Gemas de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 4) 1 Patricia #2
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1 Patricia #2

—Te estás distrayendo tú solito al preguntarme sobre mis preferencias. Y, además, eres bastante presumido. No toda mujer que no cae rendida ante tus palabras encantadoras a la primera, está inclinada hacia el sexo opuesto.

Saul se atragantó, dejó sus cartas boca abajo y tosió en su puño.

—¿A quién le toca?

—A mí. —Patricia, que había olvidado el juego por un momento, tomó una carta de su mano y la arrojó sobre el montón de la izquierda—. ¿Quién puede superar esto?

Las comisuras de los labios de Lianneh se elevaron.

—¡Ja! —Colocó un dos de picas encima. Patricia intentó no mostrar su fastidio y estudió sus cartas para que su próximo movimiento fuera mejor—.

Mi padre querrá comprobar si tienes habilidad en el uso de la magia verde.

Después de todo, te confiará la esmeralda del bosque.

¿Crees que estás a la altura? Me aseguraré de que sus expectativas sean bajas de antemano.

—Sí, eso creo. Debería poder arreglármelas de alguna manera. —Saul se rio a secas, lo que Lianneh recibió con una mirada interrogante.

La mujer de fuego, sin embargo, podía adivinar lo que pasaba por su mente.

—¿Qué sientes ante la idea de llevar la esmeralda del bosque?

Saul jugó su siguiente carta.

—Me asusta más cómo será tener que quitármela después.

—¿Porque su efecto se hace más fuerte cuanto más tiempo se lleva puesta?

No contestó. Pasaron tres rondas antes de que rompiera su silencio.

—Porque sé lo que es perder tanto poder.

Un sentimiento opresivo se apoderó de su corazón.

—Sí, eso duele. —Podía empatizar demasiado bien con su dolor—. Te ayudaré a quitarte el collar. Te lo prometo.

Lo vio tragar saliva.

—Cuando tenga el poder de la esmeralda del bosque, no podrás hacer nada contra mi voluntad. No, yo mismo tendré que ser fuerte por mi cuenta. Eyra puede enfrentarse a su dios, así que yo también lo conseguiré. —El ligero temblor en su voz traicionaba su determinación.

—Entonces te ayudaré a ser fuerte.

—Eso estaría bien. —Apretó los labios en una fina línea—. ¿Cuánta…? —dudó—. ¿Perdiste mucha magia en casa de Madame Moryena?

Esta vez fue su turno de dudar durante unas rondas.

Perdida en sus pensamientos, jugó sus siguientes cartas mientras revivía la escena poco después de su llegada a Vallesland.

Solo había podido invocar su fuego con el mayor de los esfuerzos, y no se había atrevido a hacerlo desde entonces.

Oficialmente, era porque no quería darle a la naturaleza otra razón para atacarla.

Pero en el fondo, sabía que había algo más.

Era el miedo a enfrentarse a su propia insuficiencia lo que la retenía.

Era demasiado fácil acostumbrarse a la fuerza; dejarla ir, en cambio, era mucho más difícil.

—Ya no puedo convertirme en fuego.

Los labios de Saul se entreabrieron, y su mano se estremeció como si estuviera conteniéndose de acariciarle el brazo.

—¡Ja! —exclamó Lianneh de nuevo, atrayendo la atención del elfo—.

Dejaré pasar este grosero comportamiento de hablar en silencio en mi presencia, solo porque te ha hecho jugar tan mal.

Y no te atrevas a negarlo. Tengo ojos en la cara.

—Lanzó una mirada severa a Patricia y agitó un dedo hacia Saul—.

Pero esta ronda es mía. —Jugó su última carta y sonrió—. Me encanta ganar.

—Enhorabuena. —Patricia inclinó la barbilla y se puso en pie—. Si me disculpan. El posadero mencionó una hoguera en el pueblo esta noche, y me gustaría verla.

Era justo el consuelo que necesitaba ahora mismo. Y ellos dos podrían aprovechar un poco de tiempo a solas.

La punzada que este pensamiento le produjo hizo que se apresurara hacia la salida un poco —demasiado— rápido.

—Los veo luego.

—¿Patricia? —la llamó Saul.

—¿Sí? —Se volvió hacia él y tragó saliva ante la ternura de su mirada. Su comportamiento no estaba ayudando, y no solo porque no deberían avivar más las sospechas de la elfa.

Saul pareció haber llegado a la misma conclusión, porque la despidió con un sobrio gesto de cabeza.

—Diviértete.

—Gracias. —Aunque quería alejarse lo más rápido posible, cerró la puerta tras de sí con demasiada lentitud y miró hacia la noche desde el balcón.

El pueblo se extendía a través de varios niveles, una red de casas en los árboles que colgaban de las ramas más bajas y llegaban hasta lo alto de las copas de árboles antiguos.

Luces mágicas iluminaban los puentes cubiertos de musgo y los estrechos pasadizos que conectaban las casas.

Miles de luciérnagas flotaban a través de la oscuridad sobre ella, transformando el dosel de hojas en la ilusión de un cielo estrellado.

Patricia bajó la mirada: las voces y risas de los aldeanos resonaban desde el suelo.

Pero no fue eso lo que la impulsó a buscar la escalera de cuerda más cercana.

Era el aroma acogedor de la madera ardiendo.

Este olor contenía un consuelo para ella que nada podía igualar, ni siquiera esa falsa magia verde de Lianneh.

Descendió y se dirigió hacia la hoguera, que ocupaba la mitad de la plaza del pueblo. A medida que se acercaba, aspiró el aire humeante en sus pulmones de una manera profunda, atrapó algunas chispas que le traía la suave brisa y las dejó girar alrededor de sus dedos.

Los lugareños se habían reunido, riendo y charlando mientras la luz parpadeante bailaba en sus rostros.

Los niños corrían, persiguiéndose unos a otros alrededor del hoyo de la hoguera.

El crepitar de las llamas y el calor de la comunidad le hicieron olvidar todas sus preocupaciones y le recordaron tiempos pasados.

Imágenes de una época en la que ella y Merkan habían correteado alrededor de un fuego surgieron en su interior.

Los líderes del Tren Rojo siempre procuraron desafiar el frío del solsticio de verano con una magnífica hoguera.

Tal espectáculo solo ocurría una vez al año, ya que la leña era un bien raro y preciado en los reinos helados.

Entonces, como ahora, no había nada más hermoso para ella que escuchar el crepitar y sentir el calor que calentaba sus mejillas.

Su mirada recorrió la reunión. El fuego era un símbolo de conexión, un lugar donde se transmitían historias y tradiciones, donde el pasado permanecía vivo y el futuro tomaba forma.

Se acercó con una sonrisa. Antes, las llamas se habrían inclinado en su dirección como si quisieran estar más cerca de ella; ahora tenía que atraerlas.

Un vacío profundo se formó en su estómago, pero no le dio espacio a ese sentimiento y extendió la mano.

Le costó toda su concentración formar un pequeño círculo de fuego.

Lo dejó girar por el suelo y luego lo envió de vuelta.

—¿Sola por aquí? ¿Dónde está su marido?

Patricia se estremeció.

—Saul debe de andar por aquí. Estoy segura de que se unirá a mí en cualquier momento.

—Se volvió hacia Sedar y le sonrió mientras se dirigía a Saul con sus pensamientos—.

Deberías venir. El prometido de Lianneh está aquí y se pregunta por qué no estás con tu esposa.

—Esperaba que su conexión mental fuera ya lo bastante fuerte como para que sus palabras le llegaran a esa distancia.

—Estoy en camino.

—Es hermoso, ¿verdad? —preguntó, tratando de ganar algo de tiempo.

—Debe de ser difícil, como ser de fuego, vivir en una tierra donde no hay nada más que frío.

—Lo es, sin duda.

—¿Cómo es que eligió a un elfo invernal a pesar de todo? Y a uno de los príncipes, además, a quien se le puede culpar de este mismo estado de las cosas.

—Saul y yo tuvimos un comienzo un poco difícil, es verdad. Cuando descubrí quién era en realidad, me enfurecí. Pero una vez llegué a conocerlo mejor…

Pensó en el momento en que Rubén reveló las identidades de los príncipes. Se había mantenido tranquila, ya que sospechaba que Merkan la enviaría a la búsqueda con ellos a pesar de la revelación y era más prudente mantener la paz. Por dentro, sin embargo, hirvió de rabia.

—Es un hombre bondadoso.

—No quiero entrometerme, pero su relación no parece ser de un amor profundo. Más bien sospechaba que usted también era de alta cuna y que esta unión servía para aliviar las dificultades entre dos pueblos. Similar a Lianneh y a mí.

—Se equivoca. Los elfos invernales son… reservados con las muestras de afecto. —Al menos, cuando no estaban enfadados con sus compañeros y los sometían al silencio como respuesta.

Juntos miraron el fuego con fijeza, y Patricia esperaba que este acuerdo silencioso sirviera de puente hasta la llegada de Saul, pero el druida habló de nuevo.

—Puede que no entienda mis acciones, ¿cómo podría? Pero hay mucho que depende de este matrimonio.

—Oh, me subestima. Eso no fue particularmente difícil de entender. Al fin y al cabo, planea casarse con una princesa y así asegurarse el trono para usted.

—Mi gente cuenta conmigo.

No pasó desapercibido para Patricia que ya estaba hablando como un rey. Su gente.

—Hizo lo que creía necesario. —Sabía lo que era sentirse oprimida en el propio país—. Es solo que casi me arrebata a Saul, y me temo que, en cuanto a eso, me costará tiempo perdonarle.

—Intentaré compensarlo.

—¿Qué quiere compensar? —resonó la voz de Saul.

Estaba a punto de girarse hacia él, pero al momento siguiente ya la estaba rodeando con sus brazos por detrás.

A pesar del frío que irradiaba, un cálido escalofrío le recorrió la espalda. Se obligó a esbozar una sonrisa, pero esta flaqueó cuando el fresco aliento de Saul le rozó el cuello. Inmediatamente lamentó haberse recogido el cabello y, al mismo tiempo, en parte se alegró por haberlo hecho.

—La emboscada que les tendí —respondió, resistiendo el impulso de recostarse contra él y cerrar los ojos. Por Dios, ¿qué le pasaba?

Para su suerte, Saul dejó caer los brazos, pero se quedó de pie muy cerca, tras ella.

—Todos hacen lo que consideran correcto por su país —dijo Saul en tono conciliador.