Furia (Crímenes de Cornualles 1) Capítulo 36
53%

Capítulo 36

Capítulo Treinta Y Seis

ROSS

Ross programó el GPS con la dirección de su exmujer.

Le llevaría al menos dos horas y media llegar a Bristol si el tráfico no era demasiado malo y no había obras ni desvíos.

Eso significaba que tendría, como mucho, tres horas con los niños antes de tener que devolverlos a Trudy, eso si no lloraban o se quejaban para volver antes a casa a jugar algún videojuego que el nuevo novio de Trudy les había comprado.

Últimamente, las visitas se habían vuelto incómodas.

Les llevaba al menos una hora sentirse a gusto con él.

Lo notaba en su lenguaje corporal, en cómo se removían en los asientos, evitando el contacto visual que pudiera delatar su desconfianza.

En esas ocasiones deseaba que su formación policial no le hubiera enseñado a leer tanto entre líneas.

Habría sido menos doloroso. Tenía que sonsacarles algo más que gruñidos monosilábicos cuando les preguntaba por el colegio o por lo que hacían.

Se aferraban el uno al otro de una forma que él sabía que normalmente no hacían.

Lo sabía porque, al final de las visitas, empezaban a comportarse con naturalidad, bromeando y discutiendo, como hacían los hermanos cuando se los dejaba a su aire.

Si tenía suerte y conseguía llegar a ese punto temprano en la visita, incluso podía que le dieran un abrazo al despedirse.

Cada vez que los veía esperaba que fuera más fácil, pero cada vez se llevaba una decepción.

Su mente volvió a Claire y a la conversación que habían tenido antes.

Le había dejado sin aliento cuando había rodeado la casa y la había visto sentada en el jardín.

No se consideraba una persona romántica, o al menos, si alguna vez lo había sido, estaba bastante seguro de que se lo habían arrancado de una forma u otra, pero cuando había visto a Claire ese día, se había sentido vivo.

Suponía que, en su momento, había sentido por ella un amor juvenil y crudo, de ese tipo sentimental y empalagoso copiado de las películas y la televisión.

Le gustaba y se llevaban bien. Tenían los mismos amigos y les gustaban las mismas cosas, y eso era todo lo que hacía falta en aquella época.

Funcionó durante un tiempo, tal vez no fuera amor, pero era algo, y muchísimo más de lo que había sentido por nadie últimamente.

Cuando rozó sus labios con los de ella, tuvo que contenerse para no decirle lo que sentía. Se estremeció de vergüenza solo de pensarlo, mientras retorcía las manos en el volante, como si estuviera estrangulando su propio cuello.

El tráfico era terrible. Desde Bodmin no había dejado de avanzar a trompicones, y el GPS ahora indicaba que llegaría al menos una hora más tarde de lo previsto.

No llegaría a Bristol hasta, por lo menos, las dos y media, y eso significaba que tendría que llamar a Trudy para decirle que iba a llegar tarde. Sabía que ella seguiría queriendo que devolviera a los niños a la misma hora, pasara lo que pasase, lo que le dejaba apenas dos horas si tenía suerte.

Se quedó sentado mientras los minutos pasaban, avanzando lentamente, cambiando de carril de vez en cuando, aunque no servía de nada porque el tráfico volvía a detenerse.

Había esperado todo lo que se atrevía. Marcó el número de Trudy.

—Hola, soy yo, mira, estoy atascado en el tráfico y voy a llegar tarde. No estaré allí antes de las dos y media como muy pronto. ¿Crees que podría quedarme un poco más con los niños, tal vez llevarlos a comer una pizza o algo así? Incluso podría reservar en un Travelodge.

—No, Ross, ni pensarlo, ellos tienen su rutina, y lo siento, pero no estoy dispuesta a cambiarla por ti. Puedes venir como estaba previsto, pero he quedado para llevarlos al cine esta tarde y están muy ilusionados.

—¿Quizá podría llevarlos yo y así tú tendrías un descanso?

Hubo un silencio al otro lado del teléfono durante un momento y luego dijo: —No, no lo creo. Te agradezco el gesto, pero no.

Ross quiso gritar, ¿por qué coño no?, pero no lo hizo; en su lugar, mantuvo la calma.

—Vale, lo entiendo, pero de verdad, Trudy, con este tráfico apenas voy a tener tiempo con ellos.

El tráfico seguía sin moverse y el tipo del coche de delante había apagado el motor por completo. Ross hizo lo mismo.

La voz de Trudy adoptó un tono gélido e indignado. —Bueno, ese no es mi problema, ¿verdad? No vengas si no te da la gana —espetó.

—Yo no he dicho eso; solo estaba diciendo⁠—

—Ya sé lo que estás diciendo, Ross, que tus hijos no son lo bastante importantes para ti, que no están entre tus prioridades —lo interrumpió.

—Trudy, eso no es verdad y lo sabes —Sabía que estaba alzando la voz, pero el tráfico y la frustración por su predecible respuesta a su petición lo habían alterado.

—No me grites —gritó ella—. De hecho, voy a colgar y ni se te ocurra venir hoy, porque no estaremos cuando por fin decidas aparecer.

Colgó el teléfono de golpe y, cuando él volvió a llamar, la línea estaba ocupada. Lo intentó tres veces más, solo para oír el mismo pitido: bip, bip, bip.

Cuando el tráfico empezó a avanzar, tomó la siguiente salida y comenzó el camino de regreso a Cornualles, pero no iba a casa; iba hacia la de Claire. Tenía algo que preguntarle, algo que no podía esperar.