18 Patricia #2
—Yo pregunté primero.
Los labios del duende se retorcieron en una sonrisa, revelando una fila de dientes afilados.
—Bueno, bueno —dijo en fingida rendición—. Digamos que soy… un amigo de lo inusual. Tengo un instinto especial para los lugares donde el equilibrio está un poco… alterado.
Patricia alzó las cejas.
—¿Un amigo de lo inusual?
—¡Exacto! Y a veces, cuando me apetece, estoy dispuesto a… enderezar las irregularidades. —Se rio por lo bajo, un sonido gutural que solo hizo que Patricia sospechara aún más.
—¿Irregularidades? —repitió una vez más.
—Dinámicas de poder desequilibradas, tensiones entre los elementos, grietas en el tiempo… cosas así. Podría ayudarte. —El duende encogió sus hombros escuálidos—. Por supuesto, solo si el precio es adecuado.
La chica se detuvo.
—¿Qué tipo de ayuda ofreces? —No tenía intención de hacer negocios con este tipo, pero sentía curiosidad de todos modos.
El duende levantó un dedo y dio un golpecito al ala de su sombrero, sus ojos brillando con sospecha.
—Depende de lo que estés buscando. Por unas monedas, respondo preguntas simples. Por sumas mayores, incluso puedo intervenir en el gran esquema de las cosas.
Parecía que no era mejor que un gnomo erudito.
—No llevo nada encima para pagarte.
Estaba a punto de seguir caminando, pero se detuvo cuando recordó otra nota de la carta del padre de Eyra. Duendes azules. Estaba tolerado pellizcarlos. Pero, ¿qué pasaba entonces?
—¿Qué eres tú?
—¿Y a ti qué te importa?
Sin pensarlo dos veces, estiró la mano y lo pellizcó en el hombro.
—¡Ay! —Se frotó el lugar y la miró con rabia—. Bien, ¿qué quieres saber?
—¿Vas a responder a una pregunta así sin más?
—No te hagas la tonta. Me pellizcaste. Ahora suéltalo. —Su fingida amabilidad desapareció en el aire; en su lugar, quedó una cara malhumorada, con las mejillas tornándose moradas.
—¿Cómo puedo ayudar a Saul para que podamos salir de Vallesland ilesos?
—¿Por qué no le ayudas con todo lo que tienes para ofrecer?
—Solo tengo mi fuego, y no puedo usarlo contra la naturaleza, porque eso solo empeoraría todo.
—¿Y por qué no aceptas que él es quien te está sacando de aquí?
Patricia refunfuñó entre dientes.
—No me gusta sentirme tan impotente.
El duende se encogió de hombros.
—Entonces deja de sentirte impotente. —Metió las manos en los bolsillos de sus pantalones holgados y se alejó arrastrando los pies.
—¿Eso es todo? ¿En serio? —le gritó.
—Sip —respondió sin darse la vuelta.
Patricia puso los ojos en blanco. Qué conversación más absurda.
—¿Todo bien? —le llamó una voz desde la otra dirección.
—Sí.
Siguió las huellas en el barro y se encontró con Saul, que la esperaba en la siguiente curva con expresión preocupada. Los druidas parecían haberse adelantado.
—¿Con quién hablabas?
—Me acabo de encontrar con un duende azul —dijo poniendo los ojos en blanco mientras continuaban caminando uno al lado del otro.
—¿Dónde? —Saul miró hacia atrás, claramente entusiasmado—. ¿Cómo era? ¿Lo pellizcaste?
Patricia se rio de su curiosidad.
—Un enano desagradable con piel azul. Y sí, lo hice. Pero aparte de soltar un par de comentarios sarcásticos, no pasó nada.
—Vaya… —Saul echó un último vistazo por encima de su hombro—. Decepcionante.
Caminaron en silencio durante un rato, Saul bastante despreocupado, ella todo el tiempo en guardia.
El tamborileo sobre sus cabezas fue disminuyendo poco a poco, y cuando finalmente salieron de debajo del dosel de hojas, la fuerte lluvia había dado paso a una suave llovizna.
La chica, sin embargo, no confiaba en la calma.
No se relajaría hasta que hubieran dejado atrás la frontera.
Debía de estar muy cerca, porque la temperatura ahora era gélida y la vegetación también estaba cambiando cada vez más.
El suelo ya no era musgoso, sino que se volvía cada vez más duro, y los densos helechos verde oscuro cedían el paso a árboles sin hojas cuyas ramas se elevaban hacia el cielo gris con retorcidas curvas.
Sedar los condujo más allá de una piedra gigante, tras la cual se abría un valle yermo.
—El arroyo de allí abajo marca la frontera. —Señaló el curso de agua que serpenteaba por la parte más profunda del desfiladero.
En el lado de Vallesland, el terreno rocoso apenas estaba cubierto por una pizca de escarcha, mientras que al otro lado se extendía una fina capa de nieve.
Solo ahora Patricia se dio cuenta de lo acostumbrada que se había vuelto a todo lo verde.
Sin duda no echaría de menos la naturaleza traicionera de esta tierra, pero extrañaría la variedad que ofrecía a la vista.
Sedar señaló una colina en territorio estraorano.
—En esa dirección encontrarán una cabaña. La casa real recoge allí a los visitantes diplomáticos y los escolta hasta la capital.
—¿Por qué Lianneh no nos recibió allí? —preguntó Patricia.
—Es probable que quisiera intimidarlos un poco. —Comenzó a descender por un sendero muy transitado.
Patricia apretó los dientes en silencio y lo siguió.
—¿Qué vas a hacer con ella? ¿La vas a matar?
Él soltó una risa seca.
—Oh, lo que más duro le resultará a Lianneh es que la dejemos caer en el olvido.
Patricia sonrió con satisfacción. Tal vez tenía razón.
—No la subestimes, es discípula de Veridion. Él le habrá otorgado poder —intervino Saul.
—En cuanto regrese, nuestra tribu celebrará un tribunal y decidirá su destino.
Patricia descendió con cuidado por la pendiente, con los ojos fijos en la frontera. Le habría encantado correr los últimos cincuenta metros, pero el suelo de piedra helada era traicionero, y un paso en falso podría hacerla rodar con demasiada facilidad.
Cuando sonó un sordo estruendo, se quedaron paralizados.
Un escalofrío recorrió la espalda de la chica mientras el suelo comenzaba a temblar, al principio apenas perceptible, luego cada vez más fuerte, hasta que los temblores hicieron que las rocas bajo sus botas se tambalearan.
Miró a Saul, que observaba nervioso a su alrededor.
—¡Sigue avanzando! —instó.
Escombros se desprendían de las laderas y rodaban ruidosamente hacia el valle.
El terreno se volvía cada vez más impredecible.
Ella perdió el equilibrio varias veces, apenas encontrando apoyo en la gravilla suelta que se deslizaba bajo sus pies.
Y a pesar de sentir cómo sus piernas también temblaban, mantuvo el ritmo.
El estruendo se intensificó, pareciendo abrirse paso desde las profundidades. El suelo vibraba cada vez con más violencia. Los temblores la hacían tambalearse, y chocó con Sedar, quien se había detenido.
En el siguiente momento, entendió por qué lo hico, y sus ojos se agrandaron. Bajo el arroyo, la tierra se abrió y se tragó el curso de agua.