El debate #2
Enumeró las condiciones una por una, sin efectismos, como quien lee una lista que se sabe de memoria porque la escribió él mismo: ensayos reservados a adultos capaces de dar un consentimiento pleno, para enfermedades graves o progresivas, bajo supervisión independiente, con criterios de parada fijados de antemano y no negociables durante el protocolo.
Insistió dos veces en una distinción que, se notaba, le parecía central: una intervención terapéutica solo comprometía a una persona que había dado su consentimiento; una modificación transmisible comprometía a generaciones que no habían firmado nada.
No defendía ni una ni otra en bloque, dijo.
Defendía una frontera entre las dos, y el derecho de la primera a existir sin esperar a que se resolviera la segunda.
—¿Entonces no pide nada que no pediría un aceleracionista? —dijo el moderador.
—Pido lo contrario de una desregulación —dijo Nassim—. Pido que se deje de tratar la espera como una posición por defecto que no hace falta justificar.
El moderador dejó que la frase cayera antes de volver a la carga.
—Algunos de los que están hoy en el público temen una pendiente resbaladiza: ensayos controlados hoy, selección embrionaria generalizada mañana. ¿Qué les contesta?
—Que defiendo una línea, no una dirección —dijo Nassim—. Un adulto que consiente un tratamiento para sí mismo no cruza ninguna línea hacia un embrión que no consiente nada. Son dos objetos morales distintos, y me voy a oponer a cualquiera que quiera confundirlos, en un sentido o en el otro.
—¿Incluso dentro de su propio bando, esta noche?
—No estoy en ningún bando —dijo Nassim—. Vine a defender una frontera.
La respuesta provocó un breve movimiento en la sala: algunos aplausos sueltos, absorbidos enseguida, como si nadie estuviera del todo seguro de si tocaba aplaudir esa frase y no otra.
El chico de la camiseta, dos filas delante de Maya, aplaudió con ganas y se detuvo al ver que su vecina, mayor que él, seguía con las manos cruzadas sobre el bolso; terminó apoyándolas en las rodillas, algo incómodo por haber sido el único, durante un instante, en tomar partido.
Maya lo oyó decir esa última frase con una atención que le costó un esfuerzo físico, como si tuviera que impedir que algo se le cerrara demasiado rápido en el pecho.
No era exactamente lo que decía lo que la inquietaba: cada punto, por separado, podría haberlo discutido con él en una mesa, como habían hecho decenas de veces.
Era cómo lo decía. Sin la duda que ella le conocía sobre ese tema en particular, sin la cláusula de prudencia que siempre añadía, en privado, detrás de cada argumento de ese tipo.
El hombre de ese escenario ya no necesitaba ninguna cláusula.
Había encontrado una que las contenía todas.
David habló después, cuando el moderador le pidió que reaccionara.
No contó su enfermedad en detalle; la mencionó en una frase, con hechos, sin buscar compasión, y retomó casi palabra por palabra lo que le había dicho a Nassim tres meses antes en aquella terraza: que nunca se le piden cinco años a una abstracción, que siempre se le piden a alguien, y que ese alguien tiene un nombre, un historial médico y un número de años que ningún comité de ética le va a devolver a cambio de su paciencia.
—No les pedimos que dejen de esperar —dijo, volviéndose hacia donde Maya adivinaba, sin verla, la silla de Imani—. Les pedimos que nos digan cuánto tiempo creen que tienen derecho a hacernos esperar, y con qué criterios fijaron esa cifra.
Imani, callada hasta entonces, se había inclinado un poco hacia delante en su asiento, con las manos juntas, y escuchaba a David con una atención que claramente no buscaba el punto débil, sino la medida exacta de lo que iba a tener que reconocer antes de contestar.
Dejó que el silencio durara un segundo de más, un silencio que Maya reconoció porque ella misma lo había usado frente a públicos hostiles: el tiempo necesario para que la sala se vuelva hacia ti y no hacia quien acaba de hablar .
—No discuto nada de lo que acaba de decir sobre su propia vida —le dijo a David, con una voz que no buscaba pelea—. Le creo. Creo que su tiempo está contado de una forma que nadie aquí puede medir por usted.
Se volvió hacia Nassim.
—Usted mide lo que les cuesta la espera a los enfermos de hoy —dijo—. En esa cuenta, ¿dónde pone a los que van a nacer con las consecuencias de una decisión que no tomaron?
La pregunta quedó en el aire más tiempo que las anteriores. Maya vio que su padre se la tomaba en serio, en lugar de buscar por dónde escabullirse: la sopesó como habría sopesado cualquier enunciado mal planteado, buscando el punto exacto donde reformularla para poder responder con honestidad.
—No defiendo ninguna decisión que comprometa a nadie más que a quien la toma —dijo al fin—. Por eso distingo entre curar y hacer una modificación transmisible. Hace bien en plantear la pregunta. Le contesto que ya me la hice, y que es justamente ella la que traza la frontera que defiendo.
—Las fronteras se mueven —dijo Imani—. Todas se mueven, con el tiempo.
—Que una frontera pueda cruzarse mañana no basta para negarle un tratamiento a alguien hoy —dijo Nassim.
—Usted a eso lo llama cruzar una frontera —dijo Imani—. La industria lo va a llamar la siguiente versión.
No hubo aplausos claros, solo un movimiento en la sala: manos que se levantaban con teléfonos, encuadrando el escenario y no al público, un gesto que saltó de butaca en butaca en pocos segundos, como una estela silenciosa que subía por las filas.
Maya reconoció la textura de ese movimiento porque ya lo había visto, a lo grande, en las imágenes de la explanada de Civic Center: la forma en que se levantan los teléfonos en cuanto una sala reconoce un intercambio que va a circular.
En el borde de su campo visual, dos cámaras del plató giraron despacio para cerrar el plano sobre Nassim, y un técnico, más abajo, orientó un micrófono de ambiente hacia la primera fila sin que nadie en la sala pareciera notarlo.
Ella no tocó su teléfono, que seguía cerrado sobre sus rodillas, y se sorprendió mirando más las pantallas que grababan a su padre que a su padre en persona.
No habría sabido explicar esa distancia si alguien le hubiera preguntado, salvo que, por el momento, le resultaba más fácil verlo convertirse en imagen que seguir mirándolo a él.
Siguió así hasta la siguiente pregunta del moderador, escuchando a su padre contestar con la misma precisión tranquila, y se preguntó, sin encontrar una respuesta que la convenciera, desde cuándo exactamente él había dejado de necesitar su cláusula de prudencia para decir lo que acababa de decir.
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Nassim — una hora antes.
Antes del programa, en el pasillo de los camerinos, se le acercó una periodista para lo que llamó un «retrato exprés»: dos minutos, prometió, una grabación para una sección en línea, no para la emisión, unas preguntas para ponerles cara humana a los invitados antes de que empezara el debate.
La seguía un camarógrafo con el equipo ya montado y una lucecita roja encendida sobre el objetivo, que Nassim vio sin prestarle más atención que a cualquier otro detalle técnico de un estudio.
Aceptó sin pensarlo más de lo que habría pensado cualquier trámite de ese tipo.
Ella le preguntó su nombre, su cargo, desde cuándo trabajaba en seguridad de sistemas de IA, preguntas que ya había oído de una forma u otra y que contestó con la brevedad que solía reservar para ese tipo de ejercicio, mirando más la hora en su muñeca que la cámara.
Luego, con ese leve cambio de tono que siempre anuncia la pregunta que alguien se ha guardado para el final:
—¿Por qué le toca tanto este tema en lo personal? En su caso no es solo algo profesional, ¿verdad?
—No —dijo Nassim, sin dudar, sin ver en ello más que una cortesía con la que corresponder a una pregunta cortés—. Mi hija está embarazada. Pronto voy a ser abuelo.
La periodista sonrió, anotó algo en la tableta y le dio las gracias. Un técnico se acercó a revisar el micrófono una última vez antes de que lo llamaran al plató. Nassim se levantó y se acomodó el saco.
La lucecita roja de la cámara, sobre el hombro de la periodista, se apagó.