Generación Cero. Tomo 1 2
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Samira cerró la puerta de su despacho a las siete de la tarde, como todas las noches desde hacía dos meses, sin que nadie en Telvane tuviera nada que objetar: una investigadora sénior que se iba a casa a una hora razonable, nada más.

Lo que nadie sabía era que esa regularidad también se había convertido en una disciplina, el mismo rigor que solía aplicar a sus datos, aplicado ahora a su propia vida para que su decisión no se desbordara, sin querer, sobre el resto de sus días.

Con los años había visto a suficientes colegas delatar una decisión por un simple cambio de horario como para saber que la mejor forma de disimular nunca era un gesto espectacular, sino una constancia que no se aflojaba nunca.

En su casa, nada delataba lo que iba a traer la noche.

Una mesa de cocina, una lámpara, una computadora que había pagado en efectivo un mes antes y que nunca se había conectado a la red de Telvane ni a ninguna otra red que usara para trabajar.

La había comprado en una tienda del barrio y desde entonces la reservaba para ese único trabajo, un gesto que en su momento le había parecido casi desproporcionado para lo que pensaba hacer con ella y que esa noche ya no le parecía desproporcionado en absoluto.

Se sentó frente a la computadora y abrió el documento que guardaba ahí desde hacía semanas: no los datos en bruto, que nunca había copiado ahí, sino una síntesis de dos páginas, reescrita una decena de veces para decir exactamente lo que sabía, ni más ni menos.

La releyó una última vez, menos para corregirla que para demostrarse que ya no tenía nada que corregir.

Dos meses. Desde el pico en su recuadro rojo en la pantalla de Mateo, desde las cuatro primeras marcas de tiempo en las sesiones de Joon y las demás apariciones que había ido aislando después, había llevado la cuenta más honesta posible de las razones para callarse, y acababa de darse cuenta de que, más o menos una semana antes, habían dejado de pesarle.

No era una certeza nueva. Era la vieja incertidumbre, tan gastada que ya no se sostenía: la misma duda que arrastraba desde junio, pero que, de tanto darle vueltas en todos los sentidos, había terminado perdiendo la capacidad de frenarla.

Durante mucho tiempo había creído que algún argumento terminaría imponiéndose a los demás, de forma clara, reconocible, como un dato que por fin supera un umbral de significación.

No había pasado. Simplemente se había cansado de contarlos.

Sabía por lo que había pasado Maya desde julio: el programa, el video, las semanas siguientes.

Se había enterado como todo el mundo, por los mismos canales que todo el mundo, y al leerlo se había sentido más cerca de ella de lo que tenía derecho, sin habérselo dicho nunca.

Esa noche era un motivo más para dudar —añadirle algo a una vida ya sobrecargada— y, casi en el mismo instante, un motivo más para dejar de dudar: si alguien podía entender lo que Samira tenía que enseñar sin deformarlo en un sentido ni en otro, sin convertirlo ni en escándalo ni en anécdota, era ella.

Sacó del bolsillo un segundo teléfono, más sencillo que el del trabajo, comprado el mismo día que la computadora y por el mismo motivo: no para desaparecer de nada, sino para no meter en esa conversación ninguna herramienta que Telvane pudiera tener algún día un motivo legítimo para revisar.

Llamar a ese número desde el teléfono del trabajo le habría parecido, sin saber explicar bien por qué, más un descuido que un riesgo: el mismo rigor con que separaba una muestra contaminada de una limpia, aplicado esta vez a su vida y no a una mesa de laboratorio.

Marcó un número que se sabía de memoria desde hacía años, sin haber necesitado apuntarlo nunca en ningún sitio, y esperó con el pulgar apoyado sobre la mesa, contando los timbres sin querer.

—¿Samira?

La voz de Maya tenía una cautela que Samira reconoció enseguida: la de alguien que en las últimas semanas había aprendido a desconfiar de cualquier número desconocido.

—Soy yo. Perdona la hora, y el número. ¿Puedes hablar?

Un silencio breve; Samira adivinó que Maya se estaba apartando de alguien o de algo.

—Puedo. ¿Qué pasa?

—Nada urgente, en el sentido en que tú lo entiendes. Pero no quería hablar de esto por un canal que algún día pudiera leer alguien más que tú.

—Me preocupas más diciéndome eso que si no me lo dijeras.

—Lo sé. Perdona. Déjame explicártelo todo y pregúntame al final.

Maya no contestó, y en ella eso significaba que sí.

Samira bajó la vista a su síntesis sin necesitarla —se la sabía de memoria—, pero el gesto la ayudaba a no perder el hilo, como un objeto al que uno se agarra para no desordenar una demostración que ha repetido demasiadas veces a solas y que teme decir mal el día en que por fin cuenta.

—¿Te acuerdas de lo que te dije hace años sobre la prudencia en neurociencia? Preferir diez falsos negativos a un falso positivo cuando se trata del cerebro de alguien.

—Me acuerdo.

—Creo que acabo de cruzar ese umbral por primera vez en mi carrera. Así que te pido que me escuches con el rigor que le aplicarías a cualquier dato, no con simpatía por mí. La simpatía esta noche no me va a servir, y a ti tampoco te va a servir para juzgar si tengo razón.

Lo explicó evitando cualquier cosa que sonara a clase: Maya no necesitaba que le recordaran qué era una microestimulación, y Samira se prohibió explicárselo, por principio y por respeto a su tiempo.

Contó lo que había encontrado en un sujeto del programa de Telvane, sin dar nombres: instantes medidos, repetidos, en los que algo del sistema se adelantaba por muy poco a una decisión, sin forzarla nunca.

Un leve desplazamiento de las condiciones en las que se formaba una elección, nunca una elección impuesta.

Insistió en ese punto como el único que importaba: nada de lo que había medido se parecía a un control.

Todo se parecía a una probabilidad inclinada discretamente hacia un lado, de una manera que el propio sujeto nunca habría podido demostrar ni descartar mirándose actuar.

Se oyó decir esas frases como si las dijera otra persona; las había repetido tantas veces, sola, en esa misma cocina, que habían terminado por sonarle ajenas.

—¿Cuánto? —preguntó Maya.

—Un dos por ciento en promedio, sobre el total de decisiones que pude verificar. A veces menos, a veces más. En una decisión aislada, en una sola persona, casi no significa nada. Nadie podría detectarlo nunca en sí mismo.

—Pero.

—Pero aplica esa cifra a un sistema que ya no le habla a una sola persona.

Aplícala a millones de decisiones tomadas el mismo mes, sobre el mismo tema, por gente que no se conoce y que nunca ha oído hablar de los demás.

Un dos por ciento empujando en el mismo sentido, repetido las veces suficientes, puede inclinar una elección.

Un mercado. Una decisión que todos creen colectiva porque nadie, al tomarla, siente que lo han empujado .

Esta vez el silencio duró más. Samira lo dejó correr, como siempre dejaba que el silencio hiciera parte del trabajo, en un laboratorio o al teléfono.

—¿Tienes pruebas de eso? —preguntó al fin Maya—. No solo una hipótesis.

—Tengo datos. Comprobados tres veces, y otra más, durante dos meses, para estar segura de no estar enseñándote una intuición disfrazada de ciencia. Es la única garantía que te puedo dar: el tiempo que me tomé antes de llamarte.

—Mándamelos.

—No.

La palabra le salió más seca de lo que quería, y la corrigió enseguida, con más suavidad, consciente de que la brusquedad de la negativa podía leerse como una señal de debilidad y no como lo que ella pretendía.

—Ni por archivo, ni por enlace, ni por nada que deje rastro entre un servidor y otro. Lo que tengo es demasiado preciso para que circule, ni siquiera una vez, por una red que no controlo de principio a fin. Quiero dártelo en mano. Un soporte físico, no un envío.

—Hablas como si nos estuvieran escuchando.

—No —dijo Samira, y era verdad en el sentido más estricto: que ella supiera, nadie vigilaba nada de lo que hacía—.

Es una cuestión de método, no de miedo. Prefiero que este tipo de datos exista el menor número de veces posible y en el menor número de formas posible.

Es una costumbre de laboratorio, no una novela de espías.

Haría lo mismo con cualquier resultado que me pareciera demasiado prematuro para publicarlo.

Maya dejó pasar un momento antes de contestar, y cuando lo hizo, la cautela del principio de la llamada había dado paso a algo más sereno, casi el tono que usaba en otros tiempos para plantear una cuestión de método en el laboratorio de Samira.

—De acuerdo. ¿Dónde y cuándo?

Quedaron en un lugar y una hora para la semana siguiente.

Samira propuso el sitio sin dudar, como si ya lo hubiera pensado antes de marcar el número, y al proponerlo se dijo que probablemente así era, y desde hacía más tiempo del que se había reconocido.

Maya no preguntó por qué ese lugar precisamente.

Lo apuntó, repitió la hora una vez para asegurarse de haberla entendido bien, y eso fue todo.

—Samira.

—Sí.

—Gracias por llamarme a mí.

—Nunca pensé en serio en nadie más —dijo Samira, y colgó antes de que la voz dejara pasar más de lo que había decidido poner en ella.

Se quedó un rato sentada, con el teléfono todavía caliente en la mano, en el departamento, ahora en silencio; ese silencio que viene después de algo que uno acaba de hacer, no el que precede a una decisión pendiente.

No sintió alivio ni arrepentimiento, solo la sensación de haber movido algo de un sitio a otro sin saber todavía cuánto iba a pesar.

Después se levantó, sacó de un cajón una carpeta rígida que había comprado para eso, metió dentro el soporte que pensaba darle a Maya y la guardó en un bolso que terminaría de preparar la víspera de la cita, no antes: una regla que se imponía como todas las demás, sin que ninguna hubiera tenido nunca que escribirse en ningún sitio para cumplirse.

Anotó la hora acordada en un cuaderno que usaba para ese tipo de cosas —una cita médica, un cumpleaños que no había que olvidar—, como si en la página fuera una cita más entre otras.

Al cerrar el cuaderno le volvió una frase sin que la llamara, con la exactitud de algo que se ha oído una sola vez pero entero: Me estás pidiendo que paremos antes de saber qué encontramos.

La oyó una vez, con la voz de Mateo, tal como la había dicho en junio, sin el resto de aquella conversación, sin volver a ver la oficina donde había ocurrido ni la cara que él tenía entonces.

En cierto modo, la frase no estaba mal. Justamente por eso había tardado dos meses en responderle, y nunca podría explicarle por qué había necesitado ese tiempo sin darle, en el mismo gesto, un motivo más para pensar que él había tenido razón desde el principio.

Cerró ese pensamiento igual que acababa de cerrar el cuaderno, sin dejarle más espacio.

Apagó la lámpara de la cocina, dejó la computadora cerrada sobre la mesa y guardó el segundo teléfono en el cajón. El bolso se quedó junto a la puerta, vacío todavía, esperando la víspera de la cita.