Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 1
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Giro de Guion (Charles River 1)

Giro de Guion (Charles River 1)

Por Sara L. Estepa

© inepub.com

Capítulo 1

Rebecca

Tumbada en mi cama, con los auriculares puestos y envuelta en una toalla, miro al techo, como llevo haciendo desde que terminé de darme una ducha.

El poder de quedarse embelesada con tu propio mundo es un placer que no todos experimentan.

Hay quienes pueden considerarlo perder el tiempo, yo lo llamo paz.

Cuando los pensamientos se amontonan, haciendo presión todos a la vez, me resulta terapéutico escuchar música y dejar la mente en blanco con la única compañía de mi propia respiración.

Un recordatorio de que no tengo que dar una respuesta a todo justo en el momento, no es obligatorio solventarlo inmediatamente.

No hay una regla que dirija cómo y cuándo proceder. Yo elijo, controlo y decido.

La teoría me la sé, pero ojalá fuese tan fácil hacerlo como pensarlo.

La cuestión es que he quedado dentro de veinte minutos para ir a una fiesta en una fraternidad.

Hace una hora contaba con tiempo suficiente, pero, claro, ir sobrada nunca ha sido lo mío.

Ha sido relajante, aunque podría haber sido más responsable y dejar mi momento de sosiego para otra ocasión.

Suelo tener una percepción del tiempo difusa, siempre pienso que tengo suficiente y la verdad es que llego tarde a todo.

Es momento de que a mis veintiún años admita que soy una persona impuntual de categoría.

Estoy escuchando Angel By The Wings de Sia por tercera vez consecutiva. No sé qué tienen sus canciones, pero mi mente me teletransporta a escenarios totalmente ficticios donde, por supuesto, yo soy la protagonista y me encuentro en situaciones muy épicas.

Un ruido de fondo me sobresalta, sacándome de mis pensamientos al instante. Me quito un auricular, dejándolo caer a un lado de mi cabeza, y vuelvo a escuchar otro golpe. Están aporreando la puerta. Ruedo por la cama, haciendo malabares con la toalla mientras me incorporo.

—¿Quién es? —vocifero.

Como si no supiese quién viene a reclamarme.

—¿Cómo que quién es? —responde mi compañera de piso—. Dime que estás preparada, Amber nos está esperando. ¡Siempre llegamos las últimas!

—Em…, ¡sí, sí!, en diez minutos estoy lista —digo muy convencida.

Aunque a quién quiero engañar, Peyton Morris me conoce, este es el tercer año que vivimos juntas.

—Deja de hacer el tonto o lo que sea que estés haciendo —declara—. O entro a por ti y te saco yo misma.

Puedo oír como camina hacia el salón, presionando con los talones. En su lenguaje corporal, eso quiere decir que le queda poca paciencia.

Vivo en un piso de tres habitaciones y un solo baño, remarco lo de un solo baño, quien comparta piso, entenderá este detalle.

No es gran cosa, no tiene portero y el ascensor está más de baja laboral que en funcionamiento.

Sin embargo, tiene una gran ventaja, que puedo ir caminando a la Universidad de Boston, donde estudio Trabajo Social y donde encontré a Peyton y Amber.

Nos conocimos allí, frente a un tablón que anunciaba pisos en alquiler para estudiantes.

Las tres nos fijamos en el mismo cartel.

Era nuestro primer año, las clases habían empezado un mes atrás y ninguna de nosotras tenía un alojamiento definitivo.

Nos habíamos quedado sin plaza en las residencias cercanas al campus.

A Peyton le hicieron el favor de cederle una habitación temporal en una de esas residencias, pero su plazo cumplía en una semana.

Amber se estaba quedando en casa de sus tíos, que viven cerca de Boston, pero al tener tres primos pequeños se estaba volviendo loca.

Gracias a la beca, yo me apañaba en un hostal a las afueras de la ciudad, aunque no podía mantener esa situación mucho más tiempo.

La circunstancia podría haber sido incómoda, considerando que no nos habíamos visto nunca, pero Amber se encargó de llenar los silencios.

Es como una ardilla después de un chute de azúcar.

Pey se ofreció a llamar al propietario para concertar una visita.

Y yo, bueno, la verdad es que yo solo me dejé llevar.

Al terminar las clases, almorzamos juntas en una pequeña cafetería y el tiempo se me pasó volando con ellas.

Recuerdo estar un poco insegura al principio, mis únicas relaciones sociales hasta ese momento se remontaban al instituto.

Y yo había llegado a la universidad con cierta desesperación de averiguar si era cierto que podía ser diferente, necesitaba que así fuera.

Más tarde, ese mismo día, fuimos a ver el piso que nos llamó la atención en el anuncio. Estábamos nerviosas por encontrar algo decente cuanto antes, teníamos las expectativas bajas, con que fuera suficiente, bastaba.

Y lo fue. Tenía todo lo que queríamos y, para nuestra sorpresa, estaba más cerca del campus de lo que pensábamos. Allí mismo, sobre la marcha, firmamos el contrato de alquiler y elegimos habitaciones. Unos días después, habíamos completado la mudanza.

El agobio supremo me llega de golpe como de costumbre, porque tengo a mi amiga esperándome y vamos tarde por mi culpa. Me dirijo como un torpedo hacia el armario, en verdad para nada, porque freno en seco al darme en el dedo del pie con la maldita pata de la cama.

​ —Ay, ¡joder! —me quejo, aunque solo me oiga yo misma.

Llevo dos años diciendo que voy a mover el dichoso armario, nunca lo he hecho, y estas son las consecuencias de tenerlo tan pegado a la cama.

Abro las puertas de un tirón y contemplo la ropa que previamente no me he dignado ni a pensar, imagínate elegir.

Como era de esperar, empiezo a maldecir con todos los improperios que se me ocurren.

Opto por la opción rápida y segura. Un vestido negro que me llega por las rodillas; es bastante básico, de tirantes, ajustado y con el escote en forma de barco. Lo combino con unas zapatillas blancas y cojo un bolso pequeño de color vino.

Voy corriendo a la puerta de mi habitación y asomo la cabeza lo justo para gritarle a mi compañera, así no podrá ver que todavía no estoy lista.

​ —Pey, ¿vamos en coche?

Necesito saberlo para escoger una chaqueta. Ya empieza a refrescar y, aunque en la fiesta seguro que hace un calor bochornoso, prefiero llevarla.

​ —Sííí —responde—. ¿Podemos irnos ya? Amber dice que la fiesta está llena.

​ —Casi estoy, solo un par de minutos más. —Pongo un tono tan creíble que yo misma caigo en el engaño, pero ella sabe que voy de farol.

Atravieso la habitación hasta el escritorio, me gusta maquillarme ahí, ya que está debajo de la ventana y la luz es mejor. Al lado, tengo un espejo en la pared de cuerpo entero.

Deshago el moño del pelo, barajando dos opciones rápidas, hacerme una trenza, o dejarlo al natural. Mis ondas de un castaño profundo caen libres por debajo del pecho.

—Pelo suelto y más rápido acabo —susurro.

Me miro en el espejo y me gusta la imagen que me devuelve.

Termino decantándome por unos pendientes dorados pequeños, en forma de aro.

Son los que más uso porque resaltan mis facciones redondeadas.

Utilizo un poco de crema con color, rímel para destacar el color de mis ojos, que se asemeja al café con leche, y un eyeliner medio, tampoco tengo tiempo para experimentos.

Por último, una pasada de mi pintalabios frambuesa, ese color nunca falla.

Cojo la chaqueta y salgo al salón, donde una Peyton impaciente me espera sentada en el sofá mientras teclea en el móvil.

—¿Has mirado el grupo? —dice con los ojos fijos en la pantalla y una sonrisa muy suya. Siempre hace ese gesto engreído de torcer un poco los labios hacia arriba.

Abro el chat que compartimos las chicas y yo, cuyo nombre me gustaría que nunca se hiciese público, gracias. Lo sacamos de una telenovela, nada más que añadir:

Placer Culposo.

Amber : Chicas, ¿cuándo pensáis venir?

Amber : Me habéis abandonado.

Amber : Parezco una loca dando vueltas.

Peyton : ¿Seguro que solo lo pareces?

Amber : Qué chispa tienes.

Peyton : Cuando a tu compañera le dé la gana.

Amber : ¿Otra vez está tirada en la cama mirando al techo?

Peyton : No preguntes obviedades.

Amber : Cariño, deberías tomarte un tónico de simpatía, te noto muy agria.

Peyton : Cuando llegue, voy a darte yo un tónico triple.

Amber : Bec, Cara me ha preguntado por ti dos veces, dice que no le contestas al móvil.

Peyton : Dile a la princesa que no eres su secretaria.

Es Cara Bianchi, la primera amiga que hice al llegar a la universidad. Peyton y Amber no son sus mayores fans que digamos.

Entiendo que la personalidad de Cara puede ser difícil, es un poco exaltada y no escoge las mejores palabras para hablar de otras personas. Pero ella me dio la mano cuando llegué aquí y no conocía a nadie.

Amber : Importancia a lo importante. La fraternidad parece esta noche un campo de nabos, aviso.

Peyton : JA, JA, JA, me considero avisada, gracias.

Yo : Siempre tan sutil…

Amber : Solo estoy honrando el nombre del grupo.

Amber : Creo que ha venido mucha gente que no es de nuestra universidad.

Amber : Me estoy sintiendo juzgada por unas y observada por otros.

Yo : ¿Alguien capaz de intimidarte? Eso es nuevo.

​ No me imagino a un puñado de gente haciendo sentir incómoda a Amber, es la tía más segura que he conocido jamás.

Cuando entra en cualquier lugar, qué sé yo, la biblioteca, por ejemplo, parece que el tiempo se ralentiza, los focos se encienden y empieza a sonar una canción de Beyoncé. Ella siempre nos dice que es la actitud, que lo demás no importa.

Peyton : ¡Dios mío! ¿Quién es?

Amber : NADIE.

Yo : Uuuuhhhh.

Amber : En serio, nadie. ¡Venid ya!

Peyton : Estamos esperando el Uber. Nos vemos allí.

​ —Deberíamos ir bajando ya, seguro que el ascensor no funciona. Y no creo que pueda bajar tres plantas a la carrera con estas botas —me indica Peyton antes de guardar el móvil en el bolso.

​ —Habla por ti, yo llevo zapatillas —replico señalando mi calzado.

Como si no fuera posible que incluso con zapatos planos, acabe rodando por las escaleras. Mi torpeza es legendaria.

—Me encantan tus botas —añado—. Quería dejar constancia.

​ —Gracias —responde riéndose cuando salimos de casa.

Pulso el botón del ascensor mientras ella cierra la puerta y, bingo, no funciona, qué sorpresa.

—Hijo de perra, arranca una vez de cada ocho. —Hago una mueca—. ¡Por las escaleras!

Bajamos corriendo, atravesamos el portal y llegamos al coche abriendo la puerta de un tirón. Nos encontramos a una conductora que nos mira con cara divertida mientras nos recolocamos rápidamente.

​ —Disculpe la espera —digo poniendo mi mejor tono.

​ —No hay problema, acabo de llegar.

En la aplicación, indica que su nombre es Laura. Creo notar cierto acento español en su forma de hablar, casi siempre lo capto rápido.

En el recorrido hasta la fraternidad vamos calladas escuchando la música que suena de fondo en la radio.

Por el rabillo del ojo, veo como Pey se gira hacia mí, mirándome como si estuviera a punto de soltar algo.

Si tiene que pensárselo, no pinta bien. Ser directa es su cualidad innata. Me giro en el asiento y suelto:

—¿Qué pasa? Llevas un rato queriendo decirme algo, se te da fatal esconder cosas.

—Cazada —admite—. ¿Por qué rechazaste que Eric viniera a buscarte en coche a casa?

Eric Clark, miembro del club de remo de nuestra universidad. Me gustaría asegurar que no tiene un pase VIP en mi mente desde la primera vez que lo vi, aunque sería como decir que me encantaría hacer puenting este verano, falso.

Y Peyton lo nota. Qué digo «lo nota», ¡lo sabe!

Como no le ofrezco ninguna respuesta, continúa hablando.

—No sé, parecía bastante interesado y te noté receptiva hablando con él.

Pero más tarde, cuando se acercó en la cafetería, te desinflaste como un globo y le dijiste que habías quedado con tus amigas para ir a la fiesta —fue exactamente lo que pasó—.

Creo que le pusiste una excusa y que sí querías ir con él.

Pone cara de pervertida, mordiéndose la lengua y guiñándome un ojo.

​ —Pey, solo hemos hablado unas tres veces durante un total de diez minutos, en verdad no lo conozco.

Mentira, me hubiera bastado una sola vez para aceptar su invitación. Sin embargo, se lo conté a Cara y me dijo que no era buena idea, que ella sabía de qué hablaba, que lo mejor era hacerme la interesante y rechazarlo.

No soy la reina de la experiencia, me puse nerviosa y me inventé una excusa.

​ —Pero, Rebecca, no puedes conocerlo si no le das la oportunidad.

Además, el chico no necesita que lo miren dos veces, con esa carita de niño bueno y ese cuerpo de remero bien trabajado.

—Pongo los ojos en blanco, expresándole que es una exagerada—.

A no ser que… ¡haya algo más que no me estás contando!

¡Oh, Dios mío! No aguanto la presión, en cuanto me pinchan, me pongo nerviosa y canto como un pajarito.

—Bueno, yo… —hago una pausa—, se lo conté a Cara y me dijo que…

—¡Lo sabía! —me interrumpe agarrándome de la mano—. Bec, no quiero ofenderte, pero no deberías dejarte guiar por lo que te diga ella.

​ —Hemos llegado, chicas —anuncia la conductora mientras baja la música y aparca justo enfrente de la fraternidad.

Me ha salvado de seguir con esta conversación.

​ — Muchas gracias, que tengas buena noche —me arriesgo y decido despedirme en español, dedicándole una sonrisa amable.

​ — Divertíos mucho —contesta ella guiñándonos un ojo.

Me encanta utilizar mi idioma materno.

​ Pey me coge del brazo de camino a las puertas de la fraternidad mientras, con el otro, saca el móvil y empieza a teclear. Parece que se ha olvidado del asunto, mejor.

—Estoy escribiéndole un mensaje a Amber para que sepa que ya hemos llegado. —Le vibra el móvil de nuevo y me cuenta—. Dice que nos espera en la cocina, al fondo a la derecha.