiración.

—¿Sí?

—Sí. —Me giro un poco para quedar frente a ella y le cuelo la mano bajo el dobladillo de la camiseta—. Que estés lesionada no significa que no puedas pasarlo bien.

—¿Y tú qué?

—Ya me las apañaré en la ducha luego.

—O... —Se muerde el labio, con esa mirada que significa que está a punto de sugerir algo que me va a volver loco—. Podrías arreglártelas aquí mismo. Ahora mismo. Y yo miro.

Joder.

—Cisne...

—Venga. —Su mano me baja por el pecho, por el abdomen, y se detiene justo encima de la cinturilla de los bóxers—. Estoy lesionada, no muerta. Y tengo muchas, muchas ganas de mirarte.

Solo la imagen casi me remata. Emma, incorporada en la cama, mirándome mientras me la casco. Esos ojos grises siguiendo cada movimiento, ese rubor extendiéndose por las mejillas.

No puedo decirle que no a esa mirada, no cuando me está empalmando solo de pensarlo. Me detengo con la mano en su muslo y le busco en la cara cualquier señal de que esté bromeando, pero esos ojos están completamente serios, hambrientos de una forma que refleja el deseo que se acumula en mí.

—Vale —murmuro—. Pero solo si prometes no mover las manos. Nada de forzar ese tobillo intentando ayudar.

Asiente con entusiasmo y se coloca las almohadas detrás para ver mejor; la camiseta se le sube lo justo para provocar. Aparto las sábanas y me bajo los bóxers, quedando expuesto en la tenue luz. Luego me rodeo la polla con los dedos.

—Dios, qué guapo eres —susurra antes de que siquiera haya empezado a tocarme.

Me detengo y alzo la vista hacia ella. —La preciosa eres tú.

—Cállate y tócate.

Me acaricio la polla lentamente, de la base a la punta. Los ojos de Emma siguen el movimiento, con los dientes clavados en el labio inferior.

—¿Esto es lo que quieres? —pregunto con voz ronca.

—Exactamente así. No pares.

No paro. Me acaricio despacio al principio, dejando que la sensación crezca, con la otra mano detrás de la cabeza para no hacer ninguna estupidez y tirar de ella hasta tenerla encima.

Emma observa cada movimiento; el pecho le sube y le baja cada vez más rápido.

Clava la mirada en mi mano y acelero el ritmo, pasando el pulgar por la punta en cada caricia ascendente, persiguiendo ese calor que crece.

El sudor me perla la piel, la habitación parece más pequeña, más caliente, y cada respiración entrecortada suya es un eco de la mía.

—Háblame, cisne —digo con voz ronca; necesito oírla para llegar más allá—. Dime qué estás pensando.

—Estoy pensando en cuánto quiero tocarte —susurra, con los dedos crispados sobre las sábanas, como si luchara contra el impulso.

—Me estás tocando. Tu mirada sobre mí... con eso basta.

—¿De verdad?

—Joder, sí. —Acelero las caricias mientras las caderas se me mueven solas contra el puño—. Cómo me miras ahora mismo, como si quisieras devorarme vivo...

—Quiero.

—Cisne...

—Quiero saborearte. Sentirte en mi boca, llegando hasta el fondo de mi garganta...

—Joder... —El ritmo se me descompone; el placer crece rápido, ardiente.

—Quiero hacerte perder el control —continúa, con la voz cada vez más grave—. Quiero sentir cómo te corres, caliente y duro, sobre mi lengua. Quiero tragártelo todo.

Eso es todo lo que hace falta: sus palabras me envuelven con más fuerza que mi propio puño, y gimo ronco mientras las caderas se me disparan hacia arriba y la tensión estalla.

El orgasmo me golpea con fuerza, derramándose sobre mi mano y mi estómago en oleadas calientes; la visión se me nubla un instante mientras lo atravieso.

Cuando por fin bajo, con el pecho agitado, la miro, y joder, esa sonrisa satisfecha en su cara vale cada segundo de provocación.

—Eso —dice Emma con voz satisfecha— ha sido mejor que el café.

Me echo a reír y cojo unos pañuelos de la mesita de noche para limpiarme. —Menudo elogio.

Cuando termino de limpiarme, me inclino y la beso: despacio, profundo, cargado de todo lo que siento por ella. Se derrite en el beso y me enmarca la cara con las manos.

—Ahora —murmuro contra sus labios mientras deslizo la mano entre sus piernas— me toca a mí verte desmoronarte.

Se le entrecorta la respiración. —Bones...

—Es lo justo, cisne.