Gemas de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 4) 17 Eyra
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17 Eyra

EYRA

Espero con todo mi corazón que la última vez que nos vimos en la cueva del tesoro de Belgor no sea realmente la última.

El invierno en Estraora ya se ha asentado en mis huesos en este corto tiempo y está agotando mi magia.

Aún así, quiero creer que volverás a casa a tiempo.

Pero si nunca más volvemos a vernos, quiero que sepas cuánto te amo a ti y a tu hermano.

Carta de Remond Everlight a su hija Eyra Everlight

Una sacudida recorrió el cuerpo de Eyra mientras permanecía frente la entrada a las cuevas bajo las Llanuras de Hielo.

El deseo de guerra ardió de repente en su pecho.

También el impulso de correr hacia los dragones y derretir el hielo que los mantenía cautivos creció hasta un grado abrumador.

Si este plan fracasa, liberaré a los dragones e iré a la guerra con ellos contra los elfos invernales.

—Está comenzando —murmuró con voz ahogada.

Inclinó la cabeza hacia atrás y miró al cielo despejado. El sol estaba en su cénit, lo que significaba que la Ceremonia de Invierno comenzaría justo dentro de un mes. Lo que se traducía a que su tiempo se había terminado. El juramento exigía que cumpliera su parte del acuerdo.

Merkan la miró por encima del hombro.

—¿Qué quieres decir?

Negó con la cabeza y observó cómo él quemaba un agujero en la gruesa capa de hielo y saltaba dentro pasaje expuesto.

Eyra le siguió, dejando vagar su mirada en busca de una distracción.

Pero los recuerdos que este lugar despertaba en ella eran todo menos tranquilizadores, pues el resultado de su última estancia seguía grabado en su mente.

Le había enseñado que este lugar y sus habitantes eran hostiles.

Y ahora se suponía que debía ganarse a las personas que vivían aquí: un desafío insuperable para el que no sentía el más mínimo entusiasmo.

Pero el juramento no conocía la misericordia y no dejaba lugar a dudas.

Estaba aquí para prepararse para una guerra. Y no podía librarla sola.

Varios hombres y mujeres de fuego se acercaron a ellos.

Solo unos pocos tuvieron el valor de sostener la mirada de Merkan, y aquellos que lo hicieron le saludaron con evidente respeto.

A Eyra apenas la notaban. Como mucho, una o dos personas miraron con cierta irritación al mirlo de nieve posado en su hombro y a ella le pareció perfecto.

Sin embargo, el juramento, ahora completamente desplegado, parecía tener un problema con ello, pues la presión en su interior crecía a pasos agigantados.

Era como si exigiera que se pusiera en el centro de atención en ese mismo instante.

Por todos los cielos, ¿qué tenía en mente?

¿Se suponía que debía detener a cada persona y dejar que su poder estallara hasta que todos se arrodillaran temblando ante ella?

Así era como se conseguían ejecutores ciegos de órdenes, no súbditos leales.

Además, no necesitaría a ninguno de los dos una vez que sus compañeros completaran su tarea y depusieran a Lorelai.

Este pensamiento la llevó de vuelta a Noah, y su preocupación por él regresó con toda su fuerza.

—¿Noah? —preguntó a través de su vínculo, como ya había hecho innumerables veces durante los últimos dos días.

Una vez más, no recibió respuesta. Esperaba con todas sus fuerzas que estuviera en silencio porque ya no era el portador de la piedra de las hadas. Sin embargo, la pregunta sobre a quién podría haberle pasado la gema la dejaba desconcertada.

Emberis no se había puesto en contacto con ella desde aquella conversación en la que analizó cada uno de los detalles de su juramento.

Al principio, estuvo esperando algún tipo de intento de intimidación o amenaza para impedirle llevar a cabo su plan; pero cuanto más tiempo permanecía en silencio, más crecía la sospecha de que esta empresa era en realidad ventajosa para él.

Las otras fuerzas malignas estaban ocupadas evitando la destrucción de las gemas.

Esto le dejaba libre para prepararse para una guerra con el fin de someter a los elfos invernales.

Nevalis había hecho exactamente lo mismo.

Fingió ayudar a defenderse de Celest Vestan mientras ordenaba a su rey atrapar a todos los dragones en el hielo eterno.

La treta le funcionó. Pero Emberis había encontrado una manera de liberarlos de nuevo y contraatacar. Con su ayuda.

Al pensarlo, la fuerza de su fuego empujó contra la creciente opresión en su pecho. Mantendría su promesa; no tenía otra opción. Sin embargo, planeaba tomarse su tiempo, liberando un dragón tras otro del hielo. Eso daría a sus compañeros tiempo suficiente para llegar a la Fuente.

Su juramento se alzó de nuevo. Era claro que no aprobaba este curso de acción.

Como la distracción funcionaba mejor, se dirigió a su segundo vínculo de compañero.

—¿Saul?

—A tu servicio. —Sonaba alegre, casi eufórico.

—¿Estás bien?

Sus historias sobre plantas carnívoras, una bandada de druidas peculiares y un bosque viviente habían sonado más que aventureras; aún así, prefería preguntar una vez más.

—No te preocupes, nos acercamos a la frontera. Una vez que dejemos Vallesland, lo peor quedará atrás. Oh, espera… te contactaré más tarde.

Su atención también fue requerida en otro lugar.

—Galen. Rubén. —Se detuvo frente a los dos hombres de fuego, con las cejas arqueadas. Galen vivía aquí en el norte, pero ¿por qué Rubén estaba aquí?

Merkan se posicionó delante de ella como si fuera su guardaespaldas personal.

Por una vez, su instinto protector no la molestó.

Aunque los dos no suponían una amenaza seria para ella, quería evitar una pelea, y Merkan era el amortiguador perfecto.

Con su naturaleza resuelta, cortaría de raíz cualquier hostilidad, por pequeña que fuera, antes de que su ira pudiera siquiera agitarse.

Además, podría impedir que los dos la atacaran si sacaban el tema de Gareez.

La noticia no los haría felices, y atacando solo se arriesgarían a precipitarse hacia su propia ruina.

Merkan curvó los labios.

—¿Qué haces aquí, Rubén? —Su perro guardián cumplió con su deber.

Le costó reprimir una sonrisa.

—¿Dónde está Gareez? —El líder del sur fue directo al grano.

Merkan tomó una bocanada de aire profunda.

—En las mazmorras de Tallesfeld.

Eyra quería creer que eso era cierto y que seguía viva.

—Tú… —Rubén se abalanzó hacia delante, pero se contuvo a tiempo y retrocedió un paso—. ¿Cómo sucedió eso? —logró articular.

—Se dejó capturar para distraer a Lorelai de nosotros —explicó Eyra con toda la calma posible—. Nos salvó.

Era difícil imaginar lo que habría pasado si Lorelai la hubiera desenmascarado de inmediato. En ese caso, probablemente no habrían logrado escapar.

—¿Que hizo qué? —Galen se pasó ambas manos por su cabello rapado.

—Si hubiéramos regresado para liberarla, su sacrificio habría sido en vano. En cuanto derrotemos a Lorelai, quedará libre.

Un músculo palpitó en la mejilla de Rubén, con la mandíbula tan tensa que parecía estar conteniendo innumerables acusaciones. Al parecer, su pequeño discurso sobre que él debía esforzarse más en cooperar con ella seguía surtiendo efecto. En su lugar, ahora fijó en Merkan una mirada asesina.

—Oí que dejaste que te arrebataran a tu dragón. —La comisura derecha de su boca se crispó con burla—. ¿Cómo pasó, Merkan?

La mirada de su compañero se volvió letal.

—Lyra…

—Lyra está con Zeros en una misión importante para mí. Merkan recibirá otro dragón a cambio —interrumpió Eyra.

Merkan la miró irritado. Cuando ella le hizo un gesto afirmativo con la cabeza, él enderezó la postura.

—Así es. Eyra pronto se dispondrá a liberar más dragones.

Durante una fracción de segundo, el fuego destelló en los ojos de Rubén.

—¿Así que por fin has llegado a comprender que solo podemos enfrentarnos a los elfos invernales con una guerra?

La chica quiso objetar, pero el juramento le arrancó un «Sí» de los labios.

En un instante, Gareez pareció quedar olvidada: los rostros de los dos hombres de fuego se iluminaron.

—Esas son buenas noticias, Eyra —dijo Rubén en un tono aterciopelado que le recordó a los viejos tiempos. Claramente pensaba que volvían a estar en el mismo bando.

—¿Y quiénes serán los jinetes de dragón, si se puede saber? —preguntó Galen con naturalidad.

Eyra sonrió.

—Todos los que sepan de dragones, que me juren lealtad con magia ancestral durante la guerra y que se sometan a ciertas reglas.

Aunque prefería súbditos que la siguieran por convicción, considerando las limitaciones de tiempo, prefería tomar el atajo, sobre todo porque no podía permitirse correr riesgos con los jinetes de dragón.

—¿Qué implica ese juramento? —preguntó Rubén.

Eyra sabía que no debería estar disfrutando tanto, pero era demasiado maravilloso tener las cartas ganadoras por una vez.

—Merkan y yo lo pensaremos a su debido tiempo.

De nuevo, este la miró de reojo.

Ella no le hizo caso, ya que no era el momento ni el lugar para una explicación. Si no quería hacerlo todo ella misma, necesitaba un primer oficial que fuera respetado por todos y a quien la gente considerara su igual. Así que tenía que fortalecer su posición siempre que pudiera.

—Todavía no has respondido. ¿Qué estás haciendo aquí? —Merkan volvió a su pregunta inicial.

—Recibimos el mensaje de que Eyra se dirigía al puesto norte. Por eso vinimos aquí con Naran.

Una calidez entró en su pecho y se extendió por su cuerpo como un rayo de sol. Su corazón latió más rápido y una sonrisa despreocupada se dibujó en su rostro. Sin embargo, al momento siguiente se le ocurrió una pregunta que amortiguó su alegría.

—¿De quién era ese mensaje? —¿Sería alguno de los discípulos de Emberis quien se los dio?

—Bueno… —Rubén balanceó la cabeza de un lado a otro, y la sensación de inquietud de Eyra se profundizó—. Fue ese mirlo de nieve.

La mirada de Eyra viajó hasta su hombro.

—¿Tú?

—Por supuesto que no fui yo, ¿cómo podría haberlo logrado?

Estuve con usted todo el tiempo —respondió Theo—.

Sin embargo, es posible que enviara un mensaje a un camarada por cuya discreción pondría mi garra en el fuego.

Se suponía que debía entregárselo a su hermano.

—Fijó sus ojos en Rubén—. Pero no llegó hasta Naran.

Al parecer, apenas escapó de la muerte en las cuevas.

—El mirlo erizó las plumas sobre sus ojos diminutos.

Rubén se aclaró la garganta.

—Los guardias fueron… minuciosos.

—¿El pajarito está bien? —preguntó Eyra.

—Las plumas ya están creciendo de nuevo, sí. —Una vez más, Theo lanzó a Rubén una mirada fulminante.

Este por su parte comenzó a explicar, pero Eyra lo interrumpió.

—¿Dónde está Naran?

—Tercer ala a la derecha, cueva diecinueve.

La chica solo tenía una vaga idea de adónde tenía que ir, pero empezó a correr.

Al parecer, a Theo le resultaba demasiado incómodo estar en su hombro, porque se impulsó y revoloteó junto a ella.

—Gracias, gracias, gracias —le dijo Eyra. Solo ahora se daba cuenta de cuánto necesitaba la sonrisa de un ser querido.

—Se lo transmitiré a Simón en cuanto se recupere —murmuró el pajarito.

Pidió indicaciones tres veces y pronto se encontró frente a la cueva de su hermano.

Con una amplia sonrisa, llamó y abrió la puerta.

—¿Qué…?

Naran se detuvo a mitad de giro, dio un gran paso hacia ella y la estrechó entre sus brazos. Hubo momentos en que su abrazo apenas era más fuerte que una suave brisa. Ahora, le cortaba la respiración.

Por encima del hombro de su hermano, Eyra divisó la figura demacrada de su padre.

Esperó sentir la ira que siempre la invadía al verlo, pero no llegó.

En su lugar, una cálida gratitud se extendió por su pecho.

Sin su trabajo previo, nunca habrían llegado tan lejos.

Pero eso no era lo único que la había suavizado.

Lentamente, se apartó de Naran y se volvió hacia su padre.

—Gracias por la carta. —Él le había explicado todo y le había transmitido de manera creíble lo difícil que fue para él dejarla a ella y a Naran atrás.

Remond Everlight se levantó y se alisó el chaleco de cuero marrón.

Sus movimientos parecían tan torpes que Eyra se arrepintió al instante de haber incluido solo a Naran en su primer acuerdo con Emberis.

Debería haber insistido en devolver la magia que el rubí les arrebató a su padre y a Sophie y transferido a ella en aquel entonces.

—Espero que te haya ayudado un poco.

—En realidad, me ayudó muchísimo.

—Me alegra oír eso. —Con un movimiento rápido se secó las lágrimas de las comisuras de los ojos.

—Aun así, desearía que hubieras hablado conmigo en aquel momento. Pero ahora puedo entender el resto de tus acciones.

—Prometo ser más sincero contigo en el futuro.

Naran suspiró.

—Por fin.

—No puedo expresarte lo agradecida que estoy —repitió a Theo en sus pensamientos.

Los ojos pequeños y brillantes del pajarito se agrandaron. Saltó de un lado a otro en el borde de la cama y dejó escapar un alegre gorjeo.

Cuando todas las miradas se volvieron hacia él, se detuvo de golpe y se erizó incómodo.

—Ha sido un placer —respondió solemne, hinchando las plumas de su pecho.

En realidad, ya no había motivo para que se comunicaran telepáticamente; Emberis lo sabía todo de todos modos. Aun así, a Eyra le complacía que Theo se abriera a ella, porque de verdad le caía bien.

—¿Por qué ahora? —Antes no había sido su culpa.

—Yo… bueno… quería demostrarle, a usted… —Titubeó, como si él mismo se diera cuenta en ese momento de lo absurda que era esa línea de pensamiento.

—Ya lo demostraste con lo de la tetera.

—Lo de la tetera. Cierto —dijo con un tono serio que dejaba claro lo bien que recordaba la reprimenda que recibió por ello.

Mientras tanto, Naran la miró primero a ella y luego a Theo con el ceño fruncido.

—¿Puedes hablar con un pájaro mentalmente?

Eyra estaba a punto de preguntarle qué era lo que le resultaba tan confuso cuando la voz de Sophie sonó detrás de ella.

—¿Quién está hablando con pájaros?

La compañera de su padre revoloteó en su campo de visión y detrás de ella, otra mujer entró en la cámara, una que le resultaba vagamente familiar.

Era bajita, con el cabello rubio platinado hasta los hombros, y llevaba un vestido rosa pálido que se ceñía a su figura curvilínea.

Pero fueron los ojos verde musgo con el anillo rojo alrededor del iris los que dieron el empujón final a su memoria.

Eyra miró el rostro de la bruja, casi siempre oculto bajo capas de polvo blanco.

—¿Madame Moryena?