El azar
Llevaba la moneda en el bolsillo izquierdo, nunca en el derecho.
Eso formaba parte de la regla desde hacía mucho, y Joon no habría sabido decir en qué momento exacto una moneda concreta, y no otra, había empezado a llevar ese nombre en su cabeza.
Una moneda de veinticinco centavos, más pesada que las demás, apartada un día de abril o de mayo porque había que empezar por algún lado.
Cara: bajaba por la escalera. Sello: por el ascensor.
Salió sello. Tomó el ascensor, como la vez anterior y la anterior a esa, lo que no significaba nada —una moneda honesta no tiene memoria—, pero al cerrar la puerta tomó nota de todos modos: tres mañanas seguidas ganando el ascensor.
Afuera, el aire de agosto traía ese calor seco que vuelve un poco más lenta a toda la ciudad.
Hasta la parada que lo llevaría al centro había dos caminos: la avenida, directa, la que tomaba casi siempre sin pensarlo, o las calles residenciales, diez minutos más largas, donde nunca pasaba nada.
Tomó las calles residenciales. No porque se lo dictara la moneda —no la había vuelto a lanzar para eso, no era la regla—, sino porque había decidido, precisamente esa mañana, que ese sería su gesto del día: cambiar sin motivo algo que nadie más que él iba a notar .
El protocolo, si había que ponerle nombre, nunca lo había planeado como tal.
Primero, una moneda para las decisiones que no importaban.
Después, los trayectos. Después, más recientemente, las comidas, que ya no elegía según las ganas, sino con un sorteo entre tres opciones que enumeraba en voz baja, con los ojos cerrados y un dedo puesto al azar sobre el menú.
No habría sabido decir qué esperaba demostrar. Que al menos algunas de sus decisiones fueran solo suyas. Que en algún momento del día existiera una decisión cuyo resultado nadie —ni siquiera él— pudiera predecir antes de que cayera.
El cuaderno había llegado varias semanas antes que la moneda.
Eso lo recordaba con más nitidez que lo demás: un cajón bajo la ventana, una primera página en blanco durante mucho tiempo y luego una frase escrita con una letra más apretada que la suya de siempre.
Nunca había releído esa primera entrada desde la noche en que la escribió.
Solo sabía que era de cuando había dejado de ver lo que le pasaba como un simple incidente, y que todo lo que vino después —la moneda, los trayectos, las comidas sorteadas— quizá no era, visto desde lo bastante lejos, más que una manera más activa de prolongar la duda que aquella noche había dejado por escrito.
En el autobús, un hombre sentado dos filas por delante hablaba fuerte por teléfono sobre una cita perdida, y Joon no retuvo ni una palabra, solo el tono.
Una mujer mayor que subió en la parada siguiente se sentó junto a la puerta y cerró los ojos casi enseguida.
Nadie en ese autobús tenía motivos para preguntarse por qué Joon había elegido esa línea y no otra, ni por qué iba a bajarse tres paradas antes de la que marcaba el camino más corto.
Era la parte del protocolo que más le gustaba, aunque no se lo confesara del todo: nadie, en ningún lugar, sabía que había un protocolo.
El autobús lo dejó a tres cuadras del restaurante que había elegido la semana anterior con el mismo método.
En todo el trayecto no había hablado con nadie, salvo un gesto con la cabeza a una mujer que le había pedido disculpas por pisarlo, un intercambio mínimo, cerrado enseguida, como todos los del día hasta entonces.
Era un efecto del protocolo en el que no había pensado al principio: cuantos más gestos acumulaba, más solo se quedaba con ellos.
Nadie más tenía motivos para saber que un trayecto, una comida, una escalera o un ascensor elegidos a cara o sello formaban un sistema.
El restaurante era un solo salón, encajado entre una lavandería y una tienda de celulares. Enumeró tres platos en voz baja, cerró los ojos y dejó caer el dedo sobre la carta plastificada. Pollo a la parrilla, arroz, verduras.
—Otra vez lo mismo —dijo la mujer del mostrador sin levantar la vista de la caja—. Le debe de gustar mucho.
No recordaba haber venido tantas veces como para que lo reconocieran. Pagó, dio las gracias con una palabra y se sentó junto a la vitrina, con el comentario todavía clavado en algún punto detrás de la frente, sin saber dónde guardarlo .
No era nada. Tres opciones, los ojos cerrados, un dedo al azar sobre la carta: que le tocara dos veces seguidas el mismo plato no tenía nada de extraordinario, una probabilidad de un tercio, quizá más si el dedo caía siempre en el mismo sitio de la carta por la costumbre del gesto y no por accidente.
Lo sabía. Repitió la cuenta una segunda vez, como para demostrarse que no había nada que recalcular, y otra vez le pareció razonable, y eso no bastó para callar la frase de la mujer, que siguió dando vueltas, sin ruido, mientras comía.
Le debe de gustar mucho.
No era la frase lo que lo inquietaba. Era la facilidad con la que un gesto pensado para escapar de cualquier regularidad acababa de producir una en tres semanas, visible desde un mostrador para una desconocida que no tenía ningún motivo para buscar un patrón.
Si el azar producía patrones reconocibles sin que él lo quisiera, entonces la pregunta que cada mañana le hacía a una moneda de veinticinco centavos ya empezaba a perder un poco de lo que se suponía que le garantizaba.
Volvió a pie por el camino largo, sin lanzar la moneda tampoco para eso, una elección que se dio cuenta de haber hecho sin pensar y que, se dijo, quizá era lo único honesto que le había pasado en todo el día.
A esa hora la ciudad tenía la lentitud de media tarde, entre dos corrientes de gente, cuando uno puede caminar mucho rato sin cruzarse con nadie que lo mire.
Fue en ese trayecto cuando volvió a pensar, sin querer, en la única pregunta que nunca le había repetido a nadie.
No en su contenido, que ya hacía mucho que ni él mismo se formulaba, sino en su peso, intacto en algún lugar detrás de otro vidrio, meses atrás, en una sala que no tenía ningunas ganas de volver a ver.
Aquel día no dijo nada. Seguía sin haber dicho nada.
Con el tiempo, el silencio había dejado de ser una elección que renovaba cada vez que salía el tema y se había convertido en algo que llevaba encima, como se lleva una moneda en un bolsillo concreto sin preguntarse ya por qué ese y no el otro.
Y fue ahí, entre dos calles que había elegido solo para no tomar las de siempre, donde por fin lo alcanzó el pensamiento que llevaba semanas rondándolo sin dejarlo llegar hasta el final.
Si lanzar una moneda, elegir un plato con los ojos cerrados o cambiar de acera sin motivo era una forma de comprobar que una parte de él seguía escapando a toda previsión, entonces ese método, el simple hecho de haber decidido un día que el azar sería su prueba, seguía siendo una decisión.
Una decisión que había tomado alguien. Y no tenía ninguna forma de comprobar que ese alguien, el que una mañana de abril o de mayo tuvo la idea de dejar que una moneda decidiera por él, no fuera ya el resultado de algo que no podía ver.
Nada confirmaba ese pensamiento. Nada lo desmentía tampoco. Y eso, en cierto modo, era lo que lo hacía difícil de guardar en algún sitio y olvidar.
Aflojó el paso sin darse cuenta, como si caminar más despacio pudiera retrasar la conclusión hacia la que el pensamiento seguía avanzando sin él.
No sentía nada que pudiera señalar como ajeno a sí mismo, ninguna señal que pudiera nombrar: solo esa ausencia, que no probaba nada en ningún sentido y que, con el tiempo, se volvía casi más pesada de cargar que una prueba.
Para decidir no tenía más que su propia lectura de sus propios gestos, y hacía ya bastante tiempo que sabía que un hombre que busca una prueba en sus propios gestos siempre termina encontrándola, en un sentido o en el otro.
En casa, con la puerta cerrada, sacó el cuaderno del cajón bajo la ventana.
Hacía mucho que las páginas ya no estaban en blanco; estaban cubiertas de una letra que se había ido apretando con las semanas.
Se sentó, lo abrió por donde se había quedado y tomó la pluma que había quedado atrapada entre dos páginas.
Dudó, con la punta apoyada sin escribir, por un detalle que nunca habría notado antes de ese verano: tenía dos plumas idénticas, compradas juntas, y sin haberlo decidido nunca conscientemente usaba siempre la misma para ese cuaderno, nunca la otra.
Las dos estaban una al lado de la otra sobre la mesa, imposibles de distinguir salvo para él.
No recordaba haber elegido esa y no la otra la primera vez. Tampoco recordaba haber decidido no cambiarla nunca.
Se quedó un momento con la mano quieta sobre la página, sin escribir la fecha, incapaz de decidir si esta vez debía tomar la otra pluma para ver qué cambiaba, o si tomarla, ahora que se le había ocurrido la idea, no sería más que obedecer a una regla nueva.