Generación Cero. Tomo 1 Los que continuarán
98%

Los que continuarán

Tres semanas después de la publicación, la palabra «investigación» dejó de ser una hipótesis.

Apareció una mañana en una alerta, entre dos notificaciones sin interés, en la pantalla del teléfono de Nassim, apoyado en la mesa de la cocina mientras terminaba de salir el café.

Ningún nombre de agencia. Ningún país. Una fórmula prudente: las autoridades competentes estaban examinando las condiciones en que Telvane Neural había comunicado cierta información a sus accionistas antes del desplome de su acción.

La frase podía abarcar un procedimiento o tres, en jurisdicciones que Nassim nunca iba a saber distinguir desde su cocina.

La releyó dos veces buscando una palabra que le diera forma a lo que sentía —fraude, manipulación, algo más claro que «examinan»— y no la encontró.

Cerró la aplicación. Ninguna versión pública le iba a decir lo que quería saber: si Mateo había visto venir esa frase en concreto, o solo las otras, las de los mercados suspendidos y los gobiernos divididos que Nassim ya había encajado tres semanas antes, de pie en esa misma cocina, viendo su propio nombre en todos los titulares y al mundo entero enterarse a la vez de lo que él solo había cargado durante meses.

Sin buscarlo, le vino el recuerdo de su última conversación, cuando Mateo todavía le ponía delante los tratamientos que el pánico iba a retrasar.

Mateo nunca había negado que habría un precio.

Solo había sostenido que el precio del silencio sería mayor: una cuenta que Nassim nunca había conseguido desmontar, solo decidir que no le correspondía a él hacerla en nombre de todos los demás.

Quedaba una pregunta que no podía resolver: si el hombre al que esa mañana ponían bajo investigación seguía creyendo en esa cuenta, o si simplemente había dejado de repetirla porque ya no quedaba nadie en posición de escucharla.

Seguramente Amina le escribiría en algún momento del día, con ese tono neutro que ahora reservaba para las noticias que ya no la sorprendían.

Maya, en cambio, no diría nada. Todavía no.

Desde la publicación mantenía una distancia para la que Nassim no había encontrado nombre: ni enojo ni perdón, algo intermedio que se parecía a la espera, como si ella también estuviera intentando saber de qué quería exactamente hacerlo responsable.

De todos modos, esa mañana nadie necesitaba llamarlo, y él no necesitaba llamar a nadie.

Nada de lo que él hiciera iba a cambiar el desenlace de un procedimiento que ni siquiera podía nombrar con precisión. Apagó la cafetera sin haber tomado nada, agarró las llaves y se dijo que tenía una visita más urgente que sus propias preguntas.

La casa de David estaba a veinte minutos; fue a media mañana, sin avisar, una costumbre antigua de cuando las llamadas habían dejado de ser fiables un día de cada dos. El trayecto le dio tiempo para no pensar en nada concreto, algo que en las últimas tres semanas casi no le había pasado.

El barrio seguía igual: los mismos céspedes cortados el mismo día de la semana, los mismos autos en los mismos sitios, un mundo que seguía avanzando a su ritmo de siempre mientras el suyo llevaba un mes avanzando a sacudidas.

La casa tampoco había cambiado desde la última visita, salvo en esos detalles pequeños que delatan a un hombre que vive cada vez más a solas con su cuerpo.

Un bastón apoyado contra la pared de la entrada, que David nunca le había enseñado.

Un sillón corrido unos centímetros hacia la ventana, como si el camino hasta la luz exigiera ahora un cálculo.

Un olor a café frío, con la taza todavía llena sobre la mesa de centro: David debía de haberlo preparado antes de recibir el mensaje y después se había olvidado de que existía.

Lo recibió sin levantarse.

—Llegas en buen momento —dijo—. O en mal momento. Todavía no lo he decidido.

Nassim se sentó frente a él, en la silla de siempre. David había adelgazado desde la última vez, de una forma que la ropa ya no conseguía disimular del todo, pero la voz conservaba la misma firmeza que Nassim le conocía desde hacía años, como si se negara a deteriorarse al mismo ritmo que el resto.

—¿Qué pasa?

David no contestó enseguida. Giró hacia Nassim un teléfono que tenía sobre la mesa, con la pantalla todavía encendida: un mensaje que debía de haber leído varias veces antes de que llegara Nassim, a juzgar por el pulgar quieto encima, como si esperara que apareciera otro que no iba a llegar.

—Suspenden la cohorte —dijo David—. Toda la cohorte. No solo la mía.

Nassim tomó el teléfono y leyó. El texto era administrativo, casi cortés: una reevaluación del marco regulatorio aplicable a los ensayos acelerados, una fecha de reanudación sin precisar, ningún nombre de empresa, ninguna mención de ANA.

No hizo falta que nadie se lo tradujera.

La cohorte en la que David había terminado entrando —sin contarle nunca a Nassim cómo ni exactamente cuándo, solo que un día llegó la llamada— era justamente la que el pánico de las últimas semanas acababa de volver imposible de defender en público.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó Nassim.

—Desde esta mañana. Me dio tiempo de acostumbrarme un poco antes de que llegaras.

—No me llamaste.

—¿Para decirte qué? ¿Que me lo esperaba?

Lo dijo sin dureza, casi con la misma economía con que habría avisado de un cambio de horario. Nassim dejó el teléfono sobre la mesa con la pantalla contra la madera, como si la pantalla siguiera mirándolo.

—Lo siento —dijo, y la frase enseguida le pareció demasiado pequeña para lo que intentaba cubrir.

—No lo sientas todavía —dijo David—. Guárdatelo para más adelante; puede que entonces te haga más falta que hoy.

Era casi palabra por palabra lo que le había dicho años atrás, la primera vez, en otro café, antes de que nada de todo esto tuviera nombre. Nassim se preguntó si se acordaba, o si era una frase que le salía sola a un hombre que debía de haberla dicho demasiadas veces para darse cuenta.

—Querías que te diera las gracias —dijo David—. Eso no es lo que vas a tener hoy.

—No vine por eso.

—No. Pero una parte de ti lo esperaba. Eso no te hace distinto de nadie.

—Tiene que haber alguien a quien llamar —dijo Nassim—. Un comité, una excepción.

—Pasé dos años aprendiéndome los nombres de todos los comités posibles —dijo David—. Ninguno trabaja más rápido que un pánico político. Ahora lo sabes mejor que yo.

Nassim no le llevó la contraria. Buscó una frase capaz de sostener las dos verdades a la vez —que su decisión seguía siendo defendible y que acababa de costarle al hombre sentado frente a él el poco tiempo que le quedaba— sin que ninguna borrara a la otra.

No la encontró. No estaba seguro de que una frase así existiera.

—Voy a seguir peleando por la excepción —dijo David después de un silencio—. No porque crea mucho en ella. Porque no sé qué otra cosa hacer con el tiempo que me queda, y porque alguien terminará aprovechándola, aunque no sea yo .

Esa obstinación Nassim se la conocía a David desde el primer encuentro, años atrás: no pedía ni ánimos ni compasión; seguía porque detenerse no era una opción que se permitiera considerar. No añadió nada. Se limitó a inclinar la cabeza una vez, como se hace ante un hecho que no se discute.

David tomó aire: esa pausa que Nassim empezaba a reconocer, la que se tomaba antes de las frases que más le costaban.

—Ojalá hayas tenido razón —dijo—. Porque yo seguramente no voy a tener tiempo de saberlo.

A Nassim no se le ocurrió ninguna respuesta.

No era la frase en sí lo que lo sacudía; la había anticipado de una forma u otra desde la noche en que Mateo había usado el nombre de David como argumento, en una cocina donde nadie más que ellos dos podía oírlo.

Era el tono. David no lo acusaba. Constataba, con la misma economía con que lo decía todo desde hacía años, un hecho que no pedía ni su rabia ni su absolución: solo que alguien lo oyera, una vez, alguien que había tenido voz en cómo habían pasado las cosas.

Le volvió su hermano, una fracción de segundo, sin buscarlo: esa pregunta que llevaba casi cuarenta años sin formular nunca en voz alta delante de nadie, cuánto tiempo suele hacer falta para que una solución llegue demasiado tarde para quien la necesita.

Siempre se la había hecho en un solo sentido, el del retraso que uno sufre sin poder hacer nada.

Esa mañana, por primera vez, se daba la vuelta: el retraso que su propia decisión acababa de producir, para un hombre sentado a menos de un metro de él que no le pedía nada más que seguir tranquilo unos minutos más.

Ahora David miraba por la ventana, hacia el sillón corrido y la luz a la que ahora llegaba con cálculo; no para evitar a Nassim, sino porque ya no necesitaba mirarlo para decir lo que tenía que decir.

Nassim se quedó sentado sin hablar. Pensó en Ginebra, en los gobiernos que se contradecían de un continente a otro sin que ninguno decidiera por los demás.

Pensó en Mateo, en algún lugar, contestando preguntas que seguramente no había previsto en esa forma concreta.

Pensó sobre todo en lo que llevaba meses creyendo sin decírselo nunca con tanta crudeza: que una decisión podía ser justa sin ser limpia, y que la diferencia entre las dos nunca se mide antes de actuar, sino después.

Ahora la estaba midiendo. No como una idea que se guarda para después, sino como un hombre sentado frente a él, en una casa que olía a café frío, que ya no tenía tiempo que perder en reproches porque ya no tenía tiempo.

Llegó el momento de irse, y se levantó sin que David se lo pidiera: otra cosa que les habían enseñado los años, reconocer el instante en que quedarse se convierte en una carga más para el otro.

En la puerta se dio la vuelta una última vez.

David no se había movido del sillón, con la cara vuelta hacia la ventana y las manos sobre los apoyabrazos, como si juntara fuerzas para una tarea que Nassim no podía ver .

En el camino de vuelta, en silencio, Nassim no pensó ni en la investigación sobre Mateo, ni en los mercados, ni siquiera en Maya.

Le volvió una frase que había repetido decenas de veces en los últimos meses, tanto a sí mismo como a los demás, como una fórmula que supuestamente dejaba resuelto de antemano lo que hacía: que los sistemas tenían que seguir bajo control humano, que ese control siempre era preferible a la incertidumbre.

Nunca la había puesto a prueba frente a una cara concreta. Acababa de hacerlo.

Ninguna decisión, ni la más justificable, dejaba el mundo intacto detrás.

Nada de lo que había hecho existía en una versión que no le hubiera costado algo a alguien, en algún sitio, de una forma que él no habría elegido si hubiera podido elegir.

Ese día, el precio tenía un nombre que Nassim conocía desde hacía años, el de un hombre que una hora antes estaba sentado a menos de un metro de él y que no había esperado nada a cambio. Ni siquiera una respuesta.

Ninguna victoria es limpia.