Capítulo 30
D evan recuperó lentamente la conciencia. Los vecinos comenzaban a hablar en voz alta en el descansillo. Uno de ellos hablaba con la policía; otro lo hacía con el servicio de ambulancias.
Durante unos segundos permaneció desorientado, sin comprender dónde estaba ni qué había ocurrido.
Los recuerdos regresaron de golpe.
Se incorporó con dificultad y buscó a Sandra.
Se acercó a ella y le tomó el pulso.
Nada.
Sandra estaba muerta.
El mundo pareció detenerse a su alrededor.
Años de guerra en Sri Lanka le habían enseñado a convivir con el dolor, pero nunca a dejar de sentirlo.
Había visto morir a demasiadas personas, y la muerte de Narayan, su mejor amigo, justo cuando estaba a punto de casarse y empezar una nueva vida, le dejó una herida que jamás cicatrizó.
En España creyó que, por fin, el destino le ofrecía una segunda oportunidad junto a Sandra: la posibilidad de recuperar la esperanza, formar una familia y dejar atrás su pasado.
Pero verla muerta destrozó la última esperanza que aún conservaba.
Después, con la mirada perdida, recorrió el apartamento y vio los cuerpos de José y del padre de Sandra tendidos en el suelo.
Entonces se dio cuenta de algo.
La bolsa había desaparecido.
A lo lejos se escuchó el sonido de unas sirenas cada vez más próximas.
Se acercó de nuevo al cuerpo de Sandra. La besó en la frente, en la nariz y, por último, en los labios. Después le acarició el rostro con delicadeza.
Igual que en su día tuvo que abandonar el cuerpo de Narayan en la selva porque no tuvo elección, ahora dejaba atrás el de Sandra, con el mismo peso insoportable oprimiéndole el pecho.
Al igual que en el pasado, dejaba atrás a la persona que más quería.
Al igual que en el pasado no huía para sobrevivir: se marchaba con la firme determinación de encontrar a los responsables y hacerles pagar por todo lo que le habían arrebatado.
Salió del apartamento. Pero, apenas cruzó el umbral, un vecino le cortó el paso y lo sujetó del brazo.
—Eh, tú. No puedes irte de aquí.
Devan lo miró durante un instante, incapaz de procesar la situación.
—Suéltame.
El hombre no cedió.
Devan, dominado por la ira, se zafó de un manotazo y bajó las escaleras a toda prisa, mientras el sonido de las sirenas se hacía cada vez más cercano.
Mientras tanto, los compañeros de José llegaron al restaurante y encontraron a Paco. Le informaron de lo ocurrido con su hijo.
La noticia lo dejó paralizado durante unos segundos. Después, salió precipitadamente hacia el apartamento de Sandra, incapaz de aceptar lo que acababa de escuchar.
Cuando llegó, los sanitarios ya estaban trasladando los cuerpos hasta las ambulancias. Un agente de policía se acercó para tomarle los datos, pero Paco apenas podía articular palabra.
Al ver a su hijo inconsciente, se derrumbó. Se arrodilló junto a él y lo abrazó entre lágrimas.
—¡Por favor! ¡Déjenme ir con él! —suplicó a gritos, con una desesperación desgarradora—. ¡No pueden llevárselo sin mí!
Su voz resonó con tal fuerza que estremeció a todos los que presenciaban la escena. Algunos se quedaron inmóviles, conmovidos ante la desesperación de aquel padre, mientras Paco seguía aferrado a su hijo como si soltarlo significara perderlo para siempre.
Solo cuando los sanitarios le aseguraron que podría acompañarlo hasta el hospital consiguió apartarse de él.