Gemas de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 4) 9 Eyra
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9 Eyra

EYRA

Si alguno de ustedes es descubierto, debe actuar con rapidez. Cuanto más rápido lleguen a la Fuente, mejor. No den a los dioses tiempo suficiente para forjar un plan común.

Redacción similar en las cartas de Remond Everlight a Fayette Dupont, Eyra Everlight y Saul de Eisenburg

Lazar le volvió a cubrir el rostro con el velo antes de que fueran en busca de las otras novicias que se alojaban en Tallesfeld.

A paso moderado, siguieron a Miriam y a Elandra a través de los pasillos sin ventanas.

No eran intrusos, sino nuevos empleados a quienes una novicia y la mayordoma, como Eyra ahora sabía que era, les mostraban las instalaciones.

De vez en cuando, Miriam señalaba alguno de los salones donde se impartían clases, explicando cuándo estaba prohibida la entrada, o detallando el horario de las comidas.

Ninguna de las aspirantes a sacerdotisas o guardias que se cruzaban en los pasillos les prestaba atención.

Esto a pesar de las chispas que de vez en cuando bailaban en los dedos de Eyra, que mantenía ocultos tras la espalda.

Estaría preparada en caso de que estallara una pelea.

Lazar y Merkan permanecían cerca, a su lado.

La presencia de su compañero irradiaba una calma familiar; sus pasos pesados eran firmes y seguros, como si nada pudiera hacerle perder el equilibrio.

Merkan, por otro lado, se movía con la agilidad de un leopardo de las nieves, cada músculo tenso, listo para reaccionar ante el menor peligro.

Su mirada saltaba constantemente hacia cada sombra oscura y escrutaba a cada transeúnte.

—Relájate, o tu nerviosismo nos delatará —le susurró Eyra.

Respondió con un suave gruñido.

Los pasillos se ramificaban varias veces y, a pesar de sus esfuerzos, Eyra perdió el sentido de la orientación. La novicia los guiaba con determinación hasta que llegaron una vez más al pasillo con la fachada de cristal.

La hermana se detuvo frente a una sala de la que emanaba luz blanca.

—Sofía está dando clase en este momento. Será más fácil de convencer. Entren y esperen a un lado, en el fondo, para que no los descubran en el pasillo. Yo iré al frente y la traeré.

Eyra echó un vistazo a la sala. Solo podía ver la fila trasera. Las estudiantes estaban sentadas muy juntas sobre sus cojines. Algunas estaban rodeadas por una luz brillante, mientras que otras luchaban con su magia, haciendo que puntos azules, verdes y rojos bailaran a su alrededor.

Lazar fue el primero en entrar tras Elandra, seguido por Miriam, quien estaba más acostumbrada a los efectos de la luz blanca. Eyra y Merkan, sin embargo, dudaron un momento antes de seguirles.

Eyra sintió como si se sumergiera en un helado estanque de profunda tranquilidad.

La suave magia la envolvía en lentas oleadas casi tangibles, y con cada paso que daba adentrándose en la sala, su tensión se desvanecía como la niebla disolviéndose bajo el sol.

Su ira, su miedo a no salir ilesa de Tallesfeld y su preocupación por que Emberis la expusiera se hundieron en una serenidad inquebrantable que la envolvió por completo.

En el pasado, habría odiado este estado; cada fibra de su ser habría anhelado alejarse de este lugar.

Pero el tiempo que pasó siendo capaz de generar magia blanca por sí misma le enseñó que existía un poder en esta calma que podía aprovechar.

Ahora que sus emociones estaban equilibradas, sus pensamientos podían fluir con mayor libertad.

Y así, continuó perfeccionando su plan mientras esperaban a la novicia, quien con suerte regresaría con su colega.

Se suponía que pronto debían partir hacia la Fuente.

Habían elegido visitar Tallesfeld casi hasta de último para dar a Emberis menos tiempo para estropear sus planes.

Esa decisión podría ser ahora su perdición, porque primero tenían que viajar a Calor para reunir el Consejo de Lorelai.

Si tuvieran otra montura voladora, ella y Lazar podrían separarse.

Solo ella estaba obligada por el juramento a arrebatar los poderes a Lorelai mediante el contrahechizo.

Lazar podría llevar el cristal y el rubí a la Fuente.

No importaba cuál de ellos se asegurara primero de que Lorelai perdiera sus poderes.

Lo principal era detener la próxima Ceremonia de Invierno, que sepultaría el sur bajo la nieve.

Los pensamientos de Eyra fueron interrumpidos por el regreso de la novicia.

Ella y otra mujer vestida de blanco se dirigieron hacia ellos, con las manos entrelazadas frente al pecho.

Al parecer, la otra hermana también conocía sus verdaderas identidades, porque estudió primero su rostro, y luego el de Lazar, como si pudiera levantar el velo de sus facciones con la mirada.

—¿Vendrá con nosotros? —susurró Eyra tan pronto como llegaron a su altura.

Ella inclinó la cabeza en confirmación. O no quería causar una escena o todavía se sentía obligada por su voto de silencio. Eso no hablaba a favor de su fiabilidad, pero al menos los acompañaba por voluntad propia.

—Las estudiantes seguirán practicando durante otra media hora, aproximadamente. No se notará su desaparición antes del descanso —explicó Elandra.

—Bien. Llévenos a la otra novicia. —Casi lo habían conseguido.

—Fue atacada ayer y está en sus aposentos. Primero intentaré convencerla.

Eyra asintió. Ella también preferiría que la tercera monja se uniera a ellos sin tantos revuelos.

Juntos abandonaron la sala y siguieron la larga hilera de ventanas, tras las cuales ahora no reinaba más que oscuridad, cuando un dolor punzante atravesó su cabeza.

La presencia divina de Emberis se cernió sobre ella y un peso aplastante en su pecho, hizo de cada respiración una lucha.

Su latido se ralentizó mientras la antigua magia circulaba a su alrededor como una tormenta en formación.

Cada pensamiento claro fue sofocado por este poder ancestral; y solo una única pregunta atravesó ese denso velo: ¿Qué había ocurrido para enfurecerle tanto?

Lazar y Merkan saltaron a su lado y la sujetaron.

—Me han llegado noticias. —La voz del dios retumbó a través de ella, haciendo vibrar cada una de sus células.

—¿Qué quieres decir?

Apenas pronunció las palabras cuando la respuesta se abrió paso desde el caos de sus pensamientos. Estaba enterado de su verdadero plan. Uno de sus compañeros debía haber sido descubierto.

—El juramento… ahora lo veo. Lo jugaste con astucia, eso tengo que reconocerlo.

Esto no era bueno. Esperaba que Emberis se enterara pronto de su traición, pero el momento no podía ser peor.

—No tengo ni idea de lo que estás hablando.

A pesar del peso que aún la oprimía, enderezó la espalda, respiró hondo y les hizo a los demás un gesto brusco para que siguieran avanzando. Comenzaron a caminar de nuevo, pero tanto Lazar como Merkan la sujetaban con firmeza.

—¿Qué ocurre? —preguntó Lazar.

—Dame un minuto.

—Enviaste a tus otros compañeros a Oritea y Vallesland, y solo se me ocurre una razón por la que harías eso.

Maldita sea. Así que Saul o Noah sí habían sido descubiertos. Eyra esperaba que estuvieran bien, pero tuvo que apartar su preocupación por ellos. Necesitaba toda su concentración para escapar.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó, ya que negarlo sería inútil.

—Dejaré que el juramento haga el trabajo por mí —respondió Emberis con suficiencia, aunque su peligroso tono subyacente no se le escapó.

—Las fuerzas malignas conocen nuestro verdadero plan. ¡Cuidado con Miriam! —le advirtió a Lazar.

Apenas pronunció la advertencia cuando la mujer de fuego se giró para enfrentarlos.

Eyra levantó los brazos, esperando un ataque; pero en su lugar, Miriam dirigió una llamarada de fuego hacia Lazar.

Él desvió el ataque levantando un muro de hielo del ancho del corredor entre ellos y Miriam en una fracción de segundo.

Las dos novicias retrocedieron asustadas hasta que sus espaldas chocaron contra las paredes del corredor.

—¿Por qué nos ataca de repente? —gruñó Merkan.

Por primera vez, Eyra lamentó no haberle contado todo, porque ahora no tenía posibilidad de entender la gravedad de su situación.

—Digamos que hemos enfadado a las fuerzas malignas.

Los hombros de Lazar se tensaron mientras reforzaba el muro de hielo, que se derretía bajo el asalto ardiente de Miriam.

—Deberíamos marcharnos sin la siguiente novicia.

Eyra quería estar de acuerdo, pero sentía la voz paralizada. Si puedo, cumpliré las condiciones del contrahechizo. Tenía que continuar con esta parte. No podía irse antes de eso.

—Yo… no puedo abandonar este plan.

El pecho de Lazar subía y bajaba como si luchara por mantener la compostura y, con ella, su centro. Con una expresión glacial, fijó su mirada en Elandra.

—Llévenos hasta la novicia restante. Rápido. Lorelai estará aquí en cualquier momento.

Eyra ni siquiera había pensado en eso. Ya que los dioses habían hablado sobre su plan, Lorelai pronto lo sabría también. ¿Y qué mejor manera para las fuerzas malignas de detenerla que con otra portadora de piedra cuyo poder era superior al suyo?

Dejaré que el juramento haga el trabajo por mí. Entonces comprendió las palabras de Emberis. Un escape directo era imposible, y Lorelai usaría eso a su favor.

Elandra se apresuró por los corredores. La otra novicia no dejaba de mirar a su alrededor, ralentizando sus pasos.

—Debería volver a mi clase. Si Lorelai se entera de esto…

Eyra no tenía tiempo para contemplaciones.

—O viene con nosotros o tendré que matarla aquí mismo. Esas son las únicas dos opciones para derrocar a Lorelai. —Para subrayar sus palabras, hizo que algunas llamas se alzaran en su mano.

Los ojos de la novicia se abrieron como platos. Con los hombros encogidos hasta las orejas, se apresuró a continuar. Pero sus pasos volvieron a ralentizarse cuando un frío cortante se formó frente a ellos.