8
Soy el presidente
Jordan
El martes, tal como me dijo, Elly tampoco viene al entrenamiento. Y parece que no soy el único que se da cuenta, creo que Mike es el tercero al que oigo comentarlo al salir de las duchas.
—¿Nos tomamos una cerveza? Beth ha quedado —me dice mientras nos vestimos.
— No, tío, estoy cansado.
Cojo el móvil y, sin pensar, escribo a Elly:
Yo
Creo que deberías pasarte por aquí… Tu club de fans te echa de menos.
Elly
¿Te incluyes?
Yo
Soy el presidente.
Elly
Qué más quisieras…
Yo
¿Quieres salir a correr esta noche?
Elly tarda un rato en contestar, y me planteo si he metido la pata, pero, al final, llega su respuesta:
Elly
Ok
Yo
¿Quedamos en la puerta de tu edificio después de cenar? ¿Sobre las 20.00?
Elly
Pero no me dejes ganar, ¿entendido, estrellita?
Yo
Ok, pija.
Guardo el móvil en el bolsillo y me centro en lo que sea que estaba diciendo Mike.
—¿Qué decías?
—Que con quién hablabas.
—Con nadie.
—¿Le estás sonriendo a nadie?
—No estoy sonriendo.
—¿Estás hablando con una chica? —me dice, esperanzado.
—No —miento—. No es nada de eso.
Porque, en fin, no es nada de eso.
Mike asiente, no muy convencido, y nos despedimos cuando llegamos a nuestros coches.
Una vez en casa, me tiro en el sillón. Dos días para ver a Maya.
Siento la necesidad de echar un vistazo a sus redes sociales, ver si está online, como hacía antes cada dos por tres, pero no lo hago.
Esa fase ya pasó. Me pongo un rato la Play para entretenerme hasta que sea la hora de salir a correr con Elly.
A las ocho estoy como un clavo esperándola en la puerta de su edificio; ella aparece a los pocos minutos.
—Hola, estrellita —me saluda.
—Hola, pija.
Caminamos en silencio hasta la entrada del parque.
—Nada de dejarme ganar esta vez, ¿eh?
—¿Estás segura? El que pierde invita al postre.
—¿Vamos a tomar postre?
—Ahora que tú invitas, sí.
Elly no responde, en su lugar, sale corriendo.
Niego con la cabeza y salgo detrás. Cuando la alcanzo, me adapto a su ritmo, pero solo hasta que estamos terminando la primera vuelta completa al parque, que es cuando acelero para ganarla, Elly intenta alcanzarme, pero no lo consigue.
Paramos un momento para recuperar el aliento.
—Ok, sí que eres un deportista de élite —dice Elly de forma entrecortada.
Sonrío.
—Venga, yo invito.
—No, no. Una apuesta es una apuesta. Solo dame un segundo, que me recupere.
La veo sin aliento, mientras su pecho sube y baja, intentando volver a respirar normal, y mi mente vuela. Así que le pregunto lo primero que se me ocurre:
—¿Qué te ha parecido correr de noche?
—Entiendo por qué te gusta —responde sin darle mucha importancia.
Volvemos hasta el punto por el que hemos entrado y cruzamos la calle para llegar hasta el Starbucks.
—Puedo acompañarte siempre que quieras.
¿Ha sonado raro? Elly no responde nada, solo asiente mientras le abro la puerta de la cafetería, así que siento la necesidad de aclarárselo:
—No lo digo en plan ligar ni nada de eso, solo es que me parece injusto que no te sientas segura para correr de noche sola—. No sé por qué no me callo.
—Lo había pillado —dice sonriendo.
Nos acercamos hasta el mostrador para pedir y Elly paga las galletas y un par de botellas de agua.
Cojo la bandeja que me ofrece la camarera y nos sentamos en los sillones del otro día; a estas horas el local está casi vacío.
Comemos en silencio sin saber qué decirnos, y yo empiezo a angustiarme porque nadie se va a creer que estamos juntos de verdad si no somos capaces de mantener una conversación.
—Ey —Elly parece leer mis pensamientos—, no te preocupes, va a salir bien. Te lo prometo.
Asiento no muy convencido.
—¿Qué es lo que más te apetece de ver a tus amigos? Dejando al margen a tu chica —me pregunta, imagino que para que deje de comerme la cabeza.
No me hace falta pensarlo, sé exactamente lo que es, pero no sé ponerlo en palabras, aun así, intento explicarme:
—Echo de menos mi vida de antes. Es como cuando escuchas una canción que te recuerda a otra época y en seguida te pone de buen humor, aunque no sabes explicar muy bien por qué o a qué te recuerda. ¿Sabes a lo que me refiero?
—¿Quieres volver a tener diecisiete años, cuando no eras ni rico ni famoso?
—No. Quiero volver a cuando no sabía lo que se siente cuando te rompen el corazón.
Pues resulta que no era tan difícil de explicar.
Elly me mira durante un rato.
—Eres demasiado blandito para ser un jugador de fútbol americano.
—No se lo cuentes a nadie.
—Tranquilo, tu secreto está a salvo conmigo.
Nos quedamos otra vez en silencio.
—Debe de ser bonito —dice con voz queda.
—¿El qué? —le pregunto sin entender.
—Que te quieran así.
Me debato entre decirle que es una puta mierda y la curiosidad por preguntarle si ella ha querido a alguien así, por su comentario diría que no, pero no tengo la oportunidad porque se pone de pie dando por concluida la conversación. Siempre parece marcar el ritmo cuando estamos juntos.
Salimos de la cafetería y la acompaño hasta la puerta de su edificio, aunque esté a dos metros, porque soy un caballero:
—Nos vemos el jueves a las siete en el aeropuerto —me dice.
—Gracias por hacer esto, Elle, significa mucho.
Lo digo mirando al suelo.
—Y ni siquiera me has dejado ganar…
La miro, confundido.
—Me has dicho que no te dejara.
—Un caballero nunca me habría ganado.
—Pero si... Espera, me estás tomando el pelo, ¿verdad?
—Sí. Sigue siendo muy fácil.
—¡Ja, ja!
—Buenas noches, estrellita.
—Buenas noches, Elle.