GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

El segundo saliente estaba a la izquierda —Aitana lo encontró con la mano antes que con el pie, la mano que agarró la grieta y que sintió la salitre y que no resbaló porque la salitre era información y la información decía sujeta aquí—.

Y Aitana bajó más —la memoria del cuerpo, la memoria de la bailaora, la memoria de los pies que marcaron compases durante once años en el cuarto de la finca—.

Y Aitana bajó como se baja en un baile: con el peso en el centro, con los ojos en el camino, con la confianza de que el cuerpo sabe lo que la mente duda—.

Y Mateo la vio bajar —la vio bajar desde la cornisa, la vio navegar la roca con la gracia de la que conoce su cuerpo, la vio encontrar los salientes que él había marcado, la vio bajar tres metros de roca como si fueran tres compases de un baile que la vida le negó pero que la noche le enseñó—.

Y Mateo no intervino —no la tocó, no la sostuvo, no la guió—.

Mateo estaba ahí —ahí como la canción estaba en la isla, ahí como la verdad estaba en la cadena, ahí como la presencia que no necesita manos para ayudar—.

Aitana llegó a la cornisa —llegó con los pies en la roca y las manos en la pared y la respiración rápida del que acaba de hacer algo que no sabía que podía hacer—.

Y Aitana se paró junto a Mateo —junto a él en la cornisa, junto a él contra la pared, junto a él mirando la hierba que estaba abajo y la playa que estaba más allá—.

—Lo hiciste —dijo Mateo.

—Elegí hacerlo —corrigió Aitana.

Y los dos se quedaron un momento en la cornisa —un momento de roca y salitre y amanecer, un momento que era el primer momento del día y que era también el primer momento de la libertad—.

Y abajo, la hierba húmeda de rocía esperaba —esperaba como esperan las cosas simples, las cosas que no tienen prisa, las cosas que están ahí porque están—.

Mateo bajó de la cornisa a la hierba —bajó con un salto pequeño, el salto de medio metro que la hierba recibió con la suavidad de la tierra que ha sido hierba durante años y que sabe cómo recibir los pies—.

Y Mateo se volvió y extendió la mano —no para sostener a Aitana sino para indicar dónde estaba el suelo, para decir aquí, aquí estás, aquí termina la roca y empieza la tierra—.

Aitana bajó —bajó con el mismo salto, el salto que era más fácil que la roca, el salto que la hierba recibió con el mismo suavidad—.

Y Aitana estaba en la hierba —en la hierba detrás de la finca, en la hierba que nunca había pisado porque la hierba estaba detrás y detrás no había ventana sino roca y la roca era la pared que Don Jairo nunca miró—.

Y Aitana sintió la hierba —sintió la humedad de la rocía en los pies descalzos, la humedad que era la primera cosa libre que Aitana sentía en once años, la humedad que no era la marca ni la cocina ni la finca sino la tierra —la tierra de Loíza, la tierra donde nació y donde vivía y donde ahora estaba, afuera—.

Y Mateo y Aitana corrieron —corrieron hacia la playa, no de miedo sino de urgencia, la urgencia del que sale de un lugar donde ya no debe estar, la urgencia que es más prisa que pánico, más salida que huida—.

Corrieron por la hierba y por la arena húmeda y por la orilla del mar donde las olas chiquitas del amanecer lamían la costa con la paciencia de quien sabe que la tierra no se va—.

Y cuando llegaron a la playa —la playa que estaba detrás de la finca, la playa que era la otra cara de Loíza, la playa que era la frontera entre la finca y el mar— Mateo y Aitana se detuvieron. Se detuvieron porque lo que vieron no era lo que esperaban.

5:08 a.m

Playa detrás de la Finca Heredia

Lo que vieron fue un hombre.

Un hombre sentado en la arena con la espalda hacia la finca y la cara hacia el mar, como quien se sienta a ver amanecer —como quien espera algo que sabe que va a llegar pero que no sabe en qué momento exacto—.

El hombre tenía un estuche de trombón a su lado —un estuche viejo, de cuero marrón, con las esquinas gastadas y las hebillas oxidadas, un estuche que había cruzado el mar dentro de un barco en mil novecientos sesenta y que había cruzado el canal dentro de una lancha esa misma noche—.

Y el hombre no se movió cuando Mateo y Aitana llegaron —no se movió porque sabía que llegarían, porque esperaba que llegaran, porque Esteban le dijo que llegarían aunque no sabía cuándo—.

Fermín Torres.

El trombonista de Vieques. El que guardó la carta durante veintidós años.

El que cruzó el canal de Vieques a San Juan de noche —en una lancha que alquiló con los ahorros de treinta años de boleros en cantinas— porque la canción en la radio le dijo que el momento había llegado, porque el momento que Esteban describió en la carta era el momento que Fermín había esperado toda la vida adulta, y Fermín no iba a dejar que el momento pasara sin él—.

Fermín se volvió —se volvió despacio, como se vuelve el que no tiene prisa, como se vuelve el que ha esperado tanto que no necesita moverse rápido—.

Y Fermín vio a Mateo y a Aitana —a Mateo con las manos raspadas por la roca y la salitre, a Aitana con los pies descalzos en la arena y el vestido arrugado y los ojos que no eran los ojos de La Gitana sino los ojos de Aitana Martínez Vega—.

Y Fermín asintió —asintió como quien ve algo que esperaba, como quien recibe a los que llegan—.

—Esteban me dijo que vendrían —dijo Fermín—. No cuándo. Me dijo que vendrían.

Mateo se detuvo —se detuvo a tres metros de Fermín, se detuvo con algo que era el reconocimiento del eslabón, la conciencia de que este hombre era el puente entre Esteban y Mateo, el puente que había sostenido la carta dentro del trombón durante veintidós años, el puente que cruzó el canal de noche porque la canción lo llamó—.

—Fermín —dijo Mateo—. ¿Cuándo llegaste?

—Ayer. Después de oír la canción. —Fermín miró el mar —el mar que era la razón de todo, el mar que conectaba Cádiz con Vieques y Vieques con Loíza y Loíza con la verdad—.

—Cuando salió la canción en la radio, supe que era el momento.

Esteban me dijo: «Si alguien alguna vez termina la canción, ese alguien es familia.

» Y yo oí la canción y supe que alguien la había terminado.

Y que era familia. Y que tenía que estar aquí.

Aitana se acercó —se acercó a Fermín con la curiosidad de la que sabe que este hombre tiene algo que su padre le dio, algo que le pertenece, algo que es parte de la cadena—.

—Usted guardó la carta —dijo Aitana—. Usted guardó la carta de mi padre durante veintidós años.

Fermín la miró —la miró con los ojos del que ve en la hija al padre, con los ojos que reconocían en la cara de Aitana algo de Esteban —no los rasgos sino algo más sutil, algo que era la manera de pararse, la manera de mirar, la manera de estar presente sin ocupar espacio—.

—La guardé dentro del trombón —dijo Fermín—. Donde la música vive. Donde el aire vibra. Y cada vez que tocaba, cada vez que montaba el King 3B para tocar boleros en la cantina de Vieques, pensaba: la carta está adentro. La carta respira. La carta espera. Y la carta esperó. Y ustedes llegaron.

Aitana se sentó en la arena —se sentó junto a Fermín como se sienta junto a alguien que tiene algo que decir, algo que es más importante que las palabras pero que necesita las palabras para existir—.

Y Aitana esperó —esperó con la paciencia de la que sabe que lo que viene es importante y que lo importante no se puede apresurar—.

Y Fermín abrió el estuche del King 3B.

El King 3B de Esteban —el trombón original, el de la cadena, el que cruzó el Atlántico desde Cádiz en mil novecientos sesenta, el que Esteban tocó en los clubes de San Juan antes de que Don Jairo lo destruyera, el que Fermín guardó como se guarda la semilla que alguien te encarga sembrar—.

El latón era viejo pero no oxidado —Fermín lo había cuidado durante veintidós años, lo había limpiado con el paño de franela que Esteban le dio, lo había guardado en el estuche con la funda de terciopelo que mantenía la humedad afuera—.

Y cuando Fermín abrió el estuche, el olor salió —el olor del latón viejo y del aceite de mesa y de algo más, algo que era la presencia de Esteban, la presencia del hombre que tocó este trombón antes de que Mateo naciera—.

Y dentro del estuche, donde la campana del trombón se ensanchaba y el metal formaba la curva que daba al aire, había algo más.

No la carta —la carta estaba en el sobre que Aitana sostenía.

Sino algo que Fermín había encontrado cuando limpió el trombón antes de cruzar el canal—.

Una hoja. Una hoja doblada con los mismos pliegues que la carta principal, la misma caligrafía inclinada hacia la derecha, el mismo papel amarillento.

Un addendum —una página adicional que Esteban escribió después de la carta principal, quizás el mismo día, quizás al día siguiente, quizás cuando la muerte le dijo que tenía algo más que decir—.

Fermín sacó la hoja —la sacó con la reverencia con la que se sacan las cosas que han esperado dentro de un trombón durante veintidós años—. Y Fermín la entregó a Aitana —la entregó como se entrega lo que fue encargado, como se entrega la semilla que alguien te pidió que guardaras—.

—Esteban metió esto dentro del trombón antes de dármelo —dijo Fermín—. No sabía que estaba ahí. Lo encontré anoche cuando limpié el instrumento antes de cruzar. Estaba dentro de la campana, enrollado contra el metal. El metal lo protegió. El metal lo mantuvo seco. El metal lo mantuvo vivo.

Aitana desdobló la hoja —la desdobló con las manos que temblaban no de frío sino de la anticipación del que sabe que lo que va a leer es otra verdad, la verdad que se suma a la verdad que ya tiene—. Y Aitana leyó:

«Si lees esto, significa que saliste. Significa que la ventana funcionó. Significa que Yago decidió —y si decidió, es porque la verdad es más fuerte que la lealtad ciega.»