Bonus
Maya
Despedirme de Jordan ha sido lo más difícil que he tenido que hacer en mi vida. Al menos he conseguido controlar las lágrimas. Bueno, más o menos, pero ahora, ya dentro del avión, rompo a llorar.
Lo he perdido para siempre. No sé cuánto tiempo pasa hasta que siento un toque en el brazo. Me quito las manos de la cara y miro a mi derecha. Un tío con pinta de delincuente peligroso me está hablando
—¿Qué? —le digo mientras me sorbo los mocos.
—¿Que qué te pasa? Que nos estás poniendo de los nerviosos a todos.
—Nada.
—Para ser nada llevas treinta y cinco minutos llorando más que el bebé de la última fila.
El delincuente sin un ápice de empatía me mira esperando que responda.
—He perdido al amor de mi vida.
—Qué dramática. Seguro que no era para tanto.
—¿Sabes quién es Jordan Preston?
—El receptor de los White Sharks.
Asiento.
—¿Ese es tu ex?
Silba sorprendido y eso todavía me jode más, como si Jordan fuera demasiado para mí.
—¿No me digas que te ha dejado por la rubia buenorra que habla en todas las ruedas de prensa?
—¿Cómo lo sabes? —Lo miro sin dar crédito.
El delincuente se ríe.
—Porque está muy cañón y cualquiera querría hacérsela.
—Eres asqueroso.
No sé por qué le he dicho nada.
—Sí que estás jodida, sí.
—Gilipollas.
El delincuente se ríe.
—Se me ocurre una forma de hacerte olvidarlo por un rato.
Me quedo mirándolo sin entender.
—¿Has tenido sexo alguna vez en un avión? Seguro que no.
No sé qué me ofende más: el que dé por hecho que no lo he hecho como si fuera una mojigata o el que lleve razón.
—Claro que lo he hecho en un avión.
—Genial, pues ya sabes cómo va. Vas tú primero al baño y luego voy yo.
—Ni en un millón de años, salido.
El tío se vuelve a reír y se encoge de hombros.
—Como quieras, princesa. Házmelo saber si cambias de idea.
Se pone unos iPods y cierra los ojos, con lo que ni siquiera puedo mandarle a la mierda porque ya no me está escuchando.
Me cruzo de brazos ofendida. Menudo idiota.
Después de un rato sentada tan tiesa en mi sitio que me está empezando a dolor la espalda, me recuesto un poco y le echo un vistazo.
Sigue con los ojos cerrados, así que me permito mirarlo.
Me doy cuenta de que es bastante grande, va hecho un cuatro en su asiento.
Lleva un anillo en una mano y un tatuaje en uno de los brazos.
Menudo hortera. La camiseta negra que lleva puesta se le pega a los pectorales.
La verdad es que el tío está bastante bueno, si te gusta el rollo de delincuente peligroso.
Vuelvo a echar un vistazo a su cara, lo último que quiero es que me pille dándole un repaso. Sigue con los ojos cerrados. Lleva el pelo bastante corto, como si fuera un marine o como si acabase de salir de la cárcel, y tiene unos labios que...
—¿Has terminado de repasarme? —me dice con los ojos todavía cerrados.
Me ha pillado. Debo de haberme puesto roja y corriendo me estiro otra vez en mi asiento, mirando al frente.
El delincuente se ríe.
—¿Has cambiado de opinión? —Todavía tiene los ojos cerrados.
—En tus sueños.
Sonríe.
—En los tuyos, princesa.
Vuelvo a cruzarme de brazos y suspiro. Vaya un capullo engreído.
Miro el reloj: todavía quedan tres horas y media de vuelo. Saco un libro de mi mochila y leo veinte veces la misma página sin enterarme de qué pone. Al menos el delincuente tenía razón; ya no estoy pensando en Jordan, estoy de mala hostia y de los nervios.
Vuelvo a echarle un vistazo. Quizá echar un polvo me venga bien.
«Maya, por Dios, te has vuelto loca. ¿Desde cuándo echas polvos con delincuentes en aviones?», me reprendo.
«Y así te va», me dice otra vocecita. «¿Y si te estaba tomando el pelo?».
Dejo que pase media hora más. Y termino tocando su brazo. Abre los ojos, que son grises, y me mira fijamente.
—¿Has cambiado de opinión, princesa?
—¿Vas en serio?
—Siempre.
Me levanto y voy hasta el baño. Estoy de los nervios. Es, sin lugar a dudas, lo más atrevido que he hecho en toda mi vida.
Pasa un minuto, dos minutos, y cuando creo que me ha tomado el pelo y no va a venir, abre la puerta y me doy cuenta de lo grande que es.
Entra y cierra con pestillo, ocupando todo el espacio disponible. Tengo que mirar hacia arriba para poder mirarlo.
—¿Me has echado de menos, princesa?
Continuará…